Texto del evangelio Jn 10,27-30 – nadie puede arrebatar nada de la mano del Padre

27. Mis ovejas escuchan mi voz; yo las conozco y ellas mi siguen.
28. Yo les doy vida eterna y no perecerán jamás, y nadie las arrebatará de mi mano.
29. El Padre, que me las ha dado, es más grande que todos, y nadie puede arrebatar nada de la mano del Padre.
30. Yo y el Padre somos uno.»

Reflexión: Juan 10,27-30

Cuesta escoger la frase u oración que habrá de acompañarnos en nuestra meditación, porque a pesar de ser 4 versículos cortos los que se nos sugiere para esta reflexión, la revelación que nos hace en ellos el Señor es de tal profundidad y trascendencia, que difícilmente podremos agotar los aspectos más significativos en estas líneas. Trataremos de extraer cuanto podemos alcanzar, iluminando nuestra vida y nuestro accionar cotidiano. Creemos que reviste singular importancia la reiteración específica de la Divinidad de Jesús. Esto, en principio, para disipar las dudas que para algunos existen respecto a quién es realmente Jesucristo. Es cierto que hay mucho de misterio en Él, para incluirlo en una definición delimitada por nuestros criterios y conceptos. Jesucristo está mucho más allá. No podemos encerrarlo reconociendo en el cualidades de un hombre extraordinario, por más alto que juzguemos este concepto, porque Jesús es muchísimo más. Hemos de estar dispuestos a aceptar lo que Él mismo nos revela, es decir, que Él y el Padre son uno. No reconocer y aceptar la trascendencia de lo que aquí nos está revelando y confirmando Jesús, nos impedirá seguir avanzando en el Camino de la Salvación. Podemos agregar todos los adjetivos grandilocuentes y extraordinarios a Jesús, pero si no estamos dispuestos a reconocer y creer que Él es Dios, porque es uno con el Padre, no estaremos entrando en la sintonía, comprensión y fe de aquello que Él nos revela y que está por encima de cuanto podemos imaginar. Jesucristo, en cuanto Hijo de Dios, es Dios, en unidad con el Padre. Esto es esencial. Es el acto de fe que proclamamos en el Credo. El Padre, que me las ha dado, es más grande que todos, y nadie puede arrebatar nada de la mano del Padre. Yo y el Padre somos uno.

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Texto del evangelio Jn 6,60-69 – El espíritu es el que da vida

60. Muchos de sus discípulos, al oírle, dijeron: «Es duro este lenguaje. ¿Quién puede escucharlo?»
61. Pero sabiendo Jesús en su interior que sus discípulos murmuraban por esto, les dijo: «¿Esto los escandaliza?
62. ¿Y cuando vean al Hijo del hombre subir adonde estaba antes?…
63. « El espíritu es el que da vida; la carne no sirve para nada. Las palabras que les he dicho son espíritu y son vida.
64. «Pero hay entre ustedes algunos que no creen.» Porque Jesús sabía desde el principio quiénes eran los que no creían y quién era el que lo iba a entregar.
65. Y decía: «Por esto les he dicho que nadie puede venir a mí si no se lo concede el Padre.»
66. Desde entonces muchos de sus discípulos se volvieron atrás y ya no andaban con él.
67. Jesús dijo entonces a los Doce: «¿También ustedes quieren marcharse?»
68. Le respondió Simón Pedro: «Señor, ¿dónde quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna,
69. y nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios.»

