Lucas 10,21-24 – has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes

Noviembre 29, 2016

Has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes

Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños.

Texto del evangelio Lc 10,21-24 

21. En aquel momento, se llenó de gozo Jesús en el Espíritu Santo, y dijo: «Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños. Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito.
22. Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre; y quién es el Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.»
23. Volviéndose a los discípulos, les dijo aparte: «¡Dichosos los ojos que ven lo que ustedes ven!
24. Porque les digo que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que ustedes ven, pero no lo vieron, y oír lo que ustedes oyen, pero no lo oyeron.»

Reflexión: Lc 10,21-24

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Lucas 10,21-24 has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes

Es muy extraño que algo que estremece a Jesús por su sencillez, lo hayamos hecho tan intrincado y difícil. Hay un inmenso grupo en la Iglesia que se irroga en exclusiva la capacidad de leer, interpretar y comprender los evangelios.

Cabalmente hace unos pocos días discutíamos de esto con una hermana. Ella sostenía, como muchos, que hay que estudiar para interpretar la Palabra de Dios, que no es asequible para todos, por “ignorancia”. Precisamente lo contrario que dice Jesús.

¿Quién está equivocado? Evidentemente quien cree que la Palabra de Dios es para iniciados, para iluminados. ¡No señor! La Palabra de Dios es para todos pero preferencialmente para los pobres, los despojados, los excluidos, los humildes.

Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños.

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Mateo 11,25-30 – sus almas encontrarán descanso

Noviembre 3, 2016

Carguen con mi yugo y aprendan de mí, que soy paciente y humilde de corazón, y sus almas encontrarán descanso. Pues mi yugo es suave y mi carga liviana.

Texto del evangelio Mt 11,25-30 – sus almas encontrarán descanso

25. En aquella ocasión Jesús exclamó: «Yo te alabo, Padre, Señor del Cielo y de la tierra, porque has mantenido ocultas estas cosas a los sabios y entendidos y las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, pues así fue de tu agrado.
26. Mi Padre ha puesto todas las cosas en mis manos.
27. Nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquellos a quienes el Hijo se lo quiera dar a conocer.
28. Vengan a mí los que van cansados, llevando pesadas cargas, y yo los aliviaré.
29. Carguen con mi yugo y aprendan de mí, que soy paciente y humilde de corazón, y sus almas encontrarán descanso.
30. Pues mi yugo es suave y mi carga liviana.»

Reflexión: Mt 11,25-30

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Mateo 11,25-30 – sus almas encontrarán descanso

¡Qué hermoso discurso de Jesús! ¡Lleno de esperanza, alegría, gozo, emoción y promesas! Aunque no lo dice expresamente el texto, como en alguna ocasión anterior, podemos ver a Jesús estremecerse. Se trata de una exclamación, es decir de una forma de expresarse un tanto eufórica e incontenible.

¿Qué es lo que conduce a tal estado a Jesús? Pues nada menos que el acierto de Dios. Esta es una convicción que todos debíamos tener oportunidad de sentir. ¡Cuántas veces nos pasa! ¿Y qué otra cosa podemos hacer, sino alabar a nuestro Creador?

Compartir con el mismo Jesucristo esta alabanza a Dios Padre, nos hace sentir tan unidos a Él. ¿Compartimos realmente esta gratitud a Dios por haberse dado a conocer a los más sencillos y humildes? ¿De verdad creemos que así ha sido?

Carguen con mi yugo y aprendan de mí, que soy paciente y humilde de corazón, y sus almas encontrarán descanso. Pues mi yugo es suave y mi carga liviana.

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Lucas 10,17-24 – Jesús se estremeció de gozo

Octubre 1, 2016

En aquel momento Jesús se estremeció de gozo, movido por el Espíritu Santo, y dijo: «Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, por haber ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes y haberlas revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así lo has querido.»

Texto del evangelio Lc 10,17-24 – Jesús se estremeció de gozo

17. Los setenta y dos volvieron y le dijeron llenos de gozo: «Señor, hasta los demonios se nos someten en tu Nombre».
18. El les dijo: «Yo veía a Satanás caer del cielo como un rayo.
19. Les he dado poder de caminar sobre serpientes y escorpiones y para vencer todas las fuerzas del enemigo; y nada podrá dañarlos.
20. No se alegren, sin embargo, de que los espíritus se les sometan; alégrense más bien de que sus nombres estén escritos en el cielo».
21. En aquel momento Jesús se estremeció de gozo, movido por el Espíritu Santo, y dijo: «Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, por haber ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes y haberlas revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así lo has querido.
22. Todo me ha sido dado por mi Padre, y nadie sabe quién es el Hijo, sino el Padre, como nadie sabe quién es el Padre, sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar».
23. Después, volviéndose hacia sus discípulos, Jesús les dijo a ellos solos: «¡Felices los ojos que ven lo que ustedes ven!
24. ¡Les aseguro que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que ustedes ven y no lo vieron, oír lo que ustedes oyen y no lo oyeron!».

Reflexión: Lc 10,17-24

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Lucas 10,17-24 Jesús se estremeció de gozo

Pocas veces, si alguna más, encontraremos en los Evangelios la evidencia de tal estremecimiento en Jesús. No podemos dejar pasar una vez más esta manifestación. ¿Qué simboliza? ¿Qué nos transmite el Señor con esta actitud, con esta emoción tan elocuente, a la vez humana y divina?

