Mateo 5,38-42 – no le vuelvas la espalda

no le vuelvas la espalda

“…al que te obligue a andar una milla vete con él dos. A quien te pida da, y al que desee que le prestes algo no le vuelvas la espalda.”

Lunes de la 11ra Semana del T. Ordinario | 18 de Junio del 2018 | Por Miguel Damiani

Lecturas de la Fecha:

Reflexión sobre las lecturas

no le vuelvas la espalda

¡Qué difícil resulta poner en práctica estos mandatos de Jesús! Debemos confesar que con mucha frecuencia enmendamos nuestro proceder porque nos pillamos contrademandando. Muy rápidamente alcanzamos nuestro límite y devolvemos el ataque.

La vida matrimonial, mientras más tiempo dura, es el escenario permanente para poner en juego y acrisolar las virtudes. Sus exigencias no tienen límites. Cuando crees haberlo soportado todo, surge una nueva demanda que lejos de reconocer tu sacrificio anterior prácticamente lo desconoce para exigirte en un nivel superior.

no le vuelvas la espalda

¡Qué lejos está el matrimonio del idilio con que se le da inicio! Por eso es fácil comprender que con tanta publicidad a la vida placentera y completamente compenetrada de una pareja, en la que marido y mujer parecen hechos perfectamente el uno para el otro, se eleve la tasa de separaciones y divorcios, porque esto es una utopía.

Es como querer hacer el cielo en la tierra. Es imposible. Llegará, es verdad, pero no será mientras habitemos en este cuerpo humano. La sola esperanza nos alienta para trabajar indesmayablemente, empeñados en mejorar cada día, sabiendo que lo alcanzaremos un día no muy lejano.

Pero, si nos proponemos alcanzarlo aquí y ahora con nuestra pareja, tarde o temprano nos daremos de narices contra la pared, porque eso es imposible y si no estamos preparados para soportarlo, terminaremos engrosando la estadística de fracasos matrimoniales.

Ya lo decía Kiko Arguello, el fundador del movimiento Neocatecumenal, que el matrimonio es un campo de batalla en el cual marido y mujer son enemigos. Bien entendido y a la luz de la Palabra que acabamos de leer, quiere decir que debemos darnos, entregarnos, sin límites.

Esto que puede sonar a poesía, es muy distinto llevado a la práctica, porque, como decíamos al comienzo, no tiene ni principio ni fin. Y hay que estar dispuesto a tomarlo así, si no queremos pasar malos momentos y hacerlos pasar a nuestra pareja, a quien amamos.

Hombres y mujeres nos santificamos en el matrimonio. Que tiene muchas compensaciones, no es menos cierto que demandará innumerables sacrificios. Quien se ha comido el cuento aquel que el matrimonio es o ha de ser el paraíso se llevará una gran decepción.

No importa que tu marido o tu mujer sea el hombre o la mujer de tus sueños, que te hayas casado profundamente enamorado o enamorada. Ello sirve, para empezar y tal vez para dar cierta continuidad, pero si no ponemos oración, inteligencia y voluntad no lo lograremos.

Hemos de destacar la oración como el principal ingrediente. Ojo con lo que decimos, que no es decorativo y mucho menos suntuario. Si queremos consolidar nuestra unión conyugal, como cimiento de nuestro hogar y familia, lo primero que debemos hacer es orar juntos.

No en vano el matrimonio cristiano es sellado por un Sacramento. Jesucristo mismo ha querido derramar gracias abundantes y especiales sobre los cónyuges, para que podamos afrontar este reto. Solo bajo su auspicio podremos caminar unidos por el resto de nuestras vidas.

No tomemos a la ligera la fuerza y el poder inconmensurable del Señor si queremos sostener una relación conyugal fértil y amorosa por el resto de nuestros días, haciendo de nuestra unión el Camino que Dios ha dispuesto para nuestra santificación.

Si vivimos de este modo, el trato que daremos a los demás, a nuestros hijos, parientes, amigos y vecinos, será siempre el reflejo de este amor Bendecido por Dios. Jamás daremos la espalda a nadie que atraviese una dificultad.

Por supuesto que la entrega y don de sí, no son exclusivos del matrimonio. Este es el modo en que debemos vivir todos los cristianos, sin importar edad, sexo, nacionalidad, ni cualquier otro atributo que nos diferencie.

Amar significa acompañar y ayudar, si fuera el caso, al prójimo en la atención de sus necesidades, sin cortapisas, sin condiciones, disponiéndonos a llegar incluso más allá de lo que se nos pide y espera.

Lo que decimos no es fácil, como no es fácil hacer de este Evangelio nuestro programa de acción. Por eso el mundo que promueve el hedonismo, la frivolidad y el egoísmo quiere acabar con el matrimonio y el cristianismo.

Sino, pongámonos a pensar, si todos viviéramos cristianamente, qué difícil sería vender pornografía, adulterio, drogas, aborto, armas, apuestas, que son los negocios más lucrativos. Millones de personas se dedican a estas actividades que chocan con nuestras creencias, mandamientos e instituciones.

Ser cristianos no es una moda, ni está de moda. Pero aunque cargue con el rechazo de los encumbrados y poderosos, porque estorba a sus negocios, sus fortunas y su forma de vida, cuenta con la simpatía de los más pobres y es parte del Plan que Dios ha ideado para salvarnos.

No hay otra forma de alcanzar el propósito para el cual fuimos creados que vivir cristianamente, es decir amando a Dios y al prójimo como Dios nos ama. Nuestro modelo es Dios. El amor de Dios es incondicional e ilimitado.

Será imposible replicarlo sin su ayuda. Por eso Él no espera que si quiera lo intentemos sin su ayuda. Por el contrario, nos ha dejado al Espíritu Santo para que nos fortalezca y guíe. Lo que sería imposible para nosotros, se torna así posible con Él.

Solo viviremos el evangelio si contamos con la gracia de Dios. Pidámosla insistentemente, todo el tiempo y lo lograremos. De este modo transitaremos el Camino que Jesucristo nos propone y alcanzaremos la Vida Eterna para la que fuimos creados.

Oración:

Padre Santo, ayúdanos a vivir cristianamente, exigiéndonos sin límites, confiando tan solo en Ti para alcanzar aquello que nuestro prójimo espera y necesita. Te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor, que contigo vive y reina, en unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos…Amén.

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