Texto del evangelio Jn 16,16-20 – su tristeza se convertirá en gozo

16. «Dentro de poco ya no me verán, y dentro de otro poco me volverán a ver.»
17. Entonces algunos de sus discípulos comentaron entre sí: «¿Qué es eso que nos dice: “Dentro de poco ya no me verán y dentro de otro poco me volverán a ver” y “Me voy al Padre”?»
18. Y decían: «¿Qué es ese “poco”? No sabemos lo que quiere decir.»
19. Se dio cuenta Jesús de que querían preguntarle y les dijo: «¿Andan preguntándose acerca de lo que he dicho: “Dentro de poco no me verán y dentro de otro poco me volverán a ver?”
20. «En verdad, en verdad les digo que llorarán y se lamentarán, y el mundo se alegrará. Estarán tristes, pero su tristeza se convertirá en gozo.

Reflexión: Jn 16,16-20

A quien coge la Biblia por primera vez, quien está empezando a aproximarse al Señor, efectivamente este fragmento le puede parecer raro. Un acertijo. No tendría por qué ser así para quien lo viene siguiendo de cerca por varios meses, incluso por lo menos por tres años seguidos. Sin embargo son sus mismos discípulos los que piden explicaciones de lo que el Señor quiere decirles con estas palabras, porque tienen como un velo en sus mentes que les impide entender todo aquello de lo que el Señor les habla, a pesar que, nadie como ellos, tuvieron evidencias extraordinarias de estar siguiendo al mismísimo Jesucristo, Hijo de Dios. Ellos son los protagonistas de una historia única, singular, irrepetible. Parece parte de la naturaleza humana, encontrarnos en medio de una circunstancia excepcional, con personas excepcionales y sin embargo no darnos cuenta de lo que estamos viviendo hasta que pasó, hasta que acabó, hasta que las circunstancias y las personas cambiaron. Entonces recordamos con emoción lo vivido, como algo increíble. Si, ahí estuve yo; ahí estuvimos nosotros, contaremos después hinchando el pecho, pero en el momento, la singularidad de la ocasión pasó desapercibida para nosotros. Eso mismo podemos constatar que está pasando con los discípulos de Jesús. No entienden mucho lo que ocurre y hasta se encuentran torpemente incapacitados para hilvanar una cosa con otra. No es poco lo que han vivido y –a nuestro modesto juicio, desde la perspectiva que dan más de 2mil años de distancia-, tendrían suficiente para considerar de modo determinante como cierto lo que Jesús decía de sí mismo. Después de todo, los milagros que obra el Señor son únicos y están dirigidos a mostrar quién es, para que creamos en Él. Los milagros serán los argumentos que irrefutablemente muevan a la fe. No los únicos, pero ciertamente los más contundentes. Y es que es indispensable -para Jesús, nuestro Salvador-, que no quede duda que estamos frente al Hijo de Dios que como el mismo lo define es la Luz, la Verdad y el Camino. En verdad, en verdad les digo que llorarán y se lamentarán, y el mundo se alegrará. Estarán tristes, pero su tristeza se convertirá en gozo.

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Texto del evangelio Jn 16,12-15 – el Espíritu de la verdad

12. Mucho tengo todavía que decirles, pero ahora no pueden con ello.
13. Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, los guiará hasta la verdad completa; pues no hablará por su cuenta, sino que hablará lo que oiga, y les anunciará lo que ha de venir.
14. El me dará gloria, porque recibirá de lo mío y se los anunciará a ustedes.
15. Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso he dicho: Recibirá de lo mío y se los anunciará a ustedes.

Reflexión: Jn 16,12-15

Del mismo modo que no podemos vivir de espaldas a Dios, no podemos vivir ignorando al Espíritu Santo. Ciertamente es la tercera persona del mismo Dios Trino en el que creemos, pero no basta tan solo reconocerlo intelectualmente o dogmáticamente, pues se trata de la fuerza Divina a la que nos dejó encomendados Jesucristo, el Hijo de Dios, es decir la segunda persona. Veamos como las tres personas trabajan coordinadamente, en equipo, constituyéndose en el mejor ejemplo de comunidad que tenemos. El Ángel viene enviado por Dios Padre a anunciar a María que será Madre de Jesucristo, Su Hijo, para lo cual será cubierta por el Espíritu Santo. Luego de la predicación de Jesucristo, luego de su muerte y resurrección, nos envía al Espíritu Santo para que nos recuerde todo, para que nos fortalezca y acompañe y para que nos enseñe. De este modo, la presencia del Espíritu Santo en nuestras vidas es permanente, constante y cumple un papel sumamente importante en nuestra Salvación. Sin Él no marchamos a ninguna parte. Ninguna de las tareas requeridas para atender el mandato de Jesucristo podría ser realizada sin su ayuda. Así de central y fundamental es su participación. ¿Le otorgamos esta importancia en nuestras vidas? Luego de esta meditación debíamos salir persuadidos que no debíamos dar ni un solo paso en nuestras vidas si no es bajo el auspicio del Espíritu Santo, que es finalmente el Espíritu de Dios, por lo tanto el garante de nuestros pasos y nuestro defensor. No habrá nada ni nadie que pueda oponerse a nosotros si estamos con Él. De allí la necesidad de convocarlo. No se trata de un formalismo o una mera formula, sino de algo determinante, que no podemos pasar por alto, porque en ello se juega nuestro destino. Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, los guiará hasta la verdad completa; pues no hablará por su cuenta, sino que hablará lo que oiga, y les anunciará lo que ha de venir.

