Subo al Padre mío

Subo al Padre mío – Juan 20,1.11-18

Subo al Padre mío

«Suéltame, que todavía no he subido al Padre. Anda, ve a mis hermanos y diles: «Subo al Padre mío y Padre de ustedes, al Dios mío y Dios de ustedes.»»

Lunes de la 16ta Semana del T. Ordinario | 22 de Julio del 2019 | Por Miguel Damiani

Lecturas de la Fecha:

Reflexión sobre las lecturas

Subo al Padre mío

El Calendario Litúrgico de hoy, al recordarnos el acontecimiento único de la Resurrección de Cristo y su encuentro con María Magdalena, nos permite contemplar lo que constituye este evento tan especial en la historia de la Salvación, de nuestra Iglesia y de la humanidad.

Jesucristo ha resucitado y en su infinita sabiduría se ha presentado en primer lugar a María Magdalena, hecho histórico de un significado muy rico, profundo y trascendente, que va más allá del evidente amor que María Magdalena sentía por Jesús.

Tenía que ser una mujer la primera que, no pudiendo contener más el dolor en su corazón por la tremenda ausencia y vacío en que se hallaba al faltarle Jesucristo, fuera a verlo para constatar una vez más si aquello que había pasado no era sino un mal sueño.

Subo al Padre mío

La primera testigo

¡Qué tremenda sorpresa no encontrarlo! ¿Quién podía habérselo llevado? ¿Por qué? ¿Para qué? El dolor, la pena, la razón y la mente no le permitían discurrir de otro modo. Lo había visto muerto. Dolorosamente muerto, martirizado, humillado. ¿Dónde está ahora?

El primer testigo al que Dios habría de presentarse una vez Resucitado sería María Magdalena, obviamente una mujer, lo que desde luego reviste un significado particular, más aun en este tiempo en que de modo incomprensible se busca la irracional confrontación de ambos sexos.

Hombre y mujer somos distintos, siempre lo hemos sido y lo seguiremos siendo. Lo importante es que somos compatibles, lo que es evidente al sentido común y a la razón. Nadie tiene que rasgarse as vestiduras para constatarlo y relevarlo.

Componentes de una misma historia

Sin la participación del hombre y la mujer, no habría vida humana, ni familia. Quiso Dios en Su Infinita Sabiduría que así fuera, sin que la participación de uno u otro estuviera por encima o por debajo del otro.

Es evidente que la diferencia tenía y tiene que ser objeto de reflexión, constatando las fortalezas y debilidades de uno y otro, enriquecidas por la complementariedad, que no es otra cosa que la suma, cuando no la potenciación de uno y otro a través de su relación fundada en el amor.

El amor, tal como el mismo Jesucristo nos revela, constituye el cimiento de la familia y la sociedad, del mismo modo que la amalgama que permite una unidad que trasciende las vidas de los individuos e incluso de las propias familias, proyectándolas al destino común para el cual fuimos creados.

Fuimos creados para el amor.

Las diferencias entre hombre y mujer no son casuales ni accidentales, y mucho menos estigmas indeseables. Todo lo contrario. Dios nos quiso así, para complementarnos a través del diálogo que se establece no solo a través de la palabra y la inteligencia, sino a través de los cuerpos.

El modelo de amor que tenemos es infinito. Es, por un lado, el amor incondicional que nos tiene Dios Padre, por el cual nos dio la vida, amándonos aún antes que naciéramos, destinándonos a vivir en plenitud por toda la eternidad.

Y por otro, la evidencia del amor infinito que une a la Santísima Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo, por el cual cada una de las personas se entrega a la otra a su debido tiempo con el único propósito de cumplir la Voluntad de Dios.

Dios nos dotó de inteligencia, libertad y voluntad para que fuéramos capaces de elegir por nuestros propios medios aquello para lo cual fuimos creados. No contento con ello, nos envió a u propio Hijo para que nos muestre inequívocamente el Camino.

Dios es nuestro Padre.

Que Dios es nuestro Padre nos lo revela Jesucristo a lo largo de los Evangelios, pero muy específica y concretamente en este pasaje. Que una vez resucitado las primeras palabras que nos dedica a través de María Magdalena sean Subo al Padre mío y Padre de ustedes, no puede comunicarnos otra cosa que una gran ternura.

Nuestro Padre es el mismo Padre de Jesucristo, el Resucitado, nuestro Salvador y Redentor. Nuestro Padre es el mismo Dios que se nos ha manifestado en la historia. Es nuestro Padre Dios y Creador de todo cuanto existe.

Fue a María Magdalena a quien le cupo la bendición de ser elegida para ver por primera vez a Jesucristo Resucitado, comunicándolo a los demás. Coherente con la historia del Hijo de Dios Hecho hombre que nació en un pesebre, la primera en verlo Resucitado sería una mujer. Humilde en ambos nacimientos. El mensaje que nos manifiesta el Señor, va más allá de lo evidente.

Oración:

Padre Santo, te damos gracias por habernos creado por amor, porque así te pareció bien y por habernos mandado a Tu Hijo Jesucristo como nuestro Salvador y única garantía que alcanzaremos el propósito para el cual fuimos creados, si lo seguimos. Te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor, que contigo vive y reina, en unidad del Espíritu Santo, por los siglos de los siglos…Amén.

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