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enviado – Juan 13,16-20

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“En verdad, en verdad les digo: el que recibe a quien yo envíe me recibe a mí; y el que me recibe a mí recibe al que me ha enviado.”

Jueves de la 4ta Semana de Pascua | 07 de Mayo del 2020 | Por Miguel Damiani

Lecturas de la Fecha:

Reflexión sobre las lecturas

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Dos ideas nos parecen fundamentales en este evangelio, sobre las cuales hemos de reflexionar. La primera es el recuerdo que el Señor hace a sus discípulos de quién es Él. Es importante que lo tengamos presente y tomemos en su verdadera magnitud.

Cristo es el Hijo de Dios, enviado por el Padre para salvarnos. Él es nuestro Salvador. No hay otro. ¡No tengamos dudas! Siendo quien es, se pone a servirnos, a lavarnos los pies. Cuando lo hace con ellos, sus discípulos, lo hace con nosotros, con sus escogidos.

Nosotros, los que le seguimos, hemos sido escogidos por Él, y Él sabe muy bien a quienes ha escogido. Sabe perfectamente nuestros temores, cualidades y defectos. Sabe lo que pensamos, anhelamos y queremos. Cuenta con nuestra naturaleza humana contingente.

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Jesucristo es el enviado

No se le escapa nada. No hay comportamiento entre nosotros que le pueda sorprender. Sabe lo que espera de cada uno de nosotros y aquello que haremos, muy a pesar de nuestras declaraciones, confesiones y convicciones. Sabe de qué pie cojeamos.

Esto es muy necesario que lo tengamos en cuenta siempre. Por eso lo hace notar a los apóstoles. Lo que va a pasar será una sorpresa para nosotros, como lo fue para ellos, los discípulos, más no será sorpresa para Él, porque Él es Dios. ¡Él es Dios!

En estos momentos de tribulación, donde nos sentimos acechados y acorralados por tantas noticias controversiales, por tantos procedimientos misteriosos y secretos que se nos antojan inverosímiles e inexplicables, a Él no se le sorprende ni se le escapa detalle.

Jesucristo el Hijo de Dios, es Dios

Jesucristo está al tanto de todo. Él sabe lo que ocurrirá. Nada le pilla por sorpresa. Conoce la traición de la que estamos siendo objeto. Sabe quiénes nos están engañando y quienes pretenden atemorizarnos para sacarnos del Camino. ¡No nos dejemos!

No estamos desamparados. Todo sucede conforme a los Planes de Dios, aun aquello que nos parece inaceptable y condenable. No es que Él lo quiera así, ni mucho menos que Él lo provoque, no. Él a lo sumo lo permite, porque está dentro de nuestra libertad de actuar.

Él no nos fuerza a creer, ni a confesar que es Dios. Depende de cada quien. A todos se nos ha dado la opción de conocerlo, como hizo con todos los discípulos, sin embargo uno entre ellos no estuvo de acuerdo con lo que oía o veía, en fin, quería otra cosa y aceptó el dinero que le ofrecían por deshacerse de Él.

Dios nos ha creado libres

Obviamente el pecado de traición se produce por falta de fe, por ambición, por soberbia o por cualquier otro motivo oscuro y egoísta. Teniendo a Dios en frente, simplemente decidimos no creer en Él, tal vez porque nos sentimos defraudados, porque nos sentimos más capaces o por lo que fuere.

Amparados en nuestra capacidad de pensar y en nuestra libertad decidimos que lo que el Señor nos dice no nos convence, que sus razones no son suficientes, que desconfiamos de sus promesas y tomamos otro camino, distinto e incluso opuesto.

Como al parecer no ocurre nada, porque Él nos deja actuar en libertad, empezamos a ignorarlo a tal punto que llega un momento en que simplemente negamos su existencia. Ya sin sus exigencias como referente, obramos según nuestro propio criterio y conveniencia.

Y como nosotros miles, millones. El problema surge cuando olvidado a Dios, surge la oposición, las discrepancias, la competencia y aun la oposición entre nosotros. ¿Qué hacemos? ¿Nos imponemos o aceptamos de mal agrado la voluntad de quien tiene más poder que nosotros.

La medida del hombre, sin Dios es minúscula

A la opinión, deseos o propósitos del que tiene mayor poder político, económico o social se rinden los demás. Así que empezamos una carrera por alcanzarlos, superarlos e imponernos o nos la arreglamos para evadirlos o revelarnos en unión con los demás.

Entonces, empezamos una lucha despiadada de unos contra otros, una competencia sin cuartel por imponernos y dominar en todos los aspectos y sin Dios -y por lo tanto sin ética ni moral que nos sujete-, nuestro criterio se convierte en la medida de la justicia.

Y será justo lo que nos parece, lo que nos conviene y lo que nos gusta, como injusto e indigno todo cuanto nos mortifique y disienta con nuestra poderosísima e inquebrantable opinión, gusto o parecer.
Al estilo de los Soros, Rockefeller o Gates de la historia.

Quien conoce a Jesús conoce al que lo ha enviado

De otro lado podemos ver a Jesús, nuestro Salvador, el Hijo de Dios, es decir Dios mismo, porque quien ve a Él ve a quien lo ha enviado, lavándonos los pies, es decir, rendido completamente a nuestro servicio. ¡Qué figura tan contrastante!

Él es el enviado de Dios Padre. Procediendo así nos está enseñando cual debe ser nuestro proceder al ser nosotros mismos enviados por Él. El mensaje es sumamente claro, poderoso, distinto y opuesto al de aquél que lucha por imponerse.

Dios no se impone. No necesita hacerlo, porque es Dios. No hay poder sobre Él ni nadie que le pueda hacer sombra. Él Es. Este sería el resumen de todos los atributos de Dios. No hay nada ni nadie sobre Él, ni antes, ni después, ni más arriba, ni más grande.

El servicio como señal del enviado

Dios, en su Infinita Sabiduría nos enseña por medio de Jesucristo Su Hijo, el Enviado, cuál debe ser nuestra actitud y procedimiento en esta vida. Solo debemos mirar a Él. Solo debemos fijarnos en Él y hacer lo que Él hace con nosotros.

¿Y qué hace? Se ciñe y nos lava los pies. En este gesto está resumida la Sabiduría de Dios. Meditemos sobre ella. Hagamos que este discernimiento cale profundamente en nuestras almas y corazones y entonces tratemos de comprender qué es lo que hemos de hacer como sus enviados.

Oración:

Padre Santo, Padre amado, danos la claridad de mente, corazón y espíritu para discernir y entender cuál es Tu Voluntad para nuestras vidas en todo momento, incluida estas circunstancias tan especiales, en las que grandes desgracias parecen cernirse en el horizonte, porque nada ni nadie puede modificar un ápice de tus designios santos. Te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor, que contigo vive y reina, en unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos…Amén.

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