Reflexión: Jn 6,60-69

Va llegando la hora de la Verdad y el Señor no se anda con rodeos. Nos cuesta entender lo que quiere fundamentalmente porque no queremos creer lo que nos dice y nos pide. Nos gustaría poder oír otra cosa; algo en un tono un poco más conciliador, que nos permita abrigar la esperanza de seguir con nuestros propósitos y nuestra forma de vida, pero el Señor es drástico y exigente. No podemos fingir o pretender seguirle y coquetear con el mundo y el mal, manteniendo nuestros hábitos de siempre. O estamos con Él o estamos contra Él; así de claro y definitivo. El Señor no es conciliador, ni contemplativo a este respecto. Ni si quiera trata de suavizar su mensaje con el propósito de no perderlos a todos. Él sabe lo que hay que hacer y está decidido a hacerlo. Somos sus discípulos los que trastabillamos, porque dudamos, porque no estamos dispuestos a arriesgarlo todo, por falta de fe. Al final “salimos” de la presión simplemente posponiendo cualquier decisión y conviviendo a nuestro modo con la exigencias incumplidas, de allí que cuando nos preguntan si somos cristianos respondemos que sí, pero no practicantes. Y es que poco a poco nos vamos volviendo cristianos a nuestra manera, que es una forma velada de evadirnos del mandato de Jesús, entrando por la puerta ancha, por la grande, por la que pasan todos. Es que tal como dicen los mismos discípulos, es duro este lenguaje, quién puede oírlo. En lugar de dorarnos la píldora para hacerlo más digerible, con el propósito que no le abandonemos, el Señor nos presenta las cosas tal como son; lo aceptamos o lo dejamos también, como tantos que ya lo han abandonado. El espíritu es el que da vida; la carne no sirve para nada. Las palabras que les he dicho son espíritu y son vida.

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Texto del evangelio Jn 6,52-59 – no tienen vida en ustedes

52. Discutían entre sí los judíos y decían: «¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?»
53. Jesús les dijo: « En verdad, en verdad les digo: si no comen la carne del Hijo del hombre, y no beben su sangre, no tienen vida en ustedes.
54. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día.
55. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida.
56. El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí, y yo en él.
57. Lo mismo que el Padre, que vive, me ha enviado y yo vivo por el Padre, también el que me coma vivirá por mí.
58. Este es el pan bajado del cielo; no como el que comieron sus padres, y murieron; el que coma este pan vivirá para siempre.»
59. Esto lo dijo enseñando en la sinagoga, en Cafarnaúm.

Reflexión: Jn 6,52-59

Lo que el Señor nos revela aquí, no admite dudas. No hay lugar para el error, ni la interpretación ambigua. Es sumamente delicado y trascendente, por lo que exige nuestra comprensión, si queremos vivir. Alguien podrá decir: “pero vaya, qué disparate, si estoy vivo; reto a quien pueda probarme lo contrario”. Esta es la postura escéptica que brota como respuesta en casi todos aunque no la confesemos tan explícitamente. Y es que, claro, nos vemos en el espejo, nos pellizcan y nos duele, nos llaman, nos ven y tenemos una serie de obligaciones que atender en las que seríamos echados de menos si hoy no nos aparecemos y cumpliendo con aquello a lo que nos comprometimos, lo que parece prueba suficiente y de sobra que estamos vivos y por lo tanto lo que dice el Señor no tiene sentido, porque, en cambio, pudimos no haber leído este texto, como muchos, y nuestra vida seguiría como siempre. No hay nada que haya cambiado por el solo hecho de haber oído al Señor, al extremo de llegar a reconocer que “no tienen vida en ustedes”, como afirma. Y es que la vida no parece depender de conocer y comprender lo que nos está diciendo el Señor; la prueba es que muchos millones han vivido y viven sin conocerle. ¿Es este un disparate esotérico? ¿O, tal vez un discurso incomprensible como nos parece que hay muchos en la Biblia que debemos pasar por alto, porque pocos entendemos lo que dice? ¿Se trata de un discurso subjetivo, doctrinal y desarraigado de aquellos que de vez en cuando nos parece que lanza el Señor para sus más recalcitrantes seguidores, que bien podemos obviar, sin que ello afecte un ápice la admiración que tenemos por Él como hombre único y trascendente, cuyas ideas y pensamientos han revolucionado el mundo? ¿O tal vez solo sea la interpretación y trascendencia que quiso impregnar el evangelista Juan a las Palabras de Jesucristo? En verdad, en verdad les digo: si no comen la carne del Hijo del hombre, y no beben su sangre, no tienen vida en ustedes.

