Texto del evangelio Lc 6,6-11 – en sábado es lícito hacer el bien

6. Sucedió que entró Jesús otro sábado en la sinagoga y se puso a enseñar. Había allí un hombre que tenía la mano derecha seca.
7. Estaban al acecho los escribas y fariseos por si curaba en sábado, para encontrar de qué acusarle.
8. Pero él, conociendo sus pensamientos, dijo al hombre que tenía la mano seca: «Levántate y ponte ahí en medio.» El, levantándose, se puso allí.
9. Entonces Jesús les dijo: «Yo les pregunto si en sábado es lícito hacer el bien en vez de hacer el mal, salvar una vida en vez de destruirla.»
10. Y mirando a todos ellos, le dijo: «Extiende tu mano.» Él lo hizo, y quedó restablecida su mano.
11. Ellos se ofuscaron, y deliberaban entre sí qué harían a Jesús.

Reflexión: Lc 6,6-11

Es claro; el Señor puede curarnos de cualquier modo. Cómo lo hace no es lo que importa, sino cuando, a quién y por qué. Precisemos quienes son los beneficiarios de sus curaciones. Puede serlo cualquiera en realidad, solo basta que acudan a Él pidiéndoselo con fe. Quien lo pide ha de creer que Cristo le puede conceder la curación, si quiere. No interesa si lo pide para sí mismo o para un pariente, servidor o amigo; tampoco importa la nacionalidad, posición social o económica; tampoco la religión que profesa, ni la dolencia de la que quiere ser curado, ni la gravedad, ni el tiempo que podía estarla padeciendo. Lo importante es: uno, pedírselo, con serenidad, con buenos modos o a gritos, no interesa: hay que pedírselo. Y, dos, tener fe, es decir realmente creer que seremos complacidos, porque así será. No conocemos ni un solo caso en que el Señor haya negado esta ayuda a quien ha salido a su encuentro y se lo ha pedido. Casi siempre ha pedido discreción a quienes ha curado, ¿por qué? No por modestia, desde luego, sino que Jesús, siendo Dios, es muy conciente de su Misión y Él no ha venido con el propósito de curar a todos de sus males, no de esta forma, como las multitudes que lo van siguiendo se lo piden. Èl ha venido a Salvarnos a todos, lo que requiere que todos lo conozcamos, que a todos llegue Su Palabra, porque es esta la que nos tarerá la Verdad, la Luz y la Vida. Cura y desde luego es importante para quien recibe esta curación, pero lo hace por Misericordia. Sabe que el tiempo del que dispone es corto y no lo va a dedicar tan solo a curar, ni se quedará tan solo en un pueblo por más que le guste, porque su Misión le exige proseguir Su camino. Él ha venido a liberarnos del mal y la esclavitud; a darnos vida en abundancia. «Yo les pregunto si en sábado es lícito hacer el bien en vez de hacer el mal, salvar una vida en vez de destruirla.»

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septiembre 6, 2015

Texto del evangelio Mc 7,31-37 – ¡Ábrete!

31. Se marchó de la región de Tiro y vino de nuevo, por Sidón, al mar de Galilea, atravesando la Decápolis.
32. Le presentan un sordo que, además, hablaba con dificultad, y le ruegan imponga la mano sobre él.
33. El, apartándole de la gente, a solas, le metió sus dedos en los oídos y con su saliva le tocó la lengua.
34. Y, levantando los ojos al cielo, dio un gemido, y le dijo: «Effatá», que quiere decir: ¡Ábrete!
35. Se abrieron sus oídos y, al instante, se soltó la atadura de su lengua y hablaba correctamente.
36. Jesús les mandó que a nadie se lo contaran. Pero cuanto más se lo prohibía, tanto más ellos lo publicaban.
37. Y se maravillaban sobremanera y decían «Todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos.»

