Juan 16,23b-28 – Pidan y recibirán

Texto del evangelio Jn 16,23b-28 – Pidan y recibirán

23. Les aseguro que todo lo que pidan al Padre, él se lo concederá en mi Nombre.
24. Hasta ahora, no han pedido nada en mi Nombre. Pidan y recibirán, y tendrán una alegría que será perfecta.
25. Les he dicho todo esto por medio de parábolas. Llega la hora en que ya no les hablaré por medio de parábolas, sino que les hablaré claramente del Padre.
26. Aquel día ustedes pedirán en mi Nombre; y no será necesario que yo ruegue al Padre por ustedes,
27. ya que él mismo los ama, porque ustedes me aman y han creído que yo vengo de Dios.
28. Salí del Padre y vine al mundo. Ahora dejo el mundo y voy al Padre».

Reflexión: 16,23b-28

No podemos llegar a nuestro Padre si no es por Jesús. Para establecer una relación con Él, antes debemos haber abierto nuestro corazón a Jesucristo. Amando al Señor, Dios nos abre las puertas del Reino, al extremo que ya no será preciso acudir a Cristo para que Dios nos conceda lo que le pedimos. Pero es preciso que entendamos cuál es el Camino para establecer esta relación. Nadie puede ir al Padre sino es por Cristo. Pero una vez que hayamos llegado, seremos como pez en el agua, nadando libremente por los dominios de Dios. Entre tanto y hasta que lleguemos, amemos al Señor, que solo este nos puede garantizar llegar al Padre y con Él a la Vida Eterna, causa de la alegría perfecta. ¿Cómo podemos manifestar nuestro amor a Jesucristo? Haciendo lo que nos manda. Solo si guardamos Su Palabra pondremos en evidencia este amor y si le amamos, el Padre vendrá y hará su morada en nosotros. Así, todo se reduce al amor, pero un amor que no es teórico, sino que se expresa en obras. Pero, ¿cómo podemos amar a Dios si no lo vemos, si no lo tocamos, si no podemos interactuar con Él? El Señor nos enseña que a Dios lo encontramos en el prójimo, en los que menos tienen, en los más pobres, en los que sufren, en los enfermos, en los encarcelados, en los huérfanos, en los desterrados, en los refugiados, en los ancianos, en los no nacidos, en los que son despreciados por humildes, sencillos o pequeños. Por lo tanto, es amando a ellos que estaremos amando a Cristo y entonces el Padre nos amará y concederá todo lo que le pidamos en el Santo Nombre de Jesús. El Camino es Jesús. Por eso es a Él que tenemos que conocer, escuchar y obedecer. Él es el Principio y Fundamento. Es la Luz, la Verdad y la Vida. Luz porque necesitamos de Su Palabra que nos alumbre la realidad en la que vivimos. Verdad, porque solo Su Palabra es confiable, inamovible y clara; en ella no hay engaño, ni malicia, ni conveniencia, ni intereses subalternos. Y la Vida, porque sólo prestando oído a Su Palabra y obedeciéndola ciegamente alcanzaremos la Verdad y con ella, la Vida Eterna. Porque la Verdad es plenitud que solo podremos alcanzar por la fe, una vez que hayamos cruzado el umbral, el Puente que nos separa del Reino de los Cielos, una vez que hayamos llegado al ágape nupcial, en el que tenemos preparado un sitio, en presencia de Dios Padre Celestial, de Jesucristo Su Único Hijo, de la Virgen María, los ángeles y todos los santos. Hasta ahora, no han pedido nada en mi Nombre. Pidan y recibirán, y tendrán una alegría que será perfecta.

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Juan 16,20-23a – su alegría nadie se las podrá quitar

Texto del evangelio Jn 16,20-23a – su alegría nadie se las podrá quitar

20. «En verdad, en verdad les digo que llorarán y se lamentarán, y el mundo se alegrará. Estarán tristes, pero su tristeza se convertirá en gozo.
21. La mujer, cuando va a dar a luz, está triste, porque le ha llegado su hora; pero cuando ha dado a luz al niño, ya no se acuerda del aprieto por el gozo de que ha nacido un hombre en el mundo.
22. También ustedes están tristes ahora, pero volveré a verlos y se alegrará su corazón y su alegría nadie se las podrá quitar.
23. Aquel día no me preguntarán nada. En verdad, en verdad les digo: lo que pidan al Padre se los dará en mi nombre.

