Texto del evangelio Lc 9, 46-50 – el más pequeño de entre ustedes, ése es mayor

46. Se suscitó una discusión entre ellos sobre quién de ellos sería el mayor.
47. Conociendo Jesús lo que pensaban en su corazón, tomó a un niño, le puso a su lado,
48. y les dijo: «El que reciba a este niño en mi nombre, a mí me recibe; y el que me reciba a mí, recibe a Aquel que me ha enviado; pues el más pequeño de entre ustedes, ése es mayor.»
49. Tomando Juan la palabra, dijo: «Maestro, hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu nombre, y tratamos de impedírselo, porque no viene con nosotros.»
50. Pero Jesús le dijo: «No se lo impidan, pues el que no está contra ustedes, está por ustedes.»

Reflexión: Lc 9, 46-50

Hemos de constatar una y otra vez que el Señor piensa de una manera totalmente distinta a la nuestra. Sus razonamientos no siguen nuestra lógica mundana. ¿Qué lógica siguen por lo tanto? Pues una lógica Divina, que es distinta, sorprendente y muchas veces desconcertante. No resulta fácil adaptarse a ella y reaccionar conforme a ella. ¿Es eso lo que debemos hacer? Pues creemos que sí, pues de lo que se trata es de configurarnos con el Señor, de tal modo que hablemos y obremos como Él. ¿Imposible? Claro que es imposible si pretendemos apoyarnos en nuestras propias fuerzas, si queremos depender absolutamente de nosotros. Ese no es el Camino y nos resultará efectivamente imposible. De lo que se trata es de ponernos en Sus manos y dejar que se haga Su Voluntad. Sin Su intervención es imposible. Es Él quien lo hace posible. ¿Cómo podemos requerir su intervención? Pues, en primer lugar, apartándonos a orar todos los días, cada vez que podamos, sin palabrear mucho. Oremos con todo el corazón y nuestra mente el “Padre Nuestro”, la oración que el mismo Jesús nos enseñó. Esforcémonos por participar frecuentemente en la Eucaristía, que es la verdadera comida y bebida que el Señor nos ha dejado, precisamente para fortalecer cada día su presencia en nuestras vidas; invoquemos la ayuda de la Virgen María, nuestra madre, rezando el Rosario cada vez que podamos. Pidamos la Gracia de oír, entender y hacer lo que Dios nos manda. «El que reciba a este niño en mi nombre, a mí me recibe; y el que me reciba a mí, recibe a Aquel que me ha enviado; pues el más pequeño de entre ustedes, ése es mayor.»

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Texto del evangelio Mc 9,38-43.45.47-48 – al que escandalice a uno de estos pequeños creen

38. Juan le dijo: «Maestro, hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu nombre y no viene con nosotros y tratamos de impedírselo porque no venía con nosotros.»
39. Pero Jesús dijo: «No se lo impidan, pues no hay nadie que obre un milagro invocando mi nombre y que luego sea capaz de hablar mal de mí.
40. Pues el que no está contra nosotros, está por nosotros.»
41. «Todo aquel que les dé de beber un vaso de agua por el hecho de que son de Cristo, les aseguro que no perderá su recompensa.»
42. «Y al que escandalice a uno de estos pequeños que creen, mejor le es que le pongan al cuello una de esas piedras de molino que mueven los asnos y que le echen al mar.
43. Y si tu mano te es ocasión de pecado, córtatela. Más vale que entres manco en la Vida que, con las dos manos, ir a la gehenna, al fuego que no se apaga.
45. Y si tu pie te es ocasión de pecado, córtatelo. Más vale que entres cojo en la Vida que, con los dos pies, ser arrojado a la gehenna.
47. Y si tu ojo te es ocasión de pecado, sácatelo. Más vale que entres con un solo ojo en el Reino de Dios que, con los dos ojos, ser arrojado a la gehenna,
48. donde su gusano no muere y el fuego no se apaga;

