Alégrense y regocíjense – Mateo 5,1-12

Alégrense y regocíjense

“Bienaventurados serán cuando los injurien, y los persigan y digan con mentira toda clase de mal contra ustedes por mi causa. Alégrense y regocíjense, porque su recompensa será grande en los cielos; pues de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a ustedes.”

Domingo, Todos los Santos | 01 de Noviembre del 2020 | Por Miguel Damiani

Lecturas de la Fecha:

  • Apocalipsis 7,2-4.9-14
  • Salmo 23,1-2.3-4ab.5-6
  • I Juan 3,1-3
  • Mateo 5,1-12

Reflexión sobre las lecturas

Alégrense y regocíjense

La santidad, es decir, cumplir con la Voluntad de Dios, siempre tendrá oposición. El Señor de algún modo así nos lo advierte. Si nos persiguen, insultan e injurian. Aún si nos apresan y nos matan, ha de ser motivo de alegría. ¿Es esto masoquismo o sadismo?

No faltará quien así lo crea, por eso es preciso aclararlo. A lo largo de todo los Evangelios resalta una dicotomía: el Bien y el Mal. Que a su vez podemos distinguirla según la ocasión en Cielo o Infierno; amor u odio; paz y violencia; Verdad y mentira; vida y muerte; Dios o el Dinero.

Los hijos de la luz, que se contraponen a los de las tinieblas, hemos de escoger siempre la primera parte de estas dicotomías. Estas reflejan la obra y la presencia de Dios. Ese es el Camino que el Señor nos enseña a transitar con su vida, muerte y resurrección.

Alégrense y regocíjense

No somos de este mundo

Somos lo opuesto al mundo, que es la segunda parte de la dicotomía. Porque, como nos dirá el mismo Señor Jesucristo, no somos de este mundo. Es así como debemos vivir. Vivimos en el mundo, pero sin encasillarnos ni acomodarnos a Él. ¿Por qué?

Porque sabemos que la vida en este mundo es un paso. El mundo mismo, con todo lo bueno que tiene, ha sido creado por Dios para facilitar este paso. No estamos hechos para quedarnos aquí. Por eso somos nosotros los que regresamos de la gran tribulación de la que habla Apocalipsis.

Estamos aquí como peregrinos. Estamos de paso. Como cuando vamos de paseo a un bosque o a un gran parque ecológico. A nadie se le permite edificar allí su morada, mucho menos prender fuego o cazar. Hay unas reglas, unas leyes que respetar para preservar este lugar para los que pudieran venir después.

No aferrarnos a nada

Hemos de vivir en este mundo de este modo. Como visitantes temporales. Siendo del mundo, pero sin ser del mundo. Esto es, no aferrándonos a nada. Teniendo siempre la mirada y el corazón puestos en nuestra meta final.

Es esto lo que nos cuesta creer y sostener a lo largo de nuestras vidas. Y es que nuestras vidas, aun siendo cortas, muchas veces se nos antojan interminables. Sea que disfrutemos o suframos al extremo, como suele ocurrir.

El buen cristiano, el santo, no acumula, ni atesora bienes o riqueza alguna, que no sea en el Cielo. No se aferra a nada. Por el contrario es desprendido en todo, sabiendo que todo proviene de Dios y le ha sido dado con el propósito de ayudarle a alcanzar la Vida Eterna.

El maligno es el enemigo

Solo procura lo indispensable para vivir hoy, él y los suyos. Se cuida de no caer en aquella previsión que pronto se torna en avaricia e indolencia. El santo, comparte con generosidad y se esfuerza por el Bien Común.

Todos estos propósitos irritan a quienes quieren guardar todo para sí mismo. Sus temores, su falta de fe en Dios, los llevan a aferrarse a todo aquello que les permita asegurarse toda una vida de bienestar. Tienen temor a exponerse y revelar su vulnerabilidad. No quieren sufrir.

El Maligno, el malo, para ganarlo entre los descarriados, le ataca precisamente allí, donde es más débil. Le siembra dudas y temores induciéndolo a la soberbia, a la avaricia, a la pereza, a la mentira, al robo, a la acumulación desenfrenada e inescrupulosa.

El origen de la explotación del hombre

Crece tanto su temor a la muerte que se vuelve indolente. Por ello empieza a aferrarse a todo cuanto se le presenta. Desconfía de todos como competidores. Y termina actuando con los demás como si fueran enemigos por cuanto le pueden quitar lo que tiene.

El prójimo se constituye en amenaza a su riqueza. Constata que lo que acumula lo vuelve poderoso a los ojos de los miserables. Consigue que lo adulen y sirvan a cambio de migajas. Lo protegen y terminan haciendo lo que él debía, a cambio de una dádiva.

El dominio y poder económico muy pronto se convierte en poder político y social. Amenaza, agrede e incluso se siente con el derecho a matar al que compite, contradice o reclama. Todo le tiene que ser sometido. Muy pronto reclama poder absoluto sobre un territorio y sus gentes.

Contra Dios y contra la ley natural

Así llegará el momento, en estamos en él, que reclame el poder de Dios. Amparado en su riqueza y poder pretenderá dictaminar sobre lo que es “verdad” y “mentira”. Dictaminará sobre toda actividad según su criterio y conveniencia, eliminando a sus adversarios. Dirá quiénes pueden vivir y quiénes no.

Impondrá sus leyes pretendiendo que estas rijan por sobre la ley natural o al margen de ella. Como esto es imposible, acarreará graves desórdenes biológicos, genéticos, económicos y sociales. Cuando el hombre prescinde de Dios, solo encuentra destrucción y muerte.

Tendrá que obligar por violencia a sus congéneres a que le obedezcan. La humanidad entera se resistirá. Su ira desatará exterminios masivos. A esto asistimos hoy, con el virus, manipulado en un laboratorio, para manejarnos por el terror.

Alégrense y regocíjense

Esta es la hora de los santos. Porque los buenos cristianos tendremos la obligación de enfrentar al engaño y la mentira. Es el momento de la oración intensa, porque sin la ayuda de Dios nos será imposible doblegar al odiador.

Es entonces que habremos de alegrarnos y regocijarnos. Mala señal si no nos maltratan y persiguen. Evidentemente habremos pactado con el Diablo. El agua y el aceite no se pueden mezclar. No podemos servir a dos señores nos recuerda Jesucristo.

El martirio, la persecución y la muerte llegarán a los cristianos que se mantienen firmes en la fe.

Oración:

Padre Santo, danos el valor de resistir la persecución, las ofensas, la burla y el descrédito. No permitas que caigamos en la lisonja y zalamería claudicando a nuestra fe, tan solo por mantener nuestros privilegios o nuestra situación económica. Te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor, que contigo vive y reina, en unidad del Espíritu Santo, por los siglos de los siglos…Amén.

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