Reflexión: Jn 16,20-23a

Por un momento el panorama que se abre ante nuestros ojos puede ser sombrío, pareciéndonos que estamos cercados y que no tendremos escapatoria, por más que nos esforcemos en evadir esta situación, nos será imposible. Para este momento debemos interiorizar y recordar estas palabras de consuelo de Jesús. Hemos de pensar que tras esta tristeza, tras esta angustia e impotencia, vendrá finalmente la calma y después la alegría, una alegría infinita que nada ni nadie podrán quitarnos. Obviamente el Señor nos está hablando de otra realidad que está más allá, que trasciende cuanto peligro sentimos que nos acosa y que supera nuestras propias limitaciones, porque se trata de una realidad distinta, de la cual pasamos a formar parte por Gracia de Dios. Jesucristo con Su vida, muerte y resurrección ha unido estos dos mundos, los ha enlazado como un puente, poniendo a nuestro alcance el tránsito a esta nueva vida, una vida plena y abundante que habrá de cambiar nuestra tristeza en gozo y alegría sin fin. Es pues pensando en estas promesas que cuando llegue aquél momento no debemos desmayar, ni dejarnos aturdir, poniendo la mirada de nuestras mentes y nuestros corazones firmemente en aquel sol, en aquella luz que nos ilumina desde el Infinito, que nos ha amado tanto y desde siempre, que ha dado su propio Hijo para Salvarnos y que nos espera –tras la partera-, con los brazos abiertos de Padre, uniéndonos en un abrazo sin fin, con el gozo de quien finalmente encuentra aquello que había anhelado con toda el alma desde siempre. Entonces lo veremos todo de otro modo y finalmente conoceremos la Verdad. Solo imaginar aquella plenitud debe servirnos de acicate para pasar cualquier tribulación con la confianza que cuanto ocurra no podrá nunca compararse con la intensidad, profundidad y amplitud de aquella emoción que nos aguarda, que acarreará una alegría como no la tuvimos jamás aquí en la tierra. Nada, ni nadie podrán superarla. Todo cuanto hayamos tenido que pasar, sin importar qué, lo encontraremos pequeño e insignificante al lado de estas Gracias prometidas y finalmente concedidas. Por lo tanto, bien haremos en empeñarnos desde ahora por alcanzarlas, haciendo lo que Jesucristo nos manda y pidiendo con todo nuestro corazón mantenernos fieles y perseverantes en la senda del amor señalada por Jesús. También ustedes están tristes ahora, pero volveré a verlos y se alegrará su corazón y su alegría nadie se las podrá quitar.

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Juan 16,16-20 – su tristeza se convertirá en gozo

Texto del evangelio Jn 16,16-20 – su tristeza se convertirá en gozo

16. «Dentro de poco ya no me verán, y dentro de otro poco me volverán a ver.»
17. Entonces algunos de sus discípulos comentaron entre sí: «¿Qué es eso que nos dice: «Dentro de poco ya no me verán y dentro de otro poco me volverán a ver» y «Me voy al Padre»?»
18. Y decían: «¿Qué es ese «poco»? No sabemos lo que quiere decir.»
19. Se dio cuenta Jesús de que querían preguntarle y les dijo: «¿Andan preguntándose acerca de lo que he dicho: «Dentro de poco no me verán y dentro de otro poco me volverán a ver?»
20. «En verdad, en verdad les digo que llorarán y se lamentarán, y el mundo se alegrará. Estarán tristes, pero su tristeza se convertirá en gozo.

