el pan de los hijos – Mateo 15,21-28

agosto 8, 2018

el pan de los hijos

“Ella, no obstante, vino a postrarse ante él y le dijo: «¡Señor, socórreme!» El respondió: « No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos.»”

Miércoles 18va Semana del T. Ordinario | 08 de Agosto del 2018 | Por Miguel Damiani

Lecturas de la Fecha:

Reflexión sobre las lecturas

el pan de los hijos

Lo primero que salta a la vista en esta lectura es que el Señor viene cumpliendo un Plan. Luego, que el Plan no es suyo, sino de alguien que lo ha enviado, que por referencias anteriores y posteriores sabemos que es Su Padre.

Jesucristo ha venido al mundo cumpliendo el Plan trazado por Dios, con el propósito de recuperar a las ovejas descarriadas de Israel. ¿Esto quiere decir que no ha venido por todos? Efectivamente, hemos oído y leído muy claramente.

el pan de los hijos

Entonces, los que no somos de Israel, ¿estamos perdidos? No, porque del mismo modo que no somos ovejas tampoco tenemos que ser de Israel. La figura del Pastor y sus ovejas está referida a Dios, muchas veces al mismo Jesucristo y a Su pueblo.

Como el Buen Pastor, Él guía a sus ovejas. Sus ovejas, que son mansas e indefensas lo siguen confiadamente, porque Él las libra de las acechanzas de los lobos, ladrones y toda clase de peligros a los que están expuestas en este mundo.

Si Jesucristo es el Pastor, nosotros, su Pueblo, las ovejas por las que ha venido. Su Pueblo es la Iglesia. Somos los bautizados. Nosotros somos sus ovejas. Le debemos docilidad y obediencia, porque Él nos lleva por el Buen Camino hacia remansos tranquilos y aguas cristalinas, para saciar nuestra hambre y sed.

“Ella, no obstante, vino a postrarse ante él y le dijo: «¡Señor, socórreme!» El respondió: « No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos.»”

¿Qué pasa con los demás? ¿Se condenan? Nosotros somos los responsables de atraer a los demás al mismo redil. ¿A quiénes? Al mundo entero. Depende de nosotros. ¿Cómo atraerlos? Con el ejemplo. Que vean y quieran amarse, como nosotros nos amamos.

Nosotros tenemos la llave en nuestras manos, porque Jesucristo nos la ha dado. ¿Qué tenemos que hacer? Predicar CON EL EJEMPLO el Evangelio. Es decir, amarnos los unos a los otros como Dios nos ama, así, todos los que nos sigan también alcanzarán la vida eterna.

¿Cómo lo sabemos? Porque el Señor nos lo ha revelado en los Evangelios. Y en esta misma lectura nos hace ver como es Infinitamente Misericordioso y da de aquello que tiene reservado para los hijos, a quien se lo pide con fe.

Luego, la fe, sin más, es suficiente para que el Señor se apiade y conceda la vida eterna a quien se lo pida. Pero, ojo, cuidado con interpretar mal. La fe no es una actitud mental y privada, como creen algunos protestantes. La fe se manifiesta en obras, es decir en nuestra actuación en el mundo.

“Ella, no obstante, vino a postrarse ante él y le dijo: «¡Señor, socórreme!» El respondió: « No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos.»”

Es preciso repetirlo. No se trata de decir que tenemos fe, sino de manifestarlo en nuestras obras, en lo que hacemos. ¿Cómo manifestamos nuestra fe? Amando al prójimo como Dios nos ama. Dicho de otro modo: si no amamos, es prueba suficiente de nuestra falta de fe.

Tal como nos dirá Santiago, una fe sin obras es una fe muerta o una fe inexistente. El amor habla de nuestra fe y es este el que conmueve al Señor. El que ama como el Señor nos ama, sin duda será acreedor de las promesas de Jesucristo.

¿Qué hemos de hacer entonces? Oír y hacer lo que nos manda. ¿Qué nos manda? ¡Amar! Fácil, ¿no? Es así de sencillo. No es nada complicado. Parafraseando al Señor podemos decir que a eso se reduce la ley y los profetas. Eso es todo lo que debemos saber y hacer.

El problema surge cuando confrontamos este sencillo principio con la realidad. Tú quieres una cosa y tú esposa o esposo otra. ¿Qué hay que hacer? ¿Lo que ella o él quieren? ¡No! Hay que hacer siempre lo correcto, aun a costa de sacrificios.

“Ella, no obstante, vino a postrarse ante él y le dijo: «¡Señor, socórreme!» El respondió: « No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos.»”

¿Hemos de imponernos por la fuerza? ¡No! ¡Jamás! Acaba de pronunciarse el Papa contra la pena de muerte en el mundo entero. ¡Eso es lo justo! ¡Nadie tiene el derecho de quitar la vida a otra persona! ¡Estamos en la obligación de esperar el arrepentimiento y redención del peor delincuente!

¿Son duras estas palabras? Ciertamente lo son, pero el amor nos obliga a estar dispuestos a dar hasta la vida por el prójimo, por el Bien, por la Verdad y la Justicia. ¡Es un reto! ¡Claro que lo es! Esta es la medida de nuestro amor y fe.

No siempre tenemos que afrontar dilemas tan fuertes, sin embargo la vida cotidiana está repleta de situaciones en las que somos exigidos a obrar correctamente, amando a nuestro prójimo y a Dios. Empezando por nuestras oraciones matinales y el saludo amoroso a nuestros familiares, amigos, vecinos y todo aquel con quien nos encontramos.

Prolongando nuestra jornada diaria una, dos o más horas con tal de cumplir con nuestro deber, o más aún, con tal de ayudar a alguien a resolver un problema. Involucrándonos en la vida de otros con el único propósito de ayudar desinteresadamente.

Sacrificando nuestro futuro profesional o empresarial, por servir a la sociedad en la que vivimos. Ojalá hubiera mucha gente que lo hiciera y no prefiriera dejar el campo abierto a los políticos inescrupulosos que solo buscan su beneficio personal.

Hay muchas formas de manifestar amor a Dios y al prójimo. A veces habrá que dejar un trabajo muy bien remunerado para dedicarles el tiempo necesario a los hijos. O ajustarse en el consumo y la comodidad, para tener la cantidad de hijos que Dios nos manda y no los que nos permitan vivir en el confort que nos impone la moda o el sistema.

San Pablo en la Primera Carta a los Corintios nos da las características del amor. Aprendámoslas de memoria y esforcémonos por ponerlas en práctica todos los días de nuestras vidas. Solo así estaremos guardando tesoros donde no entra el ladrón ni la polilla corrompe.

Oración:

Padre Santo, danos la fe suficiente para vivir llenos de esperanza y alegría, testimoniando en cada uno de nuestros actos tu infinito amor. Te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor, que contigo vive y reina, en unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos…Amén.

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