Si quieres ser perfecto – Mateo 19,16-22

Si quieres ser perfecto

« Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en los cielos; luego ven, y sígueme.»

Lunes 20ma Semana del T. Ordinario | 20 de Agosto de 2018 | Por Miguel Damiani

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Reflexión sobre las lecturas

Si quieres ser perfecto

¿Cuál es la condición para alcanzar la perfección que Jesucristo demanda al joven en este pasaje evangélico? Venderlo todo y dárselo a los pobres. La perfección está en el desprendimiento total. No se trata de acumular tesoros en la tierra, sino en el cielo.

No podemos olvidar que el Señor nos llama a la perfección. Lo dice varias veces. Esa es la expectativa que tiene puesta en nosotros: que seamos perfectos como nuestro Padre que está el Cielo es perfecto. No se trata de un juego de palabras, sino de una exigencia concreta.

Si quieres ser perfecto

Se ve que la riqueza es un obstáculo para ser perfecto. Porque Jesucristo no pide a este joven que lo venda todo y lo guarde en un banco, para entonces vivir de sus rentas, para así dedicarse con este dinero a la evangelización. ¿No es lo que haría cualquiera?

Sin embargo esto no es lo que quiere el Señor. Para Él, entendámoslo de una vez por todas, la riqueza en cualquier sentido es mala. Hay que renunciar a ella. No se trata de ser indiferente a ella, solamente, sino de desprenderse de ella por completo. Su llamada es exigente.

Desprendernos de todo para dárselo a los pobres. No dice que hagamos un cálculo razonable y nos quedemos con aquello que pudiéramos necesitar. No nos dice que nos desprendamos de todo lo que realistamente podamos. No nos invita a hacer cálculos.

« Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en los cielos; luego ven, y sígueme.»

Somos nosotros los que a través del tiempo nos hemos empeñado en hacer inocuas estas palabras, rebajado la exigencia del Señor y haciéndola más digerible, según nuestros propios criterios. Al final, enmendando la Voluntad de Dios.

No conozco a nadie que no busque una interpretación “razonable” de este pasaje, haciéndole decir al Señor lo que muchos estamos dispuestos a oír, es decir, que se trata de una forma de hablar, pero de ninguna manera una condición para entrar en el cielo.

Y, sin embargo, si volvemos a leer nos daremos cuenta que no hay lugar a error, ni interpretación. Lo único que le faltaba a este joven rico era desprenderse de su riqueza y esto es precisamente lo que el Señor le exige para ser perfecto. Y todos estamos llamados a la perfección.

Por lo tanto, desprenderse de la riqueza distribuyéndola entre los pobres no es algo deseable, no es algo opcional, sino algo obligatorio. Nos preguntamos si no será eso tal vez lo que le ha faltado a la Iglesia de modo sistemático y constante.

« Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en los cielos; luego ven, y sígueme.»

Es cierto que de modo general la Iglesia no ha buscado la riqueza. Conocemos muchos ejemplos concretos de sacerdotes y religiosos que dirigen proyectos, que tienen la Gracia de atraer recursos de todo tipo para desarrollar sus planes.

Recolectan y canalizan gran cantidad de dinero para sus obras. Invierten y gastan cuándo y dónde es requerido. No tienen cuentas bancarias ni dinero en el bolsillo, pero todo lo que emprenden lo concretan, sin que nunca sea un obstáculo mayor el dinero.

Algunas veces parece que ni si quiera lo calcularan. Seguro lo hacen, pero nuca dejan sentir que tengan limitaciones al respecto. No importa la cifra, de uno u otro modo la consiguen. Jamás por métodos fraudulentos, ni sucios. Es que la Iglesia siempre recibe y ha recibido donaciones.

Desde los inicios fue así. Está narrado en Hechos de los Apóstoles. Lo vendían y ponían todo en común. Y se iban uniendo a la Iglesia personas ricas que inmediatamente ponían a disposición de la Iglesia sus riquezas. Porque así entendían que debía ser, si habían de ser coherentes.

Entonces se seguía al pie de la letra esta instrucción. Y aun ahora conocemos de muchos casos de feligreses que realizan donaciones millonarias a la Iglesia. La jerarquía de la Iglesia dispone de algún modo -que desconozco, pero presumiblemente eficiente-, su administración.

« Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en los cielos; luego ven, y sígueme.»