Reflexión: Jn 16,16-20

A quien coge la Biblia por primera vez, quien está empezando a aproximarse al Señor, efectivamente este fragmento le puede parecer raro. Un acertijo. No tendría por qué ser así para quien lo viene siguiendo de cerca por varios meses, incluso por lo menos por tres años seguidos. Sin embargo son sus mismos discípulos los que piden explicaciones de lo que el Señor quiere decirles con estas palabras, porque tienen como un velo en sus mentes que les impide entender todo aquello de lo que el Señor les habla, a pesar que, nadie como ellos, tuvieron evidencias extraordinarias de estar siguiendo al mismísimo Jesucristo, Hijo de Dios. Ellos son los protagonistas de una historia única, singular, irrepetible. Parece parte de la naturaleza humana, encontrarnos en medio de una circunstancia excepcional, con personas excepcionales y sin embargo no darnos cuenta de lo que estamos viviendo hasta que pasó, hasta que acabó, hasta que las circunstancias y las personas cambiaron. Entonces recordamos con emoción lo vivido, como algo increíble. Si, ahí estuve yo; ahí estuvimos nosotros, contaremos después hinchando el pecho, pero en el momento, la singularidad de la ocasión pasó desapercibida para nosotros. Eso mismo podemos constatar que está pasando con los discípulos de Jesús. No entienden mucho lo que ocurre y hasta se encuentran torpemente incapacitados para hilvanar una cosa con otra. No es poco lo que han vivido y –a nuestro modesto juicio, desde la perspectiva que dan más de 2mil años de distancia-, tendrían suficiente para considerar de modo determinante como cierto lo que Jesús decía de sí mismo. Después de todo, los milagros que obra el Señor son únicos y están dirigidos a mostrar quién es, para que creamos en Él. Los milagros serán los argumentos que irrefutablemente muevan a la fe. No los únicos, pero ciertamente los más contundentes. Y es que es indispensable -para Jesús, nuestro Salvador-, que no quede duda que estamos frente al Hijo de Dios que como el mismo lo define es la Luz, la Verdad y el Camino. En verdad, en verdad les digo que llorarán y se lamentarán, y el mundo se alegrará. Estarán tristes, pero su tristeza se convertirá en gozo.

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Juan 16,12-15 – el Espíritu de la verdad

Texto del evangelio Jn 16,12-15 – el Espíritu de la verdad

12. Mucho tengo todavía que decirles, pero ahora no pueden con ello.
13. Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, los guiará hasta la verdad completa; pues no hablará por su cuenta, sino que hablará lo que oiga, y les anunciará lo que ha de venir.
14. El me dará gloria, porque recibirá de lo mío y se los anunciará a ustedes.
15. Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso he dicho: Recibirá de lo mío y se los anunciará a ustedes.

Reflexión: Jn 16,12-15

Del mismo modo que no podemos vivir de espaldas a Dios, no podemos vivir ignorando al Espíritu Santo. Ciertamente es la tercera persona del mismo Dios Trino en el que creemos, pero no basta tan solo reconocerlo intelectualmente o dogmáticamente, pues se trata de la fuerza Divina a la que nos dejó encomendados Jesucristo, el Hijo de Dios, es decir la segunda persona. Veamos como las tres personas trabajan coordinadamente, en equipo, constituyéndose en el mejor ejemplo de comunidad que tenemos. El Ángel viene enviado por Dios Padre a anunciar a María que será Madre de Jesucristo, Su Hijo, para lo cual será cubierta por el Espíritu Santo. Luego de la predicación de Jesucristo, luego de su muerte y resurrección, nos envía al Espíritu Santo para que nos recuerde todo, para que nos fortalezca y acompañe y para que nos enseñe. De este modo, la presencia del Espíritu Santo en nuestras vidas es permanente, constante y cumple un papel sumamente importante en nuestra Salvación. Sin Él no marchamos a ninguna parte. Ninguna de las tareas requeridas para atender el mandato de Jesucristo podría ser realizada sin su ayuda. Así de central y fundamental es su participación. ¿Le otorgamos esta importancia en nuestras vidas? Luego de esta meditación debíamos salir persuadidos que no debíamos dar ni un solo paso en nuestras vidas si no es bajo el auspicio del Espíritu Santo, que es finalmente el Espíritu de Dios, por lo tanto el garante de nuestros pasos y nuestro defensor. No habrá nada ni nadie que pueda oponerse a nosotros si estamos con Él. De allí la necesidad de convocarlo. No se trata de un formalismo o una mera formula, sino de algo determinante, que no podemos pasar por alto, porque en ello se juega nuestro destino. Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, los guiará hasta la verdad completa; pues no hablará por su cuenta, sino que hablará lo que oiga, y les anunciará lo que ha de venir.

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Juan 12,31-36 – Ahora es el juicio de este mundo

Texto del evangelio Jn 12,31-36 – Ahora es el juicio de este mundo

31. Ahora es el juicio de este mundo; ahora el Príncipe de este mundo será echado fuera.
32. Y yo cuando sea levando de la tierra, atraeré a todos hacia mí.»
33. Decía esto para significar de qué muerte iba a morir.
34. La gente le respondió: «Nosotros sabemos por la Ley que el Cristo permanece para siempre. ¿Cómo dices tú que es preciso que el Hijo del hombre sea levantado? ¿Quién es ese Hijo del hombre?»
35. Jesús les dijo: «Todavía, por un poco de tiempo, está la luz entre ustedes. Caminen mientras tienen la luz, para que no los sorprendan las tinieblas; el que camina en tinieblas, no sabe a dónde va.
36. Mientras tienen la luz, crean en la luz, para que sean hijos de luz.» Dicho esto, se marchó Jesús y se ocultó de ellos.

