Texto del evangelio Jn 21,1-14 – Echen la red a la derecha

1. Después de esto, se manifestó Jesús otra vez a los discípulos a orillas del mar de Tiberíades. Se manifestó de esta manera.
2. Estaban juntos Simón Pedro, Tomás, llamado el Mellizo, Natanael, el de Caná de Galilea, los de Zebedeo y otros dos de sus discípulos.
3. Simón Pedro les dice: «Voy a pescar.» Le contestan ellos: «También nosotros vamos contigo.» Fueron y subieron a la barca, pero aquella noche no pescaron nada.
4. Cuando ya amaneció, estaba Jesús en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús.
5. Díceles Jesús: «Muchachos, ¿no tienen pescado?» Le contestaron: «No.»
6. Él les dijo: «Echen la red a la derecha de la barca y encontrarán.» La echaron, pues, y ya no podían arrastrarla por la abundancia de peces.
7. El discípulo a quien Jesús amaba dice entonces a Pedro: «Es el Señor», se puso el vestido – pues estaba desnudo – y se lanzó al mar.
8. Los demás discípulos vinieron en la barca, arrastrando la red con los peces; pues no distaban mucho de tierra, sino unos doscientos codos.
9. Nada más saltar a tierra, ven preparadas unas brasas y un pez sobre ellas y pan.
10. Díceles Jesús: «Traigan algunos de los peces que acaban de pescar.»
11. Subió Simón Pedro y sacó la red a tierra, llena de peces grandes: ciento cincuenta y tres. Y, aun siendo tantos, no se rompió la red.
12. Jesús les dice: «Vengan y coman.» Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle: «¿Quién eres tú?», sabiendo que era el Señor.
13. Viene entonces Jesús, toma el pan y se lo da; y de igual modo el pez.
14. Esta fue ya la tercera vez que Jesús se manifestó a los discípulos después de resucitar de entre los muertos.

Reflexión: Jn 21,1-14

¿Qué nos llama la atención en estos hechos? ¿En qué nos invita a reflexionar hoy la Palabra de Dios? Habrá muchas formas de abordar este evangelio seguramente, pero nosotros escogemos tres que brotan inmediatamente, no bien terminamos de leer el texto. Primero, lo primero: Jesucristo ha Resucitado. Este es un hecho sobre el que no debe caber duda alguna y del que hay testigos. Jesús se presentó hasta en tres oportunidades hasta ese momento, tal como nos lo relata Juan. Y a estas alturas tenemos que repetir con Pablo, y si Cristo no ha resucitado, vana es entonces nuestra predicación, y vana también vuestra fe (1 Corintios 15,15). Por favor no minimicemos ni pasemos por agua tibia este suceso, que es CENTRAL. Si Cristo ha triunfado sobre la muerte, esta es la evidencia y si lo ponemos en duda, si no creemos en ello, seremos simpatizantes de un hombre muy interesante e incluso admirable, como algunos otros en la historia, pero no bastará para llamarnos cristianos, porque nosotros creemos en un Cristo que no solo es hombre, sino Hijo de Dios y como tal, la segunda persona de la Trinidad. Jesucristo es Dios. Es Él quien nos presenta a nuestro Padre Creador y el que resume para nosotros toda la Ley y los profetas en los siguientes dos mandamientos: amar a Dios por sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos. Esto es lo que tenemos que obedecer, en toda ocasión. ¿Cómo podremos hacerlo si no creemos? Nuestra FE se consolida por esta manifestación fundamental y trascendente del Hijo de Dios. Nada puede superar ni remover esta convicción. Y todo lo tendremos en nada, sino actuamos en función a esta confesión. Ella es nuestro norte. Jesucristo ha Resucitado, luego todo lo que nos Reveló, es Verdad, tal como Él mismo lo definió cuando nos dijo: Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Él les dijo: « Echen la red a la derecha de la barca y encontrarán.» La echaron, pues, y ya no podían arrastrarla por la abundancia de peces.

