Mateo 6,7-15 santificado sea tu Nombre

santificado sea tu Nombre

“Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu Nombre; venga tu Reino; hágase tu Voluntad así en la tierra como en el cielo.”

Jueves de la 11ra Semana del T. Ordinario | 21 de Junio de 2018 | Por Miguel Damiani

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Reflexión sobre las lecturas

santificado sea tu Nombre

Santificar es venerar, respetar en grado sumo, enaltecer, reconocer el lugar por sobre todo lugar que ocupa el Nombre de Dios. Solo podemos santificar si en realidad hacemos el esfuerzo por comprender quién es Dios, no solo para nosotros, sino para el mundo.

Muchas veces antes hemos pedido detenernos por un momento, abstrayéndonos de todo otro pensamiento, para reflexionar única y exclusivamente en Dios. ¿Quién es Dios? ¿Qué significa Dios en nuestras vidas y en la Creación?

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Tarde o temprano llegaremos a aproximarnos a aquél concepto que sale a relucir en la Biblia: Dios es el Innombrable. Es que a Dios no hay nombre que lo contenga, palabra ni concepto humano que pueda contenerlo. Claro, hemos inventado el vocablo Dios para referirnos a Él. Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu Nombre…

¿Pero, esta palabra, contiene en realidad lo que representa? Después de todo es una arbitrariedad que por convención hemos adoptado. Nosotros la escribimos siempre con mayúsculas para transmitir el mayor respeto posible en su escritura. ¿Pero, es suficiente?

Como todo, tanto repetirlo, tanto decirlo, tanto escribirlo, corremos el peligro de banalizarlo, de desvirtuarlo, de degradarlo. Ello da muchas veces como resultado la blasfemia. Hablar sin propiedad, hacer bromas, renegar y hasta hablar impropiamente y sin respeto de Su santo Nombre.

Por eso debemos detenernos a pensar un momento, para tratar de llenar nuestra cabeza, nuestro corazón y nuestro espíritu de Su Nombre. Solo cuando nos hemos aproximado lo suficiente, cayendo en la cuenta de quién es, podemos, entonces decir algo de Él.

En el Antiguo Testamento también se refieren a Él como el que ES. Es que no encontraban atributos suficientemente significativos para nombrarlo. Si lo pensamos bien, nos encontraremos finalmente en el mismo dilema. ¿Qué decir de Él? ¿Cómo nombrarlo?

Cuando llegamos a ese punto, quiere decir que hemos alcanzado el nivel que nos permitirá tratarlo de una forma que se aproxime a Su Divinidad. Desde luego quedará claro para nosotros que a nadie más podemos reservarle tal honor, tal dignidad.

Dios, el Señor, está por encima de cuanto podemos imaginar y no podemos pronunciar su Santo nombre sin la debida reverencia. Es lo mismo que debemos sentir cuando entramos en Su templo o cuando nos aproximamos al Sagrario, donde por fe sabemos se ha querido quedar de modo especial.

Jesús nos ha enseñado que Dios no solamente es nuestro Creador y Creador de todo cuanto existe, sino que además es nuestro Padre. Esta relación nos lleva a tener una íntima unión con Él; una unión familiar, muy cercana y parecida a la que tenemos con nuestros propios padres naturales.

Jesucristo nos enseña a dirigirnos a Él en la oración más perfecta como Padre nuestro. A nuestro padre terreno le debemos amor, pero también respeto. ¿Cuánto más habremos de amar y respetar al Padre de toda la humanidad? ¿A quién nos creó gratuitamente, por amor?

Tenemos pues que referirnos con reverencia al Santo Nombre de nuestro Padre. Esta santificación no solo se refiere a la forma que nos expresamos verbalmente de Él, sino también y principalmente a cómo vivimos, guardando Sus mandamientos.

Santificado se Tu Nombre nos obliga a vivir amándolo y amando a nuestros hermanos. Sólo en la medida en que cumplamos los mandamientos de la Ley de Dios podremos decir que Santificamos Su Nombre.

Por eso decimos que el Padre Nuestro es la más perfecta de las oraciones, porque cada palabra, cada frase y cada oración gramatical constituyen el verdadero programa de vida de un cristiano. No se requiere nada más.

Vivamos el Padre Nuestro y estaremos dando el mejor testimonio cristiano. No serán necesarios doctorados ni maestrías. Vivamos como Jesucristo nos manda vivir: amando a Dios por sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos.

Santificado sea Tú Nombre con cada uno de mis pensamientos, con cada actitud, con cada palabra que sale de nuestros labios, con cada testimonio, con cada elección, con cada una de nuestras acciones.

Oración:

Padre Santo, no permitas que caigamos en la tentación de salirnos del Camino que Jesucristo nos ha enseñado y que con cada gesto, cada palabra y cada obra santifiquemos Tu Nombre. Te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor, que contigo vive y reina, en unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos…Amén.

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