Reflexión: Jn 12,31-36

¡Qué misterio tan grande encierran estas palabras! Nos resultan sumamente difíciles de entender porque tratamos de abordarlas desde una perspectiva mundana y estas han sido dichas por nuestro Señor Jesucristo desde una perspectiva Divina y totalizante. El espacio y el tiempo para Dios, son infinitos. O si se quiere, tienen otra dimensión; no constituyen los mismos parámetros que para nosotros. Nuestra visión es muy estrecha y limitada. Dios ve las cosas como son. Es desde esta visión, que desde luego nos resulta misteriosa e incomprensible, pero a la cual nos podemos aproximar gracias a nuestros Señor Jesucristo y al Espíritu Santo, que Jesús nos Revela una realidad ciertamente asombrosa, sobre la cual debemos meditar. Mucho hemos oído hablar del juicio y a muchos cristianos se nos trata de convencer por temor al “juicio final” y sin embargo el Señor se refiere a este en varios episodios de un modo completamente distinto al que tanto temor nos han enseñado a tener algunos, pensamos que equívocamente o por ignorancia o por no reparar en la profundidad y alcance de pasajes como el que hoy estamos meditando. El Señor aquí se refiere al Juicio, pero como un hecho que está ocurriendo en ese momento, no antes ni después. Si Él dice ahora, es ahora. Es verdad que su “ahora” puede tener un alcance para nosotros inabarcable, pero no hay duda que debemos tener en cuenta esta palabra en aquello que nos quiere revelar en este pasaje. Pero la frase que sigue unida a este “ahora” tiene que llamarnos mucho más la atención respecto al “juicio de este mundo”, porque se está produciendo ahora y este está determinando la expulsión del Príncipe de este mundo. ¿Y quién es el Príncipe de este mundo? El demonio, la oscuridad, las sombras, el mal, la mentira, el pecado, la destrucción y la muerte. Esto es lo que está ocurriendo en el Ahora que señala Cristo. Él está venciendo al Príncipe de este mundo y vencerlo quiere decir derrotarlo, botarlo, echarlo fuera, desterrarlo. Ya no tiene ningún poder, porque Cristo lo ha vencido en la Cruz. Muriendo y Resucitando ha terminado con él, lo ha expulsado, lo ha derrotado. Para decirlo positivamente Jesucristo ha triunfado sobre las fuerzas del mal, sobre la mentira, la soberbia, la destrucción y la muerte. El juicio se ha producido y hay un veredicto, un ganador, un triunfador, este es Jesucristo. Ahora es el juicio de este mundo; ahora el Príncipe de este mundo será echado fuera. Y yo cuando sea levando de la tierra, atraeré a todos hacia mí.

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Juan 15,26-16,4 – Cuando venga el Paráclito

Texto del evangelio Jn 15,26-16,4 – Cuando venga el Paráclito

26. Cuando venga el Paráclito, que yo les enviaré de junto al Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, él dará testimonio de mí.
27. Pero también ustedes darán testimonio, porque están conmigo desde el principio.
1. Les he dicho esto para que no se escandalicen.
2. Los expulsarán de las sinagogas. E incluso llegará la hora en que todo el que los mate piense que da culto a Dios.
3. Y esto lo harán porque no han conocido ni al Padre ni a mí.
4. Les he dicho esto para que, cuando llegue la hora, se acuerden de que ya se los había dicho. No les dije esto desde el principio porque estaba yo con ustedes.

