Mateo 9,9-13 – Misericordia quiero

julio 7, 2017

Misericordia quiero

Vayan, pues, a aprender qué significa aquello de: Misericordia quiero, que no sacrificio. Porque no he venido a llamar a justos, sino a pecadores.

mateo-09-13

Mateo 9,9-13 Misericordia quiero

Mateo – Capítulo 09

Reflexión: Mateo 9,9-13

El Señor tiene una forma de expresarse que es realmente cálida, profunda, cariñosa, delicada. Habla las cosas con Verdad, es cierto y a veces eso nos duele, porque nos cuesta reconocer nuestras faltas y enmendarnos. Pero sus palabras lo penetran todo, como el más fino bisturí.

Al compararse con un médico, no puede darnos mejor lección de comportamiento con nuestros hermanos. ¡Qué distantes estamos de tener la delicadeza de un buen médico con nuestros hermanos! Nos ocupamos más por tener la razón, por vencer, por ganar, por imponer nuestros criterios.

Eso no le importa al Señor. Eso no es lo que quiere de nosotros y nos cuesta aceptarlo, porque sin duda hay mucho de vanidad cuando se reconoce que tenemos razón. Nos hinchamos como un pavo y nos cuesta ser modestos, aunque lo proclamemos.

Somos incapaces de pasar desapercibidos. Queremos restregarle a todo el mundo lo inteligentes, audaces, atinados, cuerdos, razonables, leales y demás cualidades que nos adornan. Nos cuestas prescindir de la adulación, aunque digamos lo contrario.

Vayan, pues, a aprender qué significa aquello de: Misericordia quiero, que no sacrificio. Porque no he venido a llamar a justos, sino a pecadores.

Queremos que nos den el mérito y claro hasta las leyes de propiedad intelectual y otras nos favorecen, porque el mundo está hecho así. Y aunque requintamos mucho de él, como siempre, cuando nos favorece, estamos de acuerdo.

Qué distinto es el proceder del Señor, el proceder y la actitud que Él quiere ver en nosotros. Aproximarnos a nuestros hermanos como médicos, pero no porque ellos están enfermos y nosotros sanos, sino porque los amamos. Eso es delicadeza.

Hace tan solo un par de semanas, en una convivencia cristiana, nos trabábamos en una tonta discusión con un hermano. No me di cuenta sino hasta hace unos pocos días que estaba errado, no por el tema o la razón, que en realidad pasa a segundo plano, sino por el tono, el trato, la actitud, la falta de caridad.

¿Cuántas veces nos equivocamos de este modo? ¡Qué importa quién tiene la razón! No debe haber motivos para reñir entre hermanos. Y si se presentara un inconveniente, un mal entendido, hay que tener el tino suficiente para no hacer de este un abismo.

Hace falta tan solo tener la vocación de médico a la que se refiere el Señor. ¡Qué se gana con el empecinamiento! ¿Es que no somos capaces de bajar la guardia y emplear una estrategia más serena, partiendo del aprecio y cariño que nos debemos?

A veces somos brutos. Lo decimos con vergüenza. No es importante solamente la causa que defendemos, que puede ser muy justa y loable, pero no podemos imponerla a sangre y fuego. Sino ¿qué de distinto hacemos con quienes no siguen al Señor?

Es verdad que el Señor ha venido a traer fuego y ya le gustaría que el mundo estuviera ardiendo, pero no literalmente y desde luego nunca porque hubiéramos sido nosotros los encargados de prender el fuego.

Si esto no fuera cierto, el Señor se hubiera librado de los que le apresaron y lo crucificaron en la cruz. El mundo ardió, es verdad, pero no porque el metiera el fuego, sino porque Él fue injustamente “quemado”.

Pero el Señor nos enseñó una lección única, singular, inolvidable, propia del Mesías, de nuestro Salvador. Él es el médico por excelencia. Por eso fue capaz de tolerar todo el maltrato al cual le sometimos, incluyendo la muerte en cruz. ¡Qué lección!

Esto es lo que nunca debemos olvidar. No hay ninguna afrenta que merezca que levantemos la mano contra nuestros hermanos. Ni si quiera que levantemos la voz. Esto exige amor, humildad, modestia y obediencia a Dios Padre. ¡Él es Infinitamente Misericordioso!

Si no fuera así, si fuera como nosotros…No vengativo, pero la centésima parte de orgulloso, exigente, vanidoso y poco contemplativo y tolerante como somos nosotros, hace tiempo estaríamos ardiendo en el infierno. ¿Entendemos eso?

Padre Santo, gracias por la lección de misericordia que nos das hoy. Gracias por enseñarnos cuál es el valor de la Misericordia y cual su límite, que en realidad, en tu caso es inexistente. Haznos como Tú. Te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor…Amén.

Vayan, pues, a aprender qué significa aquello de: Misericordia quiero, que no sacrificio. Porque no he venido a llamar a justos, sino a pecadores.

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