mi carne por la vida del mundo – Juan 6,51-58

mi carne por la vida del mundo

“Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le voy a dar, es mi carne por la vida del mundo.”

Domingo 20mo del T. Ordinario | 19 de Agosto del 2018 | Por Miguel Damiani

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Reflexión sobre las lecturas

mi carne por la vida del mundo

El Señor nos pone en nuestras manos, a nuestro alcance, el Misterio de la Salvación. Hemos sido salvados de la mentira, la oscuridad y la muerte por Cristo, nuestro Señor. Ello ha sido posible por Su muerte en la cruz y Su resurrección. Sin estos sucesos extraordinarios no hay salvación.

Lejos de nosotros comprender a cabalidad el significado profundo de esto que acabaos de enunciar. Como todo lo concerniente a Dios, no está plenamente al alcance de nuestra comprensión, porque corresponden a una dimensión Divina que nos excede y supera, haciéndonos imposible abarcarla.

es mi carne por la vida del mundo

No es intención de Dios mantener oculto nada a nuestros ojos y entendimiento, como pretenden los gnósticos, sino que estamos limitados por nuestra propia naturaleza. ¡No somos dioses, como el demonio trata de hacernos creer!

Nos resulta imposible entender en toda su magnitud y amplitud el misterio de la Salvación, como en general nos resulta imposible acceder a la Verdad plena. Esta es precisamente la meta a la que nos guía el Espíritu Santo, la que alcanzaremos en el Reino de Dios, cuando seamos resucitados para entrar en la Mansión Celestial.

El Puente, el Camino que hace posible que lleguemos a aquél destino sobrenatural y de otro modo inalcanzable, es Jesucristo. Él ha dado Su Vida para hacerlo posible. Sin Él, simplemente es imposible. Esto es lo primero que debemos comprender.

“Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le voy a dar, es mi carne por la vida del mundo.”

No hay nada Divino a lo que podamos aspirar, si no es por Él. Es por Él, con Él y en Él que participamos en la Gloria de Dios. Esto es lo que debemos creer y lo que debemos evidenciar en nuestras vidas, es decir en cada uno de nuestros actos, para alcanzar la Vida Eterna.

Es imposible para nosotros. Repitámoslo nuevamente: es imposible para nosotros. ¿Eso te desanima? ¿Lo consideras injusto? ¿Tú lo hubieras hecho de otro modo? Esto último no es más que soberbia. ¿O es que alguno de nosotros está capacitado para decir a Dios cómo debía hacer las cosas?

Dios nos conoce perfectamente, mejor de lo que cada uno de nosotros podemos conocernos. Conoce nuestras virtudes y defectos. Por lo tanto Él sabe de qué somos capaces. Él no nos ha dejado a nuestra suerte. Él ha dado Su vida para salvarnos. ¿Conoces a alguien que te haya amado más?

Detengámonos un momento en lo que acabamos de decir. ¡Él ha dado su vida por nosotros! Pero no de cualquier modo, sino muriendo como el más ruin criminal, torturado, vejado y maltratado, crucificado entre ladrones. Para eso –previamente- se hizo hombre, como nosotros.

“Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le voy a dar, es mi carne por la vida del mundo.”

A Jesucristo nadie le quitó la vida. Él la dio y de este modo tan cruel e inhumano, por salvarnos del pecado. Siendo Dios, renunció a su naturaleza Divina por salvarnos. ¿No es esta la prueba de amor más grande que jamás podríamos esperar? ¿Hay alguien que haya hecho más por nosotros?

De este modo nos enseñó con el ejemplo, cual es el Camino del Amor. De qué debemos ser capaces por amor. Hasta qué extremo debemos estar dispuestos a llegar por amor. Sin embargo Él no nos pide todo eso, porque Él ya lo hizo por nosotros.

Lo que Él nos pide es nuestra disposición, nuestra decisión. Disposición y decisión que debe ser evidenciada con nuestra propia vida, es decir, con nuestras acciones cotidianas. ¿Cómo? Amando a Dios por sobre todo y al prójimo como Él nos ha amado.