Reflexión: Mc 7,31-37

Cuando leemos este pasaje, lo primero que nos llama la atención son los gestos de Jesús. Él puede curar con una sola mirada, con un solo pensamiento o con una frase, sin embargo muchas veces lo vemos haciendo y diciendo algo para curar. ¿Por qué razón? No podemos pensar en otra que el darnos ejemplo, es decir, enseñarnos algo. ¿Qué nos muestra? Que algo tenemos que hacer relacionado con el mal identificado que aqueja a nuestro hermano unido a la oración profunda y la fe, manifestada con energía. Es Dios el que finalmente sana y cura, pero no lo hará sin nuestra participación, implorándolo con fe y actuando de algún modo, corrigiendo el mal. Nos atrevemos a decir que es como una receta puesta a nuestro alcance, que podremos practicar –por Gracia de Dios-, si se cumplen todos estos requisitos. El mal está presente en uno de nuestros hermanos, cuya comunidad no es indiferente y busca activamente su curación; por ello lo llevan a Jesús. Por Su arte, Él implora a Dios, practica un rito de curación acompañado de gestos físicos, destinado a desbloquear y poner en actividad los órganos involucrados y ordena con energía su funcionamiento. Eso es todo. Y, levantando los ojos al cielo, dio un gemido, y le dijo: «Effatá», que quiere decir: ¡Ábrete!

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Texto del evangelio Lc 6,1-5 – «El Hijo del hombre es señor del sábado.»

1. Sucedió que cruzaba en sábado por unos sembrados; sus discípulos arrancaban y comían espigas desgranándolas con las manos.
2. Algunos de los fariseos dijeron: «¿Por qué hacen lo que no es lícito en sábado?»
3. Y Jesús les respondió: «¿Ni siquiera han leído lo que hizo David, cuando sintió hambre él y los que le acompañaban,
4. cómo entró en la Casa de Dios, y tomando los panes de la presencia, que no es lícito comer sino sólo a los sacerdotes, comió él y dio a los que le acompañaban?»
5. Y les dijo: «El Hijo del hombre es señor del sábado.»

Reflexión: Lc 6,1-5

De algún modo aquí Jesús continúa su diálogo con los Fariseos que lo siguen cuestionando por el comportamiento de sus discípulos, sin realmente entender quién es Jesús. Es que ellos se resisten a admitir que se encuentran frente al Hijo de Dios. No hilvanan una cosa con otra. Pueden aceptar que Jesús tiene algunos inexplicables poderes extraordinarios, pero les cuesta mucho entender que estos se deben a Su relación filial con Dios Padre. Esto es lo que Jesucristo quiere hacerles entender de una u otra manera. Pero, para quien no cree, estas palabras habrían de sonar como una gran blasfemia. ¿Quién se cree que es este para hablar de ese modo? Otros tal vez lo aceptan como una forma de hablar metafórica o propia de un charlatán. Por eso quieren hacerle caer en incongruencias y creen encontrarlas en el comportamiento de sus discípulos, que según ellos, no debían estar haciendo lo que hacen y en cualquier caso, Jesús, si fuera quien dice ser, debía llamarles la atención. Al menos eso es lo que para estos fariseos sería lo coherente. Como muchos, se creen dueños de la verdad y la sabiduría. Ven y analizan el mundo desde su perspectiva, como la única cierta, debido a que su poca modestia los hace sentir geniales, iluminados, únicos, inteligentes y acertados. Tengo muchos amigos así, que encima con unas cuantas copas de más, no hay quien los aguante. Empiezan a desarrollar monólogos que solo sirven para resaltar sus cualidades, su sapiencia y sensatez, cosas que por supuesto solamente ellos creen, pero lo hacen con tanta insistencia, que uno debe callar para no entrara en contradicciones con un borracho, que a nada bueno conducen. «El Hijo del hombre es señor del sábado.»

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Texto del evangelio Lc 5,33-39 – el vino nuevo debe echarse en pellejos nuevos

33. Ellos le dijeron: «Los discípulos de Juan ayunan frecuentemente y recitan oraciones, igual que los de los fariseos, pero los tuyos comen y beben.»
34. Jesús les dijo: «¿Pueden acaso hacer ayunar a los invitados a la boda mientras el novio está con ellos?
35. Días vendrán en que les será arrebatado el novio; entonces ayunarán en aquellos días.»
36. Les dijo también una parábola: «Nadie rompe un vestido nuevo para echar un remiendo a uno viejo; de otro modo, desgarraría el nuevo, y al viejo no le iría el remiendo del nuevo.
37. «Nadie echa tampoco vino nuevo en pellejos viejos; de otro modo, el vino nuevo reventaría los pellejos, el vino se derramaría, y los pellejos se echarían a perder;
38. sino que el vino nuevo debe echarse en pellejos nuevos.
39. Nadie, después de beber el vino añejo, quiere del nuevo porque dice: «El añejo es el bueno.»