El Señor participa de la alegría de Dios al constatar –no sabemos si una vez más o por primera vez-, que Dios Padre lo ha hecho todo Bien. Es una manifestación externa de alegría y al mismo tiempo de aprobación. Alegría por la perfección de la obra de Dios y por el amor que en esta manifiesta a nosotros.

Por eso nos atrevemos a reflexionar en que se trata de una alegría infinita respecto a una situación que tiene dos vertientes, como solo Jesucristo podía haberlas percibido: la humana y la divina. Alegrarse con Dios por lo que ha hecho por nosotros, y con nosotros por lo que Dios ha querido darnos.

En aquel momento Jesús se estremeció de gozo, movido por el Espíritu Santo, y dijo: «Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, por haber ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes y haberlas revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así lo has querido.»

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Mateo 11,25-27 – nadie conoce al Padre sino el Hijo

Julio 13, 2016

Nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquellos a quienes el Hijo se lo quiera dar a conocer.

Texto del evangelio Mt 11,25-27 – nadie conoce al Padre sino el Hijo

25. En aquella ocasión Jesús exclamó: «Yo te alabo, Padre, Señor del Cielo y de la tierra, porque has mantenido ocultas estas cosas a los sabios y entendidos y las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, pues así fue de tu agrado.
26. Mi Padre ha puesto todas las cosas en mis manos.
27. Nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquellos a quienes el Hijo se lo quiera dar a conocer.

Reflexión: Mt 11,25-27

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Mateo 11,25-27 nadie conoce al Padre sino el Hijo

Tenemos 3 aspectos distintos que nos propone esta lectura para nuestra reflexión. Tres aspectos cuya relación trataremos de establecer. Lo primero a destacar es el beneplácito de Jesús que alaba al Padre por haber dado a conocer todo lo que parece oculto, a la gente sencilla.

La decisión de Dios de enviar a Su Hijo a este mundo, para que naciera de la Virgen María, esposa de José, en Belén, en un hogar pobre y perseguido, está seguramente incluida en esta alabanza.

Jesucristo está sanamente admirado y entusiasmado por esta decisión. ¿Por qué? Porque Jesucristo a estas alturas de Su vida constata por enésima vez que no hay nada más acertado que los Planes de Dios. Jesucristo está de acuerdo con Dios Padre.

Nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquellos a quienes el Hijo se lo quiera dar a conocer.

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Mateo 11,25-30 – Vengan a mí los que van cansados

Mayo 26, 2016

Texto del evangelio Mt 11,25-30 – Vengan a mí los que van cansados

25. En aquella ocasión Jesús exclamó: «Yo te alabo, Padre, Señor del Cielo y de la tierra, porque has mantenido ocultas estas cosas a los sabios y entendidos y las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, pues así fue de tu agrado.
26. Mi Padre ha puesto todas las cosas en mis manos.
27. Nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquellos a quienes el Hijo se lo quiera dar a conocer.
28. Vengan a mí los que van cansados, llevando pesadas cargas, y yo los aliviaré.
29. Carguen con mi yugo y aprendan de mí, que soy paciente y humilde de corazón, y sus almas encontrarán descanso.
30. Pues mi yugo es suave y mi carga liviana.»

Reflexión: Mt 11,25-30

Hermoso fragmento de los Evangelios, que solo pueden llenarnos de paz y esperanza. ¿A quiénes? A los atribulados, a los apesadumbrados, a los explotados, a los que llevan pesadas cargas y se sienten como aplastados por ellas, porque no ven ninguna salida a una rutina lúgubre, densa, oscura, a la que se sienten engrilletados, sin poder ver el horizonte. Desde luego, esa no es la situación de todos, pero hay algunos, muchos entre nosotros que efectivamente sentimos que parece que es imposible levantar cabeza, que cuando no es una cosa, es otra, que pareciera que solo hubiéramos venido a este mundo a sufrir, ante la indiferencia de nuestros hermanos. Si nosotros mismos no lo estamos padeciendo, es algo con lo que podemos tropezar todos los días. Gentes condenadas a arrastrar duras cadenas, de las que pareciera que no tienen como salir, sin que alguien les eche una mano y les dé una nueva oportunidad. Las encontramos en las esquinas, recostadas sobre la pared, con las manos extendidas; o en los parques durmiendo abrigadas entre cartones; a la salida de los templos o en los niños limpiando los parabrisas de los carros por unos centavos. Pero no son solo ellos, sino también los cientos de miles de refugiados que se encuentran tocado las puertas de Europa, familias enteras, mendigando una posibilidad de seguir viviendo libres de la de violencia y el acoso a que se exponen diariamente en sus países, donde además escasean recursos tan esenciales como el agua y los alimentos. Es a toda esta gente que sobrevive angustiada, asustada, frágil, debilitada, deprimida, violentada, agotada, exhausta por interminables noches de insomnio, cansada de arañar piedras para obtener agua o alimentos, que se contentaría con los mendrugos que caen de nuestras mesas, con la comida que dejamos malograr en nuestra nevera y que luego arrojamos a la basura, es a estas personas, que son nuestros hermanos, que se dirige el Señor, ofreciéndoles alivio, amor, paz y esperanza. El Señor es el único que tiene la capacidad para restañar nuestras heridas, aun aquellas que llevamos desde hace años grabadas como un tatuaje. Vengan a mí los que van cansados, llevando pesadas cargas, y yo los aliviaré. Carguen con mi yugo y aprendan de mí, que soy paciente y humilde de corazón, y sus almas encontrarán descanso.

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