Reflexión: Mc 9,38-43.45.47-48

¿Cuánto debemos estar dispuestos a sacrificar? ¿Qué es primero? A esto nos invita a reflexionar esta lectura. ¿Cuánto estamos dispuestos a dejar por el Reino? A veces nos resulta muy difícil desprendernos de lo que debemos, en busca del premio mayor. La sensualidad nos atrae de tal modo, que nos cegamos y abandonamos al placer, a la satisfacción temporal de alguna de nuestras pasiones o debilidades. Es seguramente cuestión de hábitos, pero cuando nos acostumbramos a satisfacer nuestros caprichos, nos resulta casi imposible dejar de abandonarnos, por ejemplo, a la lujuria o a la avaricia. De tanto consentirnos, nos hemos acostumbrado a salir siempre con nuestro gusto, y tomamos con mucha naturalidad el caer una y otra vez, como si fuera un círculo vicioso de nunca acabar. ¿Cuál es el problema? Que no hemos sabido cultivar nuestro carácter. Que no sabemos decir no. Que estamos constantemente cediendo y no llegamos a consolidar nuestro carácter. Y todo esto resulta más complicado cuando siendo adultos afrontamos este mundo como niños caprichosos y engreídos que solo buscan auto complacerse. Argumentos y ocasiones para dejar de esforzarnos surgirán por todas partes, poniendo a prueba nuestra determinación, lo que llegará un punto que será imposible superar, si no ponemos nuestra confianza en el Señor. Y al que escandalice a uno de estos pequeños que creen, mejor le es que le pongan al cuello una de esas piedras de molino que mueven los asnos y que le echen al mar.

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Texto del evangelio Lc 9,43b-45 – el Hijo del hombre

43b. Estando todos maravillados por todas las cosas que hacía, dijo a sus discípulos:
44. «Pongan en sus oídos estas palabras: el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres.»
45. Pero ellos no entendían lo que les decía; les estaba velado de modo que no lo comprendían y temían preguntarle acerca de este asunto.

Reflexión: Lc 9,43b-45

Como resulta propio del Hijo de Dios, Jesucristo pone en circulación un concepto Bíblico antiguo, poco conocido y de un singular significado, y lo usa únicamente para referirse a sí mismo. Nadie más lo usa en el Nuevo Testamento. Nos referimos a “el Hijo del hombre”, cuyo significado resulta un tanto misterioso. Fiel a su estilo, Jesús devela y vela al mismo tiempo quién es a través de este título usado muy poco. Es como si al mismo tiempo quisiera revelarnos quién es y al mismo tiempo mantenerlo en secreto, oculto a quienes les está velado conocerle, por su falta de fe. Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios vivo, enviado para salvarnos. Al mismo tiempo es el hombre por excelencia, aquel en el que se iban a condensar todos los padecimientos, cargando con todos los pecados, para morir por todos nosotros y resucitar liberándonos para siempre de la esclavitud de la muerte y el pecado. «Pongan en sus oídos estas palabras: el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres.»

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Texto del evangelio Lc 9,18-22 – quién dicen que soy yo

18. Y sucedió que mientras él estaba orando a solas, se hallaban con él los discípulos y él les preguntó: «¿Quién dice la gente que soy yo?»
19. Ellos respondieron: «Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que un profeta de los antiguos había resucitado.»
20. Les dijo: «Y ustedes, ¿ quién dicen que soy yo ?» Pedro le contestó: «El Cristo de Dios.»
21. Pero les mandó enérgicamente que no dijeran esto a nadie.
22. Dijo: «El Hijo del hombre debe sufrir mucho, y ser reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser matado y resucitar al tercer día.»

Reflexión: Lc 9,18-22

Son tres aspectos fundamentales en los que esta lectura nos invita a reflexionar: ¿Quién dicen los demás que es Jesús? ¿Quién decimos nosotros que es Jesús? Y finalmente, el mandato enérgico de Jesús de no decirlo a nadie. Es quizás este último aspecto el que más nos intriga de entrada, porque resulta difícil entender tanto empeño en que nadie lo sepa, al menos no por nuestra boca ¿por qué? De algo estamos seguros: el pensamiento de Jesús siempre va en una dirección distinta a nuestra lógica. Es algo que debemos aprender y tener en cuenta toda nuestra vida, procurando no lanzar apresuradamente conclusiones, porque podrían ser distintas a las que espera el Señor. Esta constatación debe ser para nosotros cuando menos una advertencia, para ser menos concluyentes, buscando aquella arista que seguramente se nos ha pasado y que el Señor sí ha considerado. No nos precipitemos. Veamos. Si supiéramos a ciencia cierta, como los discípulos, quién es Jesús, no nos provocaría salir volando a decírselo a todo el mundo. ¡Claro! Sería lo más natural, sin embargo el Señor manda ENÉRGICAMENTE que no se lo digan a nadie. Fijémonos que es un mandato como pocos, con un énfasis especial en la energía con la que se imparte. Por lo tanto, era necesario tal gesto para asegurarse que no lo dijeran a nadie. ¿Por qué resulta tan importante que no lo digan a nadie? Podemos ensayar varias respuestas; la que más nos convence es que al Señor no lo puedes dar a conocer con palabras, adjetivos o sustantivos. Al Señor lo conoces por su testimonio y lo das a conocer con tu testimonio. La Palabra de Dios es Vida y así ha de transmitirse con la vida misma. Por otro lado, había todavía un largo camino que recorrer, como para no andar precipitando el fin que de todos modos habría de llegar, pero a su tiempo. Les dijo: «Y ustedes, ¿ quién dicen que soy yo ?» Pedro le contestó: «El Cristo de Dios.» Pero les mandó enérgicamente que no dijeran esto a nadie.

