Marcos 10,17-27 – Tendrás un tesoro en el cielo

Tendrás un tesoro en el cielo

“Jesús, fijando en él su mirada, le amó y le dijo: «Una cosa te falta: anda, cuanto tienes véndelo y dáselo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo; luego, ven y sígueme.»”.

Lunes de la 8va Semana de Tiempo Ordinario | 28 de Mayo del 2018 | Por Miguel Damiani

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Reflexión sobre las lecturas

Tendrás un tesoro en el cielo

La Palabra del Señor, tal como podemos leerla y oírla en el evangelio de Hoy, es sumamente radical y exigente. No aguantas medias tintas. O estamos o no estamos con Él. No podemos seguir con posturas ambiguas, diciendo una cosa y haciendo otra.

No hay tesoro más grande que la Vida Eterna que el Señor nos tiene prometida a todos los que le creemos y seguimos con lealtad. La fe, es decir, el creer, tiene que manifestarse en hechos. No se trata de decir creo, sino de actuar conforme a la fe que decimos tener.

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La fe tiene que manifestarse en hechos concretos en nuestra vida cotidiana. No es preciso escarbar mucho para saber si efectivamente tenemos la fe que decimos o si se trata de puras palabras huecas y sin sentido, expresadas para los ingenuos e incautos.

Cristo no es tonto, por lo tanto no podemos pretender engañarlo. El conoce nuestras intenciones y pensamientos aun antes que nosotros, por lo tanto no asumamos posees incoherentes frente a Él. Estamos con Él o estamos en contra.

No es un asunto de simpatía y ni siquiera de buenos sentimientos o buenas intenciones. Aquí tenemos la historia de este joven rico, con quien incluso Jesucristo simpatizó, por esa bondad que irradiaba su presencia y de la que hablaba su forma de vida.

El joven era bueno, sincero, honesto, tanto que Jesús mirándolo a los ojos, lo amó. ¿Cuántas veces nos pasa que podemos ver en la sola mirada de las personas la bondad de sus almas? Pues imaginémonos cuanto más pueden ser evidentes estas actitudes para el Señor.

Pero del mismo y precisamente por eso, Jesús sube la barreda a quien honestamente quiere seguirlo. Ha de hacerlo plenamente, íntegramente o no alcanzará la Vida Eterna. ¿Qué cosas nos atan? ¿Qué nos impide seguir a Jesús? ¿Qué nos reservamos?

¿A qué nos aferramos como algo imposible de dejar? ¿Nuestra comodidad? ¿Nuestro estilo de vida? ¿Nuestras propiedades? ¿Nuestros carros, nuestras casas, nuestros lujos, nuestros viajes, nuestros pasatiempos, nuestros placeres?

El Señor no se contenta con parte, lo quiere todo. Quiere de nosotros una decisión definitiva, excluyente. O estamos con Él o no lo estamos, así de simple. Y el estar con Él ha de manifestarse inmediatamente en nuestros actos, actitudes y proceder.

El rico tenía que renunciar a su riqueza y tenía demasiado. ¿Nosotros a qué tendremos que renunciar? ¿Se trata de un modo de hablar o de una exigencia real? Pues es una exigencia real. ¡Creemos o no creemos! ¡Eso es todo!

Si optamos por creer, se nos abrirán inmediatamente las puertas de cielo. Pasaremos a ver de otro modo el mundo y por lo tanto a vivir en consecuencia. Dejarlo todo y seguirlo implica un giro de 180 grados en nuestras vidas.

¿Por qué habríamos de hacerlo? Porque confiamos en Él, porque creemos en Él y ponemos todas nuestras esperanzas en Él. Todo lo que digamos o hagamos estará en función del seguimiento a Él que habremos emprendido.

Tomaremos o dejaremos personas y cosas en función de la Palabra del Señor. Si nos acercamos, será por Él y para Él. Igualmente si nos alejamos. Todo lo que hagamos o digamos será en función de este seguimiento cotidiano y permanente.

Se entiende, pues, que el discernimiento es fundamental, para no caer en la tentación de hacer lo que nos gusta, interés y atrae, tan solo por razones egoísta. Toda decisión nuestra tendrá como modelo Jesús. ¿Qué quiere Él que haga? ¿Qué haría Él?

Algo tiene que ser evidente: el desapego, el desarraigo. Nada para mí; nada por mí. Nada es mío; nada me guardo; nada me reservo. Porque con Él tengo todo lo que necesito y a donde voy obtendré el tesoro más grande que alguien pudiera haber imaginado jamás.

No tengo que preparar nada. No me reservo nada, porque no necesito nada. Tan solo a Jesucristo. Si lo tengo a Él, lo tengo todo. No necesito nada más. No requiero nada más. ¡Él lo hace todo posible! ¿Lo creo o no, esa es la pregunta?

¡Despertemos! Dejemos de estar cavilando en quién podrá hacer o responder a este llamado tan radical. ¡No lo haremos por nuestras propias fuerzas! ¡Para cualquiera de nosotros será imposible! Pero recordemos que nada es imposible para Dios.

¿A qué conclusión nos debe llevar esta reflexión? Que no se trata de depositar la confianza en nuestras capacidades ni cualidades. Así que dejemos de asombrarnos. ¡Solo no lo lograremos jamás, ninguno! ¡Él lo hará posible!

Entonces, ¿qué tenemos que hacer nosotros? Desprendernos. Entregarnos con fe, sabiendo que esta es Su obra y que saldrá adelante como Él lo ha dispuesto, porque para Él no hay nada imposible.

¿No es esto un salto al vacío? Sí y no. Sí, porque exige plenamente nuestra confianza en Dios, quien, siendo el Autor de la vida, no querría para nosotros nada más que el Bien. Y no, porque podemos estar seguros que el salto al amor es un salto a la vida, no al vacío.

Oración:

Padre Santo, danos la fe suficiente para confiar en la promesa de Jesucristo que nos asegura que “tendrás un tesoro en el cielo”, a aquél que lo deja todo y lo sigue . Te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor, que contigo vive y reina, en unidad del Espíritu Santo, por los siglos de los siglos…Amén.

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