Esto significa en definitiva poner al amor como el centro de nuestras vidas. Pero no el amor como un pensamiento, una poesía, un ideal o una intención, sino como el motor que se pone en evidencia en cada uno de nuestros pensamientos y actos.

“Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le voy a dar, es mi carne por la vida del mundo.”

Por nuestra naturaleza finita y limitada nos resulta difícil vivir así todo el tiempo, las 24 horas de cada día y toda nuestra vida. Sin embargo, eso es lo que se nos pide mejorando, corrigiendo, perdonando y perfeccionándonos cada día en el amor.

Esta es una tarea que resulta imposible sin el auxilio de Jesucristo. Por eso, además del modelo a seguir, Jesucristo nos ha dejado un medio único, excepcional y sobrenatural para unirnos con Él, haciendo posible lo que de otro modo nos sería imposible. Nos referimos a la Eucaristía.

La Eucaristía, a través de signos concretos y visibles nos permite unirnos a Él, haciéndonos uno con Él, para participar en el Sacrificio de la Cruz, es decir en nuestra propia redención. Él lo ha hecho posible y es solo comiendo su carne y bebiendo su sangre que alcanzaremos la Vida Eterna.

¿Por qué lo ha hecho así? A Él le pareció lo mejor y todos cuantos hemos vivido la experiencia del amor eucarístico, damos fe de la transformación que ocurre en cada uno de nosotros a partir de la participación en este sacramento.

“Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le voy a dar, es mi carne por la vida del mundo.”

Son cientos y aun miles de santos los que dan testimonio del infinito poder de transformarnos y conducirnos a la salvación que tiene la Eucaristía. No hay nada que se compare a este Don inconmensurable que Jesucristo ha querido compartir con nosotros como medio de santificación y salvación.

Por eso, nada puede ser más exitoso para el Demonio que alejarnos de este Don Divino, porque de Él depende la salvación de nuestras almas. Participar en la Comunión en vital para nuestra salvación. No es accesorio, ni un invento de curas. Jesucristo mismo nos lo dice.

Pero…¿cómo? ¿No es que Jesucristo nos ha salvado? ¡Cierto! Él ha hecho todo lo necesario para restaurar nuestra dignidad de hijos de Dios y con ello hacer posible nuestra salvación. Pero no lo hace a la fuerza, contra nuestra voluntad. ¡Tenemos que quererlo!

Nosotros somos libres. Así fuimos creados por Dios y en ello radica nuestra dignidad. Dios Padre, porque en Su Infinita Sabiduría vio que convenía para nuestra salvación, envió a Su Hijo Jesucristo a Salvarnos y Él hizo lo que era necesario para este fin. Pero jamás nos forzará.

“Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le voy a dar, es mi carne por la vida del mundo.”

La decisión está en nuestras manos. Contamos con todos los elementos, recursos y Gracias necesarias para hacer el Camino que Jesucristo nos ha trazado con Su propia vida. Hagamos lo que nos manda. Con Su auxilio y el del Espíritu Santo no habrá nada en este mundo que pueda retenernos.

Recordemos, finalmente, que no somos huérfanos. Que además de nuestro Padre tenemos a la Santísima Virgen María, aquella que Dios se escogió para que fuera Madre de Jesucristo, y por lo tanto Madre nuestra, porque es por ella que llega la Salvación al Mundo. Ella fue el Sagrario en que Jesucristo se formó.

¿Es que conocemos a alguien en este mundo a quien le haya cabido mayor dignidad? ¡Dios quiso hacerlo así! Nosotros no adoramos a la Santísima Virgen María, pero no podemos dejar de reconocer su sitial de honor, por encima de toda creatura.

Oración:

Padre Santo, cómo no agradecer tu Infinita Misericordia que nos valió el haber nacido y luego, cuando por nuestra soberbia merecimos el castigo eterno, el habernos enviado a Tu propio Hijo para salvarnos. Aparta toda necedad de nuestras mentes y danos humildad para reconocer que nos has amado desde siempre, sin que hubiera merecimiento alguno de por medio y que no encontraremos mayor paz, alegría y felicidad en el universo que estando a Tu lado por toda la eternidad. Te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor, que contigo vive y reina, en unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos…Amén.

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