Juan 6,30-35 – Yo soy el pan de la vida

mayo 2, 2017

Yo soy el pan de la vida

Les dijo Jesús: Yo soy el pan de la vida. El que venga a mí, no tendrá hambre, y el que crea en mí, no tendrá nunca sed.

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Juan 6,30-35 Yo soy el pan de la vida

Juan – Capítulo 06

Reflexión: Juan 6,30-35

Las palabras del Señor, sus expresiones son desconcertantes seguramente para quien busca respuestas literales y pretende tomar sus palabras por el cambiante significado que vamos dándole según la moda y el tiempo en que vivimos. El que en verdad no lo sigue, no ha logrado entender aquello de “hay que nacer de nuevo” o “mi reino no es de este mundo”, por lo tanto las expresiones de Jesús le serán ajenas y carentes de significado.

El Señor no es un comodín, tampoco una moda, mucho menos un filósofo de la modernidad que se acomoda a la visión individualista e intimista de la vida. El Señor es el centro de la Historia de la Salvación, que tiene sus raíces en el génesis de la humanidad y atravesándola toda, la acompañará hasta su destino final, señalado por nuestro Padre Creador. Así, Jesucristo está íntimamente ligado a nuestro principio y fin, acompañándonos, primero como esperanza y promesa y luego como una realidad visible que anticipa las primicias del Reino de los Cielos para quien puede verlo con los ojos de la fe.

Se precisa, entonces, adquirir esta mirada especial a partir de la fe, para entender su lenguaje y su mensaje de Salvación. Y es que por más compleja y diversa que nos parezca la historia de la humanidad, ella está entroncada por un mismo origen y un mismo destino, marcado por Dios Padre, nuestro Creador. Él nos creó por amor para que vivamos eternamente, alcanzando la felicidad y la plenitud. Nuestro origen y fin están así enunciados y solo pueden comprenderse bajo la perspectiva de un Dios que es Infinitamente misericordioso. Que nos amó antes de crearnos, que nos creó por amor y para el amor, que por lo tanto no descansará hasta no ver que alcanzamos la plenitud para la cual fuimos creados, porque ella nos dará felicidad y no hay nada que quiera más nuestro Creador que vernos felices viviendo eternamente.

Todo esto nos ha sido revelado por Jesucristo y está contenido en los Evangelios, que nos traen esta Buena Noticia. Es precisamente en este contexto que Jesucristo nos dice que Él es el Pan de Dios que baja del Cielo para dar vida al mundo. Debemos comer y beber de este pan para vivir eternamente. ¿Cómo lo haremos? Comulgando con lo que Él nos revela. Haciéndonos uno con Él en este pensamiento, sentimiento y modo de vida. Porque, finalmente, lo que el Señor proclama es el amor. Hemos de vivir amando a Dios por sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos.

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Juan 6,30-35 – Yo soy el pan de la vida

abril 12, 2016

Texto del evangelio Jn 6,30-35 – Yo soy el pan de la vida

30. Ellos entonces le dijeron: «¿Qué señal haces para que viéndola creamos en ti? ¿Qué obra realizas?
31. Nuestros padres comieron el maná en el desierto, según está escrito: Pan del cielo les dio a comer.»
32. Jesús les respondió: «En verdad, en verdad les digo: No fue Moisés quien les dio el pan del cielo; es mi Padre el que les da el verdadero pan del cielo;
33. porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da la vida al mundo.»
34. Entonces le dijeron: «Señor, danos siempre de ese pan.»
35. Les dijo Jesús: « Yo soy el pan de la vida. El que venga a mí, no tendrá hambre, y el que crea en mí, no tendrá nunca sed.

Reflexión: Jn 6,30-35

Jesús nos hace aquí una revelación que no siempre estamos a la altura de comprender. ¿Por qué? Porque decimos muy rápidamente creer, porque hemos sido bautizados y venimos de una familia tradicionalmente católica. Hemos crecido en un hogar católico y por lo tanto hemos cultivado las costumbres y tradiciones católicas. Pero, seamos honestos ¿hemos reflexionado en profundidad quién es Cristo para nosotros o qué significa ser católicos? Hay muchas cosas que hacemos por costumbre y que por lo tanto las damos por descontadas o supuestas, pero jamás nos hemos preguntado en profundidad por qué las hacemos y si vale la pena seguir haciéndolas. Es muy fácil seguir haciendo y repitiendo todo aquello que es bien aceptado por los demás, por nuestro entorno, pero tiene que llegar un momento en la vida en que nos preguntemos si es correcto lo que hacemos y si vale la pena seguir haciéndolo. No en vano hemos sido dotados de libertad, voluntad e inteligencia. Hemos de aplicarlas. Por decir algo, las bancas del templo han estado en miles de Misas, pero no han participado en ninguna. ¿Cómo es nuestra actitud en la Iglesia, en nuestra comunidad, en Misa? No basta ser un objeto más en el paisaje. El Señor nos dice: ustedes son sal y luz del mundo. Tenemos que realzar el sabor. Tiene que saberse que estamos, no por hacernos notar, sino porque no podemos pasar con la indiferencia usual por la que todos pasan, diciendo amén a todo. Tenemos que iluminar, ¿pero cómo lo vamos a hacer si nosotros mismos vivimos en la penumbra? Si no nos sentimos mínimamente inquietos por lo que ocurre en nuestra familia, en nuestro vecindario, en nuestra ciudad, en nuestro país y en nuestra Iglesia, si nos conformamos con todo, pues algo debe estar ocurriendo en nosotros y tal vez sea, que no comprendemos la Gracia que hemos recibido de ser bautizados y cristianos. Examinemos nuestras vidas; tal vez no oramos lo suficiente o lo hacemos memorísticamente, sin prestar atención a lo que decimos; o tal vez no cogemos nunca los Evangelios, que debían ser como nuestro Pan de cada día; o tal vez estamos tan acomodados, que nos hemos vuelto indiferentes a lo que ocurre en el mundo: no vemos, ni oímos, ni nos enteramos de nada, porque no nos interesa, porque no queremos fatigarnos. Les dijo Jesús: « Yo soy el pan de la vida. El que venga a mí, no tendrá hambre, y el que crea en mí, no tendrá nunca sed.

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