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Texto del evangelio Jn 6,44-51 – Yo soy el pan vivo

44. «Nadie puede venir a mí, si el Padre que me ha enviado no lo atrae; y yo le resucitaré el último día.
45. Está escrito en los profetas: Serán todos enseñados por Dios. Todo el que escucha al Padre y aprende, viene a mí.
46. No es que alguien haya visto al Padre; sino aquel que ha venido de Dios, ése ha visto al Padre.
47. En verdad, en verdad les digo: el que cree, tiene vida eterna.
48. Yo soy el pan de la vida.
49. Sus padres comieron el maná en el desierto y murieron;
50. este es el pan que baja del cielo, para que quien lo coma no muera.
51. Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le voy a dar, es mi carne por la vida del mundo.»

Reflexión: Jn 6,44-51

El Señor nos revela aquí misterios centrales de nuestra fe, que no tendríamos como conocerlos si no es por Él. Es vital y central para todo cristiano entender quién es Jesucristo, conocerle y creer en Él, porque allí radica la Vida Eterna. Muchas veces confundimos este conocimiento con la mera recepción o repetición superficial de cierta información básica. Es como decir que conocemos a alguien por ver su Documento de Identidad. Incluso para tomar a un empleado en una gran empresa, los funcionarios encargados, luego de una selección inicial basada en la Hoja de Vida, recurrirán a la entrevista personal, dependiendo de la importancia de la plaza que se desea cubrir. No basta con el mero listado de datos que constituyen tan solo una referencia lejana, por más amplia que esta sea, de la persona que se presenta. Es preciso verle, intercambiar algunas palabras, desarrollar un diálogo, para lo que existen incluso expertos en gestos no verbales e investigadores que van mucho más allá de los papeles, para confirmar cierta información clave que permita una mayor aproximación a quién es en realidad la persona a la que se le ofrece el puesto. Es muy frecuente, casi obligatorio, que se recurra a test psicológicos que permitan asegurar al empleador que la persona en cuestión cumple con todos los requisitos de personalidad que requiere el cargo. Todo esto y mucho más se hace imprescindible para poder anticipar cual será el comportamiento de una persona frente a determinadas situaciones y sin embargo, ni aun así acertamos, porque existe un conocimiento más íntimo y profundo en el que recién las personas revelan su espíritu, su alma, y este se da a través de la frecuencia y la amistad, que va mucho más allá de todos los datos de referencia que podamos acumular. Es preciso llegar a este punto para conocer a una persona al grado de abrirnos completamente a la amistad, en la que se revelan valores y actitudes que nos trascienden, como la generosidad, la comprensión, la incondicionalidad, la lealtad, el cariño y el amor, que nos llevan no solamente a desear lo mejor para el otro, sino el no querer separarnos de la persona que amamos, el estar pendiente de sus alegrías y penas, haciendo de su felicidad la nuestra. Es aquí que se da el verdadero conocimiento de las personas, cuando no solamente se conocen de oídas, sino cuando se llegan a amar. ¿Hemos dado en nuestra vida la oportunidad de conocer a tal grado a Jesucristo que podemos decir que le amamos? ¿Quién es para nosotros Jesús? Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le voy a dar, es mi carne por la vida del mundo.

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Texto del evangelio Jn 6,35-40 – esta es la voluntad de mi Padre

35. Les dijo Jesús: «Yo soy el pan de la vida. El que venga a mí, no tendrá hambre, y el que crea en mí, no tendrá nunca sed.
36. Pero ya se los he dicho: Me han visto y no creen.
37. Todo lo que me dé el Padre vendrá a mí, y al que venga a mí no lo echaré fuera;
38. porque he bajado del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado.
39. Y esta es la voluntad del que me ha enviado; que no pierda nada de lo que él me ha dado, sino que lo resucite el último día.
40. Porque esta es la voluntad de mi Padre: que todo el que vea al Hijo y crea en él, tenga vida eterna y que yo le resucite el último día.»