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Texto del evangelio Lc 4,24-30 – le arrojaron fuera de la ciudad

24. Y añadió: «En verdad les digo que ningún profeta es bien recibido en su patria.»
25. «Les digo de verdad: Muchas viudas había en Israel en los días de Elías, cuando se cerró el cielo por tres años y seis meses, y hubo gran hambre en todo el país;
26. y a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una mujer viuda de Sarepta de Sidón.
27. Y muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo, y ninguno de ellos fue purificado sino Naamán, el sirio.»
28. Oyendo estas cosas, todos los de la sinagoga se llenaron de ira;
29. y, levantándose, le arrojaron fuera de la ciudad, y le llevaron a una altura escarpada del monte sobre el cual estaba edificada su ciudad, para despeñarle.
30. Pero él, pasando por medio de ellos, se marchó.

Reflexión: Lc 4,24-30

No nos gusta que venga alguien con pretensiones de decirnos lo que debemos hacer y mucho menos si lo conocemos, porque, llegado un momento, aunque pudiera tener la razón, nuestro orgullo y soberbia pueden más y entonces empezamos a preguntarnos: ¿con qué autoridad nos habla de esta manera? ¿quién es este para que venga a decirnos lo que debemos hacer o dejar de hacer? ¿después de todo, no es un hombre como nosotros, con limitaciones y defectos como cualquiera de nosotros? ¿no es fulanito, al que conocemos desde niño, con el que hemos corrido, jugado y a cuyos papas y hermanos conocemos bastante bien? ¿de dónde viene a decirnos lo que debemos hacer? ¿con qué autoridad? Muchas veces ni si quiera nos detenemos a considerar sus argumentos, pues nos basta con la idea, los prejuicios que tenemos sobre esta persona o sobre lo que nos intenta decir. En el fondo, es pura soberbia, que no estamos ni si quiera dispuestos a escuchar. Esta es una pésima actitud que lamentablemente es más frecuente de lo que pensamos. Nos cuesta cambiar y no lo haremos por alguien cuya credibilidad –debido a nuestros prejuicios-, es reducida. Tal y como lo plantea el Señor, en tal caso, mejor aplicar la astucia y salir por la tangente, antes que chocar, porque las consecuencias pueden ser desastrosas…levantándose, le arrojaron fuera de la ciudad, y le llevaron a una altura escarpada del monte sobre el cual estaba edificada su ciudad, para despeñarle. Pero él, pasando por medio de ellos, se marchó.

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Texto del evangelio Lc 13,1-9 – déjala por este año todavía

1. En aquel mismo momento llegaron algunos que le contaron lo de los galileos, cuya sangre había mezclado Pilato con la de sus sacrificios.
2. Les respondió Jesús: «¿Piensan que esos galileos eran más pecadores que todos los demás galileos, porque han padecido estas cosas?
3. No, se los aseguro; y si no se convierten, todos perecerán del mismo modo.
4. O aquellos dieciocho sobre los que se desplomó la torre de Siloé matándolos, ¿piensan que eran más culpables que los demás hombres que habitaban en Jerusalén?
5. No, se los aseguro; y si no se convierten, todos perecerán del mismo modo.»
6. Les dijo esta parábola: «Un hombre tenía plantada una higuera en su viña, y fue a buscar fruto en ella y no lo encontró.
7. Dijo entonces al viñador: “Ya hace tres años que vengo a buscar fruto en esta higuera, y no lo encuentro; córtala; ¿para qué va a cansar la tierra?”
8. Pero él le respondió: “Señor, déjala por este año todavía y mientras tanto cavaré a su alrededor y echaré abono,
9. por si da fruto en adelante; y si no da, la cortas.”»

