Mateo 6,24-34 Busquen primero su Reino

Busquen primero su Reino

«…ya sabe su Padre celestial que tienen necesidad de todo eso. Busquen primero su Reino y su justicia, y todas esas cosas se les darán por añadidura.»

Sábado de la 11ra Semana del T. Ordinario | 23 de Junio del 2018 | Por Miguel Damiani

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Reflexión sobre las lecturas

Busquen primero su Reino

Deben ser estas palabras las que ocasionaron tanta condena y rechazo a Jesús. Si nosotros, los que nos reconocemos como cristianos, tenemos muchas dificultades para llevarlas a la práctica ¿qué podemos esperar de quienes se resisten a oír?

El llamado que el Señor nos hace a la fe es constantes y reiterativo, en diferentes formas y circunstancias, pero siempre nos las ingeniamos para dar vuelta a su mensaje y hacer que nos diga otra cosa distinta a la que todos pueden oír, es que no queremos escucharle.

Busquen primero su Reino

Nos asustan estas palabras. La valla es demasiado alta. El pedido es concreto: abandonarnos a Su providencia. ¿Cómo hacerlo? ¿Hasta qué punto? ¿En qué grado? ¿Es en serio? Leemos y volvemos a leer para ver por donde le damos vuelta, para hacerle decir lo que queremos oír.

¡Nada que hacer! Se trata de dos señores ¿a quién seguimos? No podemos seguir a ambos. Son excluyentes. Uno va para arriba y el otro para abajo. Jamás se cruzan sus caminos. El que escoge uno, ya no puede ir por el otro.

Y, en la práctica, aunque pensemos que no, lo que hacemos, nuestra forma de vida pone en evidencia lo que hemos escogido. Parece que la humanidad es su conjunto hace rato escogió el Dinero y se aferra y empecina en esta decisión.

«…ya sabe su Padre celestial que tienen necesidad de todo eso. Busquen primero su Reino y su justicia, y todas esas cosas se les darán por añadidura.»

Obviamente, entre esta humanidad estamos nosotros. ¿Podríamos decir con honestidad que hay matices? ¿Qué nosotros no seguimos al Dinero, sino a Dios? ¿Hasta qué punto? ¿Es que estamos cien por ciento dedicados al Reino? ¿Cómo lo evidenciamos?

¿No nos está pidiendo dedicación exclusiva? ¿Se la damos? ¿Cómo explicamos el grado de compromiso o el matiz en nuestro seguimiento? ¿Es eso posible? ¿No es contrario a la Palabra de Cristo? ¿Es que si sé puede servir a ambos Señores?

¿Será que Cristo se equivocó, al menos en este asunto? ¿Es que hay errores en la Palabra de Dios? ¿Será que hay errores de interpretación? ¿Alguien ha manipulado los Evangelios haciéndole decir a Jesús lo que nunca dijo, porque, según nosotros no podría haberlo dicho?

¿No estaremos tratando de corregir la Palabra de Dios? ¿Con qué autoridad? ¿Con qué criterio? ¿Con qué legitimidad? Él nos dice que nos ocupemos de las cosas que trae este día, sin mirar más allá porque eso nos desenfoca y es lo propio del Dinero.

«…ya sabe su Padre celestial que tienen necesidad de todo eso. Busquen primero su Reino y su justicia, y todas esas cosas se les darán por añadidura.»

¿Qué debíamos hacer? ¿Cada quién según su criterio y su “buena intención”? ¿No estaríamos cayendo en el subjetivismo y por lo tanto en el relativismo? Que nosotros, en pleno siglo XXI seamos relativistas, lo entiendo. Pero ¿y Jesús?

¡Él es la Verdad! ¡Él no se puede equivocar, ni engañar, ni mentir! Por lo tanto, tenemos que prestar oídos a lo que nos dice y luego, hacer lo que nos manda. No podemos ni debemos tener más preocupaciones que las del día, asociadas al cumplimiento de Su Voluntad.

¿Si empezamos a escoger ahora lo que nos gusta, lo que nos conviene o nos parece, podemos llamarnos “fieles cristianos”? ¿Qué clase de fidelidad es esta? ¿Qué difícil va resultando ser cristiano? ¿No basta con ser buenos?

¿Es que si seguimos al Dinero, aun cuando solo sea parcialmente, ya no somos buenos? ¡Qué dilema! ¡Queremos ser cristianos! ¡Queremos seguir a Dios! ¿Debemos renunciar al Dinero? ¿Cómo lo evidenciamos concretamente? ¿Dejamos nuestro trabajo?

«…ya sabe su Padre celestial que tienen necesidad de todo eso. Busquen primero su Reino y su justicia, y todas esas cosas se les darán por añadidura.»

¿Vendemos lo que tenemos y se lo damos a los pobres y luego le seguimos? ¿Esa no es la historia del joven rico, al que Jesucristo miró con cariño, pero que finalmente no pudo seguirlo porque tenía demasiado? Y nosotros ¿tenemos demasiado o todavía es poco?

¿Cuánto es lícito tener? ¿Cuánto es tolerable? ¿Se trata de una cantidad determinada, que puede ser para unos más y para otros menos, o se trata de una actitud? Si se trata de una actitud ¿quién puede decir cuál es la correcta? ¿Y por qué el Señor no demandó actitudes, sino decisiones?

