las puertas del Hades – Mateo 16,13-23

agosto 9, 2018

las puertas del Hades no prevalecerán contra ella

“Y yo a mi vez te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella.”

Jueves de la 18va Semana del T. Ordinario | 09 de Agosto del 2018 | Por Miguel Damiani

Lecturas de la Fecha:

Reflexión sobre las lecturas

las puertas del Hades no prevalecerán contra ella

Queremos detenernos hoy, de modo muy especial, a meditar en esta promesa de Jesucristo, de quien Pedro, inspirado por Dios Padre, da este testimonio excepcional, probablemente sin comprender el alcance de sus palabras: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo.»

La promesa del Señor reviste una importancia muy grande, porque nos deja muy en claro que podemos pasar por lugares oscuros y tenebrosos, por ataques violentos y despiadados, como los venimos sufriendo a lo largo de la historia, pero no debemos temer, porque el Demonio no podrá jamás contra la Iglesia.

las puertas del Hades

¿Qué mayor garantía podemos tener para depositar nuestra plena confianza en este “Cuerpo de Cristo” instituido por Él mismo, con Pedro a la cabeza? Esta constatación debe servir para renovar cada día nuestra confianza en ella y orar perseverantemente para que sea siempre el Señor quien inspire al sucesor de Pedro.

Desde aquel entonces, por más de 2 mil años, se han sucedido decenas de Papas a la cabeza de este Cuerpo Místico y por más que hemos pasado dificultades de todo tipo, incluyendo rupturas y herejías internas, la Iglesia sigue en pie, tal como el mismo Jesucristo lo prometió.

Pero en esta promesa también podemos ver implícita la advertencia del enemigo descomunal, contra cuyas amenazas permanentes tendremos que luchar. Aun sabiendo que no podrá contra nosotros, no debemos caer en la tentación de subestimarlo.

El Demonio constantemente está al acecho, desde que tentó exitosamente a nuestros primeros padres. El conoce nuestras debilidades y se renueva constantemente, cambiando su apariencia, para seducirnos. ¡Solo la Gracia de Dios nos salva de su asedio!

“Y yo a mi vez te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella.”

Eso lo sabe de sobra el Señor, por eso nos deja los Sacramentos, siendo el centro de la vida cristiana el de la Eucaristía, en el que Él mismo se nos da como verdadera comida y verdadera bebida, para alimentarnos cotidianamente y fortalecernos contra todo ataque.

Esta Gracia Infinita es la que tenemos a nuestro alcance a través de la Iglesia y lamentablemente muchos no llegamos a comprender y por ello no la vivimos, dejando que ella misma nos vaya transformando de tal modo que no haya forma que el Demonio nos tiente.

La Santa Comunión con Cristo, nuestro Rey y Salvador, nos hace invencibles, no por nuestra capacidad, sino por Su Gracia. Esto es lo que tenemos que meditar e interiorizar. Solo entonces seremos capaces de saborear la Gracia Infinita que Jesucristo nos ha dejado en la Comunión.

La Comunión es eso: ¡Vida en comunión con Jesucristo y con toda la Iglesia! Es decir, una unidad, en una misma Voluntad. Como el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo están unidos en una misma Voluntad y Persona, nosotros, a través de Jesucristo con ellos.

“Y yo a mi vez te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella.”

La solidez de nuestra unión, la naturaleza de la misma y su trascendencia sobrenatural, tiene muy poco que ver, si algo, con nuestra fuerza, capacidad y voluntad. ¡Es Gracia Divina! A nosotros solo se nos pide Perseverar.

Volver e insistir, una y otra vez, como Pedro, que después del pasaje que estamos reflexionando, negó hasta en tres oportunidades a Jesús y sin embargo después tendría la fortaleza para dar su propia vida por Cristo, muriendo crucificado de cabeza.

Tenemos muchos recursos que el Señor ha puesto a nuestro alcance precisamente para suplir nuestra debilidad inundándonos de Su Gracia. Uno de estos es la oración, que debe ser una constante en nuestras vidas, en todo momento y ocasión, en todas sus formas, a tiempo y a destiempo.

Otra es la reflexión y meditación de la Palabra de Dios, que es una forma privilegiada de oración. Se trata del mismo Dios hablándonos en relación a nuestra vida cotidiana. Aquí el consejo es muy simple: sigamos las lecturas que la misma Iglesia nos propone día a día en el Calendario Litúrgico.

Finalmente, y no por ello menos importante, no podemos dejar de tener en cuenta nuestra permanente invocación al Espíritu Santo, que Dios Padre ha enviado por intercesión de Jesucristo para que nos defienda y guíe hasta la Verdad Completa.

“Y yo a mi vez te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella.”

¡Qué misión la del Espíritu Santo de Dios! ¡No podemos dejar de aprovecharla ni un segundo! Sería de necios. ¡Tenemos todo a nuestro favor! Lo que el Demonio contrapone para tentarnos son puras MENTIRAS. ¡Humo, tinieblas! ¡Nada frente a las promesas de Jesucristo!

Por último, no podemos dejar de mencionar en esta relación, porque sería una omisión imperdonable, que tenemos como intercesora a la mismísima Madre de Jesús, a la Virgen María, la Mujer que Dios eligió para ser Madre de Jesús y, por lo tanto, Madre de la Iglesia.

Como dice el Papa Francisco: ¡No somos huérfanos! ¡Tenemos una Madre en el Cielo, que está constantemente presentando nuestras necesidades a Jesucristo. Siendo una Madre, no nos abandona jamás y responde a cuantas advocaciones inspira entre nosotros por Gracia de Dios.

Cada una de estas advocaciones constituye un amoroso saludo a Su Excelentísima Majestad. ¡Qué menos podemos decir de la Madre de Dios! Madre de Cristo, Madre Purísima, Madre Castísima, Madre Inmaculada, Madre Admirable, Madre del Creador, Madre del Salvador, Virgen del Pilar, Virgen de Fátima, Virgen de Lourdes, Virgen de Guadalupe, Virgen de las Nieves, Virgen del Carmen, Virgen de Chapi…

Oración:

Padre Santo, no permitas que caigamos en la tentación del Demonio, de sentirnos desolados, ni tristes, ni abandonados de ningún modo y en ninguna circunstancia, ya que mientras perseveremos en el Camino que Jesucristo nos ha señalado, en la Iglesia, en los Sacramentos y en la Oración, nadie podrá arrebatarnos de Tus manos. Te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor, que contigo vive y reina, en unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos…Amén.

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