Reflexión: Lc 13,1-9

Algunos de nosotros todavía mantenemos la costumbre de culpar a las personas por su “suerte”, las desgracias que les suceden e incluso la forma en que mueren, dejando entrever que posiblemente, dado su comportamiento o su trayectoria, lo merecían. Esto es lamentablemente tan usual como equivocado. En realidad constituye la evidencia de un total desconocimiento de Dios, del Padre Celestial que nos da a conocer Jesucristo. En primer lugar, todo buen cristiano debe desechar la costumbre de referirse a la suerte cuando habla de lo que le sucede. ¡La suerte no existe! Las cosas no ocurren o dejan de ocurrir por buena o mala suerte. Nuestras vidas no están regidas por el azar. No guardan correspondencia con una ruleta o un juego de naipes protagonizado por una “deidad” que se divierte o se distrae a nuestras expensas. No somos el pasatiempos de Dios. Él no juega con nosotros. Nos ama demasiado y es demasiado bondadoso, misericordioso e inteligente para tenernos como sus marionetas. Dios es la Sabiduría, la Verdad, la Vida y nos ha creado para que vivamos eternamente. ¡Él tiene una Plan! ¡Por lo tanto no hay nada parecido al azar en toda Su Creación y mucho menos en las vidas de cada uno de nosotros, de los que tiene contados cada uno de nuestros cabellos! ¡Ni uno solo se nos cae sin su consentimiento! ¡Él es Dios, la Perfección! ¡Nada ni nadie lo supera en el Universo! ¡Todo lo tiene calculado y todo lo ha hecho con un propósito! ¡Todo encaja y corresponde a un Plan, en el que NADA ha sido dejado al azar! Así que empecemos por desechar de nuestro vocabulario nada parecido a la suerte, menos aun cuando hablamos de nosotros. ¡No hablemos de suerte, sino de Gracia! ¡Todo es GRACIA! “Señor, déjala por este año todavía y mientras tanto cavaré a su alrededor y echaré abono, por si da fruto en adelante; y si no da, la cortas.”»

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Texto del evangelio Lc 15,1-3.11-32 – celebremos una fiesta

1. Todos los publicanos y los pecadores se acercaban a él para oírle,
2. y los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: «Este acoge a los pecadores y come con ellos.»
3. Entonces les dijo esta parábola.
11. Dijo: «Un hombre tenía dos hijos;
12. y el menor de ellos dijo al padre: “Padre, dame la parte de la hacienda que me corresponde.” Y él les repartió la hacienda.
13. Pocos días después el hijo menor lo reunió todo y se marchó a un país lejano donde malgastó su hacienda viviendo como un libertino.
14. «Cuando hubo gastado todo, sobrevino un hambre extrema en aquel país, y comenzó a pasar necesidad.
15. Entonces, fue y se ajustó con uno de los ciudadanos de aquel país, que le envió a sus fincas a apacentar puercos.
16. Y deseaba llenar su vientre con las algarrobas que comían los puercos, pero nadie se las daba.
17. Y entrando en sí mismo, dijo: “¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia, mientras que yo aquí me muero de hambre!
18. Me levantaré, iré a mi padre y le diré: Padre, pequé contra el cielo y ante ti.
19. Ya no merezco ser llamado hijo tuyo, trátame como a uno de tus jornaleros.”
20. Y, levantándose, partió hacia su padre. «Estando él todavía lejos, le vió su padre y, conmovido, corrió, se echó a su cuello y le besó efusivamente.
21. El hijo le dijo: “Padre, pequé contra el cielo y ante ti; ya no merezco ser llamado hijo tuyo.”
22. Pero el padre dijo a sus siervos: “Traigan aprisa el mejor vestido y vístanle, pónganle un anillo en su mano y unas sandalias en los pies.
23. Traigan el novillo cebado, mátenlo, y comamos y celebremos una fiesta,
24. porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y ha sido hallado.” Y comenzaron la fiesta.
25. «Su hijo mayor estaba en el campo y, al volver, cuando se acercó a la casa, oyó la música y las danzas;
26. y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello.
27. Él le dijo: “Ha vuelto tu hermano y tu padre ha matado el novillo cebado, porque le ha recobrado sano.”
28. Él se irritó y no quería entrar. Salió su padre, y le suplicaba.
29. Pero él replicó a su padre: “Hace tantos años que te sirvo, y jamás dejé de cumplir una orden tuya, pero nunca me has dado un cabrito para tener una fiesta con mis amigos;
30. y ¡ahora que ha venido ese hijo tuyo, que ha devorado tu hacienda con prostitutas, has matado para él el novillo cebado!”
31. «Pero él le dijo: “Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo;
32. pero convenía celebrar una fiesta y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto, y ha vuelto a la vida; estaba perdido, y ha sido hallado.”»