Reflexión: Jn 6,35-40

¿Qué más podemos pedir? El Señor aquí nos revela literalmente, tal cual, la Voluntad del Padre. Tenemos trazado el Camino; sabemos qué es lo que tenemos que hacer para alcanzar el Bien sobre todo Bien. Hemos llegado antes al convencimiento que no hay Bien más grande que la Vida, así con mayúsculas, porque es única e irremplazable. No hay nada que podamos recibir que supere la Vida, porque sin Vida no hay nada. De eso nos convencemos muy rápidamente. Basta dedicarle unos segundos de reflexión a esta idea, para cerciorarnos que efectivamente es así. Lo que ocurre es que muchas veces no nos planteamos correctamente las meditaciones, ya sea porque casi nunca meditamos o porque cuando lo hacemos tenemos tanta agitación, tanta premura por atender algunas necesidades, que pasamos por alto lo más evidente. Ocurre siempre que lo más importante pasa desapercibido por nuestras múltiples ocupaciones rutinarias. Por ejemplo hoy a mi casi me pasa felicitar a mi esposa por ser su cumpleaños. Iba a quedar como una zapatilla –es decir, muy mal- si la despedía hoy a su trabajo sin por lo menos haberle dicho Feliz Cumpleaños. Imagínate después llamando o enviando un mensaje de texto para cumplir con esta obligación, pues no es nada grato. ¿Qué paso? Que me levanté muy temprano, como siempre, a preparar nuestro desayuno y su lonchera, y con el trajín y el apuro rutinarios a estas horas, pues se me pasó, algo que tenía tan pendiente desde hace varios días. Así, lo más importante tendemos a pasarlo por alto, por evidente. Vamos a dar una conferencia sobre el amor y la amistad y no somos capaces de devolver el saludo al portero y las personas humildes que nos esperan tal vez con muchas horas de anticipación preparando todos los detalles técnicos para que todo fluya naturalmente. O, hacemos una broma pesada que desdice de nuestra caridad cristiana y revela más bien envidia, codicia, orgullo o algún complejo. El carácter nos traiciona muchas veces. Personalmente lo siento así, cuando voy manejando mi coche y de forma automática, como si fuera parte de esta actividad se me vienen una serie de palabrotas e insultos a mis congéneres por sus maniobras. Es decir, caemos presos de nuestros hábitos y estos muchas veces nos impiden ver aquello que es realmente importante y que tenemos tan a mano, como es la vida…esta es la voluntad de mi Padre: que todo el que vea al Hijo y crea en él, tenga vida eterna y que yo le resucite el último día.

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Texto del evangelio Jn 6,30-35 – Yo soy el pan de la vida

30. Ellos entonces le dijeron: «¿Qué señal haces para que viéndola creamos en ti? ¿Qué obra realizas?
31. Nuestros padres comieron el maná en el desierto, según está escrito: Pan del cielo les dio a comer.»
32. Jesús les respondió: «En verdad, en verdad les digo: No fue Moisés quien les dio el pan del cielo; es mi Padre el que les da el verdadero pan del cielo;
33. porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da la vida al mundo.»
34. Entonces le dijeron: «Señor, danos siempre de ese pan.»
35. Les dijo Jesús: « Yo soy el pan de la vida. El que venga a mí, no tendrá hambre, y el que crea en mí, no tendrá nunca sed.

Reflexión: Jn 6,30-35

Jesús nos hace aquí una revelación que no siempre estamos a la altura de comprender. ¿Por qué? Porque decimos muy rápidamente creer, porque hemos sido bautizados y venimos de una familia tradicionalmente católica. Hemos crecido en un hogar católico y por lo tanto hemos cultivado las costumbres y tradiciones católicas. Pero, seamos honestos ¿hemos reflexionado en profundidad quién es Cristo para nosotros o qué significa ser católicos? Hay muchas cosas que hacemos por costumbre y que por lo tanto las damos por descontadas o supuestas, pero jamás nos hemos preguntado en profundidad por qué las hacemos y si vale la pena seguir haciéndolas. Es muy fácil seguir haciendo y repitiendo todo aquello que es bien aceptado por los demás, por nuestro entorno, pero tiene que llegar un momento en la vida en que nos preguntemos si es correcto lo que hacemos y si vale la pena seguir haciéndolo. No en vano hemos sido dotados de libertad, voluntad e inteligencia. Hemos de aplicarlas. Por decir algo, las bancas del templo han estado en miles de Misas, pero no han participado en ninguna. ¿Cómo es nuestra actitud en la Iglesia, en nuestra comunidad, en Misa? No basta ser un objeto más en el paisaje. El Señor nos dice: ustedes son sal y luz del mundo. Tenemos que realzar el sabor. Tiene que saberse que estamos, no por hacernos notar, sino porque no podemos pasar con la indiferencia usual por la que todos pasan, diciendo amén a todo. Tenemos que iluminar, ¿pero cómo lo vamos a hacer si nosotros mismos vivimos en la penumbra? Si no nos sentimos mínimamente inquietos por lo que ocurre en nuestra familia, en nuestro vecindario, en nuestra ciudad, en nuestro país y en nuestra Iglesia, si nos conformamos con todo, pues algo debe estar ocurriendo en nosotros y tal vez sea, que no comprendemos la Gracia que hemos recibido de ser bautizados y cristianos. Examinemos nuestras vidas; tal vez no oramos lo suficiente o lo hacemos memorísticamente, sin prestar atención a lo que decimos; o tal vez no cogemos nunca los Evangelios, que debían ser como nuestro Pan de cada día; o tal vez estamos tan acomodados, que nos hemos vuelto indiferentes a lo que ocurre en el mundo: no vemos, ni oímos, ni nos enteramos de nada, porque no nos interesa, porque no queremos fatigarnos. Les dijo Jesús: « Yo soy el pan de la vida. El que venga a mí, no tendrá hambre, y el que crea en mí, no tendrá nunca sed.

