Juan 16,29-33 – yo he vencido al mundo

mayo 29, 2017

Yo he vencido al mundo

Les he dicho estas cosas para que tengan paz en mí. En el mundo tendrán tribulación. Pero ¡ánimo!: yo he vencido al mundo.

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Juan 16,29-33 yo he vencido al mundo

Juan – Capítulo 16

Reflexión: Juan 16,29-33

Es un poco sarcástico el Señor en la respuesta que le da a sus discípulos. Tiene un toque de humor, de quien nos conoce perfectamente y sabe de qué pie cojeamos, como para dejarse cegar por un entusiasmo repentino, que Él sabe que lamentablemente es muy endeble. Jesús nos conoce y así nos ama. Cuenta con nuestra debilidad.

Pensemos un poco en esto, si no es precisamente una Bendición. Jesucristo es Infinitamente Misericordioso, como lo es nuestro Padre. Por eso no se da por vencido y traza un Plan de Salvación Perfecto. A nuestros ojos a veces nos parece ininteligible. Al extremo que muchos lo consideran y ven como una derrota. ¿Qué es eso de nacer en un pesebre y morir en una cruz?

Es que la sola mención parece de locos. Por eso algunos llaman a este suceso la “locura de la cruz”. Y es que el Señor hace todo lo contrario a lo que manda este mundo. ¿Por qué? Porque precisamente Jesucristo no se ciñe a las leyes ni mandatos de este mundo, Él no está sujeto a estos mandatos, porque sobre el mundo manda el Demonio, es decir, el Príncipe de este mundo.

¿Cómo habría Jesucristo de sujetarse a lo que el Demonio dicta? ¡Imposible! Por eso es preciso derrotarlo. Y lo hace, imponiendo la Ley de Dios. Es decir, la Ley del Amor. La rebeldía de Satanás fue la desobediencia a Dios; querer imponerse a Él y ganarnos a nosotros, creaturas de Dios. Esto es lo que cuenta el Génesis.

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Juan 16,29-33 – yo he vencido al mundo

mayo 9, 2016

Texto del evangelio Jn 16,29-33 – yo he vencido al mundo

29. Sus discípulos le dijeron: «Por fin hablas claro y sin parábolas.
30. Ahora conocemos que tú lo sabes todo y no hace falta hacerte preguntas. Por eso creemos que tú has salido de Dios».
31. Jesús les respondió: «¿Ahora creen?
32. Se acerca la hora, y ya ha llegado, en que ustedes se dispersarán cada uno por su lado, y me dejarán solo. Pero no, no estoy solo, porque el Padre está conmigo.
33. Les digo esto para que encuentren la paz en mí. En el mundo tendrán que sufrir; pero tengan valor: yo he vencido al mundo ».

Reflexión: Jn 16,29-33

El Señor nos ama y esto lo lleva a consideraciones como no habremos de recibir de nadie más. Él solo quiere nuestro bien y sabe cómo nuestras debilidades y temores son el principal obstáculo para lograrla, por eso quiere suscitar en nosotros una fe incondicional e inquebrantable. Sin embargo Él también sabe que eso será imposible si incluso para eso no acude en nuestra ayuda, enviándonos el Espíritu Santo. Resulta sobrecogedor como los discípulos, como niños ingenuos que desconocen el valor de las palabras, confiesan que ahora si creen, sin saber lo que dicen en realidad. El viento agitó levemente la cortina de su entendimiento y un haz de luz pasó por la primera abertura que encontró y maravillados por tan gran manifestación, exclaman que ahora si creen, cuando Jesús sabe que su fe es todavía precaria. Y es que es un error pretender que la fe es algo que puede estar librado a nuestra capacidad. La fe, el creer, es Gracia que viene de Dios y que debemos pedirla incansablemente mientras vivamos, porque solo podremos prescindir de ella después de muertos. Entre tanto, la fe debe ser nuestro motor, la fuerza que nos impulse a hacer lo que Dios nos manda a través de su Hijo Jesucristo, nuestro Señor. No seamos soberbios. No nos jactemos nunca de haberla alcanzado, porque entonces, cuando seamos sacudidos –y llegará este momento-, no estaremos preparados. ¿Y cuál es la forma de prepararnos? Manteniéndonos unidos a Dios Padre, a través de Jesucristo, por la oración y el amor. No bajemos la guardia. No nos dejemos tentar y cegar por la soberbia. Esto suele ocurrirnos cuando avistamos de modo evidente algunos destellos de la Divinidad. Pequeños como somos, nos sentimos tan abrumados, tan plenos –por decirlo de algún modo-, que creemos tenerlo y comprenderlo todo y no hemos pisado sino la orilla del océanos infinito que es Dios. Por supuesto que en este caso me estoy describiendo a mí en primerísimo lugar, pero también a tantos que desde el periodismo, desde la cátedra o desde el púlpito, nos creemos dueños de la verdad, a tal punto que no necesitamos que nadie nos enseñe y consciente o inconscientemente en ese “nadie” incluimos a Dios, con lo que nos cerramos a la posibilidad de crecer y madurar en sabiduría y en fe. Recordemos siempre que sin Dios no somos nada y que solo Él puede dar sentido y razón a nuestras vidas. Les digo esto para que encuentren la paz en mí. En el mundo tendrán que sufrir; pero tengan valor: yo he vencido al mundo .

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