Reflexión: Lc 15,1-3.11-32

Difícilmente encontraremos historia más tierna y humana que la que se narra en este episodio. ¿Cuántas veces, cuántos de nosotros nos alejamos de nuestros padres llenos de autosuficiencia, soberbia y desprecio, desconociendo o subestimando todo lo que habían hecho por nosotros, como si todo nos lo mereciéramos, y como si nada fuera suficiente? La humanidad está plagada de estos desencuentros y distanciamientos, que se van acentuando con la edad, hasta simplemente ignorar a los padres. Como se dice por aquí: fueron. Y, claro, una vez que se extrajo todo el jugo de la naranja o del limón, para qué sirve, sino para echarlo a la basura. Eso mismo reclama el hijo de esta historia, con la edad suficiente para enfrentar el mundo solo y exigiendo como un derecho que su padre le anticipe su herencia, una vez recibida, se manda cambiar con ella, con la idea, seguramente, de no volver a poner pie en la casa de su padre a quien antes debe haber tildado de anticuado, viejo, salvaje, troglodita, fósil y cuanto adjetivo puede imaginarse para algo pasado de moda e inútil. “Los viejos a la tumba, los jóvenes a la obra” fue una frase célebre acuñada por Manuel Gonzales Prada, ensayista y pensador peruano, en el siglo XIX, pronunciada en un célebre discurso destinado a motivar la recuperación de Tacna y Arica, parte del vasto territorio del que se apoderó Chile, tras la “Guerra del Pacífico” auspiciada por Inglaterra en el último cuarto del siglo XIX. Más allá de los detalles de este conflicto, el espíritu de esta frase es revivido una y otra vez en palabras o hechos para hacer de lado a los mayores, culpándolos de todas las desgracias y de este modo justificando su descarte, cuando no su desprecio. Es así como hace algunas semanas un candidato a la presidencia peruana se refería peyorativamente a los políticos tradicionales como “Dinosaurios”, movilizando arteramente este sentimiento en sus electores, pretendiendo por oposición que lo prefieran por su juventud y carencia de antecedentes, lo que en realidad es un lugar común en cada elección, dando lugar a varios de los malos gobiernos que hemos tenido en las últimas décadas. Más allá de los entretelones políticos, la historia de la humanidad está marcada permanentemente por esta rebelión, no siempre positiva, ni siempre constructiva. Los jóvenes demandan gobernarse por sí mismos, sin la injerencia de sus padres, pero erguidos firmemente sobre la herencia de sus padres. Es decir que por un lado pretende silenciarlos, acallarlos e ignorarlos, desconociendo que no podrían emprender nada de lo que hacen, si no fuera por ellos. Estamos frete a este drama, pero además, ensombrecido por el fracaso. Traigan el novillo cebado, mátenlo, y comamos y celebremos una fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y ha sido hallado.

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Texto del evangelio Mt 21,33-43.45-46 – Se les quitará el Reino de Dios

33. «Escuchen otra parábola. Era un propietario que plantó una viña, la rodeó de una cerca, cavó en ella un lagar y edificó una torre; la arrendó a unos labradores y se ausentó.
34. Cuando llegó el tiempo de los frutos, envió sus siervos a los labradores para recibir sus frutos.
35. Pero los labradores agarraron a los siervos, y a uno le golpearon, a otro le mataron, a otro le apedrearon.
36. De nuevo envió otros siervos en mayor número que los primeros; pero los trataron de la misma manera.
37. Finalmente les envió a su hijo, diciendo: “A mi hijo le respetarán.”
38. Pero los labradores, al ver al hijo, se dijeron entre sí: “Este es el heredero. Vamos, matémosle y quedémonos con su herencia.”
39. Y agarrándole, le echaron fuera de la viña y le mataron.
40. Cuando venga, pues, el dueño de la viña, ¿qué hará con aquellos labradores?»
41. Dícenle: «A esos miserables les dará una muerte miserable arrendará la viña a otros labradores, que le paguen los frutos a su tiempo.»
42. Y Jesús les dice: «¿No han leído nunca en las Escrituras: La piedra que los constructores desecharon, en piedra angular se ha convertido; fue el Señor quien hizo esto y es maravilloso a nuestros ojos?
43. Por eso les digo: Se les quitará el Reino de Dios para dárselo a un pueblo que rinda sus frutos.»
45. Los sumos sacerdotes y los fariseos, al oír sus parábolas, comprendieron que estaba refiriéndose a ellos.
46. Y trataban de detenerle, pero tuvieron miedo a la gente porque le tenían por profeta.

