publicaré lo que estaba oculto – Mateo 13,31-35

agosto 30, 2018

publicaré lo que estaba oculto

“…nada les hablaba sin parábolas, para que se cumpliese el oráculo del profeta: Abriré en parábolas mi boca, publicaré lo que estaba oculto desde la creación del mundo.”

Jueves de la 21ra Semana de T. Ordinario | 30 de Agosto del 2018 | Por Miguel Damiani

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Reflexión sobre las lecturas

publicaré lo que estaba oculto

Es apasionante saber que el Señor nos ha dado a conocer todo lo que estaba oculto desde la creación del mundo a través de los Evangelios. Solo es preciso que estemos atentos a Su palabra. Él ha querido hacerlo así, desde el comienzo. No hay improvisación en los Planes de Dios.

¿Cómo no sentir confianza en el Señor, sabiendo que todo cuanto hace y dice obedece a un Plan trazado desde siempre? Esto quiere decir que ya nos tenía en mente a cada uno de nosotros y que es teniendo en cuenta esto que obra.

publicaré lo que estaba oculto

De este modo, nada de lo que nos diga o pida excederá nuestra capacidad y si lo hace, Él lo sabrá y estará allí para suplir cualquier deficiencia y ayudarnos. Todo es lógico y coherente. No tenemos nada que temer. El conoce nuestras capacidades y limitaciones, y estará cuando le necesitemos para asistirnos.

Poco a poco, según nuestro ritmo y capacidad iremos entendiendo todo y armándolo como un rompecabezas, donde cada pieza ocupa su lugar, sin que sobre o falte ninguna. Es cuestión de tiempo y dedicación. No desistamos, que Él ha previsto que lleguemos al final.

No lo neguemos. Pongamos de nuestra parte. Hagamos lo que nos corresponde. No reaccionemos con soberbia, ni orgullo. Tampoco seamos indiferentes. Gracias a Dios, todos estamos en condiciones de llegar a la Verdad, porque no depende de nosotros, sino de Él.

Todo cuanto nos pudiera faltar, será compensado por Él, en el momento preciso y en la cantidad justa. A nosotros nos toca insistir, perseverar. Esforzarnos en oír, entender y hacer lo que nos manda en cada momento y ocasión. Ser instrumentos.

Hemos sido creados por Dios para vivir eternamente y nuestra alma no descansará hasta no vernos unidos a Él. Toda intervención divina tiene como objeto acercarnos a Él y de esta forma acercarnos a la Verdad y con ello a la razón de nuestra existencia.

Vivamos con alegría y esperanza, sabiendo que estamos en sus manos. Abandonémonos a Su santísima voluntad, tal como la oración del Padre nuestro nos lo hace pedir. Es que no hay nada más sensato que estar en sintonía con Él, haciendo, por lo tanto, lo que Él ha dispuesto para nosotros en cada ocasión.

Todo esto sería muy sencillo si no existiera el Tentador, pero lo cierto es que Dios tiene un enemigo, que por serlo de Él, es también enemigo nuestro. Es más, nosotros somos el motivo de la discordia. Satanás quiere perdernos, porque de este modo el gana.

Obviamente al Demonio no le importa nuestra suerte. Para él nosotros somos la materia que está en discusión. A él no le interesan nada más que nuestras debilidades, porque sabe que con su astucia puede llevarnos a la perdición por ellas.

Para el Príncipe de este mundo, se trata de una competencia que empezó, tal como se narra en Génesis, cuando por nuestra soberbia logró que caigamos en la tentación de hacer aquello que teníamos prohibido. Como por ejemplo, manipular embriones.

Muchos beneficios se logran a través de la manipulación de embriones, seguramente y las grandes trasnacionales que lo promueven se encargan de publicitarlo. Pero lo que ocultan es que para ello es preciso matar, sí, asesinar a un ser humano, al más indefenso e inocente.

¿Quiénes somos nosotros para decidir quiénes si y quienes no deben vivir? ¡Esa no es potestad nuestra! Del mismo modo que ninguno de nosotros pidió vivir, y sin embargo estamos aquí, es Dios el Único que tiene poder sobre la vida. ¡El Único que puede llamarnos a la Vida!

Nosotros no tenemos derecho a decidir quiénes deben morir y a quienes debemos mejorar en salud a costa de la vida de otros. Esa es potestad de Dios. ¡Tenemos prohibido intervenir en ello! Sin embargo, lo hacemos. Ese es el Pecado Original trasladado a nuestro tiempo.

Queremos ser como Dios. Nos sentimos en la capacidad de ser dioses, cada uno mejor que el otro y de este modo poco a poco nos vamos alejando del Único Dios Verdadero, nuestro Padre Creador. Esta pretensión es inspirada y alimentada por el Maligno que se solaza en nuestra perdición.

Caemos del modo más ingenuo imaginable, tan solo porque el Demonio nos sopla al oído que somos bellos, inteligentes, acertados, geniales, que somos capaces de cuanto imaginamos, que somos superiores, que no necesitamos de nadie y que todo lo podemos resolver a condición de tener el dinero suficiente.

De allí pasamos a considerar que bien vale la pena sacrificar a cualquiera –incluso a nosotros mismos, por su puesto en última instancia- con tal de alcanzar la fortuna que nos permita solventar cualquier capricho.

Todo está bien, mientras se pueda pagar. Hemos hecho del Dinero el centro de nuestras vidas, precisamente lo opuesto a lo que Dios nos manda. ¿De quién es este logro? ¡Del Maligno! ¡Eso no se puede sostener sin engaño, destrucción y muerte. ¡En eso estamos!

La única salida, el antídoto, que dará el verdadero sentido a nuestras vidas es la Palabra de Dios que encontramos en la Biblia y de forma más resumida en los Evangelios. ¡Volvamos a este Camino y veremos como todo se restaura nuevamente!

El Señor hoy lo ratifica para quienes queramos escucharlo. Él nos revela la Verdad, todo lo que permanecía oculto desde la Creación. Este es el Camino a la Vida Eterna, el Camino a la plenitud, el Camino a la Felicidad y el Amor para el cual fuimos creados.

Andar por este Camino no es difícil para quien cuenta con la Gracia de Dos. ¡Es Él quien lo hace posible! Por lo tanto lo que debemos hacer es ORAR insistente y perseverantemente, pidiendo esta Gracia. ¡Él la ha prometido y la dará a quien se la pida!

Oración:

Padre Santo, concédenos la Gracia de perseverar en la oración constante, en la lectura y meditación del Evangelio, en la Eucaristía frecuente, todos medios que nos conducen a Ti y Contigo a la plenitud y a la Vida Eterna. Te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor, que contigo vive y reina, en unidad del Espíritu Santo, por los siglos de los siglos…Amén.

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