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Texto del evangelio Jn 12,31-36 – Ahora es el juicio de este mundo

31. Ahora es el juicio de este mundo; ahora el Príncipe de este mundo será echado fuera.
32. Y yo cuando sea levando de la tierra, atraeré a todos hacia mí.»
33. Decía esto para significar de qué muerte iba a morir.
34. La gente le respondió: «Nosotros sabemos por la Ley que el Cristo permanece para siempre. ¿Cómo dices tú que es preciso que el Hijo del hombre sea levantado? ¿Quién es ese Hijo del hombre?»
35. Jesús les dijo: «Todavía, por un poco de tiempo, está la luz entre ustedes. Caminen mientras tienen la luz, para que no los sorprendan las tinieblas; el que camina en tinieblas, no sabe a dónde va.
36. Mientras tienen la luz, crean en la luz, para que sean hijos de luz.» Dicho esto, se marchó Jesús y se ocultó de ellos.

Reflexión: Jn 12,31-36

¡Qué misterio tan grande encierran estas palabras! Nos resultan sumamente difíciles de entender porque tratamos de abordarlas desde una perspectiva mundana y estas han sido dichas por nuestro Señor Jesucristo desde una perspectiva Divina y totalizante. El espacio y el tiempo para Dios, son infinitos. O si se quiere, tienen otra dimensión; no constituyen los mismos parámetros que para nosotros. Nuestra visión es muy estrecha y limitada. Dios ve las cosas como son. Es desde esta visión, que desde luego nos resulta misteriosa e incomprensible, pero a la cual nos podemos aproximar gracias a nuestros Señor Jesucristo y al Espíritu Santo, que Jesús nos Revela una realidad ciertamente asombrosa, sobre la cual debemos meditar. Mucho hemos oído hablar del juicio y a muchos cristianos se nos trata de convencer por temor al “juicio final” y sin embargo el Señor se refiere a este en varios episodios de un modo completamente distinto al que tanto temor nos han enseñado a tener algunos, pensamos que equívocamente o por ignorancia o por no reparar en la profundidad y alcance de pasajes como el que hoy estamos meditando. El Señor aquí se refiere al Juicio, pero como un hecho que está ocurriendo en ese momento, no antes ni después. Si Él dice ahora, es ahora. Es verdad que su “ahora” puede tener un alcance para nosotros inabarcable, pero no hay duda que debemos tener en cuenta esta palabra en aquello que nos quiere revelar en este pasaje. Pero la frase que sigue unida a este “ahora” tiene que llamarnos mucho más la atención respecto al “juicio de este mundo”, porque se está produciendo ahora y este está determinando la expulsión del Príncipe de este mundo. ¿Y quién es el Príncipe de este mundo? El demonio, la oscuridad, las sombras, el mal, la mentira, el pecado, la destrucción y la muerte. Esto es lo que está ocurriendo en el Ahora que señala Cristo. Él está venciendo al Príncipe de este mundo y vencerlo quiere decir derrotarlo, botarlo, echarlo fuera, desterrarlo. Ya no tiene ningún poder, porque Cristo lo ha vencido en la Cruz. Muriendo y Resucitando ha terminado con él, lo ha expulsado, lo ha derrotado. Para decirlo positivamente Jesucristo ha triunfado sobre las fuerzas del mal, sobre la mentira, la soberbia, la destrucción y la muerte. El juicio se ha producido y hay un veredicto, un ganador, un triunfador, este es Jesucristo. Ahora es el juicio de este mundo; ahora el Príncipe de este mundo será echado fuera. Y yo cuando sea levando de la tierra, atraeré a todos hacia mí.

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Texto del evangelio Jn 15,26-16,4 – Cuando venga el Paráclito

26. Cuando venga el Paráclito, que yo les enviaré de junto al Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, él dará testimonio de mí.
27. Pero también ustedes darán testimonio, porque están conmigo desde el principio.
1. Les he dicho esto para que no se escandalicen.
2. Los expulsarán de las sinagogas. E incluso llegará la hora en que todo el que los mate piense que da culto a Dios.
3. Y esto lo harán porque no han conocido ni al Padre ni a mí.
4. Les he dicho esto para que, cuando llegue la hora, se acuerden de que ya se los había dicho. No les dije esto desde el principio porque estaba yo con ustedes.

