Lucas 1,39-56 – acordándose de su misericordia

mayo 31, 2016

Texto del evangelio Lc 1,39-56 – acordándose de su misericordia

39. En aquellos días, María partió y fue sin demora a un pueblo de la montaña de Judá.
40. Entró en la casa de Zacarías y saludó a Isabel.
41. Apenas esta oyó el saludo de María, el niño saltó de alegría en su seno, e Isabel, llena del Espíritu Santo,
42. exclamó: «¡Tú eres bendita entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre!
43. ¿Quién soy yo, para que la madre de mi Señor venga a visitarme?
44. Apenas oí tu saludo, el niño saltó de alegría en mi seno.
45. Feliz de ti por haber creído que se cumplirá lo que te fue anunciado de parte del Señor».
46. María dijo entonces: «Mi alma canta la grandeza del Señor,
47. y mi espíritu se estremece de gozo en Dios, mi salvador,
48. porque el miró con bondad la pequeñez de tu servidora. En adelante todas las generaciones me llamarán feliz,
49. porque el Todopoderoso ha hecho en mí grandes cosas: ¡su Nombre es santo!
50. Su misericordia se extiende de generación en generación sobre aquellos que lo temen.
51. Desplegó la fuerza de su brazo, dispersó a los soberbios de corazón.
52. Derribó a los poderosos de su trono y elevó a los humildes.
53. Colmó de bienes a los hambrientos y despidió a los ricos con las manos vacías.
54. Socorrió a Israel, su servidor, acordándose de su misericordia,
55. como lo había prometido a nuestros padres, en favor de Abraham y de su descendencia para siempre».
56. María permaneció con Isabel unos tres meses y luego regresó a su casa.

Reflexión: Lc 1,39-56

Hoy la Iglesia celebra y recuerda la fiesta de “La Visitación”, llamada así porque evoca el encuentro de la Santísima Virgen María Con Isabel, su prima, a quién se dice fue a ayudar, habiendo tomado conocimiento que se encontraba embarazada. Haciendo abstracción de los detalles referidos a la caminata de María, la clase de apoyo o ayuda que llevó a Isabel, así como el tiempo que permaneció con ella, lo que siempre ha destacado la Iglesia y en lo que nos detendremos a reflexionar es en la exclamación de María una vez que recibe el saludo de Isabel, porque se trata de un canto de alegría tan maravilloso, precioso y preciso, que solo podía proceder de alguien muy especial, de alguien que, a pesar de su edad, vivía una espiritualidad muy profunda, lo que la distingue precisamente de todos nosotros. María había sido elegida por Dios Padre desde la eternidad, para ser madre de Jesucristo. María es única entre todas las mujeres, tal como recordamos en la oración del Ave María, que constituye parte del saludo de Isabel: “…y Bendita eres entre todas las mujeres”. Tal vez debíamos agregar, no solo entre todas las mujeres, sino entre toda la creación, porque su elección fue un privilegio único, una distinción jamás concedida a creatura alguna. Así de excepcional es María. De allí que el pueblo cristiano la tenga en un sitial especial. ¡Cómo no hacerlo, si el mismo Dios la eligió para que fuera la madre de Jesucristo, Su Hijo y nuestro Salvador! El que no quiere entender esto, es simplemente por testarudez y necedad. Si yo amo y respeto a la madre de mi mejor amigo, simplemente por ser madre de aquel a quien amo, como no voy a amar y admirar a la Virgen María, a quien Dios deparó la Gracia de ser Madre de nuestro Salvador, Jesucristo, el Hijo de Dios. Socorrió a Israel, su servidor, acordándose de su misericordia, como lo había prometido a nuestros padres, en favor de Abraham y de su descendencia para siempre.

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