Reflexión: Lc 5,33-39

Estamos ante un tiempo nuevo. Nada de lo que acostumbrábamos antes aplica. Es así como nos invita a vivir esta novedad el Señor. No podemos seguir encasillados en viejas costumbres, porque estas estaban bien para otra época, para otro mundo. Estamos viviendo la era cristiana. Desde que Cristo vino al mundo inauguro este nuevo tiempo, que debe llevarnos a echar por la borda todo lo antiguo, porque no sirve, no se ajusta a los fines y objetivos propuestos por Jesús. El Evangelio es novedoso; no se trata de una historia más, o una obra literaria más con un estilo propio y único. No es solamente eso. El Evangelio o los Evangelios constituyen la Novedad que trae Jesús al género humano de todos los tiempos. No ha habido en el pasado, ni habrá en el futuro nada que lo supere, por lo tanto no podemos pretender acercarnos a su lectura y comprensión como si se tratara de un libro más, porque no lo es. No podemos leerlo como una novela, porque no lo es. Tampoco como un tratado de ética, filosofía o moral. Ninguno de nuestros criterios preestablecidos sirve para aproximarnos a la Palabra de Dios encerrada en los Evangelios. ¿Entonces qué tenemos que hacer? ¿Cómo leerlo? ¿O es que nadie lo puede leer? Hay que seguir las indicaciones de Jesús. «Nadie echa tampoco vino nuevo en pellejos viejos; de otro modo, el vino nuevo reventaría los pellejos, el vino se derramaría, y los pellejos se echarían a perder; sino que el vino nuevo debe echarse en pellejos nuevos.

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Texto del evangelio Lc 5,1-11 – Desde ahora serás pescador de hombres

1. Estaba él a la orilla del lago Genesaret y la gente se agolpaba sobre él para oír la Palabra de Dios,
2. cuando vio dos barcas que estaban a la orilla del lago. Los pescadores habían bajado de ellas, y lavaban las redes.
3. Subiendo a una de las barcas, que era de Simón, le rogó que se alejara un poco de tierra; y, sentándose, enseñaba desde la barca a la muchedumbre.
4. Cuando acabó de hablar, dijo a Simón: «Boga mar adentro, y echen sus redes para pescar.»
5. Simón le respondió: «Maestro, hemos estado bregando toda la noche y no hemos pescado nada; pero, en tu palabra, echaré las redes.»
6. Y, haciéndolo así, pescaron gran cantidad de peces, de modo que las redes amenazaban romperse.
7. Hicieron señas a los compañeros de la otra barca para que vinieran en su ayuda. Vinieron, pues, y llenaron tanto las dos barcas que casi se hundían.
8. Al verlo Simón Pedro, cayó a las rodillas de Jesús, diciendo: «Aléjate de mí, Señor, que soy un hombre pecador.»
9. Pues el asombro se había apoderado de él y de cuantos con él estaban, a causa de los peces que habían pescado.
10. Y lo mismo de Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón. Jesús dijo a Simón: «No temas. Desde ahora serás pescador de hombres.»
11. Llevaron a tierra las barcas y, dejándolo todo, le siguieron.

Reflexión: Lc 5,1-11

Es interesante ver como Jesús va reclutando a sus discípulos. Los deja sencillamente sin argumentos. ¿Cómo no creer en Él después de presenciar todo esto? ¿Cómo no entender que estamos frente a alguien que tiene un poder único, que si es capaz de producir tamaña pesca, lo será igual cuando se trate de hombres? Todos los que lo han estado siguiendo de cerca y han visto lo ocurrido, no pueden salir de su asombro. Los que le venían escuchando, como Pedro, podían percibir que estaban frente al Señor, frente al Hijo de Dios Vivo, de quien no se sentían dignos de estar en Su presencia. Esta es la autoridad, la pureza, la dignidad, la luz, el respeto, la admiración que irradia Jesús. Es algo indescriptible. Estar cerca de Él es algo que no tiene nombre ni parangón. ¿Por qué a mí? ¿Por qué yo? ¿Por qué a nosotros? Eso es lo que invariablemente debían estarse preguntando todos los allí presentes. Es que no ha ocurrido nada igual, ni antes, ni después. Sí, es verdad que hubo profetas y hombres elegidos que hicieron verdaderos prodigios, como Moisés o Elías, pero nadie, nadie como Él. Y es que los discípulos tienen la certeza, como no la tenemos muchos de nosotros hoy, de encontrase frente al Mesías, el Salvador largamente esperado. Este había llegado a ellos, a su generación, proclamándose Hijo de Dios y no faltarían las ocasiones para probar que lo era, actuando, sin embargo, de un modo muchas veces desconcertante, porque no tenía la pompa, ni el boato que podía esperarse de tan gran majestad. Era más bien sencillo, humilde, como un hombre pobre más del pueblo. Sin embargo todo era que abría la boca o que cruzaba una mirada o que se conmovía por algo, que brotaba de Él un poder, como un manantial de Luz, Amor, Verdad y Vida, con la capacidad de transformarlo todo, como un manantial infinito e irresistible de agua pura, embriagadora y renovadora. Jesús dijo a Simón: «No temas. Desde ahora serás pescador de hombres.» Llevaron a tierra las barcas y, dejándolo todo, le siguieron.

