escondí en tierra tu talento – Mateo 25,14-30

septiembre 1, 2018

escondí en tierra tu talento

“Señor, sé que eres un hombre duro, que cosechas donde no sembraste y recoges donde no esparciste. Por eso me dio miedo, y fui y escondí en tierra tu talento. Mira, aquí tienes lo que es tuyo.”

Sábado de la 21ra semana del T. Ordinario | 01 de Setiembre del 2018 | Por Miguel Damiani

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Reflexión sobre las lecturas

escondí en tierra tu talento

Todo lo que tenemos lo hemos recibido gratis del Señor. No tendríamos absolutamente nada si Él no lo dispone. No ha mediado merecimiento alguno para que tengamos aquello de lo que a veces presumimos. Pensémoslo con calma y constataremos que así es.

Empecemos por considerar nuestra propia vida. No hicimos nada para merecerla y sin embargo hemos de coincidir que es el mayor Bien que poseemos. ¿Por qué? Porque ella es el requisito previo y fundamental para que todo lo demás tenga algún sentido y significado.

escondí en tierra tu talento

Convengamos que sin vida jamás podríamos haber apreciado nada de lo que nos rodea. La vida es pues el primer Bien o la primera Gracia que nos da Dios. La gozamos y apreciamos, aferrándonos a ella como podemos, pues nadie está dispuesto a perderla.

Hemos de reconocer que fue el amor de nuestros padres lo que la hizo posible. Pudo ser también el resultado de una imposición violenta. Pero en cualquier caso, nuestro ser único e irrepetible nos lo concedió Dios a través de nuestros progenitores.

Una vez vivos y en circunstancias normales y favorables, contando con padres y familia, nos desarrollaremos evidenciando ciertas cualidades y capacidades que nos distinguirán de los demás seres humanos, engendraremos nuestros propios hijos y finalmente moriremos.

“Señor, sé que eres un hombre duro, que cosechas donde no sembraste y recoges donde no esparciste. Por eso me dio miedo, y fui y escondí en tierra tu talento. Mira, aquí tienes lo que es tuyo.”

Se trata de un ciclo, algo más complejo que el esbozado, que va desde nuestra concepción hasta nuestra muerte, en el transcurso del cual tenemos la oportunidad de manifestarnos de un modo singular, que nos permite distinguirnos de los demás a ojos de quienes nos conocen, aman o aprecian.

La observación empírica nos permite establecer que nadie se lleva nada consigo después de muerto. Por lo tanto, no ha de ser la acumulación de riqueza el objeto de la vida, pues ello no tendría ningún sentido, si al final no sirve para nada.

El Señor nos revela un sentido trascendente para nuestras vidas. Nos hace ver que este Bien, esta Gracia o esta Don tienen un propósito que va más allá de los límites de esta vida. Que es superior, porque excede a la vida misma; va más allá.

Precisamente Jesucristo nos dice que acumulemos tesoros allá en el cielo, donde no entra el ladrón ni la polilla. El Cielo es un plano distinto, que no nos es posible conocer en esta vida, en el que habitan Dios, sus ángeles y los santos, y al que estamos destinados todos los que recibimos el Don de la vida.

“Señor, sé que eres un hombre duro, que cosechas donde no sembraste y recoges donde no esparciste. Por eso me dio miedo, y fui y escondí en tierra tu talento. Mira, aquí tienes lo que es tuyo.”

Pero entrar en el Cielo requiere que este Don de la vida, esta Gracia sea empleada en procurar los tesoros del Cielo en vez de la riqueza y tesoros en la tierra, que luego de muertos no sirven para nada. Esta acumulación exige que nuestra vida tenga esta intencionalidad.

Todos los que hemos recibido la vida, sin importar que esta sea larga o corta, sin importar las cualidades y destrezas que hayamos recibido o hayamos podido desarrollar, hemos de dedicarla a acumular tesoros en el cielo, a fin que todo lo que recibimos no se pierda.

De nosotros depende dar esta dirección, esta intencionalidad a nuestras vidas y a todo lo que recibimos. Si nos dedicamos a acumular poder, riqueza, fama, dinero o cualquier bien que no podamos llevar con nosotros después de muertos, habremos desperdiciado nuestros talentos.

Si por el contrario, sin importar cuanto haya sido lo que hayamos recibido, nos dedicamos a multiplicar nuestros tesoros en el cielo, estaremos actuando con prudencia, pues estaremos labrando nuestro porvenir en la Mansión Celeste.

“Señor, sé que eres un hombre duro, que cosechas donde no sembraste y recoges donde no esparciste. Por eso me dio miedo, y fui y escondí en tierra tu talento. Mira, aquí tienes lo que es tuyo.”

¿Cuánto y qué hemos de hacer? Dependerá de cuanto hayamos recibido y del empeño que hayamos puesto por multiplicarlo dónde y cómo se debe. Como nos lo revela Jesucristo, son el amor y la misericordia los que hacen crecer los tesoros en el Cielo.

¿Cómo alcanzar la sabiduría necesaria para orientarnos adecuadamente en cada momento y circunstancia de la vida? Orando. El Señor nos ha dejado la fuerza y la luz del Espíritu Santo para que perseveremos en el amor, único Camino a la Vida Eterna.

Nos ha dejado Su Palabra, que tiene el poder de transformarnos, la Iglesia, que es la comunidad de los que creemos y esperamos, y la Eucaristía, que es el Sacramento que nos hace uno con Él, por Él y en Él, alimentando y fortaleciendo nuestra Fe y nuestra vida de Gracia, que hacen posible el Milagro de conducirnos a Dios.

El Señor nos manda proclamar a toda la humanidad este mensaje de salvación. Esto es lo que tenemos que hacer. Es a ello a lo que debemos dedicar nuestras vidas, con cuanto más empeño, efectividad y decisión, cuanto nos sea posible.

Es en función de este resultado que al final se nos pedirán cuentas. Estos son los talentos de los que habla el Señor. Si todo lo que recibimos, sea mucho o poco, lo enterramos dedicándolo por completo a incrementar nuestros bienes y fortuna en este mundo, los que finalmente no tendrán ninguna repercusión en el Cielo, habremos hecho mal uso de lo recibido.

Si, por el contrario, sin importar cuanto sacrificio y esfuerzo nos demande, nos dedicamos a amar y servir a Dios, amando y sirviendo al prójimo, podremos morir en la más completa orfandad y pobreza, sin embargo habremos acumulado las riquezas que cuentan, allá en el Cielo y nos haremos acreedores a las promesas de Jesucristo.

Oración:

Padre Santo, que no busquemos tanto nuestra comodidad y riqueza material, cuanto agradarte y servirte, amando y sirviendo a nuestros hermanos, especialmente a los más necesitados de tu infinita Misericordia. Que no dejemos de tener nuestros ojos puestos en el Cielo, acumulando riquezas allá, donde realmente importa. Te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor, que contigo vive y reina, en unidad del Espíritu Santo, por los siglos de los siglos…Amén.

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