Marcos 10,17-27 – Recibirá ahora, en este tiempo, cien veces más

Recibirá ahora, en este tiempo, cien veces más

“Jesús dijo: «Yo les aseguro: nadie que haya dejado casa, hermanos, hermanas, madre, padre, hijos o hacienda por mí y por el Evangelio, recibirá ahora, en este tiempo, cien veces más -en casas, hermanos, hermanas, madres, hijos y hacienda, con persecuciones- y en el mundo venidero, vida eterna.”

Martes de la 8va Semana de Tiempo Ordinario | 29 de Mayo del 2018 | Por Miguel Damiani

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Reflexión sobre las lecturas

Recibirá ahora, en este tiempo, cien veces más

Es evidente que pocos tomamos en serio las palabras de Jesús. No le creemos. No hay otra razón. Y sin embargo no dudamos en llamarnos cristianos. Si mucho apremia, agregamos, a nuestra manera. Es que pocos estamos dispuestos a perder la posibilidad de salvarnos.

No tenemos valor para desprendernos de Él, por miedos atávicos que vienen desde nuestros padres, abuelos y aún antes. Queremos tener cada pie puesto en cada una de las alternativas. Aquí, para vivir lo mejor posible, y en el Camino, para alcanzar la Vida Eterna alguna vez.

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No es que lo hayamos meditado mucho, ni que creamos íntegramente esta historia, pero es como el billete de lotería que compramos “por si las moscas”. ¿Y si resulta que salimos premiados? ¿Por qué no comprarlo? Más vale precaver que lamentar.

Así llevamos nuestra vida cientos de miles de ”cristianos”, que somos sin ser, que estamos sin estar, que vivimos “nuestra fe” a “nuestro modo”. Todos eufemismos para decir que hacemos lo que nos viene en gana, que no seguimos a Jesucristo, pero que nos aterra perder esta posibilidad…¿Y si fuera cierto?

Preferimos no jugar ni bromear con estas creencias, que decimos respetar y que nos cuidamos de no confrontarlas con nadie, porque resulta cómodo y hasta laudable que en la actualidad se promueva la privacidad de la fe y la religión.

Así, cada quien puede creer en lo que sea, sin que nadie se tenga por qué ofender, ni molestar. Yo creo a mi manera y con un cinismo de película me digo y digo a los demás que “Él sabe cuánto le creo, cuánta fe le tengo e incluso hasta que lo amo”.

Esta es la clase de vida cristiana que llevamos millones. Tal vez sea por eso que a nuestro alrededor proliferan toda clase de sextas y creencias absurdas. Claro, no dejamos que nadie nos cuestione y critique, ni nos metemos con nadie. Luego nos quejamos de lo que está pasando. ¿Cuánta responsabilidad nos cabe por lo que viene sucediendo en el mundo?

Lo han repetido los últimos Papas tanto que ya es un lugar común: el principal problema de nuestro tiempo es la INDIFERENCIA. ¡Somos indiferentes! Y esto nos toca especialmente a nosotros. Somos nosotros y no los otros los indiferentes.

Creemos que tenemos guardado un número secreto de la lotería que nos asegura que pase lo que pase estaremos a salvo, pero no hacemos nada por involucrarnos en lo que pasa a nuestro alrededor, con nuestras familias, vecindario y sociedad.

Es que no queremos poner en juego nada de lo que tenemos. Queremos mantenerlo y preservarlo todo, intacto, incólume, porque es lo que nos gusta, lo que nos satisface, lo que nos da alegría, lo que nos complace.

¿Cómo vamos a dejar nada, si es tan poco comparado con lo que tienen algunos? ¿Cómo vamos a dejar lo que nos ha costado tanto esfuerzo ganar y acumular? ¿Quién cuidará después de nosotros? ¿Quién se hará cargo? ¡No, ni hablar!

Este es el gran error de Jesucristo, decimos. Todo estaba bien: la bondad, la verdad, la dulzura, el amor, la paz, la compasión, la misericordia…Pero de ahí a tener que desprendernos de lo que tenemos, ¿a quién se le ocurre?

No queremos soltar prenda. Y ello es, evidentemente, por falta de fe. No lo queremos confesar, pero nuestros actos, nuestra forma de vida nos delata, nos descubre, nos pone en evidencia. ¡No somos cristianos, aunque lo juremos una y mil veces sobre la Biblia!

Dependemos de todo lo que tenemos. Hemos puesto nuestra fe en lo que tenemos. Es en eso en lo único que realmente creemos. Por eso nos cuesta tanto desprendernos. Luego decimos que al Señor no lo entendemos, que hay que interpretarlo. ¡Falso!

El Señor habla muy claro, pero no hay peor sordo que el que no quiere oír. ¿Acaso no nos ofrece un recompensa muchísimo más grande que todo lo que hayamos dejado? ¡Claro que sí! Incluso nos la ofrece aquí, en este mundo. Cien veces más que lo que hayamos dejado, pero con persecuciones…

Ese “pero” es el que no nos gusta. Aún antes de este “pero” nos resistimos, ya no a dejarlo todo, sino aun cuando sea algo. Nuestras limosnas son de una mezquindad, que avergonzaría a cualquiera. No estamos dispuestos a sacrificarnos por nadie.

Y, si damos una migaja, no perdemos oportunidad de proclamarlo con bombos y platillos, sacándolo en cara cuantas veces podemos. ¡Somos avaros! Y es que, confesémoslo: ¡No le creemos a Cristo! ¡No creemos lo que nos dice! ¡No estamos dispuestos a correr el riesgo!

Lo que nos estamos perdiendo…A lo que estamos contribuyendo que el Demonio conduzca a la humanidad. ¿Cómo, si no hacemos nada? Precisamente, con nuestra indiferencia. El Señor quiere que seamos ejemplo, que demos testimonio de Su amor: eso es ser cristiano.

En vez de eso, nos hemos refugiado en el Dinero, en la comodidad, en el lujo, en el poseer, en la seguridad que dan los bienes materiales. Ya lo dijo el Señor: el que no está conmigo, está contra Mi. ¿Con quién estamos nosotros?

Oración:

Padre Santo, no permitas que caigamos en la indiferencia y en el egoísmo; que no seamos cómodos refugiados en todo lo que tenemos, poseemos y atesoramos. Danos el coraje de desprendernos de cuanto sea necesario por servirte a Ti y a nuestros hermanos. Te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor, que contigo vive y reina, en unidad del Espíritu Santo, por los siglos de los siglos…Amén.

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