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Juan 3,11-16 – El que cree en Él tenga Vida Eterena

El que cree en Él tenga Vida Eterena

En el Evangelio de hoy, Juan 3,11-16 el Señor afirma: así tiene que ser elevado el Hijo de Hombre, para que todo el que cree en Él tenga vida eterna. Y creer en el no es otra cosa que vivir según sus mandatos. El que cree en Él, lo evidencia con su propia vida; con sus actos. El que cree, da testimonio con su propia vida.

 

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Juan 6,35-40 – esta es la voluntad de mi Padre

Texto del evangelio Jn 6,35-40 – esta es la voluntad de mi Padre

35. Les dijo Jesús: «Yo soy el pan de la vida. El que venga a mí, no tendrá hambre, y el que crea en mí, no tendrá nunca sed.
36. Pero ya se los he dicho: Me han visto y no creen.
37. Todo lo que me dé el Padre vendrá a mí, y al que venga a mí no lo echaré fuera;
38. porque he bajado del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado.
39. Y esta es la voluntad del que me ha enviado; que no pierda nada de lo que él me ha dado, sino que lo resucite el último día.
40. Porque esta es la voluntad de mi Padre: que todo el que vea al Hijo y crea en él, tenga vida eterna y que yo le resucite el último día.»

Reflexión: Jn 6,35-40

¿Qué más podemos pedir? El Señor aquí nos revela literalmente, tal cual, la Voluntad del Padre. Tenemos trazado el Camino; sabemos qué es lo que tenemos que hacer para alcanzar el Bien sobre todo Bien. Hemos llegado antes al convencimiento que no hay Bien más grande que la Vida, así con mayúsculas, porque es única e irremplazable. No hay nada que podamos recibir que supere la Vida, porque sin Vida no hay nada. De eso nos convencemos muy rápidamente. Basta dedicarle unos segundos de reflexión a esta idea, para cerciorarnos que efectivamente es así. Lo que ocurre es que muchas veces no nos planteamos correctamente las meditaciones, ya sea porque casi nunca meditamos o porque cuando lo hacemos tenemos tanta agitación, tanta premura por atender algunas necesidades, que pasamos por alto lo más evidente. Ocurre siempre que lo más importante pasa desapercibido por nuestras múltiples ocupaciones rutinarias. Por ejemplo hoy a mi casi me pasa felicitar a mi esposa por ser su cumpleaños. Iba a quedar como una zapatilla –es decir, muy mal- si la despedía hoy a su trabajo sin por lo menos haberle dicho Feliz Cumpleaños. Imagínate después llamando o enviando un mensaje de texto para cumplir con esta obligación, pues no es nada grato. ¿Qué paso? Que me levanté muy temprano, como siempre, a preparar nuestro desayuno y su lonchera, y con el trajín y el apuro rutinarios a estas horas, pues se me pasó, algo que tenía tan pendiente desde hace varios días. Así, lo más importante tendemos a pasarlo por alto, por evidente. Vamos a dar una conferencia sobre el amor y la amistad y no somos capaces de devolver el saludo al portero y las personas humildes que nos esperan tal vez con muchas horas de anticipación preparando todos los detalles técnicos para que todo fluya naturalmente. O, hacemos una broma pesada que desdice de nuestra caridad cristiana y revela más bien envidia, codicia, orgullo o algún complejo. El carácter nos traiciona muchas veces. Personalmente lo siento así, cuando voy manejando mi coche y de forma automática, como si fuera parte de esta actividad se me vienen una serie de palabrotas e insultos a mis congéneres por sus maniobras. Es decir, caemos presos de nuestros hábitos y estos muchas veces nos impiden ver aquello que es realmente importante y que tenemos tan a mano, como es la vida…esta es la voluntad de mi Padre: que todo el que vea al Hijo y crea en él, tenga vida eterna y que yo le resucite el último día.

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