no voy a tener lástima yo

no voy a tener lástima yo – Jonás 4, 1-11

no voy a tener lástima yo

“¿Y no voy a tener lástima yo de Nínive, la gran ciudad, en la que hay más de ciento veinte mil personas que no distinguen su derecha de su izquierda, y una gran cantidad de animales?”

Miércoles de la 27ma Semana del T. Ordinario | 09 de octubre del 2019 | Por Miguel Damiani

Lecturas de la Fecha:

Reflexión sobre las lecturas

no voy a tener lástima yo

La lección que hoy aprendemos de la Lectura de la Palabra de Dios, particularmente de este último capítulo del Profeta Jonás, es precisa y muy adecuada a los tiempos que estamos viviendo, donde muchos cristianos somos tentados a perder por completo la fe.

Los últimos acontecimientos locales y universales parecen apocalípticos y nos llevan a preguntarnos ¿dónde está Dios? ¿Qué pasa que deja que todo esto ocurra, que todo esto suceda? ¿Es que nos ha abandonado? ¿A quién acudiremos?

no voy a tener lástima yo

Jonás prefiere huir de la misión

Sin embargo no puede menos que consolarnos el encontrarnos totalmente identificados con la actitud de Jonás, quien pudo ver todo lo que ocurría con Nínive y como el pecado se había apoderado de sus habitantes, a tal extremo que parecía imposible que alcanzaran el perdón de Dios.

Es así que Jonás prefiere huir de la misión para la cual Dios lo estaba buscando, que no era otra que advertirles del gran mal, del inmenso castigo que sobrevendría si no se arrepentían y cambiaban.

Jonás prefirió escapar a otro lugar exponiendo su vida y la de los que lo acompañaban, con tal de no afrontar aquella misión que se le antojaba imposible. ¿Cómo lo haría? ¿Quién lo iba a escuchar a él? Seguro que no dudarían en matarlo. Tan cruel y sanguinario era aquel pueblo o al menos así lo consideraba Jonás.

Finalmente Jonás cumple

Pero Dios le salvó la vida y lo trajo nuevamente al lugar del que había salido para mandarle nuevamente que cumpliera su misión. Así lo hizo esta vez Jonás;  entró en la ciudad proclamando: «Dentro de cuarenta días Nínive será destruida.»

Y luego se sentó a esperar su destrucción. Lejos de presagiar que Dios le diría «no voy a tener lástima yo». Sin embargo así fue, por más increíble que pudiera parece.  “Todos creyeron en Dios: ordenaron un ayuno y se vistieron de sayal desde el mayor al menor.”

Vio su conversión y se apiadó de ellos

Mientras Jonás esperaba el aterrador espectáculo el Señor hizo crecer un ricino que lo protegía y cuidaba con su sombra. Pero al día siguiente el mismo Dios le hizo entrar al ricino un gusano que lo secó. Desconcertado y molesto por lo que ocurría, Jonás montó en cólera y le pidió a Dios que le diera muerte.

Y es que Jonás creyó que con toda justicia el Señor aniquilaría aquel pueblo pecador, y sin embargo, no lo hizo. Por el contrario, vio su conversión y se apiadó de ellos. El amor de Dios y Su Misericordia siempre nos sorprenden.

¿No voy a tener lástima yo?

¿No tendría que alegrarse Jonás? Rabiaba porque le había dado la sombra efímera de aquel ricino. La gran pregunta del Señor es: ¿qué hiciste para tener esa sombra? ¿No creció por voluntad de Dios, sin que hicieras nada?

¿Qué hemos hecho nosotros por tener la paz, la serenidad, la convicción y la fe? ¿No es esta obra de Dios? ¿O es que hay algo tal vez que merezcamos? ¿Hubiéramos tenido un segundo de vida si el Señor no lo permite?

Hacer lo que Dios manda

Entonces, quienes somos nosotros para, fundándonos en nuestras creencias y convicciones, anticipar castigo alguno sobre alguien, por más alejado de Dios que nos parezca. ¿Qué tendríamos que hacer en vez de huir, rabiar o maldecir?

Obedecer al Señor. Hacer lo que nos manda. Predicar Su Palabra incansablemente, porque si nosotros apreciamos el bien, el amor, la fe, la justicia y la paz con la que hemos sido bendecidos, ¿por qué no habríamos de alegrarnos cuando bendice a nuestros hermanos?

Es Dios el que se hace cargo de nosotros

Nada de lo que pasa es para Él un secreto. Dispongámonos a trabajar indesmayablemente haciendo lo que Él nos manda. No huyamos de nuestras responsabilidades, ni maldigamos la aparente esterilidad de las obras que se nos encomienda.

No somos nosotros, no es nuestra palabra, el tono de nuestra voz, ni nuestra insignificante personalidad la que habrá de garantizar la efectividad de la obra de Dios. Es Él quien se hace cargo. Nosotros obremos tan solo como sus instrumentos. ¡Hagamos Su Voluntad!

No es pues extraño que el Evangelio de la fecha sea precisamente aquel en que Jesucristo nos enseña a orar. Y es digno de tener en cuenta que es el Padre Nuestro la única oración que nos enseñó Jesús. Digámolos todos juntos a tiempo y a destiempo.

Oración:

«Padre, santificado sea tu nombre, venga tu reino, danos cada día nuestro pan del mañana, perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe algo, y no nos dejes caer en la tentación.»

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