mi madre y mis hermanos

mi madre y mis hermanos – Mateo 12, 46-50

mi madre y mis hermanos

“¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos? Y señalando con la mano a los discípulos, dijo: Estos son mi madre y mis hermanos.»

Martes de la 16ta Semana del T. Ordinario | 23 de Julio del 2019 | Por Miguel Damiani

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Reflexión sobre las lecturas

mi madre y mis hermanos

De distintas maneras en los evangelios el Señor nos va haciendo notar qué es lo que realmente le importa; qué es lo más importante; en qué nos debemos fijar, si queremos agradar a Dios. ¿Cuáles son los vínculos que interesan?

Estos versículos nos hacen pensar en que los vínculos familiares que para muchos de nosotros son tan importantes e incluso lo más importante, no lo son para el Señor. Se nos ocurre incluso que aquí está el sustento para no darle tanta importancia al árbol genealógico.

Tal vez, si entendiéramos correctamente estos versículos, dejaríamos el empeño que algunos tenemos en ocuparnos de nuestros padres, hijos o parientes, como si ellos tuvieran que ser lo primero, deseando incluso encontrarnos con ellos en el más allá.

mi madre y mis hermanos

Los vínculos que importan

El Señor nos hace ver aquí cuáles son los vínculos que realmente importan. Los más entrañables han de ser aquellos que Dios pone en tu camino cada día, para que los conduzcas con tu ejemplo y testimonio al Reino de los Cielos.

Por su puesto ello no puede significar que excluyas a tus parientes y mucho menos a los más cercanos, como son tus padres, hermanos o hijos. Sin embargo, han de ser primero aquellos que el Señor te encomienda en cada ocasión.

Dicho de otro modo, el ser hijos de Dios y coherederos del Reino, nos obliga a ser responsables con cuantos nos rodean en cada ocasión; más aún, con quienes se encuentran extraviados y esperan de nosotros un consejo, una palabra o un gesto de amor.

Tenemos una misión en el mundo

La importancia de quienes nos acompañan, atentos a nuestro proceder y testimonio estriba en que estos han sido encomendados a nosotros por el Señor, como nuestra propia familia, siendo todos familia de Dios.

Jesucristo vino por Voluntad del Padre a este mundo trayendo la salvación a todos. Vino aquí para que ninguno se pierda; para que todos se salven, obrando de este modo mientras estuvo entre nosotros.

Es nuestro deber, si lo amamos, hacer lo que Él nos manda. Y claramente es esto a lo que nos envía: a hacer discípulos a la humanidad entera, bautizándola y enseñándoles a cumplir los mandamientos de la Ley de Dios.

Quien no evangeliza, no ha entendido nuestra misión

Pasar por el mundo dando a conocer a Cristo, no solo mediante nuestras palabras, sino principalmente por nuestras obras, por nuestro ejemplo, es un deber cristiano. No es que sea mejor, sino la ÚNICA forma de ser cristiano.

No hay cristianismo sin predicación. Eso lo entendieron muy bien los españoles que vinieron a América. Por eso trajeron, en primer lugar, los evangelios; luego su cultura basada en principios cristianos. Fundaron universidades, se ocuparon de la salud y de la justicia.

Las Cruzadas, antes, y luego la Inquisición no fueron sino manifestaciones políticas de una sociedad profundamente cristiana y conocedora de su deber, lo que ha sido tergiversado por enemigos de la cristiandad y es usado actualmente como argumento por ateos, agnósticos y comunistas para condenar a la Iglesia.

Evangelizar, tarea de cada día

Vivimos tiempos en los que quienes se oponen a la Iglesia y a la cristiandad pretenden que la religión debe mantenerse en el ámbito privado. Lo hacen para obligarnos a callar la prédica de la Palabra de Cristo, enemiga de un mundo que ha dado las espaldas a Dios.

Entendamos que dar las espaldas a Dios no significa solamente que no le demos importancia en nuestra vida cotidiana, como algunos piensan, sino que es descentrarnos, dejar de creer en Dios (que es amor) para poner al centro nuestros propósitos mezquinos y egoístas y finalmente al Dinero.

¿Qué hay de malo en poner al centro al Dinero? El que no pone a Dios en el centro de su vida o en otras palabras, el que no pone al amor al centro, termina poniendo al Dinero, que no es otra cosa que la oscuridad, la mentira, la destrucción, la muerte y finalmente al Demonio. Esta es la maldición de la modernidad.

Oración

Padre Santo, no permitas que nos olvidemos un solo día de nuestra misión en este mundo. Que mientras tengamos fuerzas, capacidad intelectual y de comunicarnos no dejemos de lado la responsabilidad de evangelizar con nuestros actos, con nuestro ejemplo. Te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor, que contigo vive y reina, en unidad del Espíritu Santo, por los siglos de los siglos…Amén.

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