Lucas 16,19-31 – ni aunque resucite un muerto

ni aunque resucite un muerto

“Tienen a Moisés y a los profetas; que los escuchen”. El rico contestó: “No, padre Abraham. Pero si un muerto va a verlos, se arrepentirán”. Abraham le dijo: Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no harán caso ni aunque resucite un muerto.”

Jueves de la 2da Semana de Cuaresma | 01 Marzo 2018 | Por Miguel Damiani

Lecturas de la Fecha:

  • Jeremías 17,5-10
  • Salmo 1
  • Lucas 16,19-31

Reflexión sobre las lecturas

ni aunque resucite un muerto

Somos demasiado testarudos e incrédulos. ¿Qué nos impide creer? ¿Cuál es el principal obstáculo? Parece que es la soberbia. Creemos tener todas las respuestas o el suficiente juicio para razonar y hacer lo que conviene en cada situación. La verdad es que no es cierto.

Erramos; nos equivocamos, y sin embargo nos falta humildad para reconocerlo. A tal extremo llega nuestro orgullo y vanidad, que somos capaces de seguir con nuestro error con tal de no humillarnos reconociendo nuestro error.

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Esto fue precisamente lo que pasó con Herodes, que tras ofrecer lo que quisiera a una joven que lo tenía encandilado con su baile, fue incapaz de rectificarse cuando esta le pidió la cabeza de Juan el Bautista. ¿Cómo iba a dar marcha atrás a un ofrecimiento hecho público? Prefirió hacer matar a alguien que sabía era justo antes que retractarse.

Mientras vivimos, sin importar nuestra condición social o económica, recibimos muchos avisos y advertencias para rectificar nuestro comportamiento y obrar con justicia. Sin embargo, no estamos dispuestos a ceder ni un ápice de lo que atesoramos para aliviar en algo el sufrimiento de los menesterosos.

Somos indiferentes con nuestros hermanos. Solo tenemos ojos para nosotros mismos. En nuestros planes rara vez incluimos a los demás, mucho menos a aquellos que no tendrían como pagarnos. Nunca parece que tenemos suficiente como para compartir con los demás.

Cuando tenemos un auto, empezamos a pensar en el siguiente. Lo mismo sucede con nuestros equipos, nuestros muebles, nuestra ropa, nuestras vacaciones y nuestra vivienda. Una celebración le sigue a otra, una fiesta a otra, una compra a otra.

Si alguna vez compartimos algo, son tan solo migajas que caen de nuestros platos, de nuestras mesas. Lo poco que damos jamás demanda una significativa privación nuestra. Somos incapaces de ver por qué tendría que ser así.

Nos sorprendería saber cuántos de los que así actuamos nos decimos cristianos. Y es que en realidad no sabemos lo que quiere decir ser cristianos. No tenemos presente la muerte y resurrección de Cristo. Este acontecimiento tiene poca repercusión en nuestras vidas.

Tal como responde Abraham al rico de este pasaje del evangelio, Jesucristo ha dado su vida por nosotros; ha muerto y resucitado para salvarnos del pecado y de la muerte, sin embargo no hemos llegado a captar el significado de este suceso único en la historia y del cual hemos sido testigos.

¿Qué tendría que pasar para que cambiemos de vida? ¿Qué tendría que ocurrir para que dejemos el camino del egoísmo, la comodidad, la indiferencia, la oscuridad, la mentira, la vanidad, el orgullo, la avaricia, la soberbia y el pecado?

El pecado solo nos conduce a la perdición y a la muerte. Tenemos esta vida para optar por el Camino correcto. La historia de este hombre rico y Lázaro nos anticipa lo que nos ocurrirá si no cambiamos de actitud. ¿Qué más necesitamos para hacerlo?

Si no cambiamos hoy, ahora, tal vez mañana sea demasiado tarde. No tenemos otra oportunidad que esta, la que estamos viviendo. No importa lo que hayas hecho hasta ahora. Cambia en este momento; de aquí para adelante. Pide perdón por los pecados cometidos y no vuelvas a caer.

No nos dejemos cegar por ningún vicio. Rompamos las cadenas de la esclavitud. Tan cierto es que no podremos solos, como que con Cristo no habrán imposibles. No es lo que hacemos lo que marca la diferencia, sino con quién estamos.

Solos somos nada. Somos muy débiles. No podremos. Volveremos a caer. Es preciso orar incansablemente. Es el poder de Dios el que lo hace posible. No depositemos nuestra confianza en nuestras fuerzas, porque flaquearemos. Solo lo lograremos si estamos unidos al Señor.

Dediquemos todo nuestro esfuerzo a orar. No dejemos de orar ni un solo instante. Pidamos a nuestro Padre, pidamos al Espíritu Santo, pidamos a Jesucristo, a la Santísima Virgen y a todos los santos. No dejemos de orar.

Oración:

Padre Santo, que se haga tu Santísima Voluntad. No permitas que nos apartemos de Ti. Danos perseverancia para orar incansablemente pidiendo que se haga Tu Voluntad. Que no demos un paso, ni movamos una pestaña sin implorar Tu intervención. Te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor, que contigo vive y reina, en unidad del Espíritu Santo, por los siglos de los siglos…Amén.

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