Juan 1,45-51 – Tú tienes palabras de vida eterna

Texto del evangelio Jn 1,45-51 – Tú tienes palabras de vida eterna

60. Muchos de sus discípulos, al oírle, dijeron: «Es duro este lenguaje. ¿Quién puede escucharlo?»
61. Pero sabiendo Jesús en su interior que sus discípulos murmuraban por esto, les dijo: «¿Esto les escandaliza?
62. ¿Y cuando vean al Hijo del hombre subir adonde estaba antes?…
63. «El espíritu es el que da vida; la carne no sirve para nada. Las palabras que les he dicho son espíritu y son vida.
64. «Pero hay entre ustedes algunos que no creen.» Porque Jesús sabía desde el principio quiénes eran los que no creían y quién era el que lo iba a entregar.
65. Y decía: «Por esto les he dicho que nadie puede venir a mí si no se lo concede el Padre.»
66. Desde entonces muchos de sus discípulos se volvieron atrás y ya no andaban con él.
67. Jesús dijo entonces a los Doce: «¿También ustedes quieren marcharse?»
68. Le respondió Simón Pedro: «Señor, ¿dónde quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna,
69. y nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios.»

Reflexión: Jn 1,45-51

El Señor nos hace aquí unas revelaciones muy importantes en orden a nuestra salvación. Debemos leer, releer y meditar este pasaje. En primer lugar detengámonos en la constatación que hacen sus mismos discípulos, es decir la gente más cercana a Él, la que lo había acompañado en todo su recorrido, presenciado muchos de sus milagros y oído todas sus enseñanzas. «Es duro este lenguaje. ¿Quién puede escucharlo?» Esto es muy cierto. El Señor descubre para nosotros el destino que nos tiene deparado nuestro Padre desde el comienzo de la Creación, por el cual hemos de optar libremente siguiendo el Único Camino que nos conduce al Reino de los Cielos, donde viviremos eternamente. El Camino que nos propone Jesucristo para alcanzar la Vida Eterna es el Camino del Amor, que pende de la obediencia absoluta e irrestricta de dos únicos mandamientos que encierran toda la Ley y los Profetas: Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el mayor y el primer mandamiento. El segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Pero el Camino del Amor, que suena tan hermoso y fácil de realizar, en la práctica se nos descubre exigente, porque demanda una serie de renuncias y sacrificios que no estamos dispuestos a aceptar tan fácilmente, mucho menos aun cuando es preciso poner en juego la fe, porque en muchos casos la retribución no será tangible, sino que tendremos que esperar después de muertos, demandando la entrega de nuestra vida entera a cambio de un lugar en el Reino de los Cielos. «Señor, ¿dónde quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios.»

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Mateo 23,1-12 – En la cátedra de Moisés

Texto del evangelio Mt 23,1-12 – En la cátedra de Moisés

1. Entonces Jesús se dirigió a la gente y a sus discípulos
2. y les dijo: «En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos.
3. Hagan, pues, y observen todo lo que les digan; pero no imiten su conducta, porque dicen y no hacen.
4. Atan cargas pesadas y las echan a las espaldas de la gente, pero ellos ni con el dedo quieren moverlas.
5. Todas sus obras las hacen para ser vistos por los hombres; se hacen bien anchas las filacterias y bien largas las orlas del manto;
6. quieren el primer puesto en los banquetes y los primeros asientos en las sinagogas,
7. que se les salude en las plazas y que la gente les llame «Rabbí».
8. «Ustedes, en cambio, no se dejen llamar «Rabbí», porque uno solo es su Maestro; y ustedes son todos hermanos.
9. Ni llamen a nadie «Padre» de ustedes en la tierra, porque uno solo es su Padre: el del cielo.
10. Ni tampoco se dejen llamar «Directores», porque uno solo es su Director: el Cristo.
11. El mayor entre ustedes será su servidor.
12. Pues el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado.

