Vengan a mí – Mateo 11,25-30

Vengan a mí

«Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados, y yo los aliviaré.”

Viernes de la 12da Semana de T. Ordinario | 28 de Junio del 2018 | Por Miguel Damiani

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Reflexión sobre las lecturas

Vengan a mí

Vengan a mí, aprendan de mí, hagan lo que hago y encontrarán alivio, los que están cansados y agobiados. La carga del Señor resulta sin peso alguno cuando haciéndole caso la tomamos en nuestras manos. Eso es lo que nos pide y lo que debemos hacer.

No se trata de que aquello que el Señor lleva, aquello que ha dispuesto que hagamos resulte más sencillo para nosotros que lo que es para Él, no. Lo que ocurre es que si hacemos lo que Él ha dispuesto, todo resultará más fácil y llevadero.

Vengan a mí los cansados

Pero, otra vez, por si no hemos entendido, no es que Él haya escogido lo más sencillo y fácil, sino que, si Él lo quiere y mientras lo quiéralo que Él disponga será más fácil y sencillo de realizar.

No tiene que ver con nuestra capacidad, ni con nuestro valor, sabiduría o inspiración. Es Su Voluntad como el viento o la corriente a favor. Basta que Él lo quiera, que Él disponga que lo hagamos de un modo para que encontremos que el yugo es suave.

«Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados, y yo los aliviaré.”

No es que sea más sencillo o menos pesado, sino que Él asume todo el peso que haga falta para que nosotros nos sintamos aliviados. En eso precisamente consiste nuestra salvación. No en que nosotros seamos más fuertes y capaces, sino en que el asume toda dificultad, dándonos descanso y alivio.

Esto es precisamente lo que queremos expresar cuando decimos que Cristo y yo somos mayoría. Es decir que con Él somos invencibles, no por nada que hagamos nosotros, sino porque lo tenemos a nuestro favor y a Él no hay quien lo venza.

Esto es lo que estamos llamados a creer. Así de sólida y profunda debe ser nuestra fe. Esto es todo lo que debemos poner de nuestra parte: fe. Es en este sentido que se dice que la fe mueve montañas. No es nuestra fe; nuestra capacidad de creer, sino en quién creemos.

Esta es una diferencia fundamental. Un aspecto en el que generalmente no pensamos cuando nos referimos a la fe. Creemos que se trata de un esfuerzo nuestro, de una disposición especial. Del modo en que cerramos los ojos o los puños.

«Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados, y yo los aliviaré.”

¡Qué no, hombre! ¡No depende de nosotros! Depende de Dios. Por eso nuestra primera oración y la constante en nuestras vidas ha de ser el pedir fe.  Con ella lo tenemos todo. Pero es Gracia que Dios nos debe dar. De otro modo “en vano se empeñan los constructores”.

Sin Él somos nada. Sin Él nada podemos. Esto es lo que tenemos que digerir y asimilar Tenemos que interiorizarlo, hasta la médula. Nosotros no somos capaces de nada. No hacemos ni haremos nada por nuestra cuenta. Dependemos total y exclusivamente de Él.

¿Entonces somos esclavos? Habrá más de uno que así lo habrá pensado. ¡Nada más errado! Dios nos ha creado libres, pero también inteligentes. Es cuestión que usando esta cualidad única, razonemos y hagamos lo que debemos, lo correcto.

Si por soberbia, por descuido, por orgullo, por egoísmo o por necedad nos negamos a reconocerlo, seremos nosotros los que perderemos. A Él no le afectaremos en nada, porque Él no nos necesita. Somos nosotros los que necesitados de Él.

«Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados, y yo los aliviaré.”

Él solo nos ama…como si esto fuera poco. Nos ama inmerecidamente. No hay nada que hayamos hecho o que podríamos hacer para que nos ame o nos ame más. Él nos ama y punto. Por eso no ha creado libres e inteligentes y llegado el tiempo, envió a Su Hijo Único a Salvarnos.

Él nos ama y nos quiere a Su lado, viviendo eternamente. Ha hecho todo lo necesario para que alcancemos este propósito, pero depende de nuestra voluntad. Depende que nosotros lo queramos y demos el paso necesario en esa dirección.

¿En qué consiste este paso? Nos lo dice el Evangelio de Hoy. Consiste en ir a Él, respondiendo Su llamado y, por lo tanto, encaminándonos a Él. ¿Por qué no habríamos de hacerlo si resulta tan conveniente? Solo hay una explicación: por necedad.

Oración:

Padre Santo, Te pedimos que nos ilumines, que nos des Tu luz para entender que no hay nada mejor que hacer Tu Voluntad, que confiar en Ti, que atender Tu llamado y emprender el Camino que nos muestra Tu Hijo amado, confiando plena y totalmente en Él. ¡Danos Fe! Te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor, que contigo vive y reina, en unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos…Amén.

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