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Texto del evangelio Lc 9,7-9 – Quién es, pues, éste

7. Se enteró el tetrarca Herodes de todo lo que pasaba, y estaba perplejo; porque unos decían que Juan había resucitado de entre los muertos;
8. otros, que Elías se había aparecido; y otros, que uno de los antiguos profetas había resucitado.
9. Herodes dijo: «A Juan, le decapité yo. ¿ Quién es, pues, éste de quien oigo tales cosas?» Y buscaba verle.

Reflexión: Lc 9,7-9

La pregunta que se hace Herodes es la misma que debíamos hacernos nosotros y aunque es verdad, seguramente no somos culpables de tan gran crimen, como el de haber mandado decapitar a nadie, para que nos resulte imposible creer que se trata de alguien a quien nos encargamos de silenciar, no nos faltarán razones para observar que se trata nuevamente de alguien que ya habíamos dado por sepultado y superado. Y es que la Voluntad de Dios se abre paso tanto en la Historia General de la Humanidad, como en nuestra propia historia personal. Más allá que lo queramos o no, que nos guste o no, que lo entendamos o no, el Plan de Dios sigue su curso y se cumplirá con nuestra aceptación y participación o sin ella. De allí que si nos alejamos de Dios, veremos que Él se aproximará a nosotros a lo largo de nuestras vidas, en forma recurrente y tomando diferentes aspectos, ya sea a través de un familiar cercano, como puede ser nuestra propia pareja, o de algún amigo o compañero de trabajo. Siempre habrá alguien o alguna situación que nos haga recordar el mal que hicimos, mientras no lo confesemos y pidamos sinceramente perdón por ello. No hay modo de evitarlo, porque en el Plan de Dios está que la Verdad salga a la luz tarde o temprano, porque esta terminará venciendo a las tinieblas y nadie podrá impedirlo por siempre. Herodes dijo: «A Juan, le decapité yo. ¿ Quién es, pues, éste de quien oigo tales cosas?» Y buscaba verle.

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Texto del evangelio Lc 9,1-6 – los envió a proclamar el Reino de Dios

1. Convocando a los Doce, les dio autoridad y poder sobre todos los demonios, y para curar enfermedades;
2. y los envió a proclamar el Reino de Dios y a curar.
3. Y les dijo: «No tomen nada para el camino, ni bastón, ni alforja, ni pan, ni plata; ni tengan dos túnicas cada uno.
4. Cuando entren en una casa, quédense en ella hasta que se marchen de allí.
5. En cuanto a los que no los reciban, saliendo de aquella ciudad, sacudan el polvo de sus pies en testimonio contra ellos.»
6. Saliendo, pues, recorrían los pueblos, anunciando la Buena Nueva y curando por todas partes.

Reflexión: Lc 9,1-6

Seguimos con la misma lección. Hemos de aprender a oír y cumplir lo que el Señor nos manda, porque Él nos manda. No se trata de un modo de expresión figurado, algo que hay que interpretar, no. El Señor nos manda y nosotros tenemos que prestarle mucha atención y cumplir lo que nos manda. Nos lo repite de otro modo seguramente, porque sabe lo testarudos que somos. Hoy decimos sí y mañana no. Cambiamos muy fácilmente de parecer y una vez que las circunstancias se relajan un poco, una vez que la presión afloja, tendemos a cambiar de parecer, opinando distinto que al comienzo. Esta volubilidad es propia de los humanos. Dios no es así, ni quiere que nosotros lo seamos. Por eso nos manda. Él tiene una visión panorámica del Universo y la Historia, así que sabe por qué pasa cada cosa y qué es lo más conveniente en cada ocasión. Por eso nosotros, en vez de resistirnos, debemos oírlo y hacer lo que nos manda, alineándonos a sus planes. Decidir lo que vamos a hacer, poniendo en tela de juicio los mandatos de Dios, constituye una estupidez y una blasfemia, porque nadie está en capacidad para enmendar la plana s Dios, ni aun tratándose de nuestras vidas, porque en última instancia ni si quiera estas son nuestras, tal como nuestros cuerpos tampoco nos pertenecen. Todo es de Dios. Él nos ha creado y nos ha dado todo cuanto somos y tenemos, con el único propósito que un día no muy lejano nos volvamos a reunir con Él. Convocando a los Doce, les dio autoridad y poder sobre todos los demonios, y para curar enfermedades; y los envió a proclamar el Reino de Dios y a curar.