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Texto del evangelio Jn 6,22-29 – La obra de Dios es que crean en quien él ha enviado

22. Al día siguiente, la gente que se había quedado al otro lado del mar, vio que allí no había más que una barca y que Jesús no había montado en la barca con sus discípulos, sino que los discípulos se habían marchado solos.
23. Pero llegaron barcas de Tiberíades cerca del lugar donde habían comido pan.
24. Cuando la gente vio que Jesús no estaba allí, ni tampoco sus discípulos, subieron a las barcas y fueron a Cafarnaúm, en busca de Jesús.
25. Al encontrarle a la orilla del mar, le dijeron: «Rabbí, ¿cuándo has llegado aquí?»
26. Jesús les respondió: «En verdad, en verdad les digo: ustedes me buscan, no porque han visto señales, sino porque han comido de los panes y se han saciado.
27. Obren, no por el alimento perecedero, sino por el alimento que permanece para vida eterna, el que les dará el Hijo del hombre, porque a éste es a quien el Padre, Dios, ha marcado con su sello.»
28. Ellos le dijeron: «¿Qué hemos de hacer para obrar las obras de Dios?»
29. Jesús les respondió: « La obra de Dios es que crean en quien él ha enviado.»

Reflexión: Jn 6,22-29

Es momento de reflexionar ¿por qué buscamos a Dios? ¿Qué es lo que en realidad queremos? ¿Qué es lo que quiere Dios? Es que en verdad andamos muy preocupados por las cosas materiales, por nuestro bienestar mundano y tal vez eso sea lo más natural, porque queremos tener todas nuestras necesidades cubiertas, aunque estas son distintas de una a otra persona y según las circunstancias. Pero hemos de ser sinceros que es muchas veces cuando nos sentimos cercados, por la situación, por las circunstancias que vivimos, que levantamos los ojos al cielo, pidiendo a Dios que nos dé una mano para salir de estas dificultades. La idea no deja de tener cierta lógica dentro de nuestro razonamiento. Claro, si eres nuestro Salvador, ayúdanos a salir de este embrollo. Y ciertamente podemos ver en los evangelios como el Señor ayuda a superar situaciones irreversibles, sobre todo en lo que atañe a la salud, pues realiza muchas curaciones milagrosas e incluso llega a resucitar muertos. Pero, aunque multiplique los panes en una circunstancia muy especial, no va resolviendo exigencias económicas, ni equilibrando presupuestos, ni concediendo caprichos a la multitud que le sigue. Y es que no debemos confundirlo con el “genio de la lámpara maravillosa” dispuesto a concedernos algunos de nuestros deseos más selectos. Jesucristo ha venido por Voluntad del Padre a Salvarnos de algo muy concreto: la muerte. Positivamente, Jesucristo ha venido para que tengamos vida en abundancia. Y es que es Voluntad de nuestro Padre Creador, que Vivamos Eternamente. Esto es lo que Jesucristo alcanza para nosotros. Es en este objetivo que lo encontraremos y que nos tiende una mano. Ellos le dijeron: « ¿Qué hemos de hacer para obrar las obras de Dios?» Jesús les respondió: « La obra de Dios es que crean en quien él ha enviado.»

