Mateo 7,21-29 – entrará en el Reino de los Cielos

entrará en el Reino de los Cielos

“No todo el que me diga: “Señor, Señor, entrará en el Reino de los Cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre celestial.”

Jueves de la 12da Semana de T. Ordinario | 28 de Junio del 2018 | Por Miguel Damiani

Lecturas de la Fecha:

Reflexión sobre las lecturas

entrará en el Reino de los Cielos

El Señor nos explica muy claramente quienes tendremos entrada en el Reino de los Cielos. Hay una sola condición, un solo requisito: hacer la Voluntad de nuestro Padre Celestial. Quiere decir que si queremos entrar al Cielo, debemos conocer la Voluntad de Dios.

No hay otra forma de cumplir Su Voluntad que conociéndola. ¿Y cómo la sabremos? Por Su Palabra. ¿Dónde encontramos Su Palabra? En las Escrituras. ¿O sea que es obligatorio, forzoso leer la Biblia? Sí, salvo que el Señor te dé a conocer Su Voluntad de otro modo. ¿Cómo?

Reino de los Cielos

El Señor, nuestro Dios, no tiene los límites que nosotros. Él es Infinito. Esto quiere decir que es inabarcable. En otras palabras, no hay nada imposible para Dios. Podría sacar fieles y multiplicarlos a partir de las piedras, si Él quisiera.

Pero este no es el caso. Lo usual será que, como hacemos con cualquier personaje que nos interesa conocer, nosotros nos acerquemos a Él. La diferencia que encontrarás con cualquier otra persona es que notará que Él sale inmediatamente a tú encuentro.

Él espera por cada uno de nosotros todos los días; todo el tiempo. Él siempre está disponible para nosotros. ¿Por qué? Porque nos ama y es fiel. Somos nosotros los que muchas veces no lo escuchamos o no le hacemos caso.

Entonces, lo primero que debemos hacer es buscarlo. ¿Dónde lo encontraremos? Está en todo lugar, pero de modo especial lo puedes encontrar en todas las demás personas, incluso en aquellas que no te caen bien o que alguna vez te han maltratado; incluso en ellas.

Se amable. Trátalas con respeto, aprecio y cariño. Préstales atención. Escucha lo que te tienen que decir. Interésate por sus problemas, por sus inquietudes y alegrías. Celebra con ellos; entristécete con ellos. Ten siempre una palabra de aliento y comprensión. ¡Sé solidario!

Muéstrate disponible. Da de tu tiempo. Sé desprendido, especialmente cuando se trate de involucrarte en lo que te pidan. Todo lo que hagas, hazlo para mayor Gloria de Dios. Hazlo por Él. Asegúrate que sea a Él a quien agradecen si hubieran de hacerlo, no a ti.

Cuando te encuentres solo, busca en Internet o en cualquier librería el Calendario Litúrgico o los textos para la Misa diaria, son muy económicos y los encontrarás en cualquier librería católica. Selecciona las lecturas del día y hazlas pausadamente.

Si no tienes mucho tiempo, concéntrate especialmente en el Evangelio del día. Todos los católicos en el mundo hacemos las mismas lecturas cada día y reflexionamos sobre ellas. Con seguridad, si te aproximas con respeto y devoción, el Señor te iluminará. Haz lo que te diga.

Él te hablará y dará a conocer Su Voluntad para tú vida en este momento de oración. ¿Cuál oración, si estamos leyendo? Pues si lo haces con devoción, con amor y respeto, Él encontrará la forma de hacerte sentir Su presencia y comunicarte lo que necesitas para hacer Su Voluntad.

Recuerda que en este precioso tiempo lo importante es escucharle. Lee una, dos y hasta tres veces. No siempre su mensaje es tan evidente. Poco a poco lo irás entendiendo. Hazte el propósito de dedicar por lo menos media hora diaria a este tiempo especial de oración.

La Palabra de Dios tiene el poder de transformare, literalmente. Lo irás notando, pero debes ser perseverante. Un año, cinco, veinte…toda la vida. Su mensaje siempre será distinto, más rico y profundo que el anterior, aun cuando con los años repitas las mismas lecturas.

Luego, en otro momento, si tienes tiempo –Dios quiera que sí-, participa en la Eucaristía. Anda a Misa y Comulga. Por lo menos todos los Domingos. Ahora que, si pudieras todos los días sería lo mejor. Él está allí para nosotros como “verdadera comida y bebida”.

¿Cuántos días a la semana dejas de comer o beber? ¿Somos de los privilegiados que nunca nos vemos en esta necesidad? Y, entonces, porque no agradecemos y nos fortalecemos comiendo Su Cuerpo y Su Sangre a diario.

Hay muchos pueblos en el mundo donde no hay Templos o donde no hay sacerdotes. ¿Te has puesto a pensar en el privilegio que tenemos algunos? En muchos lugares los cristianos deben esperar al domingo para ver a un sacerdote y algunos, ni eso. Demos gracias y aprovechemos.

Ahora viene la mala noticia y es lo que nos dice el Señor en esta lectura. Todo esto no servirá de nada si no hacemos la Voluntad de Dios. Orar, oír y meditar la Palabra de Dios, participar en la Eucaristía y rezar el Rosario nos fortalece, pero no servirá de nada si no hacemos la Voluntad de Dios.

Algunos de nosotros nos estamos preparando continuamente para la batalla, nos embadurnamos bien el cuerpo, tenemos la mejor armadura, somos diestros en el uso de las armas más poderosas, pero si jamás salimos al campo a enfrentarnos al enemigo, no estaremos haciendo la Voluntad de nuestro Padre.

Tengamos en cuenta que muchas veces el enemigo está en nosotros mismos. En el aislamiento, en la soledad, que va convirtiéndose en egoísmo y comodidad. Lo tenemos todo, pero no vale nada, si lo guardamos exclusivamente para nosotros.

¿De qué nos sirve decir Señor, Señor, si al primer momento que nos cruzamos con alguien, pasa totalmente desapercibido? Si no somos capaces de amar a nuestro prójimo, es decir, de tratarles como nos gustaría que nos traten, ¿de qué nos sirven nuestras invocaciones a Dios?

Recordemos que la ley y los profetas consiste en amar a Dios por sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos. Amar es poner al otro en el centro de nuestras vidas, en primer lugar, haciendo por él o ella lo que nos gustaría que hicieran por nosotros.

La oración, la meditación de la Palabra, la Eucaristía, el Rosario, las obras de Piedad, nos van formando, nos van moldeando, nos van aproximando a Jesús, para hacernos un Don cada vez más maravilloso para nuestros hermanos. Solo así podremos entrar al Reino de los Cielos.

Oración:

Padre Santo, no permitas que nos encerremos en nosotros mismos. Que gozando de Tu presencia y Tu Palabra en cuanta ocasión nos sea posible, sirva ello para darnos a nuestros hermanos, procurando siempre tratarlos como nos gustaría que nos traten. Te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor, que contigo vive y reina, en unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos…Amén.

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