se transfiguró – Marcos 9,2-10

agosto 6, 2018

se transfiguró

“Y se transfiguró delante de ellos, y sus vestidos se volvieron resplandecientes, muy blancos, tanto que ningún batanero en la tierra sería capaz de blanquearlos de ese modo.”

Lunes de la 18va Semana del T. Ordinario | 06 de Agosto del 2018 | Por Miguel Damiani

Lecturas de la Fecha:

Reflexión sobre las lecturas

se transfiguró

Hay muchos acontecimientos entorno a Jesucristo que debían llevarnos a la fe, que resultan inexplicables sino consideramos que se producen como una intervención de Dios en nuestra historia. Al extremo que negarlo es imposible, a no ser por terquedad.

Son muchos e innumerables las señales y hechos destinados a suscitar nuestra fe, si somos razonables y actuamos con sentido común. Por eso es que el Señor nos dice que no hay peor ciego que el que no quiere ver, ni peor sordo que el que no quiere oír.

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Quiere decir que para el necio, el testarudo, el soberbio o el corrupto que no quiere enterarse de algo, que no quiere aceptar que algo es real, porque no le conviene a sus intereses, ya puede resucitar un muerto en sus narices, que él no lo aceptará. ¡Así somos!

Veamos el caso que hoy nos proponen las escrituras, empezando por la profecía de Daniel, que constituye la Primera Lectura. Usualmente nos centramos solamente en la reflexión del Evangelio del día, pero valga esta circunstancia para hacer notar cuan relacionadas están casi siempre todas las lecturas seleccionadas para cada fecha.

En el Libro de Daniel 9,9-10.13-14 leemos:

Mientras yo contemplaba: Se aderezaron unos tronos y un Anciano se sentó. Su vestidura, blanca como la nieve; los cabellos de su cabeza, puros como la lana. Su trono, llamas de fuego, con ruedas de fuego ardiente. Un río de fuego corría y manaba delante de él. Miles de millares le servían, miriadas de miriadas estaban en pie delante de él. El tribunal se sentó, y se abrieron los libros. Yo seguía contemplando en las visiones de la noche: Y he aquí que en las nubes del cielo venía como un Hijo de hombre. Se dirigió hacia el Anciano y fue llevado a su presencia. A él se le dio imperio, honor y reino, y todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieron. Su imperio es un imperio eterno, que nunca pasará, y su reino no será destruido jamás.

No puede caber duda que el texto anterior hace referencia a Jesucristo y describe con términos muy parecidos aquello que les tocó observar asombrados a Pedro, Santiago y Juan. Por un momento pudieron presenciar un “destello” de la Gloria de Dios.

Pero, entre este suceso y el anuncio de Daniel hay más de 500 años de distancia. No solemos reparar en lo que esto significa. Es como si Moctezuma o Atahualpa o alguien de su entorno hubieran anticipado un suceso del siglo XXI. ¡Imposible!

Solo Dios, para quien mil años son un pestañar, pudo hacer esta clase de anuncios a través de los profetas. Estos son algunos de los argumentos que sustenta nuestra fe. A ellos debemos sumar los testimonios de los apóstoles que testificaron todo aquello en lo que creemos.

En esta ocasión en especial, podemos ver, a través de ellos, como fue que Jesucristo se transformó y en una escena fuera del tiempo nuestro se puso a conversar con Moisés y Elías, todos distantes centenares de años unos de otros.

“Y se transfiguró delante de ellos, y sus vestidos se volvieron resplandecientes, muy blancos, tanto que ningún batanero en la tierra sería capaz de blanquearlos de ese modo.”

La escena es para conmover a cualquiera, para dejarnos sin palabras. Y eso fue lo que ocurrió con los discípulos que empezaron prácticamente a balbucear, porque no atinaban a decir nada. Podemos imaginarlo. Pero definitivamente una cosa muy distinta es estar allí.

Por si aquello fuera poco una nube los cubrió, es decir que no podían ver nada y de pronto oyeron la voz de Dios como un estruendo confirmándoles: « Este es mi Hijo amado, escúchenle.» ¿Qué más podías pedir? Quedaron perplejos y atemorizados.

Habían atisbado al Dios Eterno. Se habían mojado los pies en las orillas del Paraíso, del Reino de los Cielos, aquél “Océano Infinito” del que no somos capaces ni si quiera de imaginar. A través de estos discípulos Jesucristo nos muestra una vez más sus credenciales.

¿Por qué lo hace? Habría que ser tonto para pensar que estaba fanfarroneando. No tendría por qué hacerlo. La razón es coherente con el mensaje que Jesucristo nos viene a traer y que ha quedado registrado en los Evangelios.

“Y se transfiguró delante de ellos, y sus vestidos se volvieron resplandecientes, muy blancos, tanto que ningún batanero en la tierra sería capaz de blanquearlos de ese modo.”

Jesucristo es el Hijo de Dios, que ha venido por Voluntad del Padre a Salvarnos. ¿Por qué? Porque nos ama. Porque quiere que seamos felices y vivamos eternamente con Él; porque para eso nos creó: por amor y para el amor.

¿Qué debemos hacer? ¡Escucharle y hacerlo que nos manda! ¿Por qué? Porque esa será la única forma de alcanzar la Vida Eterna. ¿Por qué Dios quiere esto para nosotros? ¿Qué otra razón puede haber, sino la que nos ha revelado Jesucristo? ¡Porque nos ama!

Su amor no tiene límites. Nos ha amado aun antes que existiéramos. Nos hizo a Su semejanza y libres. ¿Por qué libres? Porque nos ama y valora nuestra dignidad. De este modo podemos elegir nuestro destino, incluso rechazándolo.

“Y se transfiguró delante de ellos, y sus vestidos se volvieron resplandecientes, muy blancos, tanto que ningún batanero en la tierra sería capaz de blanquearlos de ese modo.”

Siendo Dios y habiéndolo hecho todo Bien, nos conviene hacer lo que nos dice, seguir el Camino que Jesucristo ha trazado para nosotros, porque ese es el único que nos lleva a la Vida Eterna. Sin embargo, podemos cometer la insensatez de seguir otro camino.

Si este fuera el caso, nos perderemos irremediablemente. Pero Dios no quiere eso, y ante nuestra rebeldía, propiciada por el Príncipe de este mundo, ha enviado a Su Hijo, para derrotar a la muerte y al Demonio, ayudándonos a transitar sin contratiempos por el Camino de la Verdad, a la Vida Eterna.

El Espíritu Santo, que no es otro que el Espíritu de Dios, tiene la Misión de defendernos y guiarnos hasta la Verdad completa. ¿Qué hemos de hacer? Oír y hacer lo que Jesucristo nos manda. Solo así alcanzaremos la plenitud y la Vida Eterna para la que fuimos creados.

Oración:

Padre Santo, que por el amor infinito de Tu Hijo Jesucristo, lleguemos un día a encontrarnos en Tú Gloria para con tus satos alabarte y adorarte por los siglos de los siglos. Te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor, que contigo vive y reina, en unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos…Amén.

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