Reflexión: Mt 23,1-12

Duro golpe a la vanidad de los escribas y fariseos de todos los tiempos. Jesús no está hablando solamente a los hipócritas y mentirosos de su tiempo, sino a todos los de la historia y lo hace con palabras tan claras, que muchos de ellos querrán pasar por alto este pasaje, haciendo oídos sordos, de modo que nadie se dé cuenta que están hablando de ellos y los señalen. Pongamos atención en lo que nos está diciendo el Señor. “En la cátedra de Moisés”, es decir el lugar preeminente, el lugar que simboliza la mayor sapiencia en este mundo está ocupado por una serie de cínicos, mentirosos e hipócritas, que se rasgan las vestiduras condenando el comportamiento del pueblo, porque son sucios, porque no visten bien, y porque no saben guardar la reverencia y la postura adecuada. Dicen de los humildes, del pueblo, que son gente inculta, torpe, campechana, grosera, que quieren comportarse como si estuvieran en sus casas, cuando están en el templo o en un lugar oficial. Es decir que se dedican a tachar y condenar a todos por sus apariencias, por sus títulos, por sus relaciones, por sus vestimentas, en lugar de ver lo que hay en sus corazones. Están prestos a enjuiciar y condenar a todo los que no se rinden ante su pretendida lucidez, pureza, bondad y sabiduría, pero en realidad son lo que muy bien describe el Señor en todo este pasaje: abominables. En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos. Hagan, pues, y observen todo lo que les digan; pero no imiten su conducta, porque dicen y no hacen. Atan cargas pesadas y las echan a las espaldas de la gente, pero ellos ni con el dedo quieren moverlas.

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Mateo 22,34-40 – dos mandamientos

Texto del evangelio Mt 22,34-40 – dos mandamientos

34. Mas los fariseos, al enterarse de que había tapado la boca a los saduceos, se reunieron en grupo,
35. y uno de ellos le preguntó con ánimo de ponerle a prueba:
36. «Maestro, ¿cuál es el mandamiento mayor de la Ley?»
37. El le dijo: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente.
38. Este es el mayor y el primer mandamiento.
39. El segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.
40. De estos dos mandamientos penden toda la Ley y los Profetas.»

Reflexión: Mt 22,34-40

¿Por qué será que a los hombres nos gusta complicarlo todo? A veces es pura vanidad, para hacer ver o creer que las cosas son tan complicadas que tan solo unos cuantos escogidos pueden entenderlas, de este modo logramos que nos distingan y los incautos que nos creen, sin intentar por sus propios medios entender las cosas, abdican de su capacidad y nos consultan. Así aparecen los falsos sacerdotes, los falsos maestros, los escribas y los fariseos, todos con títulos que acreditan su sapiencia y títulos nobiliarios, de pureza sanguínea y árboles genealógicos que parecieran explicar su iluminación. ¡Pura vanidad banal y vulgar! Al parecer, desde que el hombre es hombre alguien ha tenido acceso a un conocimiento ya sea casualmente, por algún razonamiento, una circunstancia e incluso una manifestación Divina, pero en lugar de compartirla con humildad, para bien de la comunidad, ha preferido reservársela, obteniendo beneficios sociales, políticos o económicos de este “secreto”. Así, tal como lo siguen haciendo hoy día muchos charlatanes, obtienen posición social, política o económica monopolizando el conocimiento y dosificándolo a cambio de prebendas. De este modo estamos organizados desde hace siglos, dominados por una suerte de casta o mafia que cuidan sus posiciones y sus espaldas unos a otros, porque de su posición obtienen privilegios que los distinguen y separan de la plebe, del pueblo humilde. De estos dos mandamientos penden toda la Ley y los Profetas.

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Mateo 22,1-14 – mi banquete está preparado