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Texto del evangelio Lc 4,38-44 – la Buena Nueva del Reino de Dios

38. Saliendo de la sinagoga, entró en la casa de Simón. La suegra de Simón estaba con mucha fiebre, y le rogaron por ella.
39. Inclinándose sobre ella, conminó a la fiebre, y la fiebre la dejó; ella, levantándose al punto, se puso a servirles.
40. A la puesta del sol, todos cuantos tenían enfermos de diversas dolencias se los llevaban; y, poniendo él las manos sobre cada uno de ellos, los curaba.
41. Salían también demonios de muchos, gritando y diciendo: «Tú eres el Hijo de Dios.» Pero él, conminaba y no les permitía hablar, porque sabían que él era el Cristo.
42. Al hacerse de día, salió y se fue a un lugar solitario. La gente le andaba buscando y, llegando donde él, trataban de retenerle para que no les dejara.
43. Pero él les dijo: «También a otras ciudades tengo que anunciar la Buena Nueva del Reino de Dios, porque a esto he sido enviado.»
44. E iba predicando por las sinagogas de Judea.

Reflexión: Lc 4,38-44

El Señor ha venido a Salvarnos, lo que solo es posible por el anuncio de la Buena Nueva del Reino de Dios. No son entonces directamente las curaciones milagrosas y otros prodigios que va haciendo Cristo por el camino, sino el anuncio. Esto es conveniente que lo tengamos en cuenta, porque no sobrevendrá la salvación como una de estas curaciones milagrosas, sino que será preciso que en uso y ejercicio de nuestra inteligencia, voluntad y libertad cambiemos, oigamos a Jesús y hagamos lo que nos manda. Todos debemos acatar Su Palabra, resulta lo más sensato, pero no ha llegado a todos, de allí la importancia de predicar el Evangelio, al punto que el mismo Jesucristo nos dice que para eso ha sido enviado. Solemos equivocarnos pensando que el Señor ha venido a curarnos, a sanarnos y a hacer milagros, lo cual no es cierto. Si cura a muchos, es por su infinita misericordia, que le impide pasar indiferente frente a los que sufren. Pero no son las curaciones las que ocupan un lugar preferencial en su agenda; estas más bien son casuales, circunstanciales. Claro está que tienen el poder de persuadir a seguir a Jesús a quienes las presencian. Suscitan fe; son, en cierto sentido, promotores de fe. ¿Cómo no creer en la divinidad de quien es capaz de desafiar todos los poderes y fuerzas de la naturaleza? Ni si quiera la muerte puede con Él. Eso ha de convencernos a muchos. Pero él les dijo: «También a otras ciudades tengo que anunciar la Buena Nueva del Reino de Dios, porque a esto he sido enviado.»

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Texto del evangelio Lc 4,31-37 – el Santo de Dios

31. Bajó a Cafarnaúm, ciudad de Galilea, y los sábados les enseñaba.
32. Quedaban asombrados de su doctrina, porque hablaba con autoridad.
33. Había en la sinagoga un hombre que tenía el espíritu de un demonio inmundo, y se puso a gritar a grandes voces:
34. «¡Ah! ¿Qué tenemos nosotros contigo, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a destruirnos? Sé quién eres tú: el Santo de Dios.»
35. Jesús entonces le conminó diciendo: «Cállate, y sal de él.» Y el demonio, arrojándole en medio, salió de él sin hacerle ningún daño.
36. Quedaron todos pasmados, y se decían unos a otros: «¡Qué palabra ésta! Manda con autoridad y poder a los espíritus inmundos y salen.»
37. Y su fama se extendió por todos los lugares de la región.

