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Juan 13,16-20 – tanto amó Dios al mundo

Tanto amó Dios al mundo

Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna.

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Juan 3,16-18 tanto amó Dios al mundo

Juan – Capítulo 03

Reflexión: Juan 13,16-20

La lectura del Evangelio de Juan escogida por la Santa Iglesia Católica para el día de hoy, tiene tres versículos. Cualquiera de los tres nos deslumbra con su luz. Solo Dios puede decir tanto en tan pocas palabras. Es que solo Él tiene palabras de Vida Eterna.

Difícilmente podremos encontrar mayor consuelo que el que recibimos en estos tres versículos. El primero nos hace recapacitar en el infinito amor de Dios a nosotros, que no puede ser nada más que motivo de alegría, agradecimiento, paz y confianza.

¿Por qué? Pensemos un momento. El solo hecho de oír que Dios nos ama, tendría que ser motivo de regocijo. Si llegamos a conceptualizar con una pobre pero muy acertada aproximación, quién es Dios, saber que este ser Supremo, Todopoderoso, Infinito nos ama, debía ser el motivo de nuestra mayor alegría y de una felicidad inagotable.

Si uno de nosotros, se enterara que ha sido escogido por uno de los hombres más ricos e importantes de la Tierra, como por ejemplo Bill Gates o Carlos Slim, para pasar una temporada en una de sus paradisiacas propiedades ¿no estaríamos dando saltos mortales, más hinchados que un pavo real?

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Juan 3,16-21 – tanto amó Dios al mundo

Tanto amó Dios al mundo

Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna.

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Juan 3,16-21 tanto amó Dios al mundo

Juan – Capítulo 03

Reflexión: Juan 3,16-21

¿Qué es lo que tenemos que hacer? Creer. Así de simple; eso es todo. Por lo menos es muy fácil de recordar, no es verdad? No es tan complicado. No tenemos que consultar libros, ni hacer grandes estudios. No importa la profesión, la raza, el sexo, la nacionalidad…Solo debemos creer. Eso es todo lo que nos pide el Señor. ¿Por qué? Porque así ha sido dispuesto por Dios. ¿Por qué? Por amor.

La idea es en verdad muy simple. No podía ser de otro modo, viniendo de Dios, nuestro Creador, Infinitamente Misericordioso. Pensemos por un momento en los navegantes de hace 2 o 3 siglos, cuando no habían tantos equipos electrónicos de orientación. Aunque ya hubiera brújula y sextante, una vez que los barcos divisaban un faro, no tenían nada más que enfilarse al mismo para alcanzar tierra. De eso estaban seguros y nadie hubiera podido imaginar que aquello fuera una trampa, pues conforme a nuestro código de comportamiento universal, basado en la “buena fe”, estábamos llamados a creer que aquella luz nos guiaba a un puerto seguro.

Es exactamente lo mismo que hace Dios por y para nosotros. Nos envía a Su Único Hijo, a Su Primogénito, para que siendo elevado en un punto en el que todos podamos ver Su luz, creamos y enfilemos a este único puerto seguro y final, el único que dará sentido a nuestras vidas, a nuestros esfuerzos y sacrificios, porque allí todo tendrá su compensación. Pero es preciso llegar allí. Para eso debemos verlo, luego creer en Él, como los navegantes confiaban en los faros colocados para guiarlos y finalmente enfilar hacia Él, que sería de necios, en un mar embravecido, ignorar la posibilidad de alcanzar la salvación en aquella luz.

Cada línea, cada versículo de la lectura de hoy, nos ratifica de uno u otro modo esta idea. Primero, es Dios quien hace posible nuestra salvación. ¿Por qué? Por amor. Él nos ha amado tanto, que lo ha hecho posible, pero de un modo inequívoco. A fin de no exponer al fracaso la posibilidad de salvarnos, envió a su emisario más confiable, a aquél que más ama. Eso es lo que hacemos cuando queremos estar bien representados, cuando realmente nos interesa el receptor de nuestro mensaje. Cuando nos interesa el público o la comunidad a la que nos dirigimos. Eso mismo hizo Dios. Entre todas Sus posibilidades escogió a Su propio Hijo para esta Misión. ¿Por qué? Porque así de grande es Su amor por nosotros.

