Marcos 12,38-44 – lo que tenía para vivir

junio 6, 2015

Texto del evangelio Mc 12, 38-44 – lo que tenía para vivir

38. Decía también en su instrucción: «Guárdense de los escribas, que gustan pasear con amplio ropaje, ser saludados en las plazas,
39. ocupar los primeros asientos en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes;
40. y que devoran la hacienda de las viudas so capa de largas oraciones. Esos tendrán una sentencia más rigurosa.
41. Jesús se sentó frente al arca del Tesoro y miraba cómo echaba la gente monedas en el arca del Tesoro: muchos ricos echaban mucho.
42. Llegó también una viuda pobre y echó dos moneditas, o sea, una cuarta parte del as.
43. Entonces, llamando a sus discípulos, les dijo: «Les digo de verdad que esta viuda pobre ha echado más que todos los que echan en el arca del Tesoro.
44. Pues todos han echado de lo que les sobraba, ésta, en cambio, ha echado de lo que necesitaba todo cuanto poseía, todo lo que tenía para vivir.

Reflexión: Mc 12, 38-44

Hemos de reconocer que conocemos poca gente generosa, de aquella que se incomoda para dar, que no tiene reparo en dar lo mejor y aun en quedarse sin nada con tal de compartir lo que tiene con los más necesitados. Suponemos que ha de ser algo que se aprende en el hogar, aunque ciertamente es una virtud que Dios inspira y que sin su ayuda difícilmente llega a ser como el sacrificio de esta viuda pobre. Los que no lo sabemos, tengamos presente que el último nivel socio económico en tiempos de Jesús era posiblemente el de las viudas, porque las mujeres en general eran despreciadas y consideradas muy por debajo del hombre. Ya podemos imaginar lo que sufriría una mujer sin marido, una viuda que no tenía quien la mantenga. Era poco menos que una pordiosera de hoy. Esta pobre mujer, que a duras penas había conseguido algunas monedas para pasar el día, sin embargo no tuvo ningún reparo en ponerlo todo al momento de la limosna. En cambio, nosotros, cuantas veces nos pillamos en Misa hurgando el monedero en búsqueda de la moneda más insignificante, y así es como actuamos en todo lo concerniente a Dios ¿O no? ¿No es verdad que le damos el tiempo que nos sobra, una vez a la semana y a veces ni eso, porque si hay fútbol o una reunión familiar o de amigos y termina cruzándose con la hora de Misa, sin hacer la menor mueca, dejamos este compromiso, con la excusa que no hay que exagerar tampoco, que Dios nos entiende y nosotros tenemos nuestra propia forma de ser cristianos, que sin ser erudita o cucufata, es mejor que la de tantos pederastas hipócritas. No, si para encontrar excusas y justificaciones, nos pintamos solos. Este es el sitial que en la práctica hemos deparado a Jesús, más allá que tengamos cuadros religiosos y Biblias en nuestras casas. No tenemos tiempo para la oración y cuando oramos, lo hacemos a nuestro modo, porque eso sí –decimos-, tenemos una comunicación muy especial con Dios, muy personal, a nuestro modo, porque de este mismo modo somos creyentes y cristianos. Pues todos han echado de lo que les sobraba, ésta, en cambio, ha echado de lo que necesitaba todo cuanto poseía, todo lo que tenía para vivir.

