Marcos 11,11-26 – Tengan fe en Dios

Tengan fe en Dios

Jesús les respondió: Tengan fe en Dios. Yo les aseguro que quien diga a este monte: “Quítate y arrójate al mar” y no vacile en su corazón sino que crea que va a suceder lo que dice, lo obtendrá.

Viernes de la 8va Semana del Tiempo Ordinario | 01 Junio de 2018 | Por Miguel Damiani

Lecturas de la Fecha:

Reflexión sobre las lecturas

Tengan fe en Dios

Una catequesis muy extensa y variada la que nos da el Señor hoy día. Veremos por donde podemos encontrar relación entre ellas. “Tengan fe en Dios” es lo que más resalta y nos queda como lección, pues, si tenemos fe podremos hacer prácticamente lo que queramos.

No lo estamos inventando nosotros; es así como nos lo dice Jesucristo. La llave, entonces, es la fe, pero la fe en Dios. No es una fe genérica, como a veces imaginamos o como nos venden en algunos cursos de auto realización personal.

fe_en_dios

No confundamos perseverar con fe. Lo que se nos dice en estos cursos sobre éxito personal es que podemos lograr lo que queremos si perseveramos. Es posible, pero, nosotros los creyentes sabemos que ello será posible tan solo si es la Voluntad de Dios.

Por lo tanto, aún en nuestros propósitos mundanos y aun cuando pongamos todo lo que está de nuestra parte, con perseverancia, solo alcanzaremos lo que nos proponemos, si Dios lo permite. Y, Él puede permitir muchas cosas, incluso contraviniendo Su Voluntad.

Pero se trata de victorias pírricas del mal, pues como bien sabemos, Jesucristo ha vencido a la muerte, a la mentira, a la oscuridad, al engaño y, con todos ellos, al Demonio. Por lo tanto, finalmente, será Su Voluntad la que primará.

Lo que Jesucristo nos está revelando en esta lectura es que nosotros podemos hacer lo mismo que Jesús. Podemos intervenir de tal modo en la naturaleza misma de las cosas y en las leyes que las rigen, que podemos cambiarlas milagrosamente.

¿Qué quiere decir cambiar milagrosamente? Pues como Él mismo nos lo demuestra con la higuera y también nos lo explica claramente, con el monte y el mar, tenemos un poder literalmente tan grande y asombroso, como para mover montañas.

Jesús, ¿estaba fanfarroneando? ¿Dijo algo oculto? ¿Fue una metáfora? ¡No! Ahí están los apóstoles de testigos. Mostró de forma diáfana y extraordinaria su poder, en algo aparentemente tan insignificante, pero imposible de realizar por ser humano alguno.

Es a sí mismo a quien se está refiriendo cuando nos dice: tengan fe en Dios. ¡Él es Dios! ¡Él puede hacer esto y muchísimo más! ¡Él puede hacer realidad aquello que nos parece imposible! ¡Él es aquél en quien debemos creer! Nos está dando todas las pruebas requeridas.

Pero nos dice algo más: que nosotros podremos hacer estas mismas cosas. ¡Solo es cuestión de fe en Dios! No nos olvidemos: Fe en Dios, no fe solamente. Y es que la fe en Dios va más allá que el simple creer que a veces manifestamos.

Tener fe en Dios es hacerse uno con Él. Es hacer Su Voluntad. Es amar lo que Él ama. Es ver el mundo con los ojos que Él lo ve. Tener fe en Dios es estar alegre porque Él ha vencido al mundo y nos ha salvado del absurdo de la muerte, del sin sentido de la existencia.

Tener fe en Dios es no acumular riquezas en este mundo, porque tenemos el más preciado tesoro en el Cielo. Es atender al enfermo, al que sufre, al que está solo, consolándoles y enseñándoles a creer en Jesucristo nuestro salvador.

Tener fe es vivir cada día con gratitud, como si fuera el último, entregando todo lo que somos y tenemos al servicio de la salvación de nuestros hermanos. Es no preocuparse por qué habremos de comer o cómo habremos de vestirnos o dónde dormiremos.

Tener fe en Dios es dejarse llevar por los impulsos del Espíritu Santo, sin ningún plan personal, porque nos sobra y basta con colaborar y participar en el cumplimiento del Plan de Dios. Sus prioridades, Sus disposiciones, son las nuestras.

