amarás al Señor

amarás al Señor – Marcos 12,28b-34

amarás al Señor

Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser.

Viernes 3ra Semana de Cuaresma | 20 de Marzo de 2020 | Por Miguel Damiani

Lecturas de la Fecha:

• Oseas 14,2-10
• Salmo 80,6c-8a.8bc-9.10-11ab.14.17
Marcos 12,28b-34

Reflexión sobre las lecturas

amarás al Señor

Las lecturas de hoy nos invitan a pensar, a concluir que sin Dios no somos nada. Que a nada podemos aspirar si no tenemos a Dios de nuestro lado. Que sin Dios nada vale la pena. Que sin Dios estamos perdidos.

¡Qué mensaje más actual! Si buscamos una explicación profunda y trascendente de lo que estamos viviendo hoy en el mundo entero, no encontraremos otra más acertada que esta, anticipada por el Profeta Oseas y confirmada por Cristo.

Tenemos entonces la respuesta al alcance de nuestra mente y sobre todo de nuestros corazones. ¡Nada, a no ser nuestra mente y nuestros corazones, nos impide volver nuestros ojos al único que tiene el poder para sacarnos del profundo precipicio en el que hemos caído.

amarás al Señor

El pecado nos impide volver los ojos a Dios

Solo hay que reconocerlo. Reconocer que hemos caído y sobre todo reconocer a Él como nuestro único Dios, como el único con el poder suficiente para reencaminarnos y permitirnos alcanzar lo que estamos llamados a ser.

Es un solo paso tan sencillo, como difícil de reconocer. ¿Por qué? Por nuestra soberbia. Es este el pecado que nos impide volver nuestros ojos, nuestra mente y nuestro corazón al único Dios, a nuestro Padre y Creador.

¿Cómo puede ser tan difícil volver a quien nos amó tanto que nos dio la vida y no contento con ello, llegado el tiempo, nos envió a Su propio Hijo a salvarnos? Despecho, soberbia, falta de humildad o puro egoísmo pertinaz es lo único que lo impide.

La soberbia nos impide emendar nuestro error

No queremos reconocer nuestro error. No queremos reconocer que hemos estado equivocados y que es preciso enmendar la dirección a la que nos habíamos enrumbado. Y es que no quisimos escucharle. Pretendimos ayer como ahora prescindir de sus mandatos.

Orgullosos como somos, argumentamos que nos molesta que nos mande, porque ello constituye una violación a nuestro derecho a la libertad. ¡Precisamente por eso nos manda! Porque somos testarudos y soberbios. Él lo sabe mejor que nosotros mismos.

Si nos sugiere, si nos insinúa, como de hecho lo hace a través de todos los acontecimientos y la naturaleza misma, no le hacemos caso. Así que en Su Sabiduría opta por mandarnos, porque de otro modo, si empezamos a racionalizar, en nuestra contingencia, será muy difícil que todos alcancemos a comprenderlo racionalmente.

Amarás al Señor es el primer mandato

No porque lo que nos propone sea irracional, ¿cómo podría serlo? Sino porque la libertad en la que hemos sido creados, está limitada por nuestra razón humana, contingente, y no puede alcanzar por sus propios medios la sabiduría y la verdad plenas.

Ello solo será posible por intervención Divina en este mundo, si Dios así lo quiere y tan solo para algunos, y después, cuando resucitemos, para todos aquellos que logremos alcanzar las promesas de nuestro Señor Jesucristo.

Hoy nos toca obedecer a Dios. Eso es lo único sensato. Punto. ¿Será por eso Dios un tirano? ¡No! ¡Él es nuestro Padre y Creador! Como el mejor de los padres sabe lo que es bueno para sus hijos, que frente a Él, sin importar nuestra fama, riqueza, sabiduría o edad siempre seremos como niños.

Dios es Infinitamente Sabio y Poderoso

¿Por qué? Porque por más avanzados que nos creamos o sintamos, por más explicaciones que hayamos alcanzado urdir, nunca dejaremos de estar en los umbrales de la Verdad y la Sabiduría con respecto a Él, porque Él es Infinitamente Sabio y Poderoso, porque ello corresponde a su naturaleza Divina, que dista de la nuestra como el sol de la mañana con respecto al ocaso.

Es algo que no alcanzamos a comprender, ni lo haremos jamás. Basta echar una mirada al Universo visible. Podemos construir muchas teorías, pero jamás alcanzaremos la Verdad absoluta, sin Su Ayuda e Intervención.

