quedas libre

quedas libre – Lucas 13,10-17

quedas libre

“Había una mujer que desde hacía dieciocho años estaba enferma por causa de un espíritu, y andaba encorvada, sin poderse enderezar. Al verla, Jesús la llamó y le dijo: «Mujer, quedas libre de tu enfermedad.» Le impuso las manos, y en seguida se puso derecha. Y glorificaba a Dios.”

Lunes de la de la 30ra semana del T. Ordinario| 26 de Octubre del 2020 | Por Miguel Damiani

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Reflexión sobre las lecturas

quedas libre

El único que tiene el poder para liberarnos de todo mal es Dios. Jesucristo es el Hijo de Dios vivo. De ello nos da evidencia a cada paso, para que creamos en Él y creyendo en Él creamos en quien lo ha enviado. Nos lo dice explícitamente: Juan 10,38 o Juan 12,44.

El Señor puede transformarnos en aquello que estamos llamados a ser. Él puede liberarnos de todo cuanto nos ata y esclaviza, incluyendo cualquier enfermedad por grave que a nuestros ojos parezca. Comprendamos que estamos frente al Autor de la vida.

El que puede lo más, puede lo menos. ¿No podrá nuestro Dios y Creador detener las estrellas de su curso? ¡Claro que sí! Para muestra un botón. Eso es lo que podemos observar a lo largo de los Evangelios. El Señor obra milagros asombrosos. Él nos da la libertad.

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El Señor cumple sus promesas

Todo lo hace con recta intención. Nunca veremos al Señor alardeando como a más de uno de nosotros tal vez se nos ocurriría. No dirá, por ejemplo, miren cómo desaparezco aquel cerro. Su proceder será siempre justo y santo. Siempre didáctico, ético y moral.

El Señor es recto en todo. En cada gesto, en cada actitud, en cada una de sus acciones tiene en cuenta la altísima Misión encomendada por Dios Padre, quien lo ha enviado. Esta es su primera obligación y la cumplirá sin apartarse una letra, un milímetro.

Así de delicado y responsable es el Señor con lo que atañe a lo más importante: nuestra Salvación. Para eso ha venido lo dirá expresamente: Marcos 1,38 o Juan 18,37. El Señor nos tiene en cuenta muy responsablemente en cada uno de Sus actos.

Dios es Amor

¿Puede haber alguien que nos haya amado más? Su comportamiento siempre es ejemplar. El amor del Padre, Su Voluntad, Su Misión y por lo tanto nuestra salvación, que no es otra que señalarnos el Camino a la Vida Eterna está siempre presente en todo. Él desata las cadenas del pecado y la muerte que nos oprimen. Queda libre.

Si algo tenemos que aprender de Jesús, es precisamente esto. El amor, como solo Dios puede amar, siendo Él mismo el Amor, está en el centro de Su Vida. Ve tú y has lo mismo, nos dirá en otro pasaje. Él es el Camino, la Verdad y la Vida. Él es nuestro ejemplo.

Vencernos a nosotros mismos ha de ser nuestra tarea de cada día. Eso en primer lugar, porque solo así tendremos oídos para escuchar lo que Dios nos manda, haciendo Su Voluntad. ¡Qué difícil nos resulta escudriñarla y discernirla de nuestros caprichos e intereses!

El Señor es nuestra vida

Cuanto más difícil será para quien no hace de la lectura y meditación diaria de Su Palabra un deber, una obligación y al mismo tiempo una devoción. ¿Señor a quién iremos, si Tú eres nuestra vida? ¿Cómo intentaremos, si quiera, vivir si Él o de espaldas a Él?

Él no es nuestro deber dominical. Ni si quiera es el prójimo, ni nuestras buenas obras. Ciertamente lo encontraremos en ellas. Pero Él es la Vida. Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida, nos repite una y otra vez. No son modos de expresión. Son revelaciones extraordinarias, únicas, certeras. Son pilares. Son cimientos.

Nada podemos sin Él. Del mismo modo, nada será imposible sin Él. De allí que incluso algunos hermanos nuestros, que llegaron a compenetrarse de este ejemplo, de esta prédica de Jesús han podido imitarlo incluso en el obrar milagroso oportunamente.

La Gracia de Dios ordena nuestras vidas

Eso mismo e incluso más, llegaremos a obrar nosotros si siguiéndolo devotamente llegara el momento y fuera Su Voluntad. Todo tiene su momento, su razón y su lugar. Nadie se hace cristiano para hacer milagros, aunque sí habremos de esforzarnos por llegar a ser santos, por ser perfectos como es nuestro Padre que está en los cielos.

No estamos sino repitiendo y recordando palabras y promesas de Jesucristo, nuestro Señor. Este es el Orden que debemos dar a nuestras vidas. Será imposible sostenerlo sin la Gracia de Dios. Nada ocurre sin que Él lo permita. Eso es lo primero que habremos de tener en cuenta.