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Juan 3,16-21 – tanto amó Dios al mundo

Texto del evangelio Jn 3,16-21 – tanto amó Dios al mundo

16. Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna.
17. Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.
18. El que cree en él, no es juzgado; pero el que no cree, ya está juzgado, porque no ha creído en el Nombre del Hijo único de Dios.
19. Y el juicio está en que vino la luz al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas.
20. Pues todo el que obra el mal aborrece la luz y no va a la luz, para que no sean censuradas sus obras.
21. Pero el que obra la verdad, va a la luz, para que quede de manifiesto que sus obras están hechas según Dios.»

Reflexión: Jn 3,16-21

La falta de comprensión del mensaje de Cristo es lamentablemente una constante y nos parece que en gran parte es por la forma en que se nos han transmitido su conocimiento. Como toda tradición, ha sido transmitida de boca a boca, de generación en generación. Esto resulta algo incomprensible en los tiempos que vivimos y sin embargo ha sido así por muchos siglos. Cuando analizamos estos aspectos nos cuesta considerar que tan solo hace poco más de un siglo, siendo la quinta parte de la población, es decir más o menos mil seiscientos millones, muy pocos tenían la fortuna de poder leer y pocos tenían algunos libros en su hogar. El mundo era pues muy distinto; y si retrocedemos 4 o 5 siglos, el mundo era abismalmente diferente de lo que hoy conocemos. Tengamos en cuenta que el primer libro impreso fue la Biblia, en 1454, hace poco más de 500 años, y por ese entonces éramos alrededor de 500 millones de habitantes, la inmensa mayoría analfabetos. Casi todo se transmitía oralmente. Todo se ha venido desarrollando lentamente, aun cuando con una aceleración continua, que era casi imperceptible hace mil o dos mil años, sin embargo y desde hace 50 años parecemos haber llegado a un desarrollo explosivo en todos los aspectos, lo que definitivamente exige una capacidad de adaptación y respuesta a nuevos retos y situaciones siempre cambiantes, para las que muchas veces no estamos preparados y por lo tanto no sabemos responder. Es fácil entender a lo que nos referimos si seguimos teniendo en cuenta el aspecto del crecimiento poblacional al que nos hemos venido refiriendo. En poco menos de 50 años, desde 1970 se ha doblado la población mundial pasando de 3,692’492,000 a 7,376’471,981 lo que aparejado a una verdadera revolución en las comunicaciones y el procesamiento de información, entre otras cosas, ha dado lugar que en el 2014 el número de celulares en el planeta haya superado el número de pobladores y si tenemos en cuenta el índice más bajo de usuarios de 63 por cada 100 pobladores en África y lo proyectamos a la población mundial, podemos decir que aproximadamente 4,647 millones de habitantes están comunicados, muchísimos de ellos con acceso a Internet, que entre otras cosas es una gran biblioteca que pone todo el conocimiento de la humanidad a la distancia de clic a quien quiera accederla. ¿Cómo afecta todo esto a nuestra capacidad de razonar y de procesar, no solo información, sino también valores y principios? Es difícil diagnosticar, pero es un hecho que somos proporcionalmente muchísimos más alfabetos que nunca y que difícilmente se puede cumplir la transferencia de tradiciones entre las últimas generaciones desconcertadas y deslumbradas, con la comprensible tentación de poner todo lo recibido por esa vía en tela de juicio y optando por posiciones universales o en todo caso vanguardistas, con serios reparos para entender algo que no sea el cambio como lo único absoluto, de allí la dificultad de entender a un Dios Inmutable y heredado. Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna

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