Tú piensas como los hombres

Tú piensas como los hombres – Marcos 8,27-33

Tú piensas como los hombres

“Jesús se volvió, y de cara a los discípulos increpó a Pedro: «¡Quítate de mí vista, Satanás! ¡Tú piensas como los hombres, no como Dios! »»

Jueves 6ta Semana del Tiempo Ordinario | 20 de Febrero de 2020 | Por Miguel Damiani

Lecturas de la Fecha:

• Carta del apóstol Santiago 2,1-9
• Salmo 33,2-3.4-5.6-7
Marcos 8,27-33

Reflexión sobre las lecturas

Tú piensas como los hombres

Somos nosotros tan afectos a hacer diferencias. A distinguir entre ricos y pobres. Con el tiempo recorrido, tal vez no lo hacemos tan evidente a nuestros propios ojos, pero casi siempre establecemos estas diferencias odiosas consciente o inconscientemente.

Estamos dispuestos a impartir un trato distinguido a aquel que por algún motivo destaca entre todos, aun cuando no siempre sea por su bondad o su pobreza. Nuestros criterios siempre son subjetivos y no se detienen ante la humillación que causan a los demás.

El Señor aquí nos enfrenta cara a cara con esta realidad, propia de nuestra naturaleza humana, para que la superemos, haciéndonos, actuando como Dios. Como dice Santiago: guardando correspondencia con nuestro apellido.

Tú piensas como los hombres

Todos somos De Dios

¿Y cuál es nuestro apellido? ¿Es que llevamos algún apellido en común? El Padre Cavanna, director espiritual del MCC solía decirlo con tanto énfasis: somos de Dios. ¡Ese es nuestro apellido! “De Dios” o si se quiere “Cristiano”.

Esta certeza de ser Hijos de Dios y seguidores de Cristo debe acompañarnos en cada uno de nuestros actos. Todo lo que hacemos debe estar teñido por la constatación de esta realidad. No es que la digamos en palabras, sino con nuestros propios actos.

Es esta actitud y no ninguna otra la que debe acompañarnos en el trato a los demás, viéndolos como Cristo mismo los ve y no como nosotros los veríamos con nuestra mirada humana, subjetiva y plagada de miserias.

No podemos pensar como los hombres

Ver al mundo como Dios lo ve es la tarea en la que debemos estar embarcados todo el tiempo. Constituye un reto de superación permanente. Y, si queremos, ha de ser de esto de lo que nos debemos confesar frecuentemente: de no haberlo alcanzado.

Es muy fácil andar por ahí culpando a uno u otro de lo que ocurre, por sus defectos, por sus vicios, por su mal comportamiento. Pero, ¿qué hay de nosotros? ¿Es que procedemos en todo y especialmente en el trato a los demás, como Jesucristo mismo lo haría?

¡Qué importante es lograr esta sintonía! No es solamente posible, sino que es nuestro deber cotidiano esforzarnos por alcanzarla. En eso consiste la santidad. En ser como Cristo. En llevar su Apellido. En ser de Dios, haciendo que ello sea visible todo el tiempo.

Dios ha querido darnos su propio ADN

Sea que comamos, que hablemos, que discutamos, que nos divirtamos. Sea que estemos con príncipes, con mendigos, con nuestros amigos, con nuestros parientes o con quienes no odian y mal tratan, no impedir que el brillo aquel rebase todo nuestro ser.

Es que si algo ha de distinguirnos debe ser precisamente el pensar y actuar como Dios mismo lo hubiera hecho; en Su Nombre. Esto es algo que se cultiva, pero sobre todo es Gracia de Dios que hay que pedir.

No brota por nuestras propias fuerzas. No es algo que alcanzaremos si depende tan solo de nuestro esfuerzo. Llegar a esta Comunión con Cristo es Don del Espíritu Santo, que el mismo Jesucristo ha querido comunicarnos de modo especial a través del Milagro Eucarístico.

La Eucaristía nos hace de la misma sangre

¡Eh ahí el valor de la oración! Pero, fundamentalmente el valor de la Eucaristía. Es por esto que no debemos abandonarla y por el contrario debemos frecuentarla como el pan cotidiano, el pan que tomamos cada día para alimentar nuestra vidas.

Si no podemos dejar de comer, si no podemos dejar de beber ni un solo día ¿cómo es que pretendemos vivir sin recibir cada día el cuerpo y la sangre de Cristo? ¿Cómo podremos brillar como nos manda, si no corre por nuestras venas Su Sangre?

Es esto y no otra cosa lo que el Señor nos comunica cuando instaura el Sacramento de la Eucaristía en la última cena. Si no comemos de Su Cuerpo y de Su sangre, no tendremos vida en Él. Y es esto lo que todo cristiano debe anhelar: tener vida en Él.

Oración:

Padre Santo, queremos llevar Tu Santo Nombre como luz permanente, que ilumine todo nuestro ser y cada uno de nuestros actos, por encima de nuestra propia conciencia y más allá de nuestras limitaciones y nuestro propio aspecto. Concédenos esta Gracia. Te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor, que contigo vive y reina, en unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos…Amén.

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