Reflexión: Jn 15,26-16,4

Desde la perspectiva mundana, no resulta nada alentador el panorama que aquí nos pinta Jesucristo. El que nos anticipe persecución e incluso la muerte a manos de quienes sentirán que hacen un servicio a Dios, no puede resultar atractivo desde ningún punto de vista. Habría que estar loco para ser partícipe de tal destino. Sin embargo debemos tener en cuenta que no es ya la visión mundana la que debe primar en nosotros, sino la cristiana, es decir, la de quienes conociendo y amando a Cristo nos hemos dispuesto a seguirlo seriamente hasta el fin. No es fácil. Se trata de una decisión que ha de afectar de modo determinante a nuestras vidas, y que tomamos a la luz de la fe. Es decir que sin fe, sería un absurdo adoptarla, porque podemos ver cómo puede costarnos la vida. Pero el que cree, sabe que si este es el precio, habrá que estar dispuesto a pagarlo para lograr el premio mayor, el verdadero sentido de la vida. Esta decisión solo tiene sentido para quien realmente cree que Jesucristo es el Hijo de Dios, el Mesías que ha venido a Salvarnos, que muriendo y resucitando ha sellado con su sangre el pacto de la alianza con Dios Padre, quien también habrá de resucitarnos al final de los tiempos, si viviendo en este mundo optamos por amar a Dios y al prójimo, tal como Jesús nos ha amado y nos manda. Pero hay algo más que no podemos pasar por alto en estas líneas; algo que es fundamental, que muestra claramente la comprensión de nuestros temores por parte de Jesús y es el envío de este Paráclito, que no viene a ser sino nuestro Defensor, que proviniendo de Dios, está por encima de todo y ha sido enviado por Jesucristo para enseñarnos la Luz y la Verdad y para defendernos de nuestros perseguidores. Con el Espíritu Santo de Dios como nuestro Paráclito, es decir como el portador de luz, el que habrá de recordarnos las palabras del Señor y como nuestro Defensor en las horas inciertas, no tenemos en realidad nada que temer, porque Jesucristo lo ha previsto todo, a fin de facilitarnos la tarea. Cuando venga el Paráclito, que yo les enviaré de junto al Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, él dará testimonio de mí.

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Texto del evangelio Jn 15,18-21 – no son del mundo

18. «Si el mundo los odia, sepan que a mí me ha odiado antes que a ustedes.
19. Si fueran del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero, como no son del mundo, porque yo al elegirlos los he sacado del mundo, por eso los odia el mundo.
20. Acuérdense de la palabra que les he dicho: El siervo no es más que su señor. Si a mí me han perseguido, también los perseguirán a ustedes; si han guardado mi Palabra, también la de ustedes guardarán.
21. Pero todo esto se lo harán por causa de mi nombre, porque no conocen al que me ha enviado.

Reflexión: Jn 15,18-21

No somos del mundo, porque el Señor al elegirnos nos ha sacado del mundo. Estas palabras echan por tierra cualquier pretensión, pues no somos nosotros los que nos hacemos diferentes, sino que esto es obra del Señor. Nos resulta bastante incomprensible esta afirmación, que pareciera no guardar correspondencia con la realidad, pues nos parece más lógico que cualquier acercamiento o alejamiento a la Voluntad del Señor sea más bien el resultado de nuestra elección. En cambio el Señor nos habla aquí de una especie de marca o de sello que Él nos pone al elegirnos y que nos hace diferentes. ¿Cómo entender que la iniciativa proviene de Él cuando tenemos la convicción que ello depende de nuestra decisión? Hay algo aquí que no encaja, porque no se condice con lo que percibimos. Si hemos sido elegidos, ¿no debíamos saberlo? ¿Si no tenemos la certeza, será que no correspondemos a los elegidos? ¿Y si a pesar de ello nos esforzamos en seguirlo -no siempre, seguramente, pero si cuanto nos es posible-, con una exigencia que sentimos cada vez mayor, querrá decir que nos ha escogido o que nosotros queremos que nos escoja, a pesar que en realidad no es así? Es un hecho que si no somos escogidos, no llegaremos a Él; nos será imposible, porque esta es Gracia que el concede a sus elegidos. Pero ¿quiénes son sus elegidos? ¿Podemos saberlo? ¿Podemos contarnos entre ellos? …pero, como no son del mundo, porque yo al elegirlos los he sacado del mundo, por eso los odia el mundo.