No encontramos forma de conciliar lo que hacemos con lo que el Señor nos exige. Tendremos que reconocer que estamos en proceso de conversión y que no llegamos a tanto, aunque aspiramos. Pero ¿hasta cuándo estaremos en esta cómoda posición?

Con un pie en cada lado…¿Es esto correcto? Tal vez para nosotros, que somos muy condescendientes y tolerantes con nosotros mismos, pero es obvio que no es lo que el Señor nos manda. ¿Qué hay de malo en contradecirlo? ¿No es infinitamente misericordioso y por lo tanto comprensivo y tolerante?

«…ya sabe su Padre celestial que tienen necesidad de todo eso. Busquen primero su Reino y su justicia, y todas esas cosas se les darán por añadidura.»

Es verdad. Pero de lo que se trata no es de complacerlo, no es hacer lo que nos pide por darle gusto, no. De lo que se trata es de dar en el blanco, es decir de alcanzar aquella promesa de Vida Eterna para la que fuimos creados.

Para ello hay un solo Camino. O escogemos este Camino y vamos por él o simplemente no llegaremos. ¡Ese es el problema! No se trata de que el Señor sea más o menos contemplativo con nosotros, sino que, haciendo uso de nuestra libertad, demos en el blanco.

No ha de ser el temor al castigo de Dios, porque eso Él ni lo menciona. Se trata de hacer lo correcto, lo que debemos hacer, en pleno uso de nuestra libertad. Se trata de escoger lo correcto, lo único que nos llevará a alcanzar el propósito para el que fuimos creados.

Se trata de nosotros mismos. Lo que está en juego es nuestra felicidad, no el castigo. Y el alcanzar la felicidad está en NUESTRAS PROPIAS MANOS. ¿La queremos o no? Si la queremos, hemos de hacer lo correcto.

«…ya sabe su Padre celestial que tienen necesidad de todo eso. Busquen primero su Reino y su justicia, y todas esas cosas se les darán por añadidura.»

¿Qué es lo correcto? Lo que Dios nos manda. Lo que Cristo nos señala tan enfáticamente cuando nos dice: Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Para eso ha venido Jesucristo, para Salvarnos. Él ha cumplido Su Misión. Ha puesto en nuestras manos todo lo que pudiera hacernos falta.

Luego, hacer que la Sangre derramada por Jesucristo haya valido la pena para cada uno de nosotros, depende de nosotros mismos, es decir, si aceptamos o no el Camino que Él nos señala, para lo cual Él se ha dado INTEGRO.

¡Yo quiero hacerlo, pero soy débil! Flaqueo…estoy lleno de temores y por otro lado, hay tantas cosas que me atraen y no me atrevo a soltar. ¿Qué puedo hacer? Tal vez lo más importante es esta decisión de querer hacerlo.

Seguidamente, ten en cuenta que no estás solo en este afán. El Señor está con nosotros y nos ha dejado Su Espíritu Santo para acompañarnos, defendernos y guiarnos. ¡Fijémonos que no es poco! Tenemos todo el poder necesario para vencer TODO obstáculo.

¡Sí señor! ¡Quien tiene a Dios, nada le falta! ¡Solo Dios basta! Nos dice Santa Teresa, Doctora de la Iglesia. Es otra forma de decir lo que Jesucristo nos manda en este Evangelio. Sería bueno investigar un poco a Santa Teresa, cómo y en qué circunstancias fue que lo dijo.

Pero esta es una constante en todos los santos, reconocer que quien tiene a Dios tiene todo lo necesario para alcanzar la Patria Eterna que todos anhelamos. Y, nosotros, todos, estamos llamados a ser santos. Pero este no es ningún secreto, Jesucristo nos lo dice abiertamente.

«…ya sabe su Padre celestial que tienen necesidad de todo eso. Busquen primero su Reino y su justicia, y todas esas cosas se les darán por añadidura.»

“Sean perfectos como mi Padre es perfecto”. Eso es lo que tenemos que alcanzar. No aquí, seguramente, pero es la meta a la que nos dirigimos. ¿Cómo hacer frente a nuestras dudas y temores? ¡Con Dios! Primero, aceptémoslo y pongámoslo en el centro de nuestras vidas.

¿Qué significa esto? Reconocer humildemente que sin Él no somos nada, que sin Él no podemos nada. Acto seguido, orar indesmayablemente pidiendo Su ayuda, Su luz, Su presencia en nuestras vidas.

Que nos salvemos es la Voluntad de Dios. Si esa es Su Voluntad, pidámosle que se cumpla (es lo que hacemos en el Padre Nuestro) y no le pongamos resistencia. Pidamos ser dóciles y tener el valor de abandonarnos completamente en sus brazos.

Oración

Padre Santo, te pedimos que nos des la docilidad, la entrega, la sumisión y humildad necesarias para entregarnos por completo a hacer Tu Voluntad. Te pedimos que nos ayudes a enderezar nuestros caminos, para llegar algún día a Tu Morada Celeste. Te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor, que contigo vive y reina, en unidad del Espíritu Santo, por los siglos de los siglos…Amén.

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