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Texto del evangelio Lc 24,13-35 – insensatos y tardos de corazón

13. Aquel mismo día iban dos de ellos a un pueblo llamado Emaús, que distaba sesenta estadios de Jerusalén,
14. y conversaban entre sí sobre todo lo que había pasado.
15. Y sucedió que, mientras ellos conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó y siguió con ellos;
16. pero sus ojos estaban retenidos para que no le conocieran.
17. El les dijo: «¿De qué discuten entre ustedes mientras van andando?» Ellos se pararon con aire entristecido.
18. Uno de ellos llamado Cleofás le respondió: «¿Eres tú el único residente en Jerusalén que no sabe las cosas que estos días han pasado en ella?»
19. El les dijo: «¿Qué cosas?» Ellos le dijeron: «Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras delante de Dios y de todo el pueblo;
20. cómo nuestros sumos sacerdotes y magistrados le condenaron a muerte y le crucificaron.
21. Nosotros esperábamos que sería él el que iba a librar a Israel; pero, con todas estas cosas, llevamos ya tres días desde que esto pasó.
22. El caso es que algunas mujeres de las nuestras nos han sobresaltado, porque fueron de madrugada al sepulcro,
23. y, al no hallar su cuerpo, vinieron diciendo que hasta habían visto una aparición de ángeles, que decían que él vivía.
24. Fueron también algunos de los nuestros al sepulcro y lo hallaron tal como las mujeres habían dicho, pero a él no le vieron.»
25. El les dijo: «¡Oh insensatos y tardos de corazón para creer todo lo que dijeron los profetas!
26. ¿No era necesario que el Cristo padeciera eso y entrara así en su gloria?»
27. Y, empezando por Moisés y continuando por todos los profetas, les explicó lo que había sobre él en todas las Escrituras.
28. Al acercarse al pueblo a donde iban, él hizo ademán de seguir adelante.
29. Pero ellos le forzaron diciéndole: «Quédate con nosotros, porque atardece y el día ya ha declinado.» Y entró a quedarse con ellos.
30. Y sucedió que, cuando se puso a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando.
31. Entonces se les abrieron los ojos y le reconocieron, pero él desapareció de su lado.
32. Se dijeron uno a otro: «¿No estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?»
33. Y, levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén y encontraron reunidos a los Once y a los que estaban con ellos,
34. que decían: «¡Es verdad! ¡El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón!»
35. Ellos, por su parte, contaron lo que había pasado en el camino y cómo le habían conocido en la fracción del pan.

Reflexión: Lc 24,13-35

Esta es una buena oportunidad para reflexionar en nuestra fe. ¿Qué clase de sentimientos albergamos en nuestros corazones para Jesucristo? ¿Quién es Él en realidad para nosotros? ¿Es lo que corresponde, lo que se ha esforzado en dar a conocer o será más bien lo que hemos podido construir en nuestras mentes y corazones, tomando un poco de aquí y de allá? Jesús quiere ser gravitante y determinante en nuestras vidas. ¿Lo es? ¿Por qué no? ¿Por qué si? ¿Será que guardamos en nuestros corazones la añoranza de un ser extraordinario que finalmente murió hace 2mil años? ¿Es el recuerdo de un Jesucristo muerto el que nos acompaña a donde vamos y el que proyectamos en nuestras vidas? ¿Será esto lo que quiso dejar Jesús en nosotros? ¿Será que vamos por la vida como acompañando a estos discípulos, tristes y cabizbajos por todo aquello que ocurrió y que finalmente acabó con la vida de Jesucristo? ¿Será que siendo buenos, hemos perdido toda esperanza y tratamos de alejarnos y marcar distancia de todas estas cosas tan terribles que han sucedido? ¿Es la imagen que guardamos en nuestros corazones la imagen que Jesús ha querido dejar o será más bien que estamos equivocados? «¡Oh insensatos y tardos de corazón para creer todo lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Cristo padeciera eso y entrara así en su gloria?»

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