Reflexión: Lc 4,31-37

No podemos dejar de sentir que estamos frente a una paradoja. Mientras en la lectura de ayer, aquellos que se suponía debían estar más cerca de Cristo casi lo desbarrancan por desconocerlo por completo, hoy día son los demonios los que no pueden evitar -como seguramente quisieran- proclamarlo. Y es que el mal, el Príncipe de las tinieblas, el Maligno, no puede evitar reconocerlo, al igual que Jesús, con mayor razón, lo ve inmediatamente donde se lo encuentra. No hay forma que este hediondo personaje se esconda y pase desapercibido para Jesús, que no lo puede ver ni en pintura y lo echa de donde se encuentre, porque ha venido a vencerlo. Esta batalla, como todas las que sostiene Jesús contra el cornudo enemigo, la vuelve a ganar. Así será siempre que nosotros también queramos. Él nos salvará de sus garras, sin que nos ocurra nada, si se lo pedimos y lo dejamos actuar. «¡Ah! ¿Qué tenemos nosotros contigo, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a destruirnos? Sé quién eres tú: el Santo de Dios.»

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Texto del evangelio Lc 4,16-30 – ningún profeta es bien recibido en su patria

16. Vino a Nazará, donde se había criado y, según su costumbre, entró en la sinagoga el día de sábado, y se levantó para hacer la lectura.
17. Le entregaron el volumen del profeta Isaías y desenrollando el volumen, halló el pasaje donde estaba escrito:
18. El Espíritu del Señor sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos
19. y proclamar un año de gracia del Señor.
20. Enrollando el volumen lo devolvió al ministro, y se sentó. En la sinagoga todos los ojos estaban fijos en él.
21. Comenzó, pues, a decirles: «Esta Escritura, que acaban de oír, se ha cumplido hoy.»
22. Y todos daban testimonio de él y estaban admirados de las palabras llenas de gracia que salían de su boca. Y decían: «¿No es éste el hijo de José?»
23. Él les dijo: «Seguramente me van a decir el refrán: Médico, cúrate a ti mismo. Todo lo que hemos oído que ha sucedido en Cafarnaúm, hazlo también aquí en tu patria.»
24. Y añadió: «En verdad les digo que ningún profeta es bien recibido en su patria.»
25. «Les digo de verdad: Muchas viudas había en Israel en los días de Elías, cuando se cerró el cielo por tres años y seis meses, y hubo gran hambre en todo el país;
26. y a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una mujer viuda de Sarepta de Sidón.
27. Y muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo, y ninguno de ellos fue purificado sino Naamán, el sirio.»
28. Oyendo estas cosas, todos los de la sinagoga se llenaron de ira;
29. y, levantándose, le arrojaron fuera de la ciudad, y le llevaron a una altura escarpada del monte sobre el cual estaba edificada su ciudad, para despeñarle.
30. Pero él, pasando por medio de ellos, se marchó.

Reflexión: Lc 4,16-30

La presencia de Jesús no despierta muchas simpatías. ¿Por qué? La gente pasa muy rápido de la admiración al desprecio. ¿Cómo es posible? Solo se nos ocurre una cosa: los sentimientos que despierta Jesús son pasajeros. ¿Es Él? ¿Es su prédica? ¿O será tal vez una característica propia del ser humano? Nos inclinamos más por esto último. Nos resulta difícil “lidiar” con un Dios que no actúa como esperamos, conforme a la imagen que tenemos en nuestras mentes, más parecida al genio de la lámpara maravillosa, que está dispuesto a hacer lo que le pedimos y que con un solo gesto, una sola mirada echa por los suelos a sus enemigos y se deshace de cuanto indeseable lo rodea. Nuestro Dios es muy distinto a la imagen que hemos creado de super hombres o super héroes, donde hemos puesto todo aquello que nos gustaría ver reflejado en un ser superior. ¿Por qué habrá esta evidente diferencia? Por una sola razón que contradice los argumentos de muchos ateos: porque Dios no ha sido creado por el hombre; no es aquella creación humana que según los ateos encarna los poderes, virtudes y capacidades que el hombre –en su ignorancia-, requiere para explicarse. Por el contrario, Dios es el Creador del Universo, en donde estamos incluidos los humanos, y nos ha creado a Su Imagen y Semejanza, por lo tanto, todo aquello que vamos descubriendo nos acerca cada vez más a quienes somos en realidad y posiblemente a Dios, en tanto nos acerquemos a la Luz, la Verdad, la Vida y el Amor…Eso es Jesucristo. Todo lo que hemos oído que ha sucedido en Cafarnaúm, hazlo también aquí en tu patria. Y añadió: «En verdad les digo que ningún profeta es bien recibido en su patria.»

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