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Texto del evangelio Lc 8,19-21 – oyen la Palabra de Dios y la cumplen

19. Se presentaron donde él su madre y sus hermanos, pero no podían llegar hasta él a causa de la gente.
20. Le anunciaron: «Tu madre y tus hermanos están ahí fuera y quieren verte.»
21. Pero él les respondió: «Mi madre y mis hermanos son aquellos que oyen la Palabra de Dios y la cumplen.»

Reflexión: Lc 8,19-21

Oír y cumplir, allí está la respuesta. Eso es todo lo que debemos hacer. Oír y cumplir. Si fuéramos suficientemente inteligentes, si no fuéramos tan soberbios constataríamos que no puede haber nada más sencillo, más simple y sensato que abandonarnos a la Voluntad de Dios. ¿O es que podemos modificarla? ¿O será tal vez que tenemos una mejor propuesta, una mejor opción, una mejor alternativa que la que Dios nos propone? ¿No es esta una posición absurda y necia? ¿Hay alguien entre nosotros que puede más que Dios, que tiene la pretensión de corregirlo? ¿No es esto una soberana tontería, el capricho de un mozalbete que no sabe ni sonarse la nariz y pretende decirle a un financista cuáles son las mejores acciones o a un piloto como aterrizar o a un arquitecto como calcular las columnas de un edificio de 48 pisos? ¡Tenemos que ser más humildes con Dios! ¡Él quiere salvarnos! Así como cualquiera de nuestros padres terrenales quiere lo mejor para nosotros, del mismo modo Dios que es el Padre nuestro, el Padre de toda la humanidad, solo quiere nuestro Bien. Oigámoslo y hagamos lo que dice. ¡Dejemos de darle vueltas a este tema! ¡Es así de simple! Para eso ha enviado Dios a Jesucristo, para que nos diga lo que debemos hacer, para que nos revele la Voluntad del Padre. Limitémonos a tomar nota y cumplir lo que nos manda. Pero él les respondió: «Mi madre y mis hermanos son aquellos que oyen la Palabra de Dios y la cumplen.»

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Texto del evangelio Mt 9,9-13 – no he venido a llamar a justos

9. Cuando se iba de allí, al pasar vio Jesús a un hombre llamado Mateo, sentado en el despacho de impuestos, y le dice: «Sígueme.» El se levantó y le siguió.
10. Y sucedió que estando él a la mesa en casa de Mateo, vinieron muchos publicanos y pecadores, y estaban a la mesa con Jesús y sus discípulos.
11. Al verlo los fariseos decían a los discípulos: «¿Por qué come su maestro con los publicanos y pecadores?»
12. Mas él, al oírlo, dijo: «No necesitan médico los que están fuertes sino los que están mal.
13. Vayan, pues, a aprender qué significa aquello de: Misericordia quiero, que no sacrificio. Porque no he venido a llamar a justos, sino a pecadores.»

Reflexión: Mt 9,9-13

Imposible dejar de preguntarnos si en verdad hemos entendido a Jesús. ¿Quiénes lo entienden? Tal vez los santos, pero después de ellos, la gran mayoría, por más que nos digamos cristianos, difícilmente llegamos a entenderlo. Nos atrevemos a decir que incluso la Iglesia como tal no llega a reflejar el pensamiento de Jesús. Claro, la Iglesia está conformada por hombres y mujeres que difícilmente podemos abstraernos de las ideologías y pensamientos dominantes de cada época. En general estamos más dispuesto a aceptar que Dios viene por los buenos y buenos son aquellos que todo el mundo reconoce como inocentes, justos, devotos, respetuosos e incluso amorosos. Gente sencilla, modesta y muchas veces pobre, que no escatima esfuerzo por participar en las actividades de la Iglesia y que llevan una intensa vida de piedad. Una monjita, un curita, o tal vez el señor o la señora aquella que siempre vemos en Misa, sin importar si es domingo o cualquier día de la semana. Siempre está rezando, es el primero que se ofrece a hacer las lecturas e incluso ayuda a dar la comunión, cantado y animando en voz alta cada vez que es necesario. Esta gente a la que muy difícilmente se puede imitar, han de ser los santos preferidos por Dios; eso es lo que en el fondo pensamos la mayoría de nosotros, aceptando que nunca seremos como ellos, porque a veces nos parecen exageradamente extraños. Como solemos decir por aquí: “bueno es culantro, pero no tanto”. Vayan, pues, a aprender qué significa aquello de: Misericordia quiero, que no sacrificio. Porque no he venido a llamar a justos, sino a pecadores.»

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