Reflexión: Mt 21,33-43.45-46

¿Cuántas veces nos habremos detenido a reflexionar esta lectura? Primera vez que puedo sentir claramente una advertencia. Todos volteamos a otro lado y nos hacemos los locos, como si la cosa no fuera con nosotros. Si son los sumos sacerdotes y los fariseos los que inmediatamente se dan por aludidos, será para ellos que está dirigida la parábola ¿no es cierto? Ya puedo oír a algunos de nuestros sacerdotes -los pocos que todavía hacen homilías en día de semana-, explicando quienes son los sumos sacerdotes y quienes los fariseos…personajes a dos mil años de distancia de nosotros, es decir, nadie que pueda quitarnos el sueño; allá ellos. ¿Es así? Me recuerda a un compañero de carpeta en el colegio, hace más de 50 años, que molestaba a todo el mundo tirando papelitos o migajas de pan, hasta que el profesor volteaba y lo cogía infraganti, llamándole la atención desde un extremo de la clase y el cínicamente volteaba a mirar a su compañero de la siguiente carpeta, sin asumir su responsabilidad y pretendiendo sembrar la duda de quién había cometido en realidad la travesura. Pero lo que se puede contar como una anécdota infantil no es válido con el Señor, ni con la vida misma; los sumos sacerdotes y los fariseos no pueden hacerse los locos, pues saben muy bien que se dirige a ellos. ¿Y nosotros? ¿Estamos exentos de falta? Han pasado 2mil años, el Propietario efectivamente cambio de arrendatarios, de conductores del predio, ¿han cambiado los resultados? ¿A quién se está dirigiendo por lo tanto el Señor? ¿Quiénes tenemos responsabilidad sobre la producción de este viñedo? Por eso les digo: Se les quitará el Reino de Dios para dárselo a un pueblo que rinda sus frutos.

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Texto del evangelio Lc 16,19-31 – tampoco se convencerán, aunque un muerto resucite

19. «Era un hombre rico que vestía de púrpura y lino, y celebraba todos los días espléndidas fiestas.
20. Y uno pobre, llamado Lázaro, que, echado junto a su portal, cubierto de llagas,
21. deseaba hartarse de lo que caía de la mesa del rico… pero hasta los perros venían y le lamían las llagas.
22. Sucedió, pues, que murió el pobre y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham. Murió también el rico y fue sepultado.
23. «Estando en el Hades entre tormentos, levantó los ojos y vio a lo lejos a Abraham, y a Lázaro en su seno.
24. Y, gritando, dijo: “Padre Abraham, ten compasión de mí y envía a Lázaro a que moje en agua la punta de su dedo y refresque mi lengua, porque estoy atormentado en esta llama.”
25. Pero Abraham le dijo: “Hijo, recuerda que recibiste tus bienes durante tu vida y Lázaro, al contrario, sus males; ahora, pues, él es aquí consolado y tú atormentado.
26. Y además, entre nosotros y ustedes se interpone un gran abismo, de modo que los que quieran pasar de aquí a ustedes, no puedan; ni de ahí puedan pasar donde nosotros.”
27. «Replicó: “Con todo, te ruego, padre, que le envíes a la casa de mi padre,
28. porque tengo cinco hermanos, para que les dé testimonio, y no vengan también ellos a este lugar de tormento.”
29. Díjole Abraham: “Tienen a Moisés y a los profetas; que les oigan.”
30. El dijo: “No, padre Abraham; sino que si alguno de entre los muertos va donde ellos, se convertirán.”
31. Le contestó: “Si no oyen a Moisés y a los profetas, tampoco se convencerán, aunque un muerto resucite.”»