Texto del evangelio Mt 22,1-14 – mi banquete está preparado

1. Tomando Jesús de nuevo la palabra les habló en parábolas, diciendo:
2. «El Reino de los Cielos es semejante a un rey que celebró el banquete de bodas de su hijo.
3. Envió sus siervos a llamar a los invitados a la boda, pero no quisieron venir.
4. Envió todavía otros siervos, con este encargo: Digan a los invitados: «Miren, mi banquete está preparado, se han matado ya mis novillos y animales cebados, y todo está a punto; vengan a la boda.»
5. Pero ellos, sin hacer caso, se fueron el uno a su campo, el otro a su negocio;
6. y los demás agarraron a los siervos, los escarnecieron y los mataron.
7. Se airó el rey y, enviando sus tropas, dio muerte a aquellos homicidas y prendió fuego a su ciudad.
8. Entonces dice a sus siervos: «La boda está preparada, pero los invitados no eran dignos.
9. Vayan, pues, a los cruces de los caminos y, a cuantos encuentren, invítenlos a la boda.»
10. Los siervos salieron a los caminos, reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos, y la sala de bodas se llenó de comensales.
11. «Entró el rey a ver a los comensales, y al notar que había allí uno que no tenía traje de boda,
12. le dice: «Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin traje de boda?» El se quedó callado.
13. Entonces el rey dijo a los sirvientes: «Atenle de pies y manos, y échenlo a las tinieblas de fuera; allí será el llanto y el rechinar de dientes.»
14. Porque muchos son llamados, mas pocos escogidos.»

Reflexión: Mt 22,1-14

Es difícil no sentir un nudo en la garganta cuando leemos este pasaje. ¿Cómo es posible que seamos capaces de dejar al Señor con los crespos hechos? ¿Cómo es posible que no solo lo desairemos, sino que matemos a sus emisarios? Parece una historia imposible, una historia cruel, inventada y lejos de nuestra realidad. Nos parece surrealista. Nosotros qué nos vamos a comportar así. Nosotros somos distintos. ¿Es esto cierto? Veamos. Dios creó el Universo entero para nosotros, para que seamos felices y vivamos eternamente. Ese es el mayor anhelo de Dios, su mayor deseo para nosotros. ¿Por qué? Desde luego no por algún merecimiento nuestro, sino por amor; amor puro e incondicional, como no puede haber otro amor igual. Pero Dios también nos creó libres, siendo esta libertad, junto con nuestra inteligencia y voluntad, el sustento de nuestra dignidad. Dios nos hizo dignos; es decir capaces de discernir y distinguir lo bueno de lo malo; capaces de esforzarnos hasta el extremo por alcanzar lo que nos proponemos y libres para decidir por dónde ir. Así las cosas, siendo Dios y sabiendo por lo tanto lo que nos conviene y amándonos como solo Él lo puede hacer, pone a nuestro alcance el llegar a la Vida Eterna, donde seremos por siempre felices. Para ello solo debemos amarlo y amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos. Esta es la “clave” de nuestra felicidad, al alcance de nuestra inteligencia, voluntad y libertad. Se podría decir que para eso hemos sido creados, es decir que nuestro fin corresponde milimétricamente a nuestras posibilidades. Pero, hemos de quererlo, para lo cual, hemos de conducirnos allí, siguiendo el Camino trazado por Jesús. Nadie nos obliga. Es nuestra decisión. Digan a los invitados: «Miren, mi banquete está preparado, se han matado ya mis novillos y animales cebados, y todo está a punto; vengan a la boda.»

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Mateo 20,1-16 – empezando por los últimos hasta los primeros

Texto del evangelio Mt 20,1-16 – empezando por los últimos hasta los primeros

1. «En efecto, el Reino de los Cielos es semejante a un propietario que salió a primera hora de la mañana a contratar obreros para su viña.
2. Habiéndose ajustado con los obreros en un denario al día, los envió a su viña.
3. Salió luego hacia la hora tercia y al ver a otros que estaban en la plaza parados,
4. les dijo: «Vayan también ustedes a mi viña, y les daré lo que sea justo.»
5. Y ellos fueron. Volvió a salir a la hora sexta y a la nona e hizo lo mismo.
6. Todavía salió a eso de la hora undécima y, al encontar a otros que estaban allí, les dice: «¿Por qué estan aquí todo el día parados?»
7. Dícenle: «Es que nadie nos ha contratado.» Díceles: «Vayan también ustedes a la viña.»
8. Al atardecer, dice el dueño de la viña a su administrador: «Llama a los obreros y págales el jornal, empezando por los últimos hasta los primeros.»
9. Vinieron, pues, los de la hora undécima y cobraron un denario cada uno.
10. Al venir los primeros pensaron que cobrarían más, pero ellos también cobraron un denario cada uno.
11. Y al cobrarlo, murmuraban contra el propietario,
12. diciendo: «Estos últimos no han trabajado más que una hora, y les pagas como a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el calor.»
13. Pero él contestó a uno de ellos: «Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No te ajustaste conmigo en un denario?
14. Pues toma lo tuyo y vete. Por mi parte, quiero dar a este último lo mismo que a ti.
15. ¿Es que no puedo hacer con lo mío lo que quiero? ¿O va a ser tu ojo malo porque yo soy bueno?».
16. Así, los últimos serán primeros y los primeros, últimos.»

Reflexión: Mt 20,1-16

Este texto trae a mi mente una exclamación muy a flor de piel que tienen los niños y jóvenes en el Colegio, al menos localmente. Ellos siempre están reclamando por lo que les toca o se les deja como tarea. Con mucha frecuencia lo que buscan es que se les levante un castigo o que no se les deje tarea, de tal modo que tienen más tiempo para hacer lo que más les gusta: jugar. Y ¿cuál es su argumento? “No es justo” gritan, “no es justo”. De esta forma pretenden que lo que están recibiendo no es igual que lo que otros reciben y que todo debía estar equiparado. Muchas veces lo está, pero ellos no lo perciben así, por lo que hay que discutir con ellos y hacerles entender las razones que mueven nuestro juicio y disposiciones, a fin que se convenzan que no existe la tal injusticia que alegan. En general somos así. Difícilmente toleramos que lo que hacen otros pueda ser valorado del mismo modo que lo que hacemos nosotros. ¿Por qué? ¿Quién sabe? La alegría de lo que recibimos se ve opacada por el conocimiento que adquirimos que otros también reciben, peor aún si sospechamos que ha habido un cierto favoritismo, una menor exigencia o una mayor contemplación. Nuestra satisfacción por lo recibido se ve empañada por un sentimiento espurio, egoísta e inclusive prejuiciosos, más aún, si tenemos alguna evidencia que en el caso de los otros hubo menor exigencia o mayor tolerancia. Un sentimiento de disconformidad y finalmente de envidia nos invade y nubla u opaca nuestra satisfacción. Nos sentimos descontentos y como los niños exclamamos: “no es justo”. Al atardecer, dice el dueño de la viña a su administrador: «Llama a los obreros y págales el jornal, empezando por los últimos hasta los primeros.»

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Mateo 19, 23-30 – recibirá el ciento por uno

Texto del evangelio Mt 19, 23-30 – recibirá el ciento por uno

23. Entonces Jesús dijo a sus discípulos: «Yo les aseguro que un rico difícilmente entrará en el Reino de los Cielos.
24. Se los repito, es más fácil que un camello entre por el ojo de una aguja, que el que un rico entre en el Reino de los Cielos.»
25. Al oír esto, los discípulos, llenos de asombro, decían: «Entonces, ¿quién se podrá salvar?»
26. Jesús, mirándolos fijamente, dijo: «Para los hombres eso es imposible, más para Dios todo es posible.»
27. Entonces Pedro, tomando la palabra, le dijo: «Ya lo ves, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido; ¿qué recibiremos, pues?»
28. Jesús les dijo: «Yo les aseguro que ustedes que me han seguido, en la regeneración, cuando el Hijo del hombre se siente en su trono de gloria, se sentarán también ustedes en doce tronos, para juzgar a las doce tribus de Israel.
29. Y todo aquel que haya dejado casas, hermanos, hermanas, padre, madre, hijos o hacienda por mi nombre, recibirá el ciento por uno y heredará la vida eterna.
30. «Pero muchos primeros serán últimos y muchos últimos, primeros.»

Reflexión: Mt 19, 23-30

Para entrar al Reino de los Cielos hemos de DESPRENDERNOS. ¿De qué? De todo aquello que nos ata, que nos esclaviza. Veamos que se combinan personas con cosas y actitudes, porque en el fondo da lo mismo lo que sea, pues nada puede estar por encima de Dios. Esto que se dice tan fácilmente, no es tan fácil de sostener en la práctica, porque, como se suele decir, el papel aguanta todo. Démonos cuenta que –en teoría- es la vida de los religiosos, especialmente de los sacerdotes, la que más se acerca a este modelo propuesto por Jesús. ¿Por qué? Porque ellos hace los famosos votos: de obediencia, de pobreza, de castidad. Son compromisos que asumen voluntariamente para desprenderse ejemplarmente de prácticamente todo, incluso de defender su propio criterio y voluntad. Porque quien se compromete a obedecer a sus superiores, voluntariamente renuncia a hacer prevalecer su juicio bajo ninguna circunstancia, sino, de qué otro modo se puede entender este voto. Quiere decir que no puedo encariñarme con ningún proyecto, ni tomarlo como algo personal, porque en el momento menos pensado he de dejarlo sin posibilidad de argumentación alguna. Al menos así debía ser. ¿Son necesarios estos votos? Diríamos que son formas que han encontrado algunas órdenes religiosas de ayudar a sus integrantes a cumplir lo que el Señor nos pide. Que todo esto ha sido en algunos casos mal utilizado o entendido, pues seguramente, pero eso no quita que eso sea lo que persiguen. Y todo aquel que haya dejado casas, hermanos, hermanas, padre, madre, hijos o hacienda por mi nombre, recibirá el ciento por uno y heredará la vida eterna.

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Mateo 19,16-22 – tendrás un tesoro en los cielos

Texto del evangelio Mt 19,16-22 – tendrás un tesoro en los cielos

16. En esto se le acercó uno y le dijo: «Maestro, ¿qué he de hacer de bueno para conseguir vida eterna?»
17. Él le dijo: «¿Por qué me preguntas acerca de lo bueno? Uno solo es el Bueno. Mas si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos.»
18. «¿Cuáles?» – le dice él. Y Jesús dijo: «No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no levantarás falso testimonio,
19. honra a tu padre y a tu madre, y amarás a tu prójimo como a ti mismo.»
20. Dícele el joven: «Todo eso lo he guardado; ¿qué más me falta?»
21. Jesús le dijo: «Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en los cielos; luego ven, y sígueme.»
22. Al oír estas palabras, el joven se marchó entristecido, porque tenía muchos bienes.

Reflexión: Mt 19,16-22

Tres condiciones para alcanzar la vida eterna: cumplir los mandamientos, desprendernos de todo cuanto tenemos y seguir a Jesús. Fácil no es, pero al menos ya sabemos lo que tenemos que hacer. ¿Cómo lograrlo? Si esto es lo mejor a lo que podemos aspirar, habría que ser necio para no intentarlo. Sin embargo, aquí somos testigos de cómo este joven rico a pesar de haber cumplido desde siempre con todos los mandamientos, finalmente él mismo desiste de su propósito porque le resulta demasiado difícil dejar todo lo que tiene, porque tiene demasiado. Un primer aspecto en el que podemos reflexionar es que no es Jesús el que nos rechaza, sino que somos nosotros mismos los que desistimos ante sus exigencias. Entonces no es que el Señor no nos quiere, sino que nosotros no estamos dispuestos a tanto por Él. Detengámonos aquí un momento. Jesús, siendo Dios, se hace hombre y viene a vivir entre nosotros; luego da su vida por nuestra salvación y resucita de entre los muertos mostrándonos el Camino; enseñándonos hasta donde es capaz de llegar por nosotros: hasta a dar Su propia vida. Jesús nos muestra que no hay amor más grande que aquel que da la vida por sus amigos; eso es lo que hace Jesús por nosotros, aun sin conocernos y sin condiciones. Sabemos que nuestra vida es limitada, por más riquezas que atesoremos, que moriremos de todos modos, a no ser que hagamos lo que Jesús nos propone. Nosotros queremos alcanzar la vida que nos ha prometido Jesús, pero no estamos dispuestos a hacer lo que nos enseña que es necesario para poder alcanzar esta Gracia. ¿Quién se condena y por qué? «Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en los cielos; luego ven, y sígueme.»

¿Ya tenemos las respuestas a las preguntas que dejamos planteadas en el párrafo anterior? Son obvias ¿no? Nos condenamos nosotros mismos, porque no estamos dispuestos a hacer lo que nos enseña y manda Jesús. ¿Por qué? Porque nos parece demasiado. Es evidente, entonces, que no creemos en Él, que no confiamos en lo que nos dice, porque de otro modo hubiéramos dejado todo y nos hubiéramos abandonado a Su Voluntad. ¿Cuál es la novedad en esta respuesta? Nos parece que ninguna, pues finalmente estamos obrando como si no conociéramos a Jesús; es decir que Su prédica no nos ha convencido. No digamos que si, ni sigamos diciendo que somos cristianos, porque en realidad no lo somos. Si lo fuéramos, haríamos lo que Él nos manda. Pedro cuando vio caminando a Jesús por el agua, le pidió: mándame ir a Ti. Jesús así lo hizo y Pedro -dejando todos sus temores, ideas y prejuicios de lado-, empezó a caminar sobre el agua en dirección a Jesús. Sin embargo, faltándole un tramo, dudo de lo que estaba haciendo; pensó –tal vez-, que eso no podía ser, que estaba loco…¿Y, qué pasó? Empezó a hundirse y Jesús tuvo que echarle una mano para salvarlo. ¿Cuál es la lección? Que si queremos alcanzar la Vida Eterna –el mayor Bien en el Universo-, hemos de oír a Jesús y hacer lo que nos manda, de otro modo nos perderemos. Tenemos que meditar entonces acerca de nuestra fe. ¿Qué tan dispuestos estamos a oír y hacer lo que Jesús nos manda? «Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en los cielos; luego ven, y sígueme.»

Esto de la riqueza y la pobreza ¿son tonterías? ¿Se opone Dios al Dinero? ¿Es que el Dinero es malo por sí? ¿Qué hay de malo en tener mucho dinero? ¿Acaso no es bueno y deseable que tenga mucho dinero con el cual incluso podría ayudar a los pobres? ¿Se puede oponer Jesús a que haciendo uso de mí riqueza haga construir un colegio para los más pobres? ¿Cuál podría ser mi pecado si encima tengo tanto dinero que puedo emplear una buena suma para esta obra y para muchas más, sin que por eso vea mermada mi riqueza? ¿Qué hay de malo si soy “racionalmente” generoso con la riqueza que poseo? ¿Por qué tendría que deshacerme de ella? Si me quedo sin riqueza ya no podré ayudar a nadie; ya no podré ser generoso con nadie. E incluso a mí me puede llegar a faltar algún día. ¿Qué haré entonces, cuando ya no tenga nada para dar e incluso no pueda atender mis necesidades básicas? ¿Puede querer el Señor verme en tal situación? ¿Por qué hacerme vivir tal desgracia? ¿Es que quiere el Señor verme padecer? ¿Es que Él necesita que yo padezca por algo, para algo? ¿Por qué? ¿Para qué? «Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en los cielos; luego ven, y sígueme.»

El Señor no quiere vernos pobres; ese no es el interés del Señor. Lo que al Señor le interesa es que asumamos el compromiso de aliviar en algo la pobreza de nuestros hermanos con nuestra riqueza; por eso le pide a este joven que venda lo que tienen y se lo dé a los pobres. No se trata entonces de vender por vender, sino de vender para algo. En segundo lugar, lo que importa no es que nos quedemos sin nada, sino que aliviemos la pobreza y nos deshagamos de cuantas ataduras nos impidan seguir tras Jesús. El dinero, la riqueza y las propiedades son ataduras para este joven, de otro modo hubiera obedecido a Jesús. Es obvio que Dios y Su Voluntad no están por encima en la escala de valores de este hombre. ¿No debía estar primero Dios? ¿Qué está para él antes que Dios? Obviamente su riqueza, de la cual no está dispuesto a desprenderse. Por lo tanto, a la disyuntiva planteada por Jesús ¿cómo responde este hombre? ¿Cómo respondemos nosotros? ¿Somos de los muchos que creemos que no podemos ser tan ingenuos? ¿Qué la disyuntiva planteada es una alegoría que hay que saber interpretar? ¿Qué Dios nos puede pedirnos eso? Y sin embargo lo hizo con este joven. ¿O no creemos la historia? Entonces ¿creemos o no creemos en los evangelios? ¿Tenemos fe en Jesús? ¿Qué clase de fe tenemos? ¿Cómo y cuándo se manifiesta? ¿La fe no exige obediencia? ¿Es nuestra fe o nuestra obediencia la que tiene algunas limitaciones, algunas condiciones? ¿Podemos concluir que nuestra fe y nuestra obediencia tienen algunas condiciones? ¿Es esto correcto? ¿Es esto cristiano? ¿De qué o de quién dependen estas condiciones?¿Será que en verdad no nos interesa tanto tener un tesoro en el cielo, cuanto tenerlo aquí, en este vida que conocemos, porque de la otra quién sabe? Esta respuesta ¿no revela una fe endeble, por decir lo menos? Si tu padre te llama por teléfono y te dice que no comas nada porque a medio día pasará a recogerte para invitarte a un suculento almuerzo, tú vas al puesto de la esquina a comerte unos tacos? Solo si sabes que es un mentiroso, si no le crees a tu padre lo harías, porque dudarías que te vaya a buscar y de la contundencia del banquete al que te está invitando. Si tu padre te ha dado motivos para dudar, ni hablar, pero convengamos en que no es lo usual. ¿Tienes motivos para dudar de Dios? ¿Te ha dado motivos? ¿Cuáles? ¿Cuándo? «Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en los cielos; luego ven, y sígueme.»

Oremos:

Padre Santo, ayúdanos a desprendernos de cuanta cosa creemos necesitar para vivir. Que no hagamos del atesorar nada la razón de nuestra existencia. Que nos hagamos indiferentes a cuanto existe y que solo nos importe una cosa: agradarte, obedecerte y seguirte…Te lo pedimos por nuestro Señor Jesucristo, quien vive y reina contigo en unidad del Espíritu Santo…Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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Juan 6,51-58 – yo le resucitaré el último día

Texto del evangelio Jn 6,51-58 – yo le resucitaré el último día

51. Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le voy a dar, es mi carne por la vida del mundo.»
52. Discutían entre sí los judíos y decían: «¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?»
53. Jesús les dijo: «En verdad, en verdad les digo: si no comen la carne del Hijo del hombre, y no beben su sangre, no tienen vida en ustedes.
54. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día.
55. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida.
56. El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí, y yo en él.
57. Lo mismo que el Padre, que vive, me ha enviado y yo vivo por el Padre, también el que me coma vivirá por mí.
58. Este es el pan bajado del cielo; no como el que comieron sus padres, y murieron; el que coma este pan vivirá para siempre.»

Reflexión: Jn 6,51-58

Nunca habremos insistido lo suficiente en la importancia de la Eucaristía para la vida cristiana y la salvación de la humanidad. No es algo que podemos tomar con la ligereza que lamentablemente cada vez se extiende más. Debemos confesar que con mucha tristeza vemos que cada día son menos personas las que frecuentan los templos a la hora de la Misa y muy pocos los que participan en la Comunión, peor aun cuando el curita, el sacristán o el monitor, por dárselas de “ortodoxo” o sabe Dios con que licencia se lanza el: “los que estén DEBIDAMENTE preparados pueden acercarse a recibir la Comunión; los demás se sientan y cantamos”. ¿En qué consiste la DEBIDA preparación que con tanto énfasis señalan? No lo sabemos a ciencia cierta; para algunos es una cosa y para otros otra. El hecho es que en vez de enfatizar en la gran oportunidad que tienen de participar en la Eucaristía, el gran Don que están por recibir, del que depende su resurrección y la vida eterna, los ahuyentan fomentando falsos temores. El hecho es que en la última cena hasta Judas comulgó y ni el Señor ni nadie se lo impidieron. No queremos fomentar ir contra las normas que al respecto establece la Iglesia, pero no podemos hacer que estas parezcan superiores y más determinantes que las Palabras de Cristo. Él nos extiende una invitación a todos, sin condiciones. Eso sí, debemos comer de su cuerpo y beber de su sangre para que Él nos resucite el último día. Esta es otra hermosa promesa que no debemos olvidar. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día.

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