Reflexión: Jn 15,26-16,4

Desde la perspectiva mundana, no resulta nada alentador el panorama que aquí nos pinta Jesucristo. El que nos anticipe persecución e incluso la muerte a manos de quienes sentirán que hacen un servicio a Dios, no puede resultar atractivo desde ningún punto de vista. Habría que estar loco para ser partícipe de tal destino. Sin embargo debemos tener en cuenta que no es ya la visión mundana la que debe primar en nosotros, sino la cristiana, es decir, la de quienes conociendo y amando a Cristo nos hemos dispuesto a seguirlo seriamente hasta el fin. No es fácil. Se trata de una decisión que ha de afectar de modo determinante a nuestras vidas, y que tomamos a la luz de la fe. Es decir que sin fe, sería un absurdo adoptarla, porque podemos ver cómo puede costarnos la vida. Pero el que cree, sabe que si este es el precio, habrá que estar dispuesto a pagarlo para lograr el premio mayor, el verdadero sentido de la vida. Esta decisión solo tiene sentido para quien realmente cree que Jesucristo es el Hijo de Dios, el Mesías que ha venido a Salvarnos, que muriendo y resucitando ha sellado con su sangre el pacto de la alianza con Dios Padre, quien también habrá de resucitarnos al final de los tiempos, si viviendo en este mundo optamos por amar a Dios y al prójimo, tal como Jesús nos ha amado y nos manda. Pero hay algo más que no podemos pasar por alto en estas líneas; algo que es fundamental, que muestra claramente la comprensión de nuestros temores por parte de Jesús y es el envío de este Paráclito, que no viene a ser sino nuestro Defensor, que proviniendo de Dios, está por encima de todo y ha sido enviado por Jesucristo para enseñarnos la Luz y la Verdad y para defendernos de nuestros perseguidores. Con el Espíritu Santo de Dios como nuestro Paráclito, es decir como el portador de luz, el que habrá de recordarnos las palabras del Señor y como nuestro Defensor en las horas inciertas, no tenemos en realidad nada que temer, porque Jesucristo lo ha previsto todo, a fin de facilitarnos la tarea. Cuando venga el Paráclito, que yo les enviaré de junto al Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, él dará testimonio de mí.

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Juan 14,23-29 – Si alguno me ama, guardará mi Palabra

Texto del evangelio Jn 14,23-29 – Si alguno me ama, guardará mi Palabra

23. Jesús le respondió: « Si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él.
24. El que no me ama no guarda mis palabras. Y la palabra que escuchan no es mía, sino del Padre que me ha enviado.
25. Les he dicho estas cosas estando entre ustedes.
26. Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, les enseñará todo y les recordará todo lo que yo les he dicho.
27. Les dejo la paz, mi paz les doy; no se las doy como la da el mundo. No se turbe su corazón ni se acobarde.
28. Han oído que les he dicho: «Me voy y volveré a ustedes.» Si me amaran, se alegrarían de que me fuera al Padre, porque el Padre es más grande que yo.
29. Y se los digo ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda crean.

Reflexión: Jn 14,23-29

Este es uno de esos pasajes en los Evangelios en los que Jesucristo Claramente se refiere al Dios en el cual creemos los cristianos, que es Uno y Trino al mismo tiempo. Aquí son presentadas las tres personas que conforman esta unidad Divina indisoluble: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Trabajando juntas, al unísono, cumpliendo la Voluntad del Padre. El Padre envía al Hijo a Salvarnos y todo lo que Él nos dice y enseña, lo hace por Voluntad del Padre, del mismo modo que Él lo haría, al punto que conociéndole a Él, conocemos al Padre. El Padre envía al Espíritu Santo Para que nos enseñe y recuerde todo lo que nos ha enseñado Jesucristo, el Hijo. Así, en este Dios Único y Verdadero, está asegurada nuestra Salvación. Tal como Jesucristo nos lo enseña, hemos de creer en Él para salvarnos. Pero solo hay una forma de creer y es guardando Su Palabra. Quien guarda Su Palabra, le ama y quien ama a Jesucristo ama al Padre. Amar es hacer lo que Jesucristo nos manda; no hay otra forma. Lo que nos manda está en Su Palabra, en consecuencia, hemos de conocer Su Palabra. Esto quiere decir que por lo menos una vez en nuestras vidas debíamos leer y reflexionar los Evangelios, porque nadie ama lo que no conoce. Leyendo y reflexionando los evangelios nos iremos familiarizando con Jesucristo y llegaremos a descubrir lo mucho que nos ama. Entenderemos que es el Hijo de Dios, que siendo Dios como Su Padre, se hizo hombre como nosotros para Salvarnos obedeciendo la Voluntad del Padre. Descubriremos que Padre e Hijo nos aman como nadie jamás podrá amarnos y que solo quieren nuestro Bien. Es por eso que llegado el tiempo Dios Padre envía a Su Hijo a enseñarnos el Camino, y es que solo hay un Camino que conduce a la Vida Eterna para la cual fuimos creados por Dios Padre y Él quiere asegurarse que todos lo tomemos, porque no quiere que ni uno solo se pierda. ¿Quiere decir que existe el peligro que nos perdamos? Evidentemente sí. Y es que nosotros hemos sido creados para tener vida en abundancia, pero solamente la alcanzaremos si seguimos el Camino que Dios ha trazado, que Jesucristo nos enseña y por el que la Gracia del Espíritu Santo nos conduce. ¿Cuál es este Camino? Para decirlo en una sola palabra: el AMOR. Jesús le respondió: « Si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él.

