Marco 11,27-33 – Tampoco yo les digo con qué autoridad hago esto

Tampoco yo les digo con qué autoridad hago esto

Tenían miedo a la gente; pues todos tenían a Juan por un verdadero profeta. Responden, pues, a Jesús: «No sabemos.» Jesús entonces les dice: «Tampoco yo les digo con qué autoridad hago esto.»

Sábado de la 8va Semana de Tiempo Ordinario | 02 Junio 2018 | Por Miguel Damiani

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Reflexión sobre las lecturas

Tampoco yo les digo con qué autoridad hago esto

Aquí podemos ver el temple de Jesús. No se andaba con rodeos y tenía muy claro lo que quería y debía hacer. Su Misión, hacer la Voluntad del Padre, está por encima de cualquier consideración y todo cuanto haga o diga abonará en esta tarea.

Sabe perfectamente de que pié cojean los sacerdotes y maestros de la ley. A Él no le van a venir con cuentos, ni prepotencias, ni sustos. Él no se deja intimidar. Por el contrario, ellos sí están asustados por todo lo que se dice de Jesús y lo quieren desaparecer porque acarrea inquietud.

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Nadie se había atrevido a enfrentarse de este modo a las autoridades del templo, desenmascarándolas. ¿Quién es este para venir a tirar todo nuestro negocio por los suelos? ¿Quién es este para decirnos lo que podemos o no podemos hacer?

Jesucristo es una piedra en el zapato, que remece todas las estructuras. Para Él o es negro o es blanco. No acepta medias tintas, ni mentiras. Es más astuto e inteligente que cualquiera y es que tiene la sabiduría de Dios.

Sacerdotes y maestros saben que están frente a alguien extraordinario, pero su fe es tan débil, tan falsa, que no se atreven a admitirlo. No quieren dejar que ni salga de sus labios un reconocimiento. Pero al mismo tiempo temen por las cosas que se dicen de Él.

Quieren desenmascararlo, pero chocan con el tremendo muro de su valentía, decisión y poder. Temen su respuesta y al mismo tiempo temen al pueblo. Se encuentran entre la espada y la pared. ¿Qué es lo que esta gente quiere en realidad?

Quieren seguir manteniendo sus privilegios, cimentados sobre creencias que, para muchos de ellos no tienen importancia alguna, pero les sirven para explotar a sus congéneres y darse una buena vida, llena de poder, riquezas y privilegios.

Estos han hecho de la fe y la religiosidad del pueblo, una mercancía, un medio para obtener beneficios. De pronto aparece ese tal Jesús confirmando aquello en lo que dicen creer, obligándoles a ser consecuentes. ¡No están dispuestos a aceptar! Les costaría demasiado.

Por eso buscan hacerlo caer en algo, para tener razones para aprehenderlo, juzgarlo, encarcelarlo y hasta matarlo. La Verdad es incómoda para el mundo. Nadie quiere aceptarla. Preferimos vivir en el engaño, mientras podamos obtener provecho.

No nos importa a quien perjudicamos, mientras no sea a nosotros mismos. Estas son las reglas de este mundo, en el que el Dinero manda y se impone por sobre cualquier otra consideración. Eso no es de aquellos tiempos; es hoy también, entre nosotros.

Todos decimos tener fe, mientras ello no nos represente sacrificio alguno. Todo es que empieza a apretarnos el zapato, preferimos cambiar de fe, de religión, de filosofía y aún de marido o mujer. Más aun ahora que vivimos en una sociedad del descarte.

Del consumismo, hemos pasado al descarte, sustentado en una “ética” relativista, según la cual no existe una Verdad, sino diversidad de puntos de vista, tantos como habitantes tiene el planeta. Y nos rige aquella que imponen los poderosos.

Por ejemplo, para ellos ahora el sexo no existe, sino que se trata de distintas opciones que puede escoger la persona según su gusto. A esto es a lo que eufemísticamente llaman “criterio de género” (que en realidad corresponde a Ideología de Género, que ellos se obstinan en sostener que no existe), que cual caja de pandora pone a disposición de los consumidores cuantas combinaciones sean de su agrado.

No interesa si para lograrlo deben hacer caso omiso a las leyes naturales, ignorándolas, si es preciso. La realidad es como ellos la imaginan o explican, y no como objetivamente la aprecia quien funda sus criterios en la Verdad.

Y es que a nadie le gusta la Verdad, cuando ella pone en evidencia los engaños con los que se sustentan privilegios y diferencias que nos favorecen. Por eso hoy, como ayer, el gran perseguido es Jesús. Es a Él y los que son como Él a los que hay que eliminar.

Como entonces, hoy, estos fariseos pretenden ponernos trampas semánticas, para hacernos caer y justificar su agresión contra nosotros. Siempre emplean tretas y argucias cochinas, porque se trata de engañar al pueblo, de hacerles creer que estamos equivocados.

Pero el pueblo cristiano, entonces como ahora, iluminado por el Espíritu Santo, no se traga estas ruedas de molino. ¿Qué hacer? De allí los brotes de violencia por todo lado contra la Iglesia y todo aquel que defiende los valores cristianos, que ellos tipifican como “judeocristianos”.

Se trata de los mismos enemigos, que tiene el común denominador de ser poderosos, egoístas, acomodados y seguidores del dios Baal, es decir, del Dinero o para decirlo sin rodeos: del Demonio. Son las mismas viejas idolatrías contra las que venimos luchando por siglos.

Sin embargo, todas ellas han sido derrotadas por Jesucristo, quien resucitando ha vencido a la mentira, la destrucción, el engaño y a la muerte. Nosotros hemos sido salvados al precio de su preciosísima sangre.

No desesperemos; es cuestión de tiempo. De poco tiempo. Perseveremos en la fe en Dios y mantengámonos firmemente unidos a Él por la oración. Las puertas del Infierno no pasarán. La Victoria es del Creador.

Estemos alegres, porque Jesucristo nos ha enviado a un defensor, al Espíritu Santo que habrá de guiarnos hasta la Verdad completa. Dios quiere que seamos felices y que nuestra alegría llegue a su plenitud. Así será, porque así lo quiere Él, para quien no hay imposibles.

Oración:

Padre Santo, no nos dejes engañar por Tus enemigos y enemigos nuestros. Danos el Don de Sabiduría para saber discernir el Bien del Mal, prefiriendo siempre el único Camino que nos lleva a la Vida Eterna, el del amor, la Verdad, la Justicia y la Paz. Te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor, que contigo vive y reina, en unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos…Amén.

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