¿Qué es lo que corresponde, entonces, a todo hombre sensato? Depositar su plena confianza en la Voluntad de Dios, teniendo la certeza que Él nos ama y por lo tanto, nada de lo que Él disponga podrá hacernos daños, sino que por el contrario será para nuestro Bien.

Dios nos creo por amor. Él nos amó primero

Alguien podría preguntarse, pero cómo podemos tener la certeza que nos ama. Primero porque Él nos creó por amor, tal como nos lo revelan las Escrituras, incluyendo la Palabra de Jesucristo en los Evangelios.

Es Jesucristo precisamente quien nos presenta a Dios como nuestro Padre. Él nos hace esta revelación que es el Núcleo, la médula de la Buena Noticia de la que son portadores los Evangelios. Él es nuestro Padre y como el mejor de los padres solo quiere nuestro Bien, porque nos ama.

¿Qué parte no podemos entender de esta revelación? Tal vez si fuéramos huérfanos sería posible que no alcanzáramos a comprender. Pero resulta que nadie en este mundo es huérfano, porque compartimos al mejor de los padres, al Único, al  Verdadero.

Fuimos creados para compartir un día Su Plenitud

¿Qué otra cosa podemos desear? ¡Arrojémonos a Sus brazos y dejémonos conducir, que Él nos llevará por fuentes de aguas claras y nos dará, finalmente, el lugar que nos tenía prometido desde la Eternidad, cuando un día, por amor, decidió crearnos para compartir con nosotros Su Plenitud.

¿Por qué? Porque en su inmensa sabiduría así le pareció bien. Él nos hizo a Su Imagen y semejanza para que fuéramos plenos y felices. Pero, respetando nuestra dignidad, para alcanzar este destino nos dotó de inteligencia, voluntad y libertad.

De este modo, habíamos de ser nosotros mismos, por nuestra propia voluntad los que decidiéramos alcanzar aquello para lo cual fuimos creados. En eso consiste nuestro paso por este mundo. Es la oportunidad de decidir y responder con nuestras propias vidas si queremos o no lo que Él nos ofrece.

Dios Padre envió a Su Hijo Jesucristo a salvarnos

Por si fuera poco y para evitar que nos perdiéramos, escogiendo aquello que nos conduce al abismo, a la oscuridad y la muerte, nos envió a Su Hijo, Jesucristo, quien nos enseñó el Camino, la Verdad y la Vida, que es Él mismo.

Quien lo conoce, cree en su Palabra y lo sigue, tiene asegurada la Vida Eterna, es decir, aquello para lo cual fuimos creados. Solo hay que seguirle. Mejor aún: que obedecerle. ¿Y qué nos manda? Lo tenemos hoy en el Evangelio:

«¿Qué mandamiento es el primero de todos?».
Respondió Jesús:
«El primero es: “Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser”. El segundo es este: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. No hay mandamiento mayor que estos».

Oración:

Padre nuestro, en estos días en los que nos enfrentamos a tremenda tribulación, en los que parece que una nube negra se cierne sobre la humanidad entera, promoviendo desazón y desconcierto.

Días en los que hemos quedado confinados al círculo más estrecho de supervivencia, en el que no todos contamos con familiares a los cuales acudir, en que por causas de una emergencia sanitaria hemos quedado constreñidos al círculo más estrecho posible, sin poder salir.

Danos serenidad y esperanza

Te pedimos que nos des la serenidad y la esperanza para elevarnos por sobre todas nuestras dificultades, cualesquiera que estas sean, para clamar a Ti, confiando en tu Infinita Providencia y abandonándonos en Tus poderosos brazos, con la certeza que Tú sabrás escribir trazos rectos con todos estos garabatos incomprensibles que balbuceamos y oímos.

Padre Santo, acuérdate de todos nuestros hermanos, incluso de aquellos que blasfeman y profanan Tu Santo Nombre, pero especialmente de los abandonados, los solitarios y afligidos. Si está en tus planes, danos la posibilidad de asistirlos, pero que no se haga sino Tu Santísima Voluntad.

Líbranos del Maligno

Asiste de modo especial a nuestros gobernantes y a los que tienen el deber de conducirnos a la justicia, la paz y el Bien Común. Dales ecuanimidad y sabiduría, para que a pesar de sus intenciones subalternas les sea imposible contradecir lo que Tú has dispuesto.

Líbranos del mal y de las asechanzas del Demonio. Todo esto te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor, que contigo vive y reina, en unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos…

Amén.

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