Reflexión: Lc 16,19-31

Estamos muy tristes y apenados. Tenemos un gran amigo, como no tendremos otro igual. Siempre acudió en nuestro auxilio y estuvo en primera fila cuando hubo que sacar el pecho por nosotros. No tuvo el menor reparo en sufrir ataques e insultos que iban dirigidos a nosotros. Podemos recordar que incluso una vez tuvo el coraje de auto inculparse cuando venía por nosotros, por una serie de motivos no muy claros, pero que determinarían la expulsión de nuestra comunidad, con la amenaza incluso de una pena más drástica. Cómo olvidar que a pesar de eso jamás salió una palabra de reproche de sus labios y por el contrario, siempre tuvo palabras de aliento para nosotros, llevándonos a tener en cuenta que finalmente todo esto pasaría y que en un futuro no muy lejano reiríamos juntos recordando lo ocurrido como una anécdota. Siempre nos animaba a resistir, confiando en que el temporal finalmente pasaría y nosotros teníamos que ir más allá, todo cuanto nos dieran nuestras fuerzas y nuestra capacidad. ¿Cuántas veces no sabemos ni de dónde, compartió con nosotros una sabrosa cena y alguna que otra vez el chocolate caliente que tanto nos gustaba en las tardes de invierno? Nos acompañó a lugares que nadie hubiera tenido el coraje para hacerlo y solidario como él solo, nos esperó pacientemente hasta que hubiéramos vuelto, sin preguntarnos ni reprocharnos nada. Nos entendía tan bien. Una sola mirada bastaba para que supiera que éramos felices o que estábamos tristes; entonces, hacía cualquier cosa por consolarnos, incluso dejarnos dormir entre sus brazos, sin reclamar nunca por alguna pose incómoda o por falta de abrigo y mucho menos por algún plan que tenía y que hubiéramos estropeado. Él siempre estuvo allí para nosotros, cuando más lo necesitábamos. Por eso hoy, que fuimos a visitarlo, nos dolió tanto encontrarlo solitario, olvidado, sin nadie con quien conversar y sin nadie que lo recuerde. ¿Qué pasó con todos sus amigos? Porque nosotros no éramos los únicos. ¿Cuántas veces nos pusimos celosos por la forma en que trataba a otros, como si ellos sí fueran sus verdaderos amigos? Sin embargo, no pasaba un segundo sin volver a mirarnos y abrazarnos, como si fuéramos únicos e insustituibles. ¡Qué complicidad, qué ternura! …si alguno de entre los muertos va donde ellos, se convertirán. Le contestó: Si no oyen a Moisés y a los profetas, tampoco se convencerán, aunque un muerto resucite.

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Texto del evangelio Mt 20,17-28 – el primero entre ustedes

17. Cuando iba subiendo Jesús a Jerusalén, tomó aparte a los Doce, y les dijo por el camino:
18. «Miren que subimos a Jerusalén, y el Hijo del hombre será entregado a los sumos sacerdotes y escribas; le condenarán a muerte
19. y le entregarán a los gentiles, para burlarse de él, azotarle y crucificarle, y al tercer día resucitará.
20. Entonces se le acercó la madre de los hijos de Zebedeo con sus hijos, y se postró como para pedirle algo.
21. El le dijo: «¿Qué quieres?» Dícele ella: «Manda que estos dos hijos míos se sienten, uno a tu derecha y otro a tu izquierda, en tu Reino.»
22. Replicó Jesús: «No saben lo que piden. ¿Pueden beber la copa que yo voy a beber?» Dícenle: «Sí, podemos.»
23. Díceles: «Mi copa, sí la beberán; pero sentarse a mi derecha o mi izquierda no es cosa mía el concederlo, sino que es para quienes está preparado por mi Padre.
24. Al oír esto los otros diez, se indignaron contra los dos hermanos.
25. Mas Jesús los llamó y dijo: «Saben que los jefes de las naciones las dominan como señores absolutos, y los grandes las oprimen con su poder.
26. No ha de ser así entre ustedes, sino que el que quiera llegar a ser grande entre ustedes, será su servidor,
27. y el que quiera ser el primero entre ustedes, será su esclavo;
28. de la misma manera que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos.»