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Texto del evangelio Jn 15,12-17 – yo los he elegido a ustedes

12. Este es el mandamiento mío: que se amen los unos a los otros como yo los he amado.
13. Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos.
14. Ustedes son mis amigos, si hacen lo que yo les mando.
15. No les llamo ya siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo; a ustedes les he llamado amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre se los he dado a conocer.
16. No me han elegido ustedes a mí, sino que yo los he elegido a ustedes, y los he destinado para que vayan y den fruto, y que su fruto permanezca; de modo que todo lo que pidan al Padre en mi nombre se los conceda.
17. Lo que les mando es que se amen los unos a los otros.»

Reflexión: Jn 15,12-17

Sin duda el que nos amemos los unos a los otros es central, sino el Señor no estaría repitiendo tanto este mandato, que como hemos dicho ya varias veces, no es una sugerencia, un ruego o algo que tendríamos que pensar y considerar. No señor. Se trata de un mandato, que si hemos sido correctamente educados por nuestros padres sabremos que es vertical, indiscutible y terminante. El mandato lo da el que tiene autoridad. Solo puedes mandar y esperar que tu mandato sea atendido y cumplido cuando tienes autoridad, de otro modo, serás el hazme reír como tantos padres, maestros o personas mayores que mandan a niños, adolescentes y jóvenes y estos ni pestañean y siguen haciendo lo que les da la gana, porque no tienen el menor respeto por la persona que les manda o porque simplemente nadie les enseñó en su vida a obedecer. ¿Es buena tanta permisividad? Hay momentos en la vida que las personas embestidas de autoridad deben mandar, lo que significa que asumen la responsabilidad de cualquier riesgo y que quien obedece ha de tener respeto y confianza absoluta, de otro modo no obedecería, mucho menos si lo que se le manda es incierto. Entonces, la certeza también es necesaria. Un niño –bien criado-, obedece ciegamente a su padre, porque sabe que no lo va a engañar, que no le va a tomar el pelo ni lo va a defraudar. Si el padre le dice salta, él salta. Si le dice agáchate o pégate a la derecha, lo hará. Más tarde, si le dice esto o aquello no te conviene lo considerará y si el padre le manda dejarlo, lo hará, porque más allá de su criterio está la plena confianza y respeto que tiene al criterio y voluntad de su padre que se las ha sabido ganar con AMOR. Esto mismo hace el Señor con nosotros. La pregunta es: ¿le creemos? ¿le obedecemos? No me han elegido ustedes a mí, sino que yo los he elegido a ustedes, y los he destinado para que vayan y den fruto, y que su fruto permanezca; de modo que todo lo que pidan al Padre en mi nombre se los conceda.

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Texto del evangelio Jn 15,9-11 – permanezcan en mi amor

9. Como el Padre me amó, yo también los he amado a ustedes; permanezcan en mi amor.
10. Si guardan mis mandamientos, permanecerán en mi amor, como yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor.
11. Les he dicho esto, para que mi gozo esté en ustedes, y su gozo sea colmado.»

Reflexión: Jn 15,9-11

El Señor, a través de la Iglesia, reta nuestra capacidad de reflexión con estos tres versículos; tres líneas contundentes, en las que Jesucristo nos habla al corazón, equiparando generosamente nuestra relación con Él, con la relación que Él mantiene con nuestro Padre. Él, con su vida, nos ha dado testimonio de la unión en la que permanece con el Padre, que se evidencia cumpliendo con Su Voluntad hasta la última coma. Todo lo que hace es conforme al Plan trazado por Dios desde la eternidad; todo, incluso Su Sacrificio en la cruz. A tal extremo llega Su fidelidad, para iluminarnos el Camino con Su ejemplo. Así como Él cumple la Voluntad del Padre hasta las últimas consecuencias, confiando plenamente en la necesidad que el Padre ha establecido que pase por el Sacrificio de la Cruz para resucitarlo al tercer día, Jesucristo espera que nosotros confiemos en Él, entregándonos plenamente a Su Voluntad, a Sus mandatos, sin escatimar esfuerzo alguno y sin la menor duda. Es solo de este modo que nosotros estaremos en Él y Él estará en el Padre, quien lo resucitó al tercer día y hará lo mismo con nosotros si confiamos y hacemos lo que Dios nos manda. La confianza que tiene Cristo en el Padre, es la misma que el Padre tiene en Cristo y ha de ser similar a la que nosotros hemos de tener en Cristo y Cristo en nosotros. Se trata de establecer una comunidad de voluntades, a ejemplo de Cristo. Eso es lo que nos pide el Señor. Se trata de permanecer en Su amor, del mismo modo que Él permanece en el amor del Padre. ¿Cómo? Creyendo y obedeciendo ciegamente, porque confiamos plenamente en Su Amor. Como el Padre me amó, yo también los he amado a ustedes; permanezcan en mi amor.

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