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Juan 12,44-50 – su mandato es vida eterna

Su mandato es vida eterna

…yo no he hablado por mi cuenta, sino que el Padre que me ha enviado me ha mandado lo que tengo que decir y hablar, y yo sé que su mandato es vida eterna.

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Juan 12,44-50 su mandato es vida eterna

Juan – Capítulo 12 – de nuevo le glorificaré

Reflexión: Juan 12,44-50

La Palabra del Señor contiene una riqueza y una sabiduría incomparables. Juan el evangelista, cuyo texto ha escogido hoy la Iglesia nos presenta esta Palabra de un modo extraordinario, dificultándonos la selección de una frase o un solo versículo para centrar nuestra reflexión. Sin embargo y sin descartar nada queremos quedarnos con la idea de aquello que Dios Padre pone a nuestro alcance: la Vida Eterna. Pero agrega “Su mandato…” Quiere decir que el que hace lo que Dios Padre nos manda, alcanza la Vida Eterna. Su mandato ES Vida Eterna. Vida Eterna para quien lo cumple. Así Él lo ha dispuesto y así será. ¿Creemos o no? Si creemos, lo lógico será que cumplamos y si cumplimos la alcanzaremos.

Esta es la Buena Noticia. Esto es lo que todo el mundo debe saber. Esta es la Puerta. Este es el Camino. Si lo seguimos, ya sabemos a dónde nos conduce. La promesa está ahí, al alcance de todo aquel que la quiera alcanzar. Y este mensaje tiene que ver con Jesucristo, porque es Él quien nos lo trae, quien nos lo da a conocer claramente. Esa es Su Misión. Desde esta perspectiva podemos entender Su afirmación, que Él no juzga, porque no ha venido a juzgar al mundo, sino a Salvarlo. Esto es lo que debemos entender para no dejarnos confundir. Jesucristo ha venido enviado por el Padre a Salvarnos, no a juzgarnos y mucho menos a condenarnos. ¡La noticia es excelente! ¡Ha de ser la mejor noticia que podríamos oír! ¡Esta es la Buena Nueva!

¿Quiere decir que nadie se pierde, que nadie se condena? ¡No! Quiere decir que hay que hacer lo que Dios nos manda, porque en el cumplimiento de este mandato está la Vida Eterna. ¿Quiere decir que quien no cumple Su mandato se condena y se pierde? ¡Sí! ¿Por qué? Porque es necedad no hacer lo que uno debe hacer. Si estás dando una prueba de matemáticas, en lo que eres malo y viene Einstein y te dice cómo hacerlo, ¿te negarías a hacer lo que te manda? Si lo haces, es decir si te niegas a aceptar su consejo, ¿no serías un necio? Y si entonces desapruebas el examen ¿de quién sería la culpa? Solamente tuya ¿no es verdad?

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Juan 12,44-50 – El que cree en mí

Texto del evangelio Jn 12,44-50 – El que cree en mí

44. Jesús gritó y dijo: « El que cree en mí, no cree en mí, sino en aquel que me ha enviado;
45. y el que me ve a mí, ve a aquel que me ha enviado.
46. Yo, la luz, he venido al mundo para que todo el que crea en mí no siga en las tinieblas.
47. Si alguno oye mis palabras y no las guarda, yo no le juzgo, porque no he venido para juzgar al mundo, sino para salvar al mundo.
48. El que me rechaza y no recibe mis palabras, ya tiene quien le juzgue: la Palabra que yo he hablado, ésa le juzgará el último día;
49. porque yo no he hablado por mi cuenta, sino que el Padre que me ha enviado me ha mandado lo que tengo que decir y hablar,
50. y yo sé que su mandato es vida eterna. Por eso, lo que yo hablo lo hablo como el Padre me lo ha dicho a mí.»

Reflexión: Juan 12,44-50

Creer en el Señor es vital, es central. El que no cree no vive; deambula por el mundo, sumido en la oscuridad, sin saber a dónde va. Así, es natural que tropiece, resbale, caiga, se lastime e incluso que pierda la vida. Es lo que ocurre con una oveja que se aleja del redil; poco a poco se va exponiendo a mayores peligros, entre los que no solo se encuentran los depredadores, sino la hostilidad del terreno y las inclemencias del clima. Llega un momento que si no encuentra al rebaño y a su pastor, se expone a una muerte segura; es tan solo cuestión de tiempo. Sea que lo entendamos o no, con nosotros ocurre lo mismo y es esto de lo que nos habla Jesús. Sin Él, somos como entes perdidos, en un mundo sub realista, donde nada parece tener sentido, al estilo de tantas películas de seres humanos ensangrentados caminando con harapos, como sombras tenebrosas, desgarrados y con miembros destrozados. La vida sin Dios es un burdo remedo que no lleva a ninguna parte y termina destrozándonos, despedazándonos y conduciéndonos a la muerte definitiva. De eso tenemos conciencia todos, porque todos podemos ver con los ojos del espíritu y del corazón, aquello que realmente vale la pena. Esta es la impronta de Dios, que es como un sello que todos tenemos, que nos hace vislumbrar el Bien, la Virtud, la Verdad y la Vida como el Bien más grande. Sin embargo, nuestros temores y nuestras pasiones nos hacen dudar de este camino, prefiriendo sujetarnos a la oscuridad y a la mezquindad de cuanto podemos atrapar, aferrándonos a ello, como si de estas cosas dependieran nuestras vidas. Como el águila aquél que se crió entre gallinas, hemos llegado a consentir en nuestro interior que somos pollos y que estamos sujetos a la tierra, a escarbar en busca de gusanos, cuando podríamos expandir nuestras alas y remontarnos por el espacio a aquellas latitudes y horizontes para los que fuimos creados. Jesucristo es la luz que ha venido a abrirnos los ojos, a iluminarnos el Camino, para que dejemos de arrastrarnos y nos elevemos a hasta alcanzar la Vida Eterna, para la que fuimos creados. Jesús gritó y dijo: El que cree en mí, no cree en mí, sino en aquel que me ha enviado; y el que me ve a mí, ve a aquel que me ha enviado.

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