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Lucas 24,13-35 – Quédate con nosotros

Quédate con nosotros

Pero ellos le forzaron diciéndole: Quédate con nosotros, porque atardece y el día ya ha declinado.» Y entró a quedarse con ellos.

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Lucas 24,13-35 Quédate con nosotros

Lucas – Capítulo 24

Reflexión: Lucas 24,13-35

Para creer en todo esto, de lo que hemos sido testigos a través de los discípulos, efectivamente se necesita fe. Es por eso que el Señor no ha escatimado esfuerzo en suscitarla. Y, a estas alturas, luego de todo lo que hemos visto, oído y vivido, ya debíamos tenerla. Pero tengamos en cuenta que la fe no es el resultado de un esfuerzo racional e intelectual. No es el mucho saber el sustento de la fe cristiana. Es más bien Gracia de Dios que debemos pedir a cada paso, todo el tiempo.

Por lo tanto podemos decir que hay como dos fuentes o vertientes que alimentan nuestra fe: la vida y la gracia. La vida porque resulta imposible explicarla, al igual que muchos sucesos de la misma, sin la intervención Divina. Esta nos solo está en los orígenes y el final, sino a lo largo y ancho de toda ella. Si somos humildes y sinceros ineludiblemente llegará el momento en que lo habremos de notar. Quiere decir esto que resulta muy difícil, por no decir imposible, que lo note el cínico, el mentiroso y el soberbio. ¿Por qué? Porque como ocurre aquí con los discípulos, sus sentidos están “retenidos”.

Se dice que no hay peor sordo, ni peor ciego que el que no quiere oír, ni ver, y es verdad. Cuando nos ponemos la “cortina” de la mentira o la soberbia, somos capaces de “tapar el sol con un dedo”. De allí proviene este dicho popular, cuyo significado todos entendemos y algunas veces en nuestras vidas nos vemos obligados a aplicar con respecto a alguien, en determinada situación. El necio, el testarudo, muchas veces no es que no pueda ver, sino que no quiere, porque no le conviene, porque prefiere mantenerse en la mentira, en el engaño, con tal de no perder sus privilegios, su riqueza o su posición.

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Lucas 24,13-35 insensatos y tardos de corazón

Insensatos y tardos de corazón

Él les dijo: «¡Oh insensatos y tardos de corazón para creer todo lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Cristo padeciera eso y entrara así en su gloria?»

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Lucas 24,13-35 insensatos y tardos de corazón

Lucas – Capítulo 24

Reflexión: Lucas 24,13-35

Hoy queremos unirnos al reclamo que a través de los discípulos de Emaús el Señor nos hace a todos sus testigos y seguidores. ¿Cómo es posible que no le reconozcamos? ¿Cómo es posible que después de todo lo que hemos vivido juntos, después de la forma tan especial en que se nos ha revelado y dado a conocer a cada uno de nosotros, hasta ahora sigamos incrédulos, incapaces de atar cabos? ¿Qué es lo que necesitamos para ponernos en marcha?

Este reproche lo siento todos los días, cada vez que constato que pierdo mi tiempo en tonterías, en cosas sin trascendencia o que solo denotan desorden y poca conciencia del tiempo tan especial en el que estamos viviendo. Jesús ya ha venido. Ya ha vivido, muerto y resucitado por nosotros. Por cada uno de nosotros: por ti, por mí, por nuestra familia, por nuestros amigos y enemigos, por el mundo entero. ¿Cómo es posible que sigamos viviendo y deambulando por este mundo como ovejas sin pastor?

¿Dónde está nuestra alegría? ¿Dónde nuestro entusiasmo por este nuevo día, por el sol que vuelve a brillar sobre todos? ¿Cómo podemos seguir huyendo, escapando, escondiéndonos, refugiándonos en tonterías, en juegos, en recuerdos, en escritos cándidos, en los variados y engañosos recursos de la “Nueva Era”, cuando hemos sido testigos presenciales de la Resurrección de Cristo? ¡Él ha vencido al mundo! ¡Jesús ha vencido a la muerte, a la oscuridad, a la mentira, al mal, a la enfermedad, al demonio, al tormento de un final trágico y a la vida sin sentido!

Nosotros somos cristianos, somos creyentes, no podemos seguir haciéndole el juego a la necedad, a la estupidez. ¡No se enciende una luz para meterla bajo la cama! ¡Somos luz del mundo! ¡Tenemos que dar testimonio alegre y entusiasta de esta Noticia, la mejor que podrá recibir nadie en la historia! ¡Ese debe ser nuestro afán! ¡Tenemos que salir al encuentro de este mundo, de nuestros hermanos, de nuestros amigos, de la humanidad entera, con la cara de aquél que sabe que HOY se ha enterado que ha ganado el Premio Mayor! ¡Tenemos el número premiado en nuestras manos! ¡Nos lo ha traído Cristo! ¡No tenemos que seguir buscando, i probando suerte en ningún otro lado! ¡Ya lo tenemos!

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