Hay, seguramente, mucha gente y oficinas dedicadas a la administración de estos bienes, que además sirven para sostener a miles de religiosos y miles de hospitales, centros educativos, parroquias y toda clase de labores y actividades solventadas por la Iglesia.

Seguramente la Iglesia podría ser más austera y los religiosos más modestos y pobres. Pero, salvo excepciones, no hay ostentación y, en general viven con austeridad. Aun cuando algunos podrían decir que, por lo menos en apariencia, podrían ser un poco más desprendidos.

La cantidad de propiedades que tiene la Iglesia en cada pueblo, cada ciudad y cada país es asombrosa, a pesar que ha sido saqueada y despojada en innumerables ocasiones. Tal vez sea esta riqueza la que genera tantos ataque y animadversión.

Pero no se crea que esta venga de los pobres que se sienten desatendidos o hasta envidiosos. No. Los grandes ataques han sido más bien el resultado de conspiraciones de personajes o grupos políticos ambiciosos y mayoritariamente corruptos, que no han escatimado esfuerzo por apoderarse de estos bienes para beneficio propio.

Esto es algo que se dio en la Alemania de Lutero, luego en la Francia “revolucionaria”, en España –con asesinato de religiosos y religiosas en varias oportunidades-, en México y, en fin, en una serie de países, pero no para beneficiar al pueblo pobre, sino para que alguna asociación perversa se viera favorecida con los bienes despojados.

« Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en los cielos; luego ven, y sígueme.»

Apoderarse de los bienes de la Iglesia ha sido posiblemente la más frecuente tentación de cuantos han conspirado contra ella alegando motivos de fe o elaborando cualquier clase de pretexto con tal de despojarla y apropiarse de su riqueza.

Este no es un tema trivial, sino por el contrario crucial en la historia de la Iglesia, pero no tanto porque ella haya pretendido generar o multiplicar riqueza, sino por cuanto esta le ha traído muchos conspiradores y envidiosos enemigos, dispuestos a todo por apoderarse de ella.

Y, la riqueza de la Iglesia ¿de dónde ha venido? De las múltiples donaciones de sus fieles que, en general, ha sabido administrar poniéndolas al servicio de los más necesitados, con algunas excepciones, seguramente, porque nunca faltan los enemigos internos.

Muchas veces la Iglesia se ha visto obligada a luchar por estas propiedades, no por las riquezas en sí, sino por evitar el despojo injusto y fraudulento perpetrado por mafias o embusteros asociados con este perverso e inconfesable propósito. Este ha sido el motivo de la mayoría de ataques a la Iglesia, que la historia ha dejado al descubierto en cada caso.

La riqueza, el dinero, las propiedades han sido siempre el motivo de las mayores rencillas, celadas, embustes y crímenes a lo largo de la historia. Y estos los ha padecido siempre la Iglesia de modo especial. Es que la riqueza, por sí misma, siempre es insana y mala consejera.

« Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en los cielos; luego ven, y sígueme.»

Es por ello que el Señor nos pone en una disyuntiva totalmente excluyente. O estamos con Dios o estamos con el Dinero, porque no se puede servir a dos señores. El servicio es a uno o a otro. Ambos son opuestos e irreconciliables.

La perfección exige desprendimiento y por lo tanto, el uso de las cosas según su necesidad, sin esclavizarse a ellas y sin atesorarlas. Riqueza hay en el mundo, porque Dios ha sido generoso con nosotros. Es nuestra obligación distribuirla eficiente y apropiadamente.

Los tesoros que importan son aquellos que podemos acumular en el cielo y estos solo son producto de la generosidad, la entrega, el sacrificio, el desprendimiento y el amor. Dar sin condiciones, sin cálculo ni medida. Compartir lo que tenemos con los que más lo necesitan.

No guardar ni atesorar riquezas ni nada material, porque no sabemos si mañana estaremos todavía en esta vida. Este es el gran cambio que hemos de dar para alcanzar la perfección: desprendernos de todo lo que nos ata y esclaviza, poniendo a Dios en primer lugar y a nuestros hermanos después.

Oración:

Padre Santo, danos espíritu generoso y desapego a cuantos bienes has puesto a nuestro alcance para que aprendamos a usar de ellos tanto cuanto sea necesario para alcanzar nuestra salvación y alejarnos tanto cuanto nos esclavicen. Te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor, que contigo vive y reina, en unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos…Amén.

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