tesoro escondido – Mateo 13,44-46

Tesoro escondido

“El Reino de los Cielos es semejante a un tesoro escondido en un campo que, al encontrarlo un hombre, vuelve a esconderlo y, por la alegría que le da, va, vende todo lo que tiene y compra el campo aquel.”

Miércoles 17ma semana del T. Ordinario | 01 de Agosto del 2018 | Por Miguel Damiani

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Reflexión sobre las lecturas

tesoro escondido

Una vez más el Señor da muestras del profundo conocimiento de nuestra naturaleza. Y cómo no había de hacerlo, siendo hombre y Dios verdadero. Un misterio, es verdad, solo creíble y posible porque se trata de Dios, para quien no hay nada imposible.

Quien no anhela encontrar un tesoro escondido, que le ayude a resolver todo. Si este tesoro es monetario o algo que puede convertirse en una riqueza más grande de cuanto pudiéramos imaginar o codiciar, más de uno perderíamos por completo la razón.

Tesoro escondido

Tal vez sea por eso que no nos da riqueza alguna, porque sabe que perderíamos la cabeza. Cuantas veces lo he pensado. ¿Por qué no ser uno de aquellos que se gana el premio mayor dela lotería? Debo confesar que pierdo horas pensando en lo que haría…

Sin embargo, conociéndome estoy más que seguro que me perdería. Por eso el Señor que me ama y me conoce mejor de lo que yo mismo lo hago, no me da tal premio. Sería malo para mi alma. Si no puedo con lo poco que he recibido…

Lo cierto es que todos los bautizados, los creyentes en el Señor, hemos encontrado este tesoro inconmensurable en Jesús, en Dios, en el Espíritu Santo. Recordemos que el Señor mismo nos dice que “con cuanta mayor razón nuestro Padre que está en los cielos nos dará el Espíritu Santo a quien se lo pida”.

Lo dice a propósito de lo que somos capaces de dar nosotros a nuestros hijos. Si nosotros, que somos malos, que somos imperfectos, pecadores, mezquinos, falibles, somos capaces de dar cosas buenas, cuanto más nuestro Padre que está en los cielos.

Este es un rasgo del Padre que Jesús nos hace conocer. El es más bueno que el mejor de los padres terrenales. Él quiere nuestro bien por encima de lo que nadie en este mundo podría quererlo. No nos asombre, entonces, que siendo Dios nos de lo que nadie más podía darnos.

¿Y qué es esto que Dios Padre podría darnos que nadie en el universo sería capaz de darnos? Pues el Espíritu Santo. Este es un Don, un Tesoro que no tiene parangón. Nada se le puede igualar. Y nosotros lo tenemos. Está en nosotros desde el bautismo.

Que no lo veamos, que no lo percibamos, es muy distinto. Pero lo tenemos y Él es el que nos va mostrando aquello que somos capaces de alcanzar por Gracia de Dios. ¡El Reino de los Cielos! ¡Está a nuestro alcance! ¡No lo podemos perder!

Todo lo que tenemos que hacer es ir por él. Está al alcance de nuestra decisión. No tenemos nada más que hacer, que disponer nuestra voluntad para alcanzarlo. Si lo queremos, si lo seguimos, con perseverancia, lo alcanzaremos.

No es obra nuestra. Es obra de Dios. Él quiere que lo alcancemos, por eso lo ha puesto a nuestro alcance, pero no nos obliga a alcanzarlo, sino que depende de nuestra voluntad. Somos totalmente libres para alcanzarlo o rechazarlo.

Rechazarlo sería una necedad, un absurdo. Pero es posible, porque hay quienes buscan nuestra condenación, sembrando en nuestros corazones confusión. ¿Quién podría querer eso? El Demonio, cuya existencia se nos ha dado por negar.

Nada sirve más a los intereses el Maligno que pasar desapercibido, oculto entre lo bueno, como la cizaña entre los granos de trigo. ¿Y por qué quiere el Demonio pasar desapercibido? Porque sabe que si se presenta descaradamente lo rechazaríamos inmediatamente.

El Demonio es horroroso, apestoso, feo, rudo, tosco, egoísta, soberbio, orgulloso, avaro, desalmado, sangre fría, cruel, malvado…es una lacra inmunda de la que cualquiera en su sano juicio se alejaría más que volando. ¿Por qué no lo hacemos? Porque es un maestro del engaño.

El Demonio se presenta como aquello que más queremos y deseamos, como la culminación de nuestros anhelos. Casi como el tesoro aquel del que nos habla Jesús. ¿Cómo distinguirlo? Es difícil. Solo lo lograremos con la ayuda de Dios.

Solos no podemos vencerle. Por eso ha sido necesario que Cristo viniera, muriera por nosotros en la cruz y resucitara de entre los muertos. Por eso fue necesario que al irse nos dejara al Espíritu Santo. Todo ha sido planeado por Dios para que triunfemos sobre el Demonio y la muerte.

Pero tenemos que poner los medios. ¿Cuáles son? Fundamentalmente nuestra voluntad, manifiesta en una decisión. Tenemos que querer seguir a Jesucristo. Tenemos que querer alcanzar la plenitud. Tenemos que darle nuestro corazón a Dios. ¡Eso es todo!

Del resto, una vez que hemos tomado esta decisión, del resto se encarga Él. ¿Qué podemos hacer? Orar incansablemente, pidiendo Su Gracia. Una vez que hemos encontrado este tesoro escondido, no nos desprendamos de Él. Vendamos todo, dejemos todo por Él.

Con Dios no tenemos pierde. La batalla la tenemos ganada…es cuestión de tiempo y perseverancia. Dios ya venció al Demonio, pero tenemos que resistir los embates de esta vida, teniendo en la mira (en nuestra mente, alma y corazón) este tesoro escondido, no desprendiéndonos de él jamás.

El Demonio no puede contra Dios, pero si contra nosotros. Pero si nosotros nos aferramos fuertemente a la mano de Dios, el no podrá contra nosotros. No la soltemos, por el contrario unámonos más fuertemente a Él por Su Palabra, la oración, el Rosario y la Eucaristía.

Oración:

Padre Santo, no permitas que el brillo y el recuerdo de este tesoro escondido se apague en nosotros. Que por ningún motivo lo dejemos o lo cambiemos. Que no caigamos en la tentación de despreciarlo y que por el contrario nos aferremos cada vez más a tu preciosísima Voluntad. Te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor, que contigo vive y reina, en unidad del Espíritu Santo, por los siglos de los siglos…Amén.

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