Es Su mano, es Su pensamiento, es Su Voluntad…es, finalmente, Su amor el que nos sostiene y hace posible nuestras vidas. Él nos conducirá a la plenitud, si nos dejamos llevar. Dios nos ha otorgado dignidad de Hijos, por eso somos LIBRES.

El Señor nos hace libres

Nada le hubiera costado a Dios conducirnos a todos al Cielo con Su solo deseo. Bastó un soplo para crearnos. Bastaría otro, si así lo quisiera, para borrarnos para siempre. Pero Él es Amor y ha querido manifestarse así, tal como es a nosotros. Desata las cadenas del pecado y la muerte: queda libre quien le oye y hace Su Voluntad.

Siendo el Amor, tanto como Dios, desde luego para nosotros constituye un Misterio inabarcable, al cual nos vamos aproximando por Su misma Gracia. Quien lo busca lo encuentra. Él mismo Jesucristo nos lo dice “busquen y encontrarán”. Hemos de tener esta iniciativa.

¡Eh ahí nuestra libertad! El Señor ha sido tan bueno con nosotros que no invadirá nuestra libertad. No hará, ni forzará nada que no queramos hacer. En cambio estará atento al menor gesto, al menor pensamiento e intención de encontrarlo.

Él es la luz que ilumina nuestras vidas

Él es la luz. Esto quiere decir que en la noche negra en la que a veces parecemos encontrarnos, seguramente veremos algún atisbo, algún pequeño resplandor. ¡Sigámoslo, porque ahí seguramente está Él! Dispongámonos inmediatamente a seguirlo.

Dios es la respuesta a nuestras súplicas, a nuestras oraciones. Él jamás se niega! Él está allí esperándonos. Él sale a nuestro encuentro inmediatamente. Si para algo ha de servirnos la fe, es precisamente para creer que así será.

Cuántas veces la mujer del evangelio de hoy habría pensado en que solo Dios podría ayudarla. Pero fue cuando vio a Jesús que seguramente lo imploró dentro de su corazón. Él, estando allí, no podía pasar por alto esta súplica y actuó sacando a relucir la hipocresía de los fariseos.

Hacer el Bien no depende de protocolos

Nunca es mejor tiempo para obrar el Bien. Nunca es momento más adecuado. El bien se hace en el momento que nuestro prójimo lo necesita y Dios simultáneamente ilumina nuestros corazones. No se necesitan “protocolos” para ello.

No hace bien quien se escuda en leyes, en normas para justificar su inacción o su incorrecta acción, que todavía es peor, cuando está obligado a hacer el Bien. Lo tenemos que decir en voz alta hoy y ahora a nuestros científicos, médicos y autoridades públicas.

Hoy, en medio de esta Pandemia, prohibir medicinas o curaciones que solo han revelado ser benignas, por seguir consignas mundialistas, no es ético, no es justo. Condenar a la muerte y la enfermedad abdicando de aplicar los conocimientos y medicinas correctas porque así lo ordenan los políticos o los organismos internacionales, no es justo.

No podemos asistir impasibles a la caricaturización de los deberes que tienen los profesionales de la medicina, los políticos y la prensa en la solución de la Pandemia que azota al pueblo. Nadie puede renegar del sentido común y la ley natural para ampararse en decisiones políticas.

Cuidémonos del pecado de omisión

Ni la política, ni ninguna ley pueden estar por encima del amor, de la ley de Dios, que quiere salvarnos a todos y conducirnos a la plenitud de la Vida Eterna. Dar normas inapropiadas y exigir su cumplimiento es un crimen, por lo tanto un pecado mortal. Un crimen de lesa humanidad, para decirlo en términos actuales.

Y, quien se calla, a sabiendas, es culpable por omisión. Y tan grave puede ser su falta como la de aquel que la comete. ¿No está claro aquí cual debe ser la labor de nosotros los cristianos, empezando por nuestros pastores? ¿Qué nos exime de esta responsabilidad? ¿Nuestro desconocimiento? ¿Nuestro miedo?

Teman a quien tiene la capacidad para llevar sus almas al infierno, nos dice el Señor. No a quien tan solo puede destruir sus cuerpos. Esta ha de ser nuestra reflexión de hoy. ¿Qué debemos hacer? ¿Cumplir la ley o salvar vidas?

Oración:

Padre Santo, ilumínanos a nosotros, tu Iglesia, laicos, sacerdotes, prelados, políticos, médicos y científicos para proceder siempre conforme a Tu Voluntad, como lo haría Cristo. Especialmente en este tiempo para afrontar esta enfermedad que azota a la humanidad. Te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor, que contigo vive y reina, en unidad del Espíritu Santo, por los siglos de los siglos…Amén.

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