¿Cómo no orar cada día, cada instante pidiendo que se haga Su Voluntad? Si estamos abocados a Su obra. Si todo lo que queremos hacer es lo que Él nos manda, sin importar las circunstancias que estemos viviendo.

Desprendernos de todo y todos, excepto de Dios, para flotar y volar al ritmo de Su aliento. No hay nada que queramos que no sea lo que Él quiere. Si Él así lo quiere, así se hará. ¿Qué de grande habremos hecho, si al final habremos hecho lo que debíamos?

¿Qué tiene que ver la lección del templo? Que esa no es la clase de piedad que el Señor quiere que vivamos. Que no se trata de mezclar lo mundano con la fe. Que la fe y la oración no pueden estar contaminadas por nuestros intereses mundanos.

Que hay una sola forma de vida posible para alcanzar la Vida Eterna y es la que Él nos propone. Esta es la que tiene su origen en la fe en Dios. Que quien tiene fe en Dios, ama a Dios y ama a sus hermanos como Él nos ama.

Quien tiene fe en Dios, vive de otro modo, por eso pide y obtiene lo que pide. Habla con Dios por medio de la oración y el Espíritu Santo le da discernimiento, para reconocer cuál es la Voluntad de Dios, se encamina pidiendo que se cumpla y se le concede.

Dios mismo se alegra con quien gusta de lo que Él, vive para conseguirlo y suplica Su auxilio para perseverar hasta lograrlo. Si estamos con Dios, ¿quién podrá contra nosotros? Para Dios no hay imposibles. Pidamos lo que sea y lo conseguiremos.

¿Y qué tiene que ver toda esta historia con la pobre higuera, secada de raíz por el Señor? Si prestamos atención podremos encontrar un paralelismo entre lo que ocurre en el templo y el estado de la higuera. Jesús ya había observado el templo el día anterior del mismo modo en que después hizo con la higuera.

¿Qué encontró en la higuera? Puro follaje. Una belleza aparente, cosmética, pero sin frutos por dentro. En buena cuenta, estéril y sin vida para quien debía dar frutos y alimentar a quien lo necesitara. ¿Qué hace Jesús? Decepcionado, la maldice.

Pero esta maldición no tendría ningún sentido si no la asociamos al templo. No es que el Señor goce maldiciendo su propia creación, sino que escoge las circunstancias para darnos una lección a través de sus discípulos, por los cuales conocemos estos hechos. Ellos fueron testigos.

¿Qué nos revela la higuera con respecto al templo? Que todos los adornos, toda la parafernalia del templo, al igual que la higuera no sirve de nada si no da los frutos que necesitamos para alimentarnos corporal y espiritualmente.

Y, ¿Qué pasa con la planta que no da frutos? Se la poda, se la corta o finalmente se la echa a la hoguera. ¿Quién puede hacer esto con Su sola Palabra? Dios. Ergo, Jesucristo es Dios. Es el Dios aquel en el que nos invita a tener fe y al mismo tiempo a dar frutos. ¡Lo estamos viendo!

¿Qué hizo con el templo? Fue más clemente. Pudo desaparecerlo, sin embargo optó por tirar todos los puestos por tierra, porque habían desnaturalizado la razón de ser del templo. Él pudo tratarlo como a la higuera, pero no lo hizo por Misericordia, por amor a nosotros.

Jesucristo vino a salvarnos y algo fundamental para nuestra salvación es que creamos en Él, que Él es Hijo de Dios y como tal es Dios también. ¿Cómo lo sabemos? Si no es por Su Palabra, al menos hemos de creer por sus milagros, de los que los evangelistas dan cuenta. Aquí hay por lo menos uno contundente.

Oración:

Padre Santo, que la comunión contigo sea de tal magnitud, que seamos uno, como Tú eres uno con Jesucristo y el Espíritu Santo. Que seamos uno con nuestros hermanos, empezando por quienes tenemos más cerca. Que se haga Tu Voluntad. Te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor, que contigo vive y reina, en unidad del Espíritu Santo, por los siglos de los siglos…Amén.

(103) vistas

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *