Texto del evangelio Mc 10,17-27 – qué difícil es entrar en el Reino de Dios

17. Jesús estaba a punto de partir, cuando un hombre corrió a su encuentro, se arrodilló delante de él y le preguntó: «Maestro bueno, ¿qué tengo que hacer para conseguir la vida eterna?»
18. Jesús le dijo: «¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno, sino sólo Dios.
19. Ya conoces los mandamientos: No mates, no cometas adulterio, no robes, no digas cosas falsas de tu hermano, no seas injusto, honra a tu padre y a tu madre.»
20. El hombre le contestó: «Maestro, todo eso lo he practicado desde muy joven.»
21. Jesús fijó su mirada en él, le tomó cariño y le dijo: «Sólo te falta una cosa: vete, vende todo lo que tienes y reparte el dinero entre los pobres, y tendrás un tesoro en el Cielo. Después, ven y sígueme.»
22. Al oír esto se desanimó totalmente, pues era un hombre muy rico, y se fue triste.
23. Entonces Jesús paseó su mirada sobre sus discípulos y les dijo: «¡Qué difícilmente entrarán en el Reino de Dios los que tienen riquezas!»
24. Los discípulos se sorprendieron al oír estas palabras, pero Jesús insistió: «Hijos, ¡qué difícil es entrar en el Reino de Dios!
25. Es más fácil para un camello pasar por el ojo de una aguja que para un rico entrar en el Reino de Dios.»
26. Ellos se asombraron todavía más y comentaban: «Entonces, ¿quién podrá salvarse?»
27. Jesús los miró fijamente y les dijo: «Para los hombres es imposible, pero no para Dios, porque para Dios todo es posible.»

Reflexión: Mc 10,17-27

Normalmente tenemos la tendencia a quedarnos prendidos con lo que el Señor dice de los ricos y llega un momento en que incluso simpatizamos con ellos y hasta nos dan pena. Algunos de nosotros tenemos amigos millonarios o personas bien acomodadas, que son en realidad buenas personas, que nos han echado la mano más de una vez, cuando han podido, por lo que la sentencia que el Señor dicta sobre ellos llega a parecernos excesiva. En cuanta ocasión hemos tenido de discutir este fragmento, a muchos les resulta incómodo y a otros les parece un exceso. Por su puesto, también hay los que se sienten finalmente vengados y se alegran de tan solo pensar en lo que acabarán aquellos soberbios antipáticos, que porque tienen mucho dinero hacen lo que les da la gana. No faltan estos ejemplares en nuestras vidas, tampoco. Y claro, como la mayoría de nosotros sentimos que no encajamos en esa categoría, nos sentimos tranquilos al encontrar unas líneas que parecen exclusivamente dedicadas a estas personas, de las que definitivamente no formamos parte. Como no se refiere a nosotros, rápido salimos del embrollo exclamando: que vean ellos. ¿Sera cierto que el Señor quería dedicar estos versículos exclusivamente a los ricos? Reflexionemos un momento, teniendo como base las líneas que hemos seleccionado para el efecto. «Hijos, ¡qué difícil es entrar en el Reino de Dios! Es más fácil para un camello pasar por el ojo de una aguja que para un rico entrar en el Reino de Dios.»

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Texto del evangelio Jn 16,12-15– Espíritu de la Verdad

12. Todavía tengo muchas cosas que decirles, pero ustedes no las pueden comprender ahora.
13. Cuando venga el Espíritu de la Verdad, él los introducirá en toda la verdad, porque no hablará por sí mismo, sino que dirá lo que ha oído y les anunciará lo que irá sucediendo.
14. El me glorificará, porque recibirá de lo mío y se lo anunciará a ustedes.
15. Todo lo que es del Padre es mío. Por eso les digo: «Recibirá de lo mío y se lo anunciará a ustedes».

Reflexión: Jn 16,12-15

El Espíritu Santo es una fuerza que inspira, comunica, revela e impulsa. Es como resultado o evidencia de su participación en nuestra historia que la Iglesia perdura en el tiempo, a veces dispersa, otras equivocada o enconada o polarizada, pero siempre marcando la pauta en un camino permanente a la perfección. Se han cometido sin duda muchos errores, como en toda obra en la que interviene el libre albedrío de personas humanas, sin embargo siempre ha prevalecido la capacidad de autocrítica, corrección e incluso reparación, enmendándose y pidiendo perdón. Es el Espíritu Santo el que la impulsa y protege y le da esta capacidad de reinventarse y corregirse, conduciendo a la humanidad entera, al Pueblo escogido a la Vida Eterna. Su historia no ha estado exenta de grandes obstáculos y dificultades, de contradicciones, errores y horrores, pero tampoco de grandes ejemplos que han sabido brillar en los momentos más difíciles, señalando el Camino del Señor. Esta es obra del Espíritu Santo, como lo fueron la redacción de los Evangelios, la selección de los autores mediáticos, la selección de los textos y las traducciones. Es la mismísima Palabra de Dios la que se ha recogido en los libros que conforman la Biblia, por inspiración y soplo del Espíritu Santo. Porque ninguno de estos libros apareció de la nada y sin embargo su sabiduría, su belleza y su calidad literaria han sido reconocidas por el mundo entero, sin importar credo, tiempo o nacionalidad. Aun hoy, la Biblia es el libro con más ediciones y publicaciones en el mundo. Nadie puede negar su valor y todo aquel que se aproxima a ella con sinceridad y humildad, queda deslumbrado, al descubrir la Verdad, porque es de esto de lo único que se ocupan sus páginas desde el comienzo hasta el fin. Y es que se trata de la Palabra de Dios, que tiene la capacidad de llegar a todos, llenando el vacío o la interrogante que buscaba. Sin importar la época, ni la nacionalidad, ni la condición social, la Biblia tiene las respuestas a todas las interrogantes que los hombres se ha planteado o se planteará alguna vez. Y es que, efectivamente, se trata de la Palabra de Dios confirmada por nuestro Señor Jesucristo, Su Hijo, que vino a revelarnos que Dios es Su Padre, que lo envió a salvarnos, tal como lo había prometido a Su Pueblo por boca de los profetas, lo que, efectivamente, llegado el tiempo hizo, muriendo y resucitando por nosotros, sellando de este modo definitivamente Su pacto con nosotros. Cuando venga el Espíritu de la Verdad, él los introducirá en toda la verdad, porque no hablará por sí mismo, sino que dirá lo que ha oído y les anunciará lo que irá sucediendo.

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Texto del evangelio Mc 10,13-16 – Dejen que los niños vengan a mí

13. Algunas personas le presentaban los niños para que los tocara, pero los discípulos les reprendían.
14. Jesús, al ver esto, se indignó y les dijo: «Dejen que los niños vengan a mí y no se lo impidan, porque el Reino de Dios pertenece a los que son como ellos.
15. En verdad les digo: quien no reciba el Reino de Dios como un niño, no entrará en él.»
16. Jesús tomaba a los niños en brazos e, imponiéndoles las manos, los bendecía.

Reflexión: Mc 10,13-16

Ser como niños. Quien por desgracia no puede estar cerca de niños, poco a poco va perdiendo la paciencia y va quedando privado de la capacidad de ver este mundo como ellos lo ven, que es la forma en que nosotros, los adultos debíamos verlo. Lo que decimos, inspirados por las Palabras de Jesucristo es de una trascendencia fundamental, que bien haríamos en meditar hoy, dado que es la Iglesia misma la que nos lo propone. Fijémonos si no serán demoledoras estas palabras para el mundo que hemos forjado, en el que nos hemos acostumbrado a vivir y por el que hacemos lo imposible por adaptar a nuestros pequeños. No creemos exagerar al interpretar que en realidad lo que hacemos con nuestros niños, con muy buena intención en la mayoría de los casos seguramente, es pervertirlos, perderlos, preparándolos a vivir, convivir y aceptar un mundo que debíamos rechazar y cambiar. Es decir que el proceso de educación que aceptamos y al cual tratamos todos de ajustarnos está MAL. Ellos vienen muy bien dotados y dispuestos al Bien y con todo lo necesario para alcanzar el fin para el cual fuimos creados, y los forzamos a entrar en un proceso que lo hará casi imposible, que los lastrará y les lavará el cerebro hasta hacerlos enemigos de todo aquello cuanto fue puesto por Dios y salta a la vista cuando uno los ve actuar y los escucha hablar. ¡Nos damos cuenta de la trascendencia de lo que el Señor nos está revelando! Pues creemos que no. Tergiversamos estas palabras y tratamos de circunscribirlas a un ámbito mezquino, chato, reducido, de tal modo que no sean determinantes o detonantes para el cambio que el Señor nos pide. Dejen que los niños vengan a mí y no se lo impidan, porque el Reino de Dios pertenece a los que son como ellos.

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Texto del evangelio Mc 10,1-12 – serán los dos una sola carne

01. Jesús dejó aquel lugar y se fue a los límites de Judea, al otro lado del Jordán. Otra vez las muchedumbres se congregaron a su alrededor, y de nuevo se puso a enseñarles, como hacía siempre.
02. En eso llegaron unos (fariseos que querían ponerle a prueba,) y le preguntaron: «¿Puede un marido despedir a su esposa?»
03. Les respondió: «¿Qué les ha ordenado Moisés?»
04. Contestaron: «Moisés ha permitido firmar un acta de separación y después divorciarse.»
05. Jesús les dijo: «Moisés, al escribir esta ley, tomó en cuenta lo tercos que eran ustedes
06. Pero al principio de la creación Dios los hizo hombre y mujer;
07. por eso dejará el hombre a su padre y a su madre para unirse con su esposa,
08. y serán los dos una sola carne. De manera que ya no son dos, sino uno solo.
09. Pues bien, lo que Dios ha unido, que el hombre no lo separe.»
10. Cuando ya estaban en casa, los discípulos volvieron a preguntarle sobre lo mismo,
11. y él les dijo: «El que se separa de su esposa y se casa con otra mujer, comete adulterio contra su esposa;
12. y si la esposa abandona a su marido para casarse con otro hombre, también ésta comete adulterio.»

Reflexión: Mc 10,1-12

El Señor, a través de Su Iglesia, nos invita a reflexionar hoy en un tema muy hermoso, íntimamente ligado a la vida y por lo tanto al amor: el matrimonio. Quiso Dios en su excelsa e infinita sabiduría que perpetuáramos la vida en la tierra como resultado del amor. Nos creó distintos, pero al mismo tiempo complementarios como puede serlo el día para la noche, la tierra para el agua, el Sol para la Tierra y aún más que todo aquello que podamos imaginar. Lo hizo de tal modo que fuera imposible que pudieran prescindir el uno del otro, porque sin la unión de ambos y por lo tanto el acuerdo, sin la armonía, sin el amor y esta complementariedad que seguramente va mucho más allá de cuanto podemos enumerar y describir, no habría vida. Nos atrevemos a creer -por las evidencias que Dios nos ha dado en toda la Creación y por las mismas Palabras de Dios contenidas en el Génesis, que nos relatan que fuimos creados a Su imagen y semejanza-, que la complementariedad que evoca el matrimonio y a la que nos estamos refiriendo es perfecta, como toda obra de Dios. Sin embargo. Al ponerla en nuestras manos y por influencia del pecado, del egoísmo, la soberbia, la lujuria, el orgullo y el hedonismo, entre otros, ha sido distorsionado en sus diferentes aspectos hasta convertir esta bella relación -que ha inspirado las mejores poesías y las más bellas melodías-, en una unión precaria, basada muchas veces en mezquinos intereses, cuando no puramente sensuales o de alguna conveniencia pasajera. Solo así podemos admitir que se pretenda equiparar o sustituir esta relación, por la relación de dos personas del mismo género, como si diera exactamente lo mismo…por eso dejará el hombre a su padre y a su madre para unirse con su esposa, y serán los dos una sola carne. De manera que ya no son dos, sino uno solo.

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Texto del evangelio Lc 9,11b-17 – Todos comieron

11b. El los recibió, les habló del Reino de Dios y devolvió la salud a los que tenían necesidad de ser curados.
12. Al caer la tarde, se acercaron los Doce y le dijeron: «Despide a la multitud, para que vayan a los pueblos y caseríos de los alrededores en busca de albergue y alimento, porque estamos en un lugar desierto».
13. Él les respondió: «Denles de comer ustedes mismos». Pero ellos dijeron: «No tenemos más que cinco panes y dos pescados, a no ser que vayamos nosotros a comprar alimentos para toda esta gente».
14. Porque eran alrededor de cinco mil hombres. Entonces Jesús les dijo a sus discípulos: « Háganlos sentar en grupos de cincuenta».
15. Y ellos hicieron sentar a todos.
16. Jesús tomó los cinco panes y los dos pescados y, levantando los ojos al cielo, pronunció sobre ellos la bendición, los partió y los fue entregando a sus discípulos para que se los sirviera a la multitud.
17. Todos comieron hasta saciarse y con lo que sobró se llenaron doce canastas.

Reflexión: Lc 9,11b-17

Hoy la Iglesia celebra la fiesta de Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote. Y la lectura tiene que ver precisamente con este papel. Mediante el gesto que el mismo Cristo realiza nos enseña como su primera función: servir. Siendo el más grande entre todos, no guarda para sí todo lo que tiene, sino que lo pone al servicio de los pobres, los humildes y necesitados, aplacando en este caso el hambre de las miles de personas que lo seguían. Todo los sacerdotes antes que Él, recibían de manos de los creyentes animales que ofrecían como víctimas a Dios, como un presente y una forma de rendirle tributo. Cristo hace algo totalmente distinto, siendo Dios, ofrece el alivio inmediato de las necesidades de aquella muchedumbre, poniéndose a su servicio. No recibe, sino da y da en abundancia, al extremo que sobra y puede ser guardado para otra ocasión. Esta es una diferencia fundamental en la que hoy debemos reflexionar. Dios ha querido venir a servirnos. Él se ha puesto a nuestro servicio para alcanzar el Bien más preciado: la Vida Eterna, la Salvación. Este es el propósito que lo mueve; ningún otro. ¿Habrá alguien en el Universo que se interese más en nosotros? No lo creemos. La gran paradoja es que este es el mismísimo Dios, aquél al que la humanidad entera, todas las razas, civilizaciones y pueblos de la historia se han empeñado en alagar y servir. ¡Fijémonos en lo contradictorio que parece resultar el mensaje! Ese Dios al que siempre hemos querido alagar, no escatimando esfuerzos en ofrecer la mitad de nuestras riquezas e incluso algunos pueblos ofrecieron sacrificios humanos, ese Dios Único, no quiere ninguna de nuestras ofrendas, sino que por el contrario Él mismo se ofrece por nosotros. ¡Eso es la Eucaristía, de lo que en este milagro de la multiplicación de los panes y los peces, tenemos un anticipo! Todo lo poco que tengamos, lo que sea, lo ponemos confiadamente en sus manos, haciendo lo que Él nos manda, y Él lo multiplica con creces, satisfaciendo así la necesidad del pueblo que buscándolo y siguiéndolo, lo ha dejado todo, sin pensar en más. Él corresponde con creces esta entrega, que es una entrega personal, que va más allá de cualquier otro sacrificio que pudiéramos ofrecer…pronunció sobre ellos la bendición, los partió y los fue entregando a sus discípulos para que se los sirviera a la multitud. Todos comieron hasta saciarse y con lo que sobró se llenaron doce canastas.

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Texto del evangelio Mc 9,38-40 – está con nosotros

38. Juan le dijo: «Maestro, hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu Nombre, y tratamos de impedírselo porque no es de los nuestros».
39. Pero Jesús les dijo: «No se lo impidan, porque nadie puede hacer un milagro en mi Nombre y luego hablar mal de mí.
40. Y el que no está contra nosotros, está con nosotros.

Reflexión: Mc 9,38-40

Son necesarias muy pocas palabras para comunicar lo que es importante. Así de rica es la Palabra de Dios, que puede decirnos todo con una sola palabra, si es preciso. Hoy con solo tres versículos nos manda a reflexionar en aquello que hemos venido meditando en días anteriores: que solo hay un Camino, que es preciso escoger y que el que está con Dios no puede estar contra Él. Y lo contrario también es cierto: quien está contra Dios no puede estar con Él. Cuando nos adentramos en la meditación de este mensaje, imbuidos en las ideas de nuestro mundo, que nos son transmitidas cotidianamente por todos los medios posibles, resulta difícil comprender esta afirmación, pues nos parece muy drástica. Y es que nuestra práctica cotidiana, en lo que sea que hagamos nos machaca todo el tiempo que hay grados, niveles, matices en todo y que todos estos son aceptables, según el marchante, es decir, según las circunstancias, vivencias, formación y otros aspectos que cada quién lleva como una mochila a cuestas. Así, lo que está bien para unos, no tiene que estar bien, necesariamente, para otros. Y esto muchos lo creemos así, a raja tabla, porque es el mensaje del sistema. Todo es elegible y descartable: depende de cada quién. Lo que está bien para ti, no está bien para mí. Lo que a ti te parece correcto, a mí no. Hemos relativizado todo y por eso nos cuesta distinguir el bien del mal. Ya no sabemos qué está bien, ni qué está mal, porque pensamos que todo depende…Depende de quien haya hecho tal o cual cosa, de quién lo diga, de en qué momento y a quién. Esta creencia ha llevado paulatinamente a derribar la murallas de los conceptos y tradiciones que parecían más sólidas e inamovibles en nuestra sociedad, como el matrimonio: con el divorcio y el matrimonio homosexual; o la familia como la fuente de amor y vida, reduciéndola a un pacto de conveniencia económica que no crea, ni fomenta, ni profundiza los lazos de amor tan necesarios para la convivencia humana; o el amor conyugal, desvirtuado y banalizado al convertirlo en práctica y ejercicio cotidiano en el que el amor ha quedado desterrado; y, luego, el desprecio por la vida, en todos los ámbitos, pero especialmente en el de la unión sexual de las parejas, para las que resulta un estorbo y un mal no deseado el fruto de estas, como son los hijos, a los que se descarta sin ningún escrúpulo por todos los medios posibles, sin reparar en lo más mínimo en lo que se hace, por la razón más recurrida en nuestros días: porque todos lo hacen. «No se lo impidan, porque nadie puede hacer un milagro en mi Nombre y luego hablar mal de mí. Y el que no está contra nosotros, está con nosotros.

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Texto del evangelio Mc 9,30-37 – el servidor de todos

30. Al salir de allí atravesaron la Galilea; Jesús no quería que nadie lo supiera,
31. porque enseñaba y les decía: «El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres; lo matarán y tres días después de su muerte, resucitará».
32. Pero los discípulos no comprendían esto y temían hacerle preguntas.
33. Llegaron a Cafarnaúm y, una vez que estuvieron en la casa, les preguntó: «¿De qué hablaban en el camino?».
34. Ellos callaban, porque habían estado discutiendo sobre quién era el más grande.
35. Entonces, sentándose, llamó a los Doce y les dijo: «El que quiere ser el primero, debe hacerse el último de todos y el servidor de todos ».
36. Después, tomando a un niño, lo puso en medio de ellos y, abrazándolo, les dijo:
37. «El que recibe a uno de estos pequeños en mi Nombre, me recibe a mí, y el que me recibe, no es a mí al que recibe, sino a aquel que me ha enviado».

Reflexión: Mc 9,30-37

Las cosas que nos interesan y por las que discutimos, no son en las que Jesucristo está enfocado. Él tiene otra visión de lo que debe ser importante para nosotros, según aquello que le ha manifestado el Padre. Él nos ha creado por amor y nos ha destinado a ser felices y vivir eternamente. Si bien es cierto nos ama sin condición alguna, tan solo porque así lo ha querido, no será posible que todos alcancemos la Vida Eterna como Él quisiera, porque ello depende de nosotros. ¿Por qué haría esto si es verdad que nos ama tanto? Manteniendo nuestro modo de pensar y percibir el mundo, resulta incomprensible lo que estamos diciendo, pero como dijimos antes, hay un punto de vista distinto, el de Dios, al que podemos aproximarnos gracias a Jesucristo. Dios nos ha creado para que seamos felices, pero al mismo tiempo nos ha dotado de las cualidades necesarias para alcanzar este fin por nuestra propia voluntad, dejando que decidamos libremente si queremos o no lo que Él quiere y nos propone. Dios nos ama tanto, que quiere que todos seamos felices, por eso ha enviado a Su Hijo Jesucristo a Salvarnos, es decir, a evitar que nos perdamos, enseñándonos el Camino. Pero nuevamente, le ha dado instrucciones muy precisas para que respete nuestra dignidad. Es decir que Jesús debe Salvarnos, sin imponernos nada, sino persuadiéndonos de escoger lo que más nos conviene. Y para ello no ha escatimado esfuerzo alguno, hasta llegar a dar Su propia vida por nosotros. El reto: convencernos, sin forzarnos y apelando a nuestro libre albedrío para que escojamos lo que nos conviene. Jesús ha hecho todo y como corresponde a Dios, lo ha hecho perfecto. Él ya hizo Su jugada. La pelota está en nuestra cancha. Depende de nosotros. Solo debemos tomar una decisión y elegir entre Dios o el Dinero. Eso es todo. Entonces, sentándose, llamó a los Doce y les dijo: «El que quiere ser el primero, debe hacerse el último de todos y el servidor de todos ».

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Texto del evangelio Mc 9,14-29 – ayúdame porque tengo poca fe

14. Cuando volvieron a donde estaban los otros discípulos, los encontraron en medio de una gran multitud, discutiendo con algunos escribas.
15. En cuanto la multitud distinguió a Jesús, quedó asombrada y corrieron a saludarlo.
16. Él les preguntó: «¿Sobre qué estaban discutiendo?».
17. Uno de ellos le dijo: «Maestro, te he traído a mi hijo, que está poseído de un espíritu mudo.
18. Cuando se apodera de él, lo tira al suelo y le hace echar espuma por la boca; entonces le crujen sus dientes y se queda rígido. Le pedí a tus discípulos que lo expulsaran pero no pudieron».
19. «Generación incrédula, respondió Jesús, ¿hasta cuándo estaré con ustedes? ¿Hasta cuándo tendré que soportarlos? Tráiganmelo».
20. Y ellos se lo trajeron. En cuanto vio a Jesús, el espíritu sacudió violentamente al niño, que cayó al suelo y se revolcaba, echando espuma por la boca.
21. Jesús le preguntó al padre: «¿Cuánto tiempo hace que está así?». «Desde la infancia, le respondió,
22. y a menudo lo hace caer en el fuego o en el agua para matarlo. Si puedes hacer algo, ten piedad de nosotros y ayúdanos».
23. «¡Si puedes…!», respondió Jesús. «Todo es posible para el que cree».
24. Inmediatamente el padre del niño exclamó: «Creo, ayúdame porque tengo poca fe ».
25. Al ver que llegaba más gente, Jesús increpó al espíritu impuro, diciéndole: «Espíritu mudo y sordo, yo te lo ordeno, sal de él y no vuelvas más».
26. El demonio gritó, sacudió violentamente al niño y salió de él, dejándolo como muerto, tanto que muchos decían: «Está muerto».
27. Pero Jesús, tomándolo de la mano, lo levantó, y el niño se puso de pie.
28. Cuando entró a la casa y quedaron solos, los discípulos le preguntaron: «¿Por qué nosotros no pudimos expulsarlo?».
29. El les respondió: «Esta clase de demonios se expulsa sólo con la oración».

Reflexión: Mc 9,14-29

Leyendo y releyendo este texto extraemos muy rápidamente cuatro ideas muy nítidas para nuestra reflexión: la falta de fe, nada hay imposible para el que cree, la pérdida de paciencia de Jesús y la oración como la fórmula para expulsar al demonio. Veamos en primer lugar al reto al que se enfrentan los discípulos, y al que muchas veces nos estamos enfrentando nosotros. ¿Acaso no es cierto que muchas veces queremos resolver algunos asuntos graves al mismo estilo de Jesús, mediante un milagro? ¿Cuántas veces tenemos que abandonar el intento derrotados y desanimados por el fracaso? En esta misma ridícula y vergonzosa situación encontramos hoy a los discípulos de Jesús. Podemos imaginarlos, rodeados de gente y tratando de curar como Jesús, sin ningún resultado. Si habían curado y resuelto otros caso, no lo sabemos a ciencia cierta, pero es posible, porque de otro modo no lo hubieran intentado con este y no se estarían preguntando el porqué de su fracaso. Esto nos lleva a pensar que hay una gradualidad en la fe, que nunca la alcanzaremos en su plenitud, pero que no por eso debemos dejar de ejercerla, como lo hacen los discípulos. No podemos sentarnos a esperar a que esta crezca lo suficiente para entonces dejarnos guiar por ella. Es preciso ponernos a actuar inmediatamente, teniendo en cuenta que “todo es posible para el que cree”, tal como nos lo dice el Señor. «¡Si puedes…!», respondió Jesús. «Todo es posible para el que cree». Inmediatamente el padre del niño exclamó: «Creo, ayúdame porque tengo poca fe ».

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