Juan 20,1-9 – vio y creyó

abril 16, 2017

Vio y creyó

Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado el primero al sepulcro; vio y creyó, pues hasta entonces no habían comprendido que según la Escritura Jesús debía resucitar de entre los muertos.

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Juan 20,1-9 vio y creyó

Juan – Capítulo 20

Reflexión: Juan 20,1-9

Si estuviéramos frente a una novela, este sería el núcleo: Creer. Ver y creer solo fue para unos cuantos escogidos, los suficientes e indicados, según el criterio Divino. Si hemos de creer, tendremos que hacerlo íntegramente. No podemos escoger tan solo aquello que nos gusta, nos acomoda o nos parece. Sin embargo creemos que esta es nuestra principal dificultad.

Nos resistimos a creer y cuando lo hacemos, pretendemos servirnos aquello que se nos antoja, como si se tratara de un bufet. Así, encontramos muchos que nos decimos cristianos, porque decimos creer en Cristo, sin embargo, no es necesario escarbar mucho para constatar que el Cristo en el que decimos creer no corresponde a las Escrituras, no del todo. Se trata más bien de una adaptación que se acomoda y calza perfectamente con aquello que nos gusta, con aquello que estamos dispuestos a creer, con aquello que nos parece razonable.

Incluso hermanos y hermanas muy inteligentes cultos y respetables, creen sin más que este proceder es correcto y cuando se ven cuestionados te espetan un: “eso es lo que pienso; eso es lo que creo”. Pero, si nos atrevemos a insistir un poco más, entonces harán uso de su escudo o coraza “impenetrable” tan denostada en los demás, pero tan apreciada cuando de nosotros se trata. Y es que somos muchos los cristianos que nos erigimos en la norma. Decimos creer en Cristo, pero en realidad creemos en nosotros o en un Cristo y un Dios creado a nuestra imagen y semejanza.

Poco a poco, sin mala intención, tan imperceptiblemente como equívocamente hemos ido creando un Dios a nuestro agrado, a nuestra imagen. Hemos tergiversado el Génesis. Le hemos dado la vuelta sin darnos ni cuenta. Hablamos y defendemos categóricamente todo aquello en lo que creemos. Interpretamos a Cristo y le oímos decir siempre lo que nos gusta, lo que aprobamos, que resulta siendo siempre lo más cómodo, lo menos reñido con el estilo de vida que hemos adoptado, que es tan bueno como el de las mayorías.

Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado el primero al sepulcro; vio y creyó, pues hasta entonces no habían comprendido que según la Escritura Jesús debía resucitar de entre los muertos.

Todo es tan simple y claro, como nosotros queremos que sea. Somos creyentes y por eso nos expresamos con autoridad. Hace tiempo, mucho tiempo, que tan solo oímos que el Señor asiente a todo lo que decimos, creemos, opinamos y propagamos. Y es que somos buenos. Estamos convencidos de ello. Y esto lo vamos logrando poco a poco, hasta convertirnos en la norma, prescindiendo de la Palabra de Dios, a la que ya no recurrimos, porque ya la hemos entendido en lo fundamental y coincidimos en todo, por lo menos en aquello más importante.

Esa es la historia de la fe de muchos de nosotros, que poco a poco empezamos a apreciar las historias bellas, las historias de paz, de fraternidad. Aquellas en las que no existen conflictos entre lo que nosotros creemos y lo que los otros creen, porque todos somos buenos, todos queremos lo mejor y nos aceptamos. Poco a poco, de modo imperceptible de pronto somos relativistas, aunque lo neguemos categóricamente. Empezamos a hablar de avances, de adelantos, de modernidad, lo que no es sino otra forma de expresar que todo aquello relacionado con nuestra fe ha sido adaptado, adecuado a nuestros tiempos, según nuestro propio criterio, tomando lo bueno del mundo.

Tal vez haríamos bien en detenernos a pensar si continuamos siguiendo a Cristo o si ya lo hemos “superado”. Si aquello que identificamos con Cristo no será en realidad la muy cómoda imagen que poco a poco hemos ido forjando, que más se parece a nosotros que a El mismo. Tendríamos que preguntarnos hoy, tal vez, si efectivamente creemos en Cristo, en aquel que murió en la Cruz y Resucitó al tercer día. Aquel cuya tumba vacía observan estas mujeres, que lo acompañaron en toda su pasión, lo vieron morir y lo pusieron en un sepulcro envuelto en vendas y cerrado con una enorme piedra.

Tendríamos que preguntarnos si Cristo quiso que fuéramos estos cristianos inocuos y acomodados al mundo, que aceptan las creencias de todos, mientras no se metan con las nuestras. Que fuéramos estos cristianos que no creen en la Iglesia, ni en los sacramentos, ni en los curas, ni en las procesiones, ni en nada que no sea nuestra íntima y privada relación con Él. ¿Si eso quería, por qué nos mandó bautizar y evangelizar? ¿Es que ya se terminó esta tarea? ¿Es que ya todos le conocen? ¿Será que nuestro mundo ya ha sido cristianizado y por lo tanto no necesita ya de prácticas religiosas externas?

¿Por qué será que el Señor nos dijo que era preciso oírle y hacer lo que nos dice? Lo dijo tan solo para aquellos que lo seguían en aquel entonces o nos lo dijo a nosotros también? ¿Qué significa en realidad seguirle? ¿Será que depende de cada quién? ¿Será que hay diferentes formas de seguirlo, todas tan buenas unas como otras? ¿Qué nos diferencia a los cristianos de los que no lo son? ¿Habrá algo exterior o es algo tan íntimo y personal que nadie lo puede juzgar?

Somos muy susceptibles al juicio de los demás. ¿Será esta una señal? Todos tienen derecho a hacer lo que les parece y nadie tiene derecho a juzgar. No me juzgues. No lo juzgues, que no eres nadie. ¿Es que no hay una forma cristiana de vivir la vida? ¿Qué nos enseña Cristo con su propia vida, muerte y resurrección? ¿O es que se trata tan solo de un mito o una alegoría de la que tenemos que sacar una lección, pero que en ningún caso tenemos que aceptarla completamente ni tomarla como ejemplo, puesto que vivimos en tiempos diferentes?

¿Será que amar a Dios por sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos, tiene un modo de expresarse y evidenciarse totalmente distinto al de aquel entonces? ¿Querrá decir que si Cristo hubiera vivido hoy tal vez hubiera actuado de otro modo? Por ejemplo, no habrían nacido en un establo, no hubiera hecho los mismos milagros, ni se hubiera dejado matar? ¿No hubiera muerto y resucitado? ¿O tal vez nunca lo hizo o no como muchos piensan, sino del modo en que nosotros lo entendemos, de un modo personalísimo e íntimo?

¿Creemos o no creemos? ¿En quién creemos? Tal vez este sea el momento de detenernos y preguntarnos por nuestra fe. Padre Santo, danos tu luz para dar pronta respuesta a todas estas interrogantes, colocando nuestra fe en Cristo en el lugar que le corresponde en nuestras vidas. Te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor, Amén.

Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado el primero al sepulcro; vio y creyó, pues hasta entonces no habían comprendido que según la Escritura Jesús debía resucitar de entre los muertos.

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