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Lucas 16,19-31 – ni aunque resucite un muerto

ni aunque resucite un muerto

“Tienen a Moisés y a los profetas; que los escuchen”. El rico contestó: “No, padre Abraham. Pero si un muerto va a verlos, se arrepentirán”. Abraham le dijo: Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no harán caso ni aunque resucite un muerto.”

Jueves de la 2da Semana de Cuaresma | 01 Marzo 2018 | Por Miguel Damiani

Lecturas de la Fecha:

  • Jeremías 17,5-10
  • Salmo 1
  • Lucas 16,19-31

Reflexión sobre las lecturas

ni aunque resucite un muerto

Somos demasiado testarudos e incrédulos. ¿Qué nos impide creer? ¿Cuál es el principal obstáculo? Parece que es la soberbia. Creemos tener todas las respuestas o el suficiente juicio para razonar y hacer lo que conviene en cada situación. La verdad es que no es cierto.

Erramos; nos equivocamos, y sin embargo nos falta humildad para reconocerlo. A tal extremo llega nuestro orgullo y vanidad, que somos capaces de seguir con nuestro error con tal de no humillarnos reconociendo nuestro error.

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Lucas 9,18-22 – les ordenó terminantemente que no lo dijeran a nadie

«Pero ustedes, les preguntó, ¿quién dicen que soy yo?». Pedro, tomando la palabra, respondió: «Tú eres el Mesías de Dios». Y él les ordenó terminantemente que no lo dijeran a nadie.

Texto del evangelio Lc 9,18-22 – les ordenó terminantemente que no lo dijeran a nadie

18. Un día en que Jesús oraba a solas y sus discípulos estaban con él, les preguntó: «¿Quién dice la gente que soy yo?».
19. Ellos le respondieron: «Unos dicen que eres Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, alguno de los antiguos profetas que ha resucitado».
20. «Pero ustedes, les preguntó, ¿quién dicen que soy yo?». Pedro, tomando la palabra, respondió: «Tú eres el Mesías de Dios».
21. Y él les ordenó terminantemente que no lo dijeran a nadie.
22. «El hijo del hombre, les dijo, debe sufrir mucho, ser rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser condenado a muerte y resucitar al tercer día».

Reflexión: Lc 9,18-22

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Lucas 9,18-22 les ordenó terminantemente que no lo dijeran a nadie

En la boca del Señor, no hay ninguna palabra ociosa. Nada se dice por decir. Todo tiene un significado y una importancia que va más allá de cuanto somos capaces de entender. Queremos detenernos ahora en por qué la enérgica determinación en que no se lo digan a nadie.

Ensayaremos algunas aproximaciones, puesto que es algo que no deja de inquietarnos desde la primera vez que nos topamos con esta lectura. Además, es algo que el Señor repite en varias oportunidades. ¿Por qué el afán en que no se lo digan a nadie?

Una primera razón que marca la distancia entre nuestro proceder natural y el de Jesús, es que Él no busca ni privilegios ni notoriedad. Lo normal entre nosotros sería exhibir nuestras credenciales, aquello que nos distingue y por lo que mereceríamos cierto respeto y privilegios. Jesús es distinto.

«Pero ustedes, les preguntó, ¿quién dicen que soy yo?». Pedro, tomando la palabra, respondió: «Tú eres el Mesías de Dios». Y él les ordenó terminantemente que no lo dijeran a nadie.

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