Mateo 9,9-13 – pecadores

julio 6, 2018

pecadores

“Vayan, pues, a aprender qué significa aquello de: Misericordia quiero, que no sacrificio. Porque no he venido a llamar a justos, sino a pecadores.”

Viernes de la 13ra Semana del T. Ordinario | 06 de Julio del 2018 | Por Miguel Damiani

Lecturas de la Fecha:

Reflexión sobre las lecturas

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Lo primero que nos llama la atención en este pasaje, lo más obvio, es que el Señor escoge y llama con autoridad a quienes Él quiere. A Mateo, el recaudador de impuesto, ya lo había visto y salió a buscarlo con una invitación que más bien es una orden: sígueme.

La convicción y autoridad con que Jesús habla, es irresistible, más aun para quienes había escogido. Esto que puede pasarse como un detalle sin importancia, no creemos que lo sea, pues es determinante para la conformación final de los doce apóstoles.

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Podemos especular mucho al respecto, lo cierto es que Mateo es uno de los evangelistas, así que mejor escogido no podía estar. Pero todos son hombres comunes y corrientes, al extremo de pertenecer al grupo que los fariseos podían calificar de pecadores.

No se trata de personas especialmente piadosas, preparadas o al menos relacionados con los escribas, sacerdotes o fariseos. Eran gente más bien del pueblo, gente sencilla, trabajadora, incluso vulgar, al extremo de poder ser contadas entre los pecadores.

Vayan, pues, a aprender qué significa aquello de: Misericordia quiero, que no sacrificio. Porque no he venido a llamar a justos, sino a pecadores.

De allí escoge Jesucristo a los discípulos. ¿Cómo podemos interpretar este gesto? ¿Qué nos quiere decir? ¿Qué hemos de aprender? Pues el mismo nos lo dice: no he venido a llamar a justos, sino a pecadores. Este es un dato fundamental para comprender la Voluntad de Dios.

¿Por qué hablamos de Dios? Porque es el Padre el que envió al Hijo a salvarnos. Jesucristo ha venido a salvarnos por Voluntad de Dios Padre. Pero al mismo tiempo no debemos olvidar que Jesucristo, como parte de la Trinidad es también Dios.

Así que de un modo misterioso Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo comparten la misma Divinidad, por lo que si bien cada uno puede ser distinguido en su participación específica en la historia de la salvación, los tres constituyen una unidad compartiendo el mismo amor y divinidad.

Jesucristo mismo nos dice que Él ha venido enviado por Su Padre, que también es nuestro Padre, con el propósito de salvarnos. Aquí nos aclara cuál es su grupo objetivo: los pecadores, los que necesitan médico, los “enfermos”.

Si nosotros como cristianos somos seguidores de Cristo, Él mismo nos está diciendo aquí en quienes debemos enfocarnos. No se trata de asociarnos y rodearnos de “buenos”, de “justos”, de “virtuosos”, sino de trabajar con aquellos considerados marginales.

Vayan, pues, a aprender qué significa aquello de: Misericordia quiero, que no sacrificio. Porque no he venido a llamar a justos, sino a pecadores.

Se trata de un reto que debe darnos otra óptica en nuestro trabajo misionero. El Señor exige de nosotros ser empáticos con aquellos que aparentemente llevan una mala vida. Con aquellos que estando en el mundo son más vulnerables a los ataques del demonio.

La misericordia, antes que los sacrificios, deben ser los móviles de nuestro proceder cristiano. Es decir que, como Cristo, debemos preferir salir al encuentro de nuestros hermanos, incluso de aquellos señalados y estigmatizados por la sociedad, antes de ocuparnos de actos de piedad.

Es que el amor ha de ser primero y amar a los pecadores, así como a los enemigos, es precisamente la dificultad o el reto que plantea el seguimiento de Cristo. ¿Cómo amar a quienes debíamos odiar por el daño que nos han hecho?

¿Cómo amar a quienes abusan, a quienes maltratan, a quienes nos han hecho pasar momentos muy duros en nuestras vidas, por egoísmo, soberbia, envidia o ambición? Cuando a nosotros nos provocaría alejarnos y no volverlos a ver más, Jesucristo nos pide acercarnos.

¿Qué podríamos hacer con estos hermanos a los que preferimos ni ver? Pues, no se trata de lo que nosotros podamos hacer, sino de lo que Él hará a través nuestro. Es un asunto de fe. Es el Señor a través nuestro que hará lo que para nosotros sería imposible.

Vayan, pues, a aprender qué significa aquello de: Misericordia quiero, que no sacrificio. Porque no he venido a llamar a justos, sino a pecadores.

Solo así podemos comprenderlo y solo así tiene sentido. Y es que tenemos que entender que la vida cristiana no depende de nosotros, de nuestros gustos y preferencias y ni si quiera de nuestras capacidades. ¡Es Gracia de Dios!

¡Es Dios viviendo en nosotros el que hará posible la conversión de los pecadores! A nosotros nos toca hacernos disponibles. Estar allí donde el Señor nos llama, sin anteponer nuestras preferencias, ni temores. ¡Para eso necesitamos la fe!

Tenemos que aprender a ver al mundo de un modo distinto, como Jesucristo lo ve. Con sus ojos. Eso es lo que tenemos que hacer.

Oración:

Padre Santo, no nos dejes caer en la tentación de seleccionar tan solo a la gente “buena” y “virtuosa” para trabar amistad y frecuentar. Haznos capaces de juntarnos con aquellos que el mundo entero rechaza por licenciosos y pecadores. Que con tu Gracia podamos ayudarlos en su combate para alcanzar la fe y la salvación, sin dejarnos vencer. Te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor, que contigo vive y reina, en unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos…Amén.

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