Reflexión: Mt 20,17-28

Definitivamente el orden en el Cielo es distinto al nuestro. ¿Por qué? ¿Es un capricho de Dios? ¡No! El capricho es nuestro. Nosotros hemos querido poner un orden distinto al que Dios estableció, que es el CORRECTO. Es decir que todo ha sido dispuesto por Dios para Bien y beneficio nuestro y de toda su Creación. Dios nos creó para Vivir Eternamente y ser felices. Así debía funcionar todo, si hubiéramos obedecido el Orden que Él dispuso, pero no fue así. Nosotros, haciendo mal uso de nuestra libertad –porque fuimos creados LIBRES- hicimos lo que nos vino en gana y estos son los resultados. Donde decía verdad, pusimos mentira; donde decía honestidad, pusimos engaño; donde decía humildad, pusimos orgullo, vanidad y soberbia; donde decía virtud, pusimos maldad…donde decía vida, pusimos muerte; donde decía paz, pusimos violencia; donde decía amor, pusimos odio; donde decía Dios, pusimos Dinero…Y, así sucesivamente. Esto es lo que hemos hecho por cientos y aun miles de años. Ponte los zapatos al revés: tal vez los soportes un día, pero ¿toda la vida? Terminarás malográndote los pies e incluso las caderas y hasta la columna; perderás tu capacidad para andar rígido y tal como debías, erguido y cómodo. Eso mismo hicimos nosotros. Mal utilizamos la libertad; en otras palabras, caímos en el libertinaje, porque es así como se llama con propiedad el mal uso de la libertad a sabiendas. ¿Cuáles fueron los resultados? La sociedad monstruosa en la que vivimos. Tal vez el ejemplo más crudo y real lo encontremos en la vacas con una ubres descomunales, o en los pollos a los que les reventamos los ojos para que no diferencien el día de la noche y coman todo el día para engordar más rápido, para estar disponibles en más corto tiempo para ser comercializados. Hay millones de ejemplos de este tipo, de cómo hemos distorsionado todo para ajustarlo a nuestro capricho, en lugar de hacer lo que Dios estableció y siempre supimos en nuestro interior. No ha de ser así entre ustedes, sino que el que quiera llegar a ser grande entre ustedes, será su servidor, y el que quiera ser el primero entre ustedes, será su esclavo…

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Texto del evangelio Mt 23,1-12 – no imiten su conducta

1. Entonces Jesús se dirigió a la gente y a sus discípulos
2. y les dijo: «En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos.
3. Hagan, pues, y observen todo lo que les digan; pero no imiten su conducta, porque dicen y no hacen.
4. Atan cargas pesadas y las echan a las espaldas de la gente, pero ellos ni con el dedo quieren moverlas.
5. Todas sus obras las hacen para ser vistos por los hombres; se hacen bien anchas las filacterias y bien largas las orlas del manto;
6. quieren el primer puesto en los banquetes y los primeros asientos en las sinagogas,
7. que se les salude en las plazas y que la gente les llame “Rabbí”.
8. «Ustedes, en cambio, no se dejen llamar “Rabbí”, porque uno solo es su Maestro; y ustedes son todos hermanos.
9. Ni llamen a nadie “Padre” de ustedes en la tierra, porque uno solo es su Padre: el del cielo.
10. Ni tampoco se dejen llamar “Directores”, porque uno solo es su Director: el Cristo.
11. El mayor entre ustedes será su servidor.
12. Pues el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado.

Reflexión: Mt 23,1-12

Es una crítica muy dura la que lanza hoy el Señor, especialmente a todos los que nos hemos instalado en lugares distinguidos y de honor a causa de “nuestros pergaminos”. Cuando reflexionamos esta lectura, como la mayoría de sermones de Cristo, tendemos a ponernos en el medio, entre Él y aquellos a quienes se dirige, como si fuéramos árbitros o estuviéramos exentos de tal crítica, como si ella no nos alcanzara por algún motivo que, de cualquier modo, nos hace inimputables, ya sea nuestra ignorancia o nuestra “sencillez” o nuestra “modesta” posición. Siempre tendemos a excluirnos y a señalar a los demás. Son los otros los que tienen la culpa, los que deben cambiar, los que no entienden. O en todo caso, son aquella gente mala y realmente aborrecible de los tiempos de Jesús, es decir, personas que por sus cargos y ocupaciones representaban el poder en aquel entonces: escribas, sacerdotes y fariseos…personajes que no vemos en la actualidad. Ni los sacerdotes, ni los religiosos o religiosas actuales se sienten parte del grupo señalado por Jesús: qué diremos de los políticos, ni lo oyen y si lo hicieran, no estarían capacitados para verse reflejados de ningún modo, puesto que ni se les nombra abiertamente; y sin embargo es a todos estos a los que de modo muy especial se está refiriendo aquí Jesús, a los líderes actuales, a los que dirigen sociedades e instituciones, a los que norman, a los “dueños de la legalidad y la verdad”. En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos. Hagan, pues, y observen todo lo que les digan; pero no imiten su conducta, porque dicen y no hacen.

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