Juan 14,6-14 – Yo soy el camino, la verdad y la vida

Yo soy el camino , la verdad y la vida

Le dice Jesús: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí. Si me conocen a mí, conocerán también a mi Padre; desde ahora lo conocen y lo han visto.»

Viernes de la 5ta Semana de Pascua | 04 Mayo 2018 | Por Miguel Damiani

Lecturas de la Fecha:

• 1ra de Corintios 15,1-8
• Salmo 18
Juan 14,6-14

Reflexión sobre las lecturas

Yo soy el Camino

La contundente afirmación de Jesús no deja lugar a la duda. No hay otra forma de llegar a Dios que siguiéndole. Él es totalmente digno de confianza; no hay error en Él, puesto que es la Verdad. La Verdad y el Camino son lo mismo.

No es, pues, como nos dicen los medios de comunicación y como nos quiere hacer creer la cultura de muerte en la que estamos inmerso. ¡Basta de decir “esta es mi verdad”! Porque la Verdad es una. No hay una que dependa del punto de vista de cada quién.

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Constantemente buscamos justificar nuestros actos, nuestro proceder argumentando que se funda en “nuestra verdad”, es decir, en la forma en que concebimos o comprendemos las cosas. Y encontramos mucha propensión en nuestros interlocutores en aceptar este argumento, como si fuera cierto.

No hay mayor engaño. Nosotros no somos dueños de la verdad. Ninguno lo es. ¡Solo Dios, que es Infinito y que lo ha creado todo! Solo Dios conoce la Verdad. Es más. Jesucristo nos revela que Dios mismo es la Verdad.

Nosotros siempre usamos las mayúsculas para referirnos a los atributos de Dios, como una forma de distinguirlos, como ÚNICOS. Que Jesucristo sea la Verdad y que esta sea la única forma de conocer al Padre, los convierte en una “comunidad”, en una unidad indisoluble y misteriosa.

Nosotros no podemos llegar a abarcar y comprender esta realidad, porque no somos dioses. No tenemos la capacidad. Por eso frente a Dios solo nos queda ser humildes. ¿Qué podremos argumentar? ¿Cómo y en qué podremos objetar lo que nos dice?

No hay forma que nos pongamos a discutir en su nivel. No tenemos posibilidad de alcanzarlo. Por ello, luego de reconocer humildemente nuestro lugar, lo razonable es tener fe en lo que nos dice, es decir, creerle.

¿Por qué habríamos de hacerlo? Porque Él se ha tomado todas las molestias del caso para hacer que le creamos. Dios mismo quiere que le conozcamos y creamos, porque nos ama y quiere que seamos felices.

Sin embargo solo seremos felices si hacemos lo correcto. Pero ¿qué es lo correcto? No lo sabríamos o podríamos tener muchas dudas si Él mismo no nos lo revela. Por eso envía a Jesucristo, Su Hijo, a enseñarnos el Camino. ¿Y cuál es el Camino a la felicidad?

El Único Camino es Él. Por eso nos dice Yo soy el Camino. No un camino, sino el Único Camino. ¿Qué debemos hacer nosotros? ¡Transitarlo! ¿Cómo? Conociéndole y siguiéndole. Jesucristo es el Camino para la humanidad entera.

Algunos entre nosotros, con la pretensión de descalificarlo, cuestionamos que se haya presentado hace 2mil años y nada menos que al pueblo judío. Es decir que tenemos la pretensión de cuestionar los planes y el proceder de Dios. Nosotros lo hubiéramos hecho de otro modo, seguramente.

Pero ¿dónde quedó la humildad? ¿Es que nosotros vamos a decirle a Dios lo que tenía que hacer? ¿Es que Dios necesita de nuestras directrices para actuar? ¡Qué tal atrevimiento! Él hizo en este y todos los sentidos lo que había que hacer.

Otros pretendemos restringirlo a los católicos o a los cristianos, argumentando solapada o explícitamente que no es la respuesta para los indios americanos o las tribus de Oceanía o de África, muchos de los cuales tienen o tuvieron sus propios dioses.

Otra vez nos encontramos frente a la misma especulación con la que Cristo zanjó de una vez y para siempre, con las palabras del Evangelio que estamos reflexionando: Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí.

Hemos de ir al Padre. Es en el encuentro final con el Padre que alcanzamos la razón de nuestra existencia, la plenitud y la felicidad. ¿Cómo llegamos ahí? Jesucristo es el Camino. El único Camino, que es al mismo tiempo la Verdad: la Única Verdad.

Si seguimos el Camino, manteniéndonos en la Verdad, llegaremos a la Vida, que dicha de este modo es la única que en realidad vale la pena y a la que Dios mismo nos destinó: la Vida Eterna.

En este Evangelio, en estas palabras de Jesús, está la respuesta al propósito de nuestra existencia. Cualquier otra cosa constituye un desperdicio, o una pérdida de tiempo. Cualquier desviación constituye un extravío y en este sentido es un pecado.

¿Qué es entonces un pecado? Es tomar adrede el camino equivocado, sabiendo que uno solo es el Camino. Más grave cuanto más nos aleja y compromete a otros. ¿Y por qué habrían de hacerlo? Tal vez tentados por las apariencias. Peor aún, si son inducidos al engaño por nosotros.

Si solo hay una Verdad y un Camino, es nuestro deber más urgente el conocerlos. Ese es el empeño de Jesucristo durante su vida y antes de ascender al Cielo, invitándonos a evangelizar, que no es otra cosa que dar a conocer a Jesús, para que todos se salven, como es Su Voluntad.

Las prioridades en nuestras vidas deben ser formuladas en función de estas palabras, sin la menor duda. Es para eso que necesitamos la fe. Por eso debemos pedirla incesantemente. ¿Quién nos la puede dar? El Espíritu Santo, que no es otro que el Espíritu de Dios que recibimos en el Bautismo.

El Espíritu Santo es nuestro defensor. Es quien nos inspira y nos da fuerzas para seguir a Jesús, aun en los momentos de mayor dificultad. Acudamos a Él constantemente que por eso nos lo promete y envía Jesucristo, que conoce mejor que nadie nuestra debilidad.

¿De qué nos defiende el Espíritu Santo? Entre otras cosas, de tomar el camino equivocado, por la tentación que se vale de nuestras debilidades, como la avaricia, el orgullo, la vanidad, la lujuria, la ociosidad, la concupiscencia, la mediocridad, el egoísmo, el engaño, la mentira, el poder, la soberbia, etc. Todas las cuales son obras del demonio que nos quiere arrebatar de las manos de Dios.

Nosotros hemos sido creados libres, por eso podemos seguir a Jesucristo, que es el Camino, la Verdad y la Vida o podemos seguir cualquier otro camino (cualquiera) que tan solo nos conducirá a la perdición, a la mentira y a la muerte. Depende de nosotros. O estamos con Él o estamos contra Él.

Pero en todo aquello que de Dios depende, sin obligarnos, nos envía a Su Hijo para que nos muestre sin rodeos cuál es el Camino, misión con la que cumple Cristo, mandándonos amar a Dios por sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos. Como Él mismo nos revela, a eso se reduce toda «la ley y los profetas», es decir todo cuanto tenemos que saber y hacer.

Oración:

Padre Santo, ayúdanos a reconocer con modestia y humildad el amor infinito que nos has debido tener para enviarnos a Tu propio Hijo para liberarnos del pecado y de la muerte, quien no tuvo ningún reparo en dar Su vida en la cruz por nosotros, con tal de salvarnos. Te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor, que contigo vive y reina, en unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos…Amén.

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