Mateo 18,21-35 – Toda aquella deuda te la perdoné

marzo 6, 2018

Toda aquella deuda te la perdoné

“¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo pediste. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?

Martes de la 3ra Semana de Cuaresma | 06 Marzo 2018 | Por Miguel Damiani

Lecturas de la Fecha:

  • Daniel 3,25.34-43
  • Salmo 24
  • Mateo 18,21-35

Reflexión sobre las lecturas

Toda aquella deuda te la perdoné

Siempre estamos buscando el lado ancho para nosotros y el angosto para los demás. Es la ley del embudo, como me recordaba mi mamá. Guardamos muchos miramientos y contemplaciones a nosotros mismos, pero no estamos dispuestos a tenerlas con los demás.

Incluso con nuestros seres más cercanos, los más amados. Somos crueles, exigiéndoles cosas que nosotros en su situación, no estaríamos dispuestos a dar. La típica de los fariseos, que atan pesadas cargas a los demás y ellos mismos no son capaces de mover un dedo.

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Lo peor es que ni nos damos cuenta. Nos creemos tan buenos, tan justos, tan correctos. Con mucha rapidez discernimos lo que se debe hacer en cada situación y la forma en que debían comportarse fulano, zutano y perencejo. ¿Y, nosotros, qué?

Creemos que siempre estamos en lo correcto. Como dice el Señor vemos la paja en el ojo ajeno, pero no somos capaces de ver el tronco que tenemos en el nuestro. Todo nos parece que se refiere a los demás. Pero, ¿qué hay de nosotros?

Tenemos posturas soberbias, que sin embargo creemos humildes. Tenemos un gesto y un semblante del que sería mejor huir. No somos asequibles. Nos falta naturalidad. Y las sonrisas las economizamos y repartimos con gotero cuando y a quienes se nos antoja.

Actuamos como si fuéramos el centro del universo. Como si fuéramos los soberbios dueños de la Verdad. Tratamos con desprecio a los demás, a sus ideas, a sus propuestas y sus historias. Solo tenemos oídos para nosotros mismos.

Nos creemos tan cercanos a Dios, que hasta confundimos nuestros pensamientos, ideas y mociones con las suyas. Nos atribuimos Su infalibilidad. Nos confundimos con Él. Llegamos a creer que nosotros somos Él.

¡Qué pecado! Tenemos que aprender agachar más la cabeza. A ser más humildes. A escuchar y atender más a los demás. A esforzarnos por encontrar lo bueno que cada quién dice y tiene. A encontrar en nuestros hermanos, la manifestación del amor de Dios.

Él nos habla a través de nuestros hermanos. En sus tribulaciones, en su preocupaciones, en sus gestos, en sus demandas, en sus exigencias y en sus falencias. Él nos está hablando y nosotros debemos esforzarnos por escuchar, dejando de imponernos tanto, dejando la pretensión de ocupar siempre el primer plano.

¿Cómo decir sin herir? ¿Cómo acoger? ¿Cómo motivar? ¿Cómo promover? ¿Cómo dejar de ser protagonistas, abriendo paso a sus inquietudes, a sus deseos, a sus ideas, a su bondad, a su amor, a Dios que habita también en ellos?

¡Qué pronto olvidamos que nosotros mismos fuimos acogidos, oídos, alentados, perdonados y promovidos! ¿Acaso hay algo que seamos o tengamos que no nos haya sido dado por Él? ¿No tendríamos que compartir?

¿No tendríamos que perdonar? ¿No tendríamos que dar aquello que el Señor nos dio a manos llenas? ¿No tendríamos que ser más dulces, más optimistas, más amorosos, más alegres?¿No tendríamos que confiar más en nuestros hermanos, como Él lo hizo con nosotros?

¿Acaso no nos sacó del fango? ¿Acaso no estaríamos hundidos en el lodo si no fuera porque Él nos estiró la mano y nos tuvo paciencia? ¿Hubiéramos podido surgir si Él hubiera puesto las mismas exigencias que ahora nosotros ponemos sobre los hombros de nuestros hermanos?

¿Qué tenemos que hacer? Perdonar más. Ser más pacientes. Tener más esperanza. Dejar de criticar. Dejar de señalar. Dejar de echar sal en a herida. ¡Cambiar de cara! ¡Cambiar de gesto! ¡Dejar ese modo pedante de hablar!

¡Dejar de jugar a ese Dios prepotente y castigador, del que jamás recibimos tal ejemplo, y ser como Él ha sido con nosotros! Dar, dar y dar, sin pedir nada a cambio. Sin descansar. Sin tregua. ¿Te parece imposible?

¡Lo es! Lo será mientras no dejes de pensar en ti, porque nada de esto depende de ti. ¡Es el Señor el que lo hace posible! Lo que nosotros tenemos que hacer es orar porque así sea. Pedir incansablemente que el Señor nos transforme en aquellos instrumentos, capaces de conducir a nuestros hermanos a Su luz.

Oración:

Padre Santo, te pedimos que nos ayudes a ser menos nosotros, para ser más Tú. Que disminuyamos de tal modo, que con cada palabra y cada latido de nuestros corazones, solo seamos capaces de anunciarte a Ti, llevando esperanza y paz a nuestros hermanos. Te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor, que contigo vive y reina, en unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos…Amén.

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