el que quiera salvar su vida la perderá

el que quiera salvar su vida la perderá – Marcos 8,34–9,1

el que quiera salvar su vida la perderá

«El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Miren, el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio la salvará.

Viernes de la 6ta Semana del T. Ordinario | 21 de Febrero de 2020 | Por Miguel Damiani

Lecturas de la Fecha:

• Santiago 2,14-24.26
• Salmo 111,1-2.3-4.5-6
Marcos 8,34–9,1

Reflexión sobre las lecturas

el que quiera salvar su vida la perderá

Tanto la primera lectura como el Evangelio, nos presentan lo que a nuestros ojos y las de cualquier profano constituye algo ilógico. Nuestro razonamiento e incluso, me atrevería a decir que, nuestro sentido común nos hacen esperar algo distinto.

¿Cómo puede ser que quien quiera salvar su vida la pierda? Esta perspectiva es muy distinta a la mundana, que nos exige luchar por nosotros, como única garantía de que tal vez y repito, solo tal vez, si ponemos el empeño requerido, lograremos nuestra meta.

el que quiera salvar su vida la perderá

Lo mas sensato y recomendable

Llegado al extremo, en una situación de amenaza inminente sobre nuestras vidas, el instinto y el sentido común nos mandan salvarnos a nosotros mismos, antes de pensar en nadie. Parece lo más sensato y comprensible.

Incluso legalmente se entenderá que alguien corra por su vida antes de detenerse a pensar cómo puede ayudar a los demás. Esta es la perspectiva mundana. Cualquier respuesta que rebase esta exigencia será tenida como heroica y excepcional.

Y justamente es eso lo que nos pide Cristo: obrar siempre de modo excepcional, pensando primero en el bienestar del otro, sea quien sea, antes que el personal. Eso en todo orden de cosas, aun al costo de nuestra propia vida.

La fe sin obras no sirve de nada

La primera lectura no permite entender que esta respuesta exigente, por encima de la demanda mundana tiene su fundamento en la fe. Y es que la fe no sirve de nada si no se manifiesta en la acción. Así, nuestros actos hablan e nuestras fe.

Es la fe que profesamos en Jesucristo la que nos lleva a actuar de tal modo que, antes de reparar en consecuencias personales, nos obliguemos a procurar el bienestar de quienes nos rodean, en cualquier circunstancia, antes que el propio.

Ese es el motivo que nos lleva a ceder el asiento en un medio de transporte, a ceder el paso, dejar la porción más grande y favorita a mi esposa, mi madre o mi hijo. La razón que nos lleva a ceder nuestro turno en una cola, aun a costa de nuestro derecho.

No hay límites para el que ama

Es por ello que nos desprendemos de algo muy preciado e incluso necesario, con tal que otro pueda tenerlo. Sea esto un saco, un abrigo, un pasaje, un vehículo, hospedaje, comida, propiedad, dinero. Muchos podemos contar experiencias excepcionales de generosidad.

¿Cuál es el límite? No existe, para quien ama a Dios, por quien estamos dispuestos a hacer todo cuanto se nos pide. Es la fe la que nos mueve, sin embargo ella sola, sin manifestación alguna de su existencia a través de un acto de amor, es inútil y por lo tanto inexistente.

Oración:

Padre Santo, haz que prevalezca en nuestras mentes siempre el recuerdo y la evidencia de tu amor, de tal modo que siempre estemos dispuestos a compartirlo generosamente con nuestros hermanos, sin reparar en extremos. Te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor, que contigo vive y reina, en unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos…Amén.

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