Seamos sinceros y honestos, podemos decir lo que queramos, pero Dios en realidad tiene tanta importancia en nuestras vidas, como la cantidad de monedas que echamos –no en un día-, en un año en la limosna. ¿Cuánto será? Exagerando, ¿será equivalente a 52 dólares, es decir como 1 dólar semanal? ¿O será tal vez menos, mucho menos? Si cuantificamos el tiempo y dinero que “invertimos” en las cosas de Dios, en la Iglesia, en la oración, ¿podemos llamarnos cristianos? Con este mismo argumento, ¿Si contabilizamos la cantidad de tiempo que pasamos frente al televisor viendo fútbol o tenis, podremos decir que somos futbolistas o tenistas? ¿O tendremos que reconocer simplemente que somos aficionados? Aficionados al fútbol, aficionados al tenis, aficionados a Cristo. Aficiones baratas, que no comprometen en modo alguno nuestras vidas y de las cuales podemos prescindir llegado el caso. No somos fanáticos, como aquél que se compra su abono anual al estadio o viaja especialmente para ver algunos partidos de tenis. Todo lo vemos por televisión y tenemos que confesar que a veces hasta la Misa la seguimos por televisión y cuando se cruza con el tenis, el fútbol o algún otro programa o actividad, “con el dolor de nuestros corazones” la desprogramamos y punto. Más allá de la limosna que damos en la Iglesia o que damos a cualquier pobre de la calle, atendiendo la cuantía de nuestra limosna y comparándola con nuestros ingresos, podría alguien objetivamente concluir que tan buenos cristianos somos, tomando en cuenta el importe de nuestras limosnas anuales. Pues todos han echado de lo que les sobraba, ésta, en cambio, ha echado de lo que necesitaba todo cuanto poseía, todo lo que tenía para vivir.

¿Nunca nos hemos puesto a pensar de este modo? Hay algunas evidencias objetivas de nuestra fe. ¿Podría ser esta una? Más allá del monto total de limosna que damos, podríamos decir que el ser cristianos ¿nos demanda algún sacrificio? ¿cuál? ¿Qué es para nosotros el amor? ¿Podríamos cuantificar de algún modo el amor que damos? Por ejemplo hoy, ¿qué muestras de amor hemos dado de modo inobjetable? No para sacarlas en cara a nadie, pero para contabilizarlas y hacer un balance al final del día o al final de la semana. ¿Cuántas veces hemos dado de lo que necesitábamos para vivir? No, no en limosna, pero en atención a nuestros hijos, a nuestras esposas o esposos. ¿Nos hemos desprendido de algo que realmente nos ha costado, para complacer a los que amamos? ¿Cuándo he ido al supermercado a comprar, ha primado lo que quería, lo que me gusta, lo que prefiero o más bien lo que gustan ellos, lo que prefieren ellos, lo que disfrutarán ellos, antes que yo? ¿Me he privado de algo por los que amo? No genéricamente, porque somos campeones a la hora de victimizarnos, señalemos concretamente qué hemos hecho hoy por nuestro prójimo y por Dios. Si no hicimos nada, propongámonos hacerlo mañana, para que no sea una respuesta improvisada o del momento, sino algo planeado intencionalmente, algo programado, como mi Rosario y/o mi Misa diaria. Pues todos han echado de lo que les sobraba, ésta, en cambio, ha echado de lo que necesitaba todo cuanto poseía, todo lo que tenía para vivir.

Controlemos nuestros gestos, nuestras palabras y nuestras acciones. Controlemos nuestro carácter, nuestro humor y nuestra actitud. Demos con alegría, sin que nadie sepa, ni imagine lo mucho de lo que nos estamos privando. Oigamos a Jesús y sigamos el ejemplo de la viuda, que de su miseria saca cuanto le queda y lo pone a disposición del templo, confiando que ellos sabrán como lo distribuyen, porque hasta en eso es austera. No pone condiciones como nosotros pretendemos hacer cuando damos algo más que lo que nos sobra. Como nos cuesta un poquito, queremos asegurarnos que sea bien usado. En cambio, la viuda pobre es suficientemente humilde para darlo todo, sin esperar nada a cambio, simplemente por agradar a Dios. ¡Qué mayor satisfacción! Y es que nosotros, mientras más tenemos, más queremos y menos estamos dispuestos a dar, menos estamos dispuestos a desprendernos de lo que sea, sin esperar ser recompensados de algún modo. En un mundo centrado en la satisfacción personal, como lo más natural y apetecible, ¡cómo nos cuesta sacrificar, aun cuando solo sea unos minutos de nuestro tiempo! Pues todos han echado de lo que les sobraba, ésta, en cambio, ha echado de lo que necesitaba todo cuanto poseía, todo lo que tenía para vivir.

Oremos:

Padre Santo, haznos humilde y generosos; que aprendamos a compartir todo cuanto tenemos, sin reparos y sin esperar nada a cambio…Te lo pedimos por nuestro Señor Jesucristo…Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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