Hemos de amar a Dios en primer lugar, por sobre todas las cosas. ¿Qué quiere decir esto? Que tal como nos lo manda Jesucristo, debemos guardar Su Palabra. ¿Cómo guardamos Su Palabra? Haciendo lo que Él nos dice. ¿Y qué nos dice? Pues tenemos que leer y reflexionar los Evangelios, que son la Palabra de Dios, para conocer y entender en profundidad lo que nos dice. Esto puede significar un reto intelectual muy grande, si además tenemos en cuenta que los Evangelios son tan solo una parte muy reducida de la Biblia, que es el Libro Sagrado que recoge la Palabra de Dios a través de la Historia. Así, con solo ver la Biblia alguien podría desanimarse y pensar que se trata de una misión imposible. Sin embargo hay un primer principio que podemos ir aprendiendo acerca de Dios y este es que para Dios no hay nada imposible, lo que en otras palabras quiere decir que si se lo pedimos y lo dejamos en Sus manos, Él nos dará la gracia de convertirlo en realidad; dicho de otro modo: si Él quiere, si Él lo permite, nos dará la forma de conocerle sin pasar por este reto o tal vez lo pasaremos casi sin darnos ni cuenta. Pero hay algo más. Jesucristo nos dice que todo esto que conocerlo podría significar para nosotros una tarea descomunal, lo podemos resumir en una frase tan corta que entraría sobradamente en un twitt de 140 caracteres y sobraría. Así es. Jesucristo mismo nos enseña que toda la sabiduría y los profetas están encerrados en este mandamiento: amar a Dios por sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos. Es a esto que se reduce en buena cuenta el núcleo de la enseñanza de Jesucristo. Si retenemos y practicamos esto, tendremos asegurada la Vida Eterna. Ese es el Camino. No hay nada más que hacer ni aprender. Solo debemos ser fieles a este amor. Jesús le respondió: « Si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él.

Entonces, ya sabemos lo que hay que hacer. Tal vez la pregunta que podría surgir sería ¿Por qué tendríamos que hacerlo? Para alcanzar la Vida Eterna. Pero ¿quién puede garantizarnos que esto será así? Pues, precisamente por eso, debemos leer y reflexionar la Palabra de Dios que se encuentra en la Biblia y especialmente en los Evangelios. Es preciso que creamos que Jesucristo es el Hijo de Dios y que por lo tanto ha de merecer toda nuestra confianza, la que solo puede nacer del conocimiento de Jesús. La vida nos depara muy distintas formas para conocerlo, sin embargo es a través de Su Palabra la forma más privilegiada, deseable y exacta. Hemos de proponernos leer y reflexionar Su Palabra, porque en ella encontraremos la respuesta a todas las preguntas que pudieran surgir en torno al amor. Porque el amor verdadero no es tan sencillo de conocer y actualmente lo confundimos con una serie de actitudes, sentimientos y emociones que están muy lejos del verdadero amor, que es el que nos propone Cristo. Un amor sin condiciones y sin límites, al estilo de Dios Padre, el mismo que solo podremos alcanzar si Él nos da Su Gracia. Por lo tanto, creer como se debe, no es obra nuestra, sino Gracia que Dios concede. Si esto es cierto ¿qué debemos hacer? Vivir amando con toda el alma y poniéndonos en manos del Señor, confiando que Él nos dará la Gracia para amar como se debe a todos y cada uno de los que nos rodean, conforme a la Voluntad de Dios, es decir, sin medida no condiciones. Esta tarea no puede ser librada a nuestra capacidad, porque nos será imposible. Sin embargo, con Él, no habrá obstáculo que pueda interponerse. Jesús le respondió: « Si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él.

Oremos:

Padre amado, concédenos la Gracia de conocer y amar a Jesús. Danos un corazón grande para amarte a través de nuestros hermanos, sin límites ni condiciones, a ejemplo de Jesús…Te lo pedimos por nuestro Señor Jesucristo, que vive y reina contigo en unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos…Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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