Mateo 7,1-5 – No juzguen

No juzguen

«No juzguen, para que no sean juzgados. Porque con el juicio con que juzguen serán juzgados, y con la medida con que midan serán medidos.»

Lunes de la 12da Semana del T. Ordinario | 25 de Junio del 2018 | Por Miguel Damiani

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Reflexión sobre las lecturas

No juzguen

¡Cómo nos conoce el Señor y qué difícil se nos hace cumplir este mandato! El Señor no hace recomendaciones, sino que manda. Y, manda porque tiene autoridad. ¿Qué autoridad? La de ser Dios, que nos es poca cosa. ¿O te parece que sí?

Vamos por partes. Si te parece que no es nadie para mandarte, déjanos decirte que estás más perdido de lo que crees. O, no crees en Dios, o simplemente nunca te has puesto a pensar lo que significa Dios, el único Dios verdadero, el Dios que profesamos.

No juzguen

Dios es el Creador del Universo, en el cual estamos incluidos nosotros junto a todo lo existente. Él lo sostiene. Un suspiro y existimos. Otro suspiro y desaparecemos. Si debemos respeto a la autoridad de los gobernantes de las naciones, imagínate cuanto más a Dios.

Pero hay algunos que no parecieran entender esto del respeto y reverencia a Dios y nos animamos a creer que es por ignorancia y falta de reflexión o por una soberbia irreflexiva, indómita e incluso patológica.

Hay entre nosotros personas excepcionales, tanto en sentido positivo como en sentido negativo. Así somos: variopintos. Solo así nos explicamos que haya hermanos –que se dicen cristianos-, que acuden al templo a los oficios y no son capaces de mostrar mínimo respeto.

Conversan, comen, beben, contestan sus celulares, no dan limosna, no hacen las plegarias, no participan de la comunión y son incapaces de ponerse de rodillas cuando la liturgia lo indica. Estos, que no son pocos, o son completamente ignorantes o no han sido debidamente catequizados o tienen un problema patológico.

«No juzguen, para que no sean juzgados. Porque con el juicio con que juzguen serán juzgados, y con la medida con que midan serán medidos.»

Pero si no estamos en este grupo, comprenderemos que Dios tiene autoridad. No solo eso, sino que nadie tiene mayor autoridad que Él, por eso cuando habla o cuando nos dice cosas como estas, referidas a juzgar al prójimo, no nos está sugiriendo, sino mandando.

Él habla con la Autoridad de ser Dios y Su Palabra es la Verdad. Es incuestionable e inobjetable, lo que no quiere decir que no podamos reflexionarla. Sin embargo hemos de hacerlo teniendo en cuenta que Él no se equivoca, aunque pudiera ser que nosotros no lo comprendamos.

En otras palabras, si Él dice que no juzguemos, con toda seguridad eso es lo mejor que podemos hacer. Luego podemos analizar las razones para no hacerlo, pero de seguro terminaremos ratificando que su mandato es correcto, que proceder de este modo es lo correcto.

Eso no obsta para que en alguna situación en particular nos parezca o nos resulte imposible dejar de hacerlo. Pero, que nos parezca, no quiere decir que tengamos razón. Tendremos que reflexionar y discernir donde se encuentra nuestro error, porque la palabra de Dios es infalible, inmutable e invariable.

«No juzguen, para que no sean juzgados. Porque con el juicio con que juzguen serán juzgados, y con la medida con que midan serán medidos.»

Esto quiere decir que debemos mordernos la lengua antes de caer en la tentación de hablar mal de alguien. ¡No debemos juzgar, punto! Nosotros no tenemos la capacidad de ver y analizar las variables que están en juego en cada caso. Eso solo le compete a Dios.

Por lo tanto, en vez de estar dedicando tanto tiempo a descubrir los errores en las argumentaciones de nuestro prójimo y de poner al descubierto sus excusas, debilidades o desviaciones, empeñémonos en corregir nuestras deficiencias, debilidades, errores o desviaciones.

Aun cuando no seamos chismosos, resulta difícil no encontrar en los otros justificaciones para nuestro proceder en tal o cual ocasión. Siempre es lo que hacen los otros lo que motiva nuestro comportamiento.

El Señor nos manda cambiar de óptica. Dejar de ver y juzgar a los otros para justificarnos. En vez de ello, prestemos atención a lo que nosotros hacemos y tratemos de corregirnos. Siempre podremos mejorar.

«No juzguen, para que no sean juzgados. Porque con el juicio con que juzguen serán juzgados, y con la medida con que midan serán medidos.»

Resulta sumamente difícil este cambio de patrón de comportamiento. Pero tenemos que hacerlo. No hay nada fácil en ser cristiano y esto tampoco lo es. Pero no pensemos en enfrentarlo solos. Pidamos al Señor que nos de esta capacidad.

El Espíritu Santo está aquí, entre nosotros, para eso. Él nos guiará hasta la Verdad completa. Lo que es imposible para nosotros solos, es posible con Dios. Pidamos que venga en nuestra ayuda; solo así podremos cumplir este y todos los mandatos del Señor.

Pero no confundamos. Esto no quiere decir que dejemos a todo el mundo hacer lo que le venga en gana. Claro que no. Sin embargo, no debemos lapidar a las personas, es decir, este o esta es así, es un tal por cual y no cambiara, por lo que le echamos la cruz y lo borramos de nuestra lista.

No podemos ir matando a nuestro prójimo, como solemos hacer con la excusa de que somos como somos, que somos directos y entonces, acto seguido, aniquilamos a quien es distinto o no respondió a nuestras expectativas y le quitamos el saludo o no lo volvemos a considerar para nada nunca más.

«No juzguen, para que no sean juzgados. Porque con el juicio con que juzguen serán juzgados, y con la medida con que midan serán medidos.»

A eso se llama muerte óntica y es casi tan grave como la muerte física. El que lo vive o experimenta se siente condenado, perdido, apartado, extraviado y en un caso extremo, dependiendo de quién sea el que condena, puede llevar a la depresión y hasta al suicidio.

Nosotros no somos nadie para poner estar cargas y estas etiquetas a nuestro prójimo. Esto es lo que el Señor nos advierte. Antes de juzgar a nadie, preguntémonos si nosotros seríamos capaces de cargar con esta cruz. ¿Y si no lo fuéramos, que esperaríamos de los demás?

Es muy fácil llenarnos la boca hablando de los demás, pero nosotros no estamos ni en sus zapatos, ni en la historia de cada uno de ellos. Seamos compasivos y misericordiosos, como quisiéramos que los demás fueran con nosotros de encontrarnos en similar situación.

No faltará quienes vean en estas palabras una amenaza del Señor a aplicar esa misma medida en nuestro juicio y otros, que con tal de evitarlo, pretenda callar y silenciar cualquier observación o reflexión, haciéndose cómplices por indiferencia.

«No juzguen, para que no sean juzgados. Porque con el juicio con que juzguen serán juzgados, y con la medida con que midan serán medidos.»

No podemos dejar de llamar la atención y corregir, mucho menos mantener un silencio cómplice y peor aún, ser indiferentes. De lo que se trata es de no negar la posibilidad de enmienda. ¿Hasta cuantas veces debemos perdonar? No digo siete, sino hasta setenta veces siete.

Perdonar quiere decir volver a creer, volver a tener esperanza. Sin duda hay casos muy difíciles, pero es así como quisiéramos que los demás fueran con nosotros, ¿o no? Trata a los demás como quieres que te traten. No olvidemos acudir en oración al Señor encomendando nuestras vidas y cada caso en particular.

Oración

Padre Santo, aparta de nosotros toda tentación de hablar mal de nuestro prójimo y mucho menos con frases lapidarias que solo contribuyan a multiplicar el dolor y la desesperanza por causa de un comportamiento errado. Que aprendamos a ser compasivos, a perdonar y a ser portadores de esperanza. Te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor, que contigo vive y reina, en unidad del